Música y folclor

Abel Antonio Villa, el padre del acordeón: un fragmento del libro

Álvaro Rojano Osorio y Julio Oñate Martínez

23/08/2021 - 05:00

 

Abel Antonio Villa, el padre del acordeón: un fragmento del libro
Portada del libro Abel Antonio Villa: el padre del acordeón, y otras fotos del reconocido músico

 

Los inicios

Abel Antonio no era hombre de machete, era un morisquetero, de puras vainas finas. Le gustaba andar por los pueblos tocando el acordeón. Una vez se fue a trabajar a la montaña en compañía de mi hermano Gilberto, quien también tocaba el acordeón, estando en una finca se largó y salió fue grabando”.

La frase es de Pedro Pablo Bermúdez compositor de música vallenata, residente en Piedras de Moler. Es el hijo de Gilberto Bermúdez Támara, a quien el juglar reconoce como uno de sus mentores musicales.

Apoyado en su locuacidad y teatralidad, Abel Antonio refería que tenía ocho años cuando tuvo por primera vez un acordeón en sus manos. Era de Gilberto Bermúdez y lo tomaba cuando este se dormía en las parrandas que hacía con su padre Antonio Villa, los días que festejaban, en la casa de los Villa, la fiesta de la Cruz de mayo y de San Isidro.

De sus inicios como acordeonista contaba que:

No comencé tocando “La piña madura”, porque no me gustaba. Aprendí con la música de Gilberto Bermúdez y de Emiro Rosales; también iba a Bálsamo a tocar con Porfirio Támara y con Rafael Camacho, el que compuso “La varita de caña”. Más adelante conocí la música de Pacho Rada”. (Entrevista personal).

También se refería, entre quienes tenía como influyentes en su vida, a los acordeonistas Sebastián Guerra, Nildo Peña, Virgilio Riascos y Carlos Araque, y recordaba que desde temprana edad escuchaba canciones de Emiliano Zuleta. 

A Emiro Rosales, aunque era oriundo de Piedras de Moler, lo veía cuando regresaba a visitar a una de sus hermanas. Interpretaba el acordeón, que era de una sola hilera. Mientras que sus relaciones con Gilberto Bermúdez Támara fueran permanentes, porque además de habitar en esa localidad, era el marido de su tía abuela Fredonia Villa. Para conocer mejor a Gilberto Bermúdez, su hijo Pedro Pablo nos hace esta descripción:

Mi papá aprendió a tocar acordeón con un moruno y también era cajero; acostumbraba irse en burro a trabajar a la Zona Bananera, y allá se enfrentaba con músicos del Valle. Después les decía: “vallenatos, jopo pintaos, qué me van a ganar a mí”. El viejo Gibbo como que estaba asegurado porque nunca lo echaron a perder”. (Entrevista personal).

Gilberto interpretaba el acordeón y cantaba en las parrandas canciones como “El amor amor”, “Amalia Vergara” y sus composiciones, además, amenizaba los cumbiones, donde tocaba merengue, que eran organizados periódicamente en Piedras de Moler. De sus canciones aún recuerdan un verso:

La gallina canoera

la zorra se la llevó

a mí me lo dijo Digna

por el amor de Dios.

Además, era interprete de pasillos, foxtrot, pasodobles, en fin, la misma música del repertorio de las bandas de viento. También era usual que en estado de embriaguez fuera al cementerio a hacer sonar su acordeón. De su nota musical se indica que era moderna y con aptitud para tocar en tono menor. Su vida musical se enfrentó a la oposición de su hermana Raquel Bermúdez Támara, quien le rompía el acordeón, argumentando que los acordeonistas, a más de ser borrachones, pertenecían a la clase baja.

Para compartir con Porfirio Támara y Rafael Camacho iba a Bálsamo, navegando la ciénaga de Zapayán. Ellos eran habitantes de esa localidad, a orillas de la quebrada de Bálsamo, que es un afluente de este espejo de agua. Rafael Camacho era nacido en Rosario de Chengue, Magdalena, en 1907 y, siendo aún joven, se había ido a Bálsamo donde conoció y tuvo como referentes musicales a los hermanos Porfirio y César Támara Bermúdez.

Gilberto, Cesar y Porfirio, hermanos por línea paterna eran hijos de dos hermanas. Gilberto se destacó por su buena digitación, tanto que algunos comparan el estilo de Aníbal Velásquez con el suyo; además era compositor. Su hermano Cesar, además de acordeonista, es autor de algunas canciones entre las que se incluye “La negra, mi comadre”, grabada por Guillermo Buitrago con el nombre de “La hija de mi comadre”.

La casa de Porfirio era el epicentro musical de la zona de influencia de las ciénagas de Zapayán y de Cerro de San Antonio. A ella iban a tocar acordeonistas como Luis Enrique Martínez, Alejandro Durán, Gilberto Bermúdez, Juancho Polo Valencia, Pacho Rada y Abel Antonio.

Pacho Rada, uno de los originales pregoneros del folclor de la región, era un músico muy cercano a él. Admitía que su forma de interpretar el son lo asimiló de su estilo y de Gilberto Bermúdez. Decía que quien más música hizo fue Pacho Rada, y que fue quien originó el son, allá arriba, en la escuela de la música regional del Magdalena.

Pacho Rada recordaba cómo se conocieron en Chibolo, en 1943:

“[…] estaba jovencito. Supo que yo estaba en Chibolo y que tenía dos acordeones, entonces me pidió que le vendiera uno. Se lo vendí por 18 pesos. Ahí fue donde empezó a tocar con ese acordeón”.

Abel Antonio aseveraba que eso había sucedido en 1935, cuando apenas cumplía once años. Coinciden en que Pacho Rada le vendió el acordeón, del que dice Eloy José Zabaleta haberlo adquirido con un dinero que recolectaron en Piedras de Moler.

Debió ser uno italiano conocido como espejito por tener insertados unos pequeños espejos en el marco de la caja, esos instrumentos no tenían la fortaleza suficiente para resistir al trajín a que eran sometidos en las parrandas y cumbiambas[1]. Era al que se refería Diofante Moreno, dueño de la lancha San Luis Beltrán, que viajaba entre Tenerife y Calamar cuando, a manera de chanza, le decía a Julieta Villa, que Candelaria, su mamá, era quien había hecho famoso a su papá al regalarle el acordeón con el que reemplazó al que estaba completado con pedazos de espejos.

Cuenta Martín Villa Anaya que, para comprar el instrumento, su madre le entregó el dinero a su papá. Dice además que con él grabó por primera vez, sin embargo, Abel Antonio aseguró que lo hizo con un acordeón guacamayo que cambió con Luis Enrique Martínez por una yegua a la que llamaba La negra Mati, versión que se enfrenta al hecho de que la amistad entre estos dos juglares surgió en 1947 cuando el padre del acordeón había grabado sus primeras canciones.

Los guacamayos eran un modelo de acordeón de dos hileras de pitos, y de ocho botones en el bajo, que traían en pinturas estas aves, y colibríes y otras aves tropicales, y eran fabricados por Hohner. Casi a mediados de los años cincuenta apareció el acordeón Höhner de tres teclados con 31 botones para los altos y 12 botones, rotulados como Corona II, y popularizados como Dos Corona. Fue Luis Enrique Martínez el primero en utilizarlo, luego de negociarlo con Fuentes, quien lo había traído de Estados Unidos. Para aquellos dias adquirir un acordeón no era fácil, además de costosos, debido a las consecuencias del comercio limitado por la Segunda Guerra Mundial, era escasa la producción del instrumento en Alemania, epicentro de la guerra. Tampoco era usual que cualquiera fuera dueño de uno de ellos, lo común era que los cantineros lo tuvieran en sus negocios y los prestaran o alquilaran. Acerca de este tema contaba el acordeonista Juan José Núñez:

Los cantineros acostumbraban tener un acordeón en la cantina, y cuando llegaba un acordeonista “Hombe ¿qué tal?”, saludaban, y pran, un trago, Lo picaban. “Hombe, tócate ahí un merengue”, Jalaban el acordeón y al poquito rato estaba eso lleno´e gente[2].

En el Bajo Magdalena organizaban cumbiones los fines de semana, por lo que era usual escuchar animándolos a Luis Enrique Martínez, a Abel Antonio Villa, a Andrés Landero, a Juancho Polo Valencia, o a Fermín Pitre. Interpretaban el merengue estructurado sobre una rítmica binaria afín a la cumbia y al paseo vallenato, género que en el Bajo Magdalena fue la génesis de la unión entre la caja, la guacharaca y el acordeón. 

 

Acerca de esta publicación: éste es un fragmento de la obra “Abel Antonio Villa, el padre del acordeón”, lanzada y presentada oficialmente el 20 de agosto de 2021. La publicación ha sido autorizada por sus autores. El libro completo se encuentra a la venta. Para más información: consultar la página de Fundalibro en Facebook.

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