Música y folclor

Rosendo Muñoz Pérez y su cantar de la música del río Magdalena

Álvaro Rojano Osorio

12/01/2022 - 06:50

 

Rosendo Muñoz Pérez y su cantar de la música del río Magdalena
Rosendo Muñoz Pérez, antes de su muerte, acostumbró a hablar sobre su aporte a la música del río Magdalena / Foto: archivo Avaro Rojano Osorio

 

Cuando uno es muchacho aprende de todo. Quien lo afirma es el cantador Rosendo Muñoz Pérez. Lo digo porque fue cuando comencé a escuchar y diferenciar los sones que se tocan y bailan en los pueblos a orillas del Magdalena. Fue cuando me aprendí los primeros versos que hacen parte del repertorio musical del río, los que a mis noventa años sigo cantando. Eran los mismos que cantaban en la Pascua, la que comenzaba en Bahiahonda después del ocho de diciembre.  Yo estaba en todos esos sitios donde tocaban son de pajarito, iba agarrado de la mano de mis abuelas, la cantadora Tomasa Villa y Escola Muñoz.   

Con razón, los primeros versos que canté fueron los del pajarito, incluso, lo hacía trepado en mi burro cuando iba a estudiar en Pedraza en la escuela de la niña Anita Núñez. Y mientras los tarareaba, con los dedos tamborileaba la cabeza del sillón. Porque, en Bahiahonda y parte del río Magdalena, este ha sido el aire preferido, tanto que en esta población cualquier día del año los bailes de sala eran amenizados con el grupo que interpretaba esta música.   

Era la que reunían al mayor número de cantadores y cantadoras; solo entre los Bolaño había los suficientes para pasar la noche y el día cantando, sin preocuparse por los tamboreros, porque también eran numerosos. Por eso no fue fácil para mí, siendo joven, ganarme el espacio, que logré, inicialmente, por el apoyo de Plácido Ospino, que dejaba de cantar para escucharme.   

Me fui metiendo como raíz de caña brava, lograba mis espacios entre las viejas cantadoras, hasta que apareció otro cantador que me apoyó, Nicolás Bolaño. De él le aprendí, además de varios cantos, la manera de vocalizar los distintos sones… En fin, fue mi maestro, aunque nunca lo llamé de esa forma, como sí lo hacía cuando se dirigía a mí. Lo decía porque entre los de mi generación, y anteriores, yo era de los pocos que no era analfabeta. También porque le gustaba mi manera de cantar y, además, igual que él, compongo, improviso y soy decimero.   

Por eso he cantado: 

                                   Tengo el cuaderno en la mente  

                                       Tengo el lápiz en la boca  

                                        Para que tengan presente  

                                        Quien sabe no se equivoca  

Mi interés por la poesía comenzó con la lectura de este tipo de literatura en los libros con los que nos enseñaba Anita Núñez. Hace poco, después de cantar unos versos que leí, y me aprendí, en uno de esos libros, me enteré de que hacían parte del romancero que los españoles trajeron a América. Salí a los Pérez, eso me han dicho, de los que se afirmaba que eran gente de muchas cuitas y que acostumbraban a guardar en sus baúles antiguos y sabios libros.   

Fue la vocación de poeta la que me llevó a componer mi primera canción, la que dediqué a mi madre que murió cuando yo nací. La idealicé, le di forma a su cara, a sus gestos, detalles que debí imaginar porque de ella no quedó ni una fotografía.   

Hoy, después de tantos años, hago esta reflexión: en mi infancia, escuchando cantar a hombres y mujeres, jamás imaginé que años después los reemplazaría y que me correspondería atesorar los viejos cantos, y transmitirlo, interpretándolos, a las nuevas generaciones para que se mantenga la tradición.  

Los sextetos y otros sonidos   

Pero antes de que me convirtiera en cantador, interpreté sones cubanos en el sexteto de la juventud de Bahiahonda, lugar en el que, igual que en numerosos pueblos a orillas del río, existió este tipo de agrupación. Son canciones que aprendimos del repertorio del sexteto de adultos.  

Aún recuerdo alguno de los que cantábamos cualquier día porque el son cubano se volvió popular en esos tiempos en los que los sonidos de la naturaleza eran los que prevalecían debido a que no había radio ni picot.   

Es que en Bahiahonda siempre había motivos para tocar la música nuestra y bailar. En noviembre comenzaban los festejos de fin de año, sonaba, en cualquier patio, el carángano, instrumento de cuerda que, por emitir un sonido parecido al tambor, utilizaban como base musical para cantar versos del pajarito. Yo aprendí a tocarlo, pero dejé de hacerlo por ser cosas de mujeres.    

El 8 de diciembre bailábamos cumbia, el 28 de diciembre, el día de pío pío Gavilán, se escuchaba el tambor y la gaita; tocaban música que los participantes en la fiesta danzaban agarrados de las manos, mientras el 6 de enero salían los Reyes Magos acompañados por el golpe del tambor, las palmas, el canto y los coros.   

Coge tú, Miranda   

Con Rosendo fuimos a participar en el festival de son de pajarito que organizaban en Cerro de San Antonio. Lo hicimos yendo por el río Magdalena en una embarcación en la que cantó acompañado por jóvenes pertenecientes a la danza Fusión Ribereña. Lucía incómodo con el tamborero, y tras preguntarle por las razones me explicó que había interpretado unos bullerengues, género al que denominó el más sabroso y sentado para cantar, pero quien lo acompañaba en el tambor no los supo tocar. “Es que aquel Tarquinio no vino al festival.”   

Tarquinio Acevedo es mi tamborero desde que murió Gilbertico Almanza, con quien, junto con Agustín Bolaño, crecimos cantando y bailando toda esa música nuestra, la del río Magdalena.  ¡Coge tú, Miranda! Me decía cuando quería que lo acompañara cantando mientras ejecutaba el tambor. Eso de Miranda era una charada producto de que era el apellido de mi padrino Rosendo. Tocábamos cualquier ritmo, recuerdo cuando se puso de moda ese famoso zambapalo, “Bonita es la vida mía”, que fue un éxito en todas las ruedas de baile.   

Después de su muerte quedé huérfano y no había quien lo reemplazara. La solución fue contratar un tamborero para que tocara la Pascua, con el que no me acomodé, hasta que Tarquinio agarró el llamador y cuando sentí los golpes, dije: ¡ese sí es! Se sabe los golpes tradicionales de Bahiahonda, porque, pese a que los sones tienen sus características musicales, en cada lugar le van acomodando ciertas identidades.   

Sucedió con el golpe del tambor del son de negro; en Bahiahonda teníamos una manera de interpretarlo, era lento, pero llegaron los Mosquera con un tamborito colgado del pecho y una forma de tocarlo, y nos quedamos con esa interpretación, mientras que, en Santa Lucía, de donde ellos fueron, lo reemplazaron.   

Ciego por rabia   

Por más de veinte años fui ciego. Por ser una larga historia se la resumo: cuando la catarata senil cubrió el último ojo por el que veía, contacté a un político que me consiguió que me operaran en el Hospital de Barranquilla, pero para ello debía pagar 17 mil pesos. Este me los mandó y el intermediario se quedó con el dinero. Me bajaron de la camilla y fue cuando dije que nunca me operaría, juramento al que, después, renuncié.   

Pero la ceguera no me detuvo, donde había un tambor ahí estaba. Incluso, en varias oportunidades me llevaron a cantar en lugares distintos a Bahiahonda.  Es que la música y los músicos son como el río Magdalena, siempre en movimiento. Porque ni el grupo que interpretaba pajarito era estático, ya que en la madrugada salíamos por las calles cantando “Vámonos caminando”.   

Sucedía con el baile de negro, que es trashumante por naturaleza, y al que llegué de la mano de Nicolás Bolaño, quien cantaba versos pícaros mientras que el tambor sonaba por las calles y negras y negros bailaban. Algunos eran de su autoría, eso creo porque solo a él se los escuchaba cantar:   

Ya Dolores Cumba   

No sube la loma   

Porque la pollera   

Le queda zancona   

Con Agustín, Gilbertico y otras personas, nos acostumbramos a ir de pueblo en pueblo a bailar negro durante los cuatro días del Carnaval. Hasta El Guamo, atravesando el río y yendo entre lomas, fuimos a bailar. Íbamos y regresábamos a la casa, caminando, a veces sin plata, pero siempre contento por la aceptación que teníamos.   

Agustín dejó de cantar teniendo suficientes fuerzas para seguir haciendo lo que desde niño se gozó. Él también impuso su estilo, era buen cantador de son de negro. Nosotros, que nos mantuvimos juntos de fiestas en fiestas, de pueblo en pueblo, en los Carnavales de Barranquilla, estábamos destinados a morir de viejos sin dejar de cantar, pero él renunció a esa predestinación diciendo que ya no se cuadraba con los nuevos tamboreros. 

Rosendo, antes de su muerte, acostumbró a hablar sobre su aporte a la música de su pueblo, la del río Magdalena, decía que cuando era joven no pensaba en el legado que iba a dejar en la música del río Magdalena, como cantador y compositor. Mientras que, en su vejez, evaluaba que su contribución iba a ser intangible, es decir, a través de sus composiciones, fotografías, videos y audios de sus cantos, porque entre sus hijos no había quien lo reemplazara, porque la que se interesaba por la música folclórica era su hija Tula, a la que la muerte sorprendió cuando menos lo esperaban.   

Sin embargo, decía que moriría tranquilo porque dejaba la música de su pueblo, la del río Magdalena, su escuela como cantador, sus versos, los tradicionales, en buenas manos: en la de los cantadores José del Carmen Aragón y Edwar Santana, último al que consideraba su mejor alumno. 

 

Álvaro Rojano Osorio   

Sobre el autor

Álvaro Rojano Osorio

Álvaro Rojano Osorio

El telégrafo del río

Abogado y escritor de los libros: La Tambora Viva, Musica de la Depresion Momposina. La Musica del Bajo Magdalena, Subregiòn rio. Libro ganador de la beca para la publicación de libros de autores colombianos por parte del Ministerio de Cultura y su Portafolio de Estímulos 2017. El río Magdalena y el canal del Dique: poblamiento y desarrollo en el Bajo Magdalena. Bandas de viento, fiestas, porros y orquestas en el Bajo Magdalena. Coautor de los libros Cuentos de la Bahía. Magdalena, territorio de paz.

@o_rojano

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