Música y folclor

El origen de la música de acordeón y la historia de Pacho Rada

Luis Carlos Guerra Ávila

12/09/2022 - 05:10

 

El origen de la música de acordeón y la historia de Pacho Rada
El acordeón se extendió a todo el Magdalena Grande gracias a la labor de juglares como Pacho Rada / Foto: archivo PanoramaCultural.com.co

 

En España, en los años 1835-1840, se hace notorio un nuevo instrumento al que le llaman acordeón. Éste por sus características lo fueron modificando, en sus inicios era un instrumento que solo lo tocaban los músicos de las clases altas, su música la escuchaba exclusivamente la nobleza, pero a medida que transcurrían los años, se fue tornando popular y lo tocaban todas las clases sociales y se volvió tan popular que llegó al continente de América, y fue bien acogido en México, Colombia y Argentina donde sobresalió en su ejecución.

Aunque realmente fue en 1829, en Viena, donde se fabricó la primera caja con fuelle para dar sonido y donde le colocaron el nombre de “Acordeón”, como tal comenzó a evolucionar y, en Francia, en 1831, se le dio acordes independientes, uno al abrir y otro al cerrar. Después, en 1835, ya existían modelos de dos octavas y le llamaron acordeón cromático y pudieron hacer un método con tonos y semitonos. Debido a la acogida de este instrumento, los países vecinos fueron adoptándolo y es así como, en 1841, se construye el primer acordeón en España, por Don Juan Moreno, así lo indica “la junta de calificación” de la industria española, en la “Exposición pública de 1841”.

Paradójicamente, después de estar en varios países, sólo en 1863 vuelve a sus raíces, donde fue inventado: Italia. En España ya eran popular las acordeones de teclado y botones en el año 1880-1890. En esta década, los españoles introdujeron el acordeón en los viajes que hacían a América, y es precisamente en la región caribe de Colombia donde empezó a conocerse el acordeón y a sacarle música. El rio Magdalena es testigo silencioso de la trayectoria de este instrumento, donde los campesinos mestizos aprendieron a entonar empíricamente el sonido que emanaba de esta caja de música, y fueron reemplazando los pitos y las gaitas que acompañaban las tamboras de esa época de pajaritos y cumbiambas.

La música de acordeón, igual que en España, ya no era de clases pudientes, la popularidad de este instrumento, cambió de estrato, así llegó a nuestras tierras la tocaban las clases bajas y les servía a los campesinos para desahogarse, después de grandes faenas de trabajo, era común ver a un trabajador sacándole melodías e imitando algún sonido de las aves o que saliera de la naturaleza.

Así en esa misma década (1880-1890), andaba en la región de plato un campesino sacándole música a un acordeón y, en ocasiones, se hacía acompañar por tamboras y maracas.

Andar con un acordeón al hombro no incomodaba, ni causaba inconformismo en el actuar campesino, sin importar el peso que éste podría tener, además, producía satisfacción, pues el ejecutante era exaltado y gozaba de admiración entre las personas que lo escuchaban, donde llegaba era aclamado y lo rodeaban de amistad y cariño, sobre todo las mujeres de la región. Ellas lo veían como un musico venido de otro mundo, alegraba las fiestas patronales de los pueblos hasta entradas horas de la noche. Se alumbraban con mechones y se bebía demasiado licor, la entonación de las tamboras hacía que las damas se levantaran a bailar, movían las caderas al son de la cumbia y pajarito, después irrumpía la música de viento que algún rico trajo de algún lugar de Córdoba, la banda tocaba y tocaba, la noche se alargaba, pero también la madrugada hacía su aparición, algunos por el cansancio y el trajín se marchaban, la plaza se iba desocupando paulatinamente, los niños eran llamados por sus padres, para que se fueran a acostar, otros en cambio se escondían aprovechando la oscuridad de la noche, las jóvenes tenían permisos y llegaban en la madrugada a sus casas.

No existía malicia, los hombres trabajadores cumplían con sus obligaciones y eran ejemplo de buen comportamiento, pero después de la primera noche de fandango, las reglas se rompían, el licor hacía mella de algunos moradores, amanecían cantando o recitando poemas y décimas, otros tirados en un sardinel dormidos, vencidos por la borrachera, se veían a los hijos entonces recogiendo a sus padres, algunos en carretillas para poderlo transportar hasta la casa.

El sol de la mañana comenzaba a salir como abriendo sus rayos de luz, enviándolos en forma vertical al ojo de un borracho pernicioso, se fastidia, pero no se inmutaban, seguían buscando donde seguir tomando, la fiesta apenas comenzaba.

Con el sol, los negocios también comienzan a abrir sus puertas temprano, la gente empieza a llegar al pueblo, vienen de los montes y de otros pueblos circunvecinos, el día promete ser bueno, la feria de vendedores pululan, el fotógrafo vende a tutiplén las fotos tomadas encima de un caballito pony, y en alguna parte del pueblo, lejano, muy lejano, se escucha el sonido melódico de un acordeón, lo trae la brisa, el borracho apunta los oídos, trata de cuadrar su orientación, se pone la mano en forma de caracol en la oreja, se concentra, y con la mirada fija señala el sitio ya sabe que dirección coger y se perfila hacía allá.

A cinco cuadras de la plaza, encontró la parranda debajo de un palo de mango, un acordeonero tacaba y entonaba melodías, la gente amontonada, oyendo a aquel juglar, que el señor Facundo contrató para que tocara una semana completa en su casa del pueblo

La parranda en todo su esplendor tenía un único representante, ejecutante ya conocido en la provincia y la región algunos se preguntaban: ¿De dónde vino? Otros solo se limitaban a escuchar las hermosas melodías que salían de aquel acordeón, el intérprete tocaba y tocaba, complaciendo al señor Facundo, haciendo versos y coplas alusivas al patrono del pueblo, a los presentes, incluso al borracho furtivo que llegó atraído por la seducción suave de la brisa, que envolvía el encanto sonoro del acordeonista.

Este personaje tenía ya su cuarto de alojamiento asignado, una buena cama, su tinaja de agua fresca, una ponchera de arcilla horneada, una toalla y jabón, las comodidades para que él, se sintiera a gusto y pudiera sentirse feliz, esto realmente era lo que garantizaba la estadía de varios días en el pueblo, no cobraba dinero por sus presentaciones, todo se sujetaba a las atenciones que le brindaban en cada población, los regalos no se hacían esperar, le llevaban gallinas, pavos, chivos, e indudablemente el amor de las mujeres, de esos amores escondidos y que no se podían publicar, pues “pueblo pequeño, infierno grande”.

Una semana o dos permanencia en aquel sitio, no importaba el tiempo, este juglar compartía sus momentos pletóricos de cuentos y anécdotas, lo rodeaban para escuchar sus historias que traía de otras regiones contadas magistralmente con acervo campesino y su vivir cotidiano que iba relatando pausadamente, manteniendo un público seducido y ávido de oír aventuras, algunas reales otras inventadas con argumentos de ficción.

Cargaba una mochila de fique, en ella tenía un rosario, unas estampitas de su santo predilecto, pues era un hombre creyente, se protegía con aseguranzas para desechar o alejar cualquier maleficio que quisieran echarle y conocía de muchos rezos que los repetía con modulaciones en sus labios, cada vez que emprendía un recorrido por los caminos y trochas veredales que existían en ese entonces.

Los niños y jóvenes del pueblo andaban atrás de él, en fila, para donde el cogiera ellos lo seguían, pero, esto no incomodaba al maestro, el entendía que era por admiración y respeto, así que algunas veces les regalaba un dulce o bolón de coco muy tradicionales en esta comarca, cuando llegaba a una tienda pedía algo de tomar no le cobraban, eran tantas las atenciones que a veces se sentía fastidiado, pero a nadie le decía que no, ni les hacía mala cara, en el fondo se decía, cría fama y acuéstate a dormir.

Llegaba el día de la despedida del pueblo, las fiestas se acababan y tenía que llegar a tiempo a otro destino, le gustaba salir temprano, no le gustaba la noche, “los gatos son pardos”-decía- , le alistaban dos o tres burros con todos los regalos que recogía, salía lentamente le daba una vuelta a la plaza y el pueblo lo iba despidiendo con agradecimiento total, él les regalaba una sonrisa llena de promesas, de que seguro el año entrante volvería.

El borracho empedernido cuando se enteró que el acordeonista se había marchado temprano, salió atrás de él, como a dos o tres kilómetros se lo alcanzó y le dijo;

–¡Oiga! ¿Yo nunca en mi vida había tomado tanto a costilla de otro como el ron que tomé gracias a usted?

–Qué bueno –le contestó el acordeonista.

Nuevamente le dijo: –¿y cómo se llama?

El acordeonero voltió, sonrió y le dijo: –Alberto Rada Ballesta.

Llegar a un pueblo donde hay fiestas patronales tradicionales, como lo hacía Alberto, era inusual. Se convertía en un acontecimiento, pero ese día iba pendiente de otra cosa, en su mente llevaba la imagen de su compañera el cual había dejado embarazada, era normal que el juglar saliera a hacer sus correrías pues de eso dependía su sustento y el mantenimiento de su familia, y ya su esposa le había mandado un recado, que llegara pronto que su hijo estaba por nacer y si existía en la vida algo que identificaba a este acordeonista era la responsabilidad y el amor por su terruño, hombre idóneo e integro de confianza en los trabajos que le asignaban, por eso gozaba no solo de fama, sino también del aprecio de la gente y los vecinos que lo conocían y daban testimonio de su persona como humano y buena gente.

Ese día entró triunfal a la vereda los Veranillos, jurisdicción del corregimiento de Las mulas, del municipio de Plato, Magdalena, cargado con tres burros de comida y algunos animales domésticos, un muchachito venía corriendo y con la voz agitada le dijo;

–¡Sr. Alberto que se apure, que su hijo va a nacer!

–-Enseguida voy –contestó. Bajó la carga, la aseguró y se fue. Y cuando entró a su casa, escuchó el llanto del recién nacido.

La comadrona que asistió el parto, le dijo;

–Es un Varón.

–Gracias a Dios, ese muchacho será grande como su papá –enfatizó Alberto.

–Así será –contestó la partera.

–¿Qué día es hoy? –preguntó.

Le buscaron un almanaque y lo encerró en un círculo (11 de mayo de 1907).

Nació cómo todos los niños de la época en su propia casa, aunque su peso no era el ideal, la leche materna en pocos días lo puso en condiciones normales de vida, a los seis meses ya estaba gateando y su desarrollo motriz un poco adelantado para los niños de esa generación.

Su mamá la señora María Gregoria Batista Villarreal, compañera sentimental de Alberto Rada, lo cuidó en sus primeros tres años, es que fue un niño inquieto aprendió a caminar antes del año y a los dos cumplidos correteaba las aves de corral y jugaba con los animales hasta el cansancio, lo limpiaban con un trapo húmedo los pies sucios antes de acostarlo,  entradas horas de la noche, dormía en una hamaca debajo de su papá, para aprovechar el toldo que los protegía de los mosquitos, que en realidad existían por montón.

Le colocaron por nombre Francisco Manuel Rada Batista y desde los cuatro años ya se portaba como todo un hombrecito ayudaba en los quehaceres de la casa, quedo huérfano a los tres años y su padre comenzó a llevarlo como compañero en las correrías, y veía como su padre se ganaba el sustento tocando el acordeón. Estos momentos fueron aprovechados por el niño Francisco y, de vez en cuando, se ponía el acordeón al pecho, causando admiración y risa a la vez en propios y extraños. Su diminuta edad no le permitía dominarlo por completo, pero le sirvió para aprender poco a poco los tonos y acordes imitando a su papá. Cuando cumplió los siete años su progenitor lo llevó a Plato Magdalena, su pueblo, y lo puso a tocar por primera vez en una parranda dos canciones, fue un acontecimiento nunca visto: la gente lo aplaudía y le decían “toca como un hombre”.

La historia de francisco comenzó a formarse desde ese día, era tema en tertulias de barrios, “el niño que toca como un hombre en círculos sociales, bares y cantinas”. El comentario se hacía popular. A la edad de nueve años, su padre lo envió a una finca cercana, solo en un burro a llevar un queso por encargo, para esa ocasión cogió un machete se lo colocó en la cintura y a mitad de camino oyó el ronquido de un tigre, agarró fuertemente la rula con la mano derecha, la empuñó bien para enfrentarlo y siguió su camino, afortunadamente el tigre esa vez no lo embistió y pudo llegar a su destino, el relato de este acontecimiento le sirvió para aumentar más su fama, indudablemente Francisco es un hombre.

Un tiempo después, con una escopeta de la época, salió a cazar el tigre que tanto daño les hacía en los predios aledaños en la finca de su padre, enfrentamiento que tuvo éxito saliendo airoso de aquella cacería.

Su padre lo llevó por primera vez en una correría pasando por Chibolo, Pivijay, Fundación todos pueblos del Magdalena Grande, llega a Aracataca, con el remoquete, ya no del niño aquel que hacía presentaciones por exhibición, la fama era del acordeonero “Francisco el hombre” el que no le tuvo miedo al tigre.

La fama de “Francisco el hombre”, Pacho Rada, se conoció en todos los pueblos del Magdalena grande, y heredó esa forma de vivir de ganarse la vida como su padre. Los ganaderos y hacendados lo contrataban con cualquier oficio, solo con el honor de tener a Pacho Rada en su finca, eso sí en tiempo de correría salía con su acordeón a animar las fiestas de los pueblos, y a seguir las mismas rutas de su papá.

En el año de 1927, muere el juglar Alberto Constantino Rada Ballesta y queda solo “Pacho” Rada con su talento innato heredado de su padre, se dedicó a hacer lo que él sabía tocar acordeón, componer canciones, y trabajar en el campo.

A Pacho Rada le gustaba visitar mucho a Plato, tanto que construyó su rancho en el pueblo y visitaba mucho a su amigo Gregorio Tovar Ospino, una amistad que perduró toda la vida, dado que tenía su finca llamada “San Luis” cerca del corregimiento de las mulas, con perímetros de Cespedes y San Ángel. Igual apreciaba mucho a sus otros hermanos Abraham Tovar Ospino, dueño de la finca Ginebra, cerca de El Difícil, Magdalena, y muy cerca de la otra finca “San José” que su propietario era don Rafael Tovar Ospino, también los predios de la hacienda “Vijagual” de José Isabel Tovar Ospino y  la finca de su hermano Luis Carlos Tovar Ospino. Cuyo nombre era “El Capricho”, entonces en época de fiestas celebradas en cada región, Pacho se trasladaba o mudaba para la finca Vijagual, allí comenzaban la parranda, al cabo de una semana se mudaban para la otra finca, y así sucesivamente, recorriendo la comarca, parrandeando, tocando acordeón, en una de estas andanzas, le compuso un son a don Abraham Tovar Ospino, al cual le coloco el nombre de “Abraham con la botella”, y era costumbre del maestro cantarle a sus amigos, como se nota en ésta foto de la época, donde nombra  la finca Ginebra de su amigo, en unos versos improvisados.

La “Chencha” era una de las canciones que más le pedían que tocara, pues su ejecución era hermosa, y fue una melodía que su papá le dejó, así que en sus inicios interpretaba las canciones que aprendió de su papá, después del suceso del tigre, “Pacho” compone un son llamado “El tigre de la Montaña”, causando furor entre sus amistades por el hecho de que acababa de inventar el cuarto aire de música en acordeón. Sus amigos no dejaban de tararear la melodía de la canción, lo cual se convertía en pretexto para iniciar una parranda de tres y cuatro días.

Pero más allá del sentir del juglar por componer esta canción, fue porque esa historia se convirtió casi en leyenda y se hablaba de boca en boca y llegó a oídos de los juglares de la Guajira y el Cesar, tanto que se especula que fue el viejo Emiliano Zuleta, quien lo apodó, el tigre de la montaña, como un sarcasmo a que había un acordeonero en la región de Ariguaní, que ejecutaba bien el acordeón, pero se escondía en las montañas. En respuesta, Pacho Rada sacó la canción.

En Plato Magdalena, la música que más se escuchaba era la ranchera mexicana, boleros y música de orquesta. Para esa época llega Jorge Eliecer Gaitán a Plato Magdalena, y los recibimientos se hacían en los clubes, la orquesta de Manuel Saumet y sus Plateños tenían en su repertorio el son “Tigre de la Montaña “quienes le hicieron arreglos y la presentaban en las fiestas exclusiva de la gente adinerada. Causó admiración cuando Jorge Eliecer Gaitán, pidió la canción, ya que en los clubes no contrataban música de acordeón, pero la trayectoria magistral de Francisco Manuel Rada había roto todos los preceptos y para tranquilidad de todos; la Orquesta interpretó el son, llevándose apoteósico aplauso.

La vida de Pacho Rada trascendía en juglaría, una vez en Aracataca tocando en una parranda ,un muchacho llamado Gabriel García Márquez, lo conoció, lo vio tocar el acordeón causando una admiración profunda por aquel acordeonista, la forma como relataba historias y nombraba personajes intercalando la melodía con la expresión oral, esto influyó para que el realismo mágico hiciera su aporte en aquel escritor colombiano, igual sucedió con el joven Rafael Escalona, quien merodeaba la zona y se nutría de argumentos literarios, crónicas cantadas, conociendo en vivo como este acordeonista relataba los acontecimientos de los pueblos por donde pasaba, todo un fortín de talento que apenas comenzaba a florecer y que estaba allí, puro, usando un acento campesino debido al analfabetismo que imperaba en la región.

Y es que, para ese entonces, existían ya otros acordeoneros que se venían formando de los cuales, Pacho Rada se convirtió en profesor, el caso de Juancho Polo Valencia, Alejandro Duran o Luis Enrique Martínez, donde ellos mismos daban crédito, nunca negaron la forma como los enseñaba debido a la nobleza y sencillez que existía en estos juglares.

Pacho Rada, en sus inicios, tocaba su acordeón sin acompañamiento, algunas veces con tamboras, acompañaba sus melodías con su voz, en chande, tamborera, paseos, merengue, se puede decir que era muy prolífico en hacer y ejecutar sus propias melodías. Su fama en la región llegó hasta Barranquilla y, en 1935, llegó a una emisora de la época de mucha sintonía, se presentó y dijo que quería cantar una canción, por lo que le respondieron que quién era él, y les contestó: “Soy Francisco Rada, Pacho Rada”. El locutor soltó la risa y le dijo: “Lo que pasa es que aquí han venido varios Francisco el hombre a tocar”, a lo que el maestro sacó la cedula para demostrar que decía la verdad, y así fue como Pacho Rada pudo tocar por primera vez por una emisora y aumentar su fama.

Era ya habitual verlo llegar a los pueblos en épocas de fiestas con sus dos mujeres, una en cada burro, las dos compartían el amor de Pacho y la algarabía y muchedumbre lo recibían con mucha alegría, motivo para hacerles canción, ya que Pacho en estas circunstancias fue muy cadencioso, y su trayectoria marcaba la región de los montes de María y San Jacinto Bolívar.

Los encuentros que Pacho Rada tenía con sus alumnos, juglares de la época en las correrías, iba fomentando una influencia de ritmos y melodías, que se quedaban en la mente del acordeonistas, dando pie a que algunos plagiaran sus canciones, como pasó una vez que se encontró con Alejo Duran y aprovechó para hacerle un reclamo, le dijo:

– “Oye, alejo, sé que fue un error tuyo, grabaste “Altos del Rosario” encima de la melodía los “Guayabos de Manuela”…

–¡Ombe, si pacho! Pero no te preocupes, te la voy a grabar.

Y en efecto así sucedió.

No obstante, otros acordeoneros se hacían pasar por “Francisco el Hombre” debido a la fama que este juglar fue construyendo a lo largo de su existencia, como le pasó en la emisora de Barranquilla y otros querían imitar su fama, como le sucedió al “León de Granada”, alumno de Pacho, Leonardo Núñez, quien difundió la noticia de que le había dado una paliza en una fiesta en Plato, esto llegó a los oídos del maestro, a lo que el juglar retó inmediatamente a una contienda en las fiestas de la Virgen del Carmen en su propio pueblo, lógicamente “Pacho Rada” salió airoso en ésta piquería, a quien también le compuso una canción, llevada al acetato.

Y es que solo un músico con esta trayectoria empírica y el amor por su arte, pudo, crear el son, o como algunos lo llamaron “El Rey del Son”, estos acontecimientos se vivían en la región del Magdalena Grande, con argumentos campesinos sin partituras, sin asistir a un claustro, deleitando a propios y extraños, creadores e innovadores de una música nueva. Mientras que en Europa, se abría paso el realismo en el arte y la cultura, que pertenecían a las elites, esferas altas y recibían formación académica, en América, un juglar llamado Pacho Rada, enseñaba y creaba una nueva expresión folclórica, en trochas, veredas y pueblos. Sin el reconocimiento que tenía Mozart, nuestro Francisco Rada era todo un genio.

Después de Pacho, persiguiendo su sombra, llegó un cúmulo de personas, acordeonistas, músicos, cantantes, escritores, aprendiendo de cada intervención, de cada presentación y adaptándolas a otras características culturales y llevándose para otras regiones las melodías mágicas y leyendas, creando desde otras perspectivas lo que hoy conocemos como música vallenata.

 

Epílogo

Francisco Rada Batista nació 11 de mayo de 1907 en Plato Magdalena y murió el 16 de julio de 2003.

El autor de “Se va el caimán” José María Peñaranda (1941) afirmó que en 1915 conoció a Francisco el Hombre en Aracataca, entonces Pacho Rada tendría 8 años, para esa época.

Gabo en cien años de soledad lo describe como “un anciano trotamundos de casi 200 años, que pasaba con frecuencia por Macondo, divulgando sus canciones, donde relataba los acontecimientos de cada pueblo, por donde pasaba y que le decían Francisco el hombre, pero nadie conocía su nombre real”.

Gabo empezó a escribir cien años de soledad en 1965 y 1966 publicada en México en 1967. Y nació un 6 de marzo de 1927 en Macondo, o sea que la escribió a la edad de 37, 38 años, si tenemos en cuenta que “Pacho” le llevaba 10 años a Gabo y que Francisco Rada, grabó su primer disco en 1935-1936 en la emisora patria de Barranquilla, quiere decir que Gabo podía estar escuchando a “Pacho” Rada desde la edad de ocho o nueve años, por las emisoras de la época.

Cuenta el mismo “Pacho” que en 1955 su hijo Francisco “Pachito” Ortiz, se ganó el festival de música de acordeón que hicieron en Fundación Magdalena, entonces Gabo tenía 28 años de Edad y “Pacho” 38 años, lo que quiere decir que ya “Francisco el Hombre” gozaba de fama, y que el remoquete del “hombre”, fue porque desde niño aprendió a tocar acordeón y salía a cazar un tigre de la época, por lo que la gente decía que hacía cosas de hombre para su corta edad. Además, en 1950 en el festival vallenato en Fundación organizado por comerciantes y ganaderos, “Pachito” Rada ocupa el segundo lugar, lo mismo que en 1951, luego en 1959 lo gana Luis Enrique Martínez “el pollo vallenato”. Allí desfilaban acordeoneros como Alejo Duran, Julio de la Ossa, Andrés Landero, Abel Antonio Villa, Juancho Polo y otros, lo que dibuja la grandeza de Francisco “Pacho” Rada.

Otro dato importante que encuentro es que “Pacho” cuenta que su papá Alberto Rada Ballestas quien también ejecutaba el acordeón, lo llevaba en sus correrías, al niño con dotes de hombre para exhibirlo por toda la región, en ese entonces, Magdalena Grande, visitando los pueblos de Aracataca y Fundación, las carreteras eran trochas y se comunican entre sí con Granada, Chibolo, Pivijay y todos los pueblos que aún hoy existen. Lo que me lleva a deducir que Gabo, en su realismo mágico, Macondiano, describe al padre de “Pacho” del que la gente escuchaba narrando las historias y relatos de la época, heredados en su totalidad por su hijo, Francisco el Hombre y su nieto “Pachito” quienes gozaban de popularidad en la comarca, fue entonces un relato escrito, creado de la verdad histórica de una dinastía que hoy por hoy representa un legado cultural importante en el patrimonio inmaterial de la humanidad. Esto lo digo ya que fue imposible que Gabo conociera al papá de “Pacho”, pues éste murió cuando Gabo nació.

Todas estas historias corroboradas por los hijos de los ganaderos de la época y que vieron como sus padres llevaban a sus fincas a “Pacho” Rada, como por ejemplo; la señora Mariluz Bernal, ella cuenta que su padre le gustaba parrandear mucho con este juglar, y que en repetidas ocasiones su padre no solo lo llevaba a su finca, sino que lo llevaba a la casa de Plato Magdalena, donde duraban varios días parrandeando, esto influyó mucho en que ella incursionara en el folclor como gestora cultural he hiciera un festival vallenato en Granada Magdalena.

Lo mismo le ocurrió a Juan Carlos Tovar, de la junta del Festival del Hombre Caimán de Plato Magdalena, quien también tuvo la fortuna de vivir estas experiencias de su padre en la finca Vijagual, y en la casa de Plato, y cuando “Pacho” Rada le compuso la canción a su tío “Abraham con la Botella “ahí relata líricamente con jocosidad las actividades de las parrandas y son muchas las historias de este gran Juglar muy querido y recordado en la región.

Lógicamente el “desarrollo” de los pueblos a través de las vías, como el ferrocarril, influyeron para que estos juglares salieran de estos recónditos juglares y fueran imitados y enseñaran la música de acordeón, como se le decía en esa época, a este folclor, ya que después del Festival de Fundación, cinco años después, en el año de 1960, hacen un festival en Pivijay, donde ganó Alejo Duran, organizado por comerciantes y ganaderos de la región, ya Escalona merodeaba estos eventos, ya sea por invitación o atraído por las parrandas de varios días de fiestas patronales,

Lógicamente, el papá de Rafel Escalona, Clemente Escalona Labarcés, hijo del matrimonio de Francisco Labarcés Campo, con Justa Matilde Escalona, quien se apellidaba Escalona por ser hijo natural, era de Ciénaga Magdalena y fue coronel del Ejército liberal que participó en la Guerra de los Mil Días, y decide quedarse en Patillal, enamorado de una mujer que conoció en las correrías del ejercito Liberal, dejando canciones y poesías, pues era compositor y gallero empírico, digamos que de oído. Creció pues Rafel Escalona visitando estas tierras del Magdalena Grande y estas ideas se la llevó para Valledupar y en el año 68, lo hicieron realidad, aprovechando las coyunturas políticas que tenía Consuelo Araujo Noguera con Alfonso López Michelsen, fundadores del festival, ganando por primera vez Alejo Duran.

Indudablemente, estas historias contadas en libros, series, documentales nos deja una percepción y es que la música de acordeón, hoy vallenato, nació en la región de Plato, Ariguaní, y parte del sur de Bolívar, se extendió hacia el norte del Magdalena, paso por Fundación, llegó a Santa Marta donde no le prestaron atención, se alojó en Riohacha y bajó por la Guajira hacía Valledupar donde se escuchaba música de Bandas y Boleros.

Otro corredor que servía como ruta para estos juglares fue el Río Cesar. Llegaban de Santa Ana, Chimichagua, Saloa, Chiriguaná, Mompox, en fin, viajaban en piraguas y barcazas a vapor.

Podemos estar hablando de finales del siglo XIX, lo que lleva a enmarcar la música vallenata como identidad folclórica, es el hecho de que Gabriel García Márquez resalta en su libro “Cien años de soledad” la trascendencia indiscutible de los juglares que alcanzó a conocer y de los que escuchó hablar en la tierra donde nació. La capacidad con la que cada Juglar narraba los acontecimientos de cada pueblo en una melodía, de ahí que Escalona aprovechara todo ese manantial de conocimiento literario de aquellos Juglares empíricos y componía sus canciones con relatos o cuentos de los pueblos y regiones, digamos que ése era el vallenato auténtico. No solo adoptó la construcción literaria de aquellos Juglares, sino que se les trajo el festival.

Decir que los alemanes fueron los que trajeron el acordeón, puede ser un sofisma, ya que para 1857, cuando fue introducido por Riohacha, España los fabricaba desde 1835 y fue evolucionando en toda Europa. Cómo pretender ignorar que ningún español trajo un acordeón, cuando la música de este instrumento se popularizo tanto en España que dejó de ser exclusivo de las clases pudientes.

Expresemos que fueron sucesos en beneficio del folclor. La pregunta es: ¿Por qué en esta región de Plato y sus alrededores, donde nació el vallenato, no le han dado la importancia que se merece y recuperan su identidad cultural? Sus cimientos y raíces están vigentes en estas historias vivientes que el tiempo ha ido diluyendo, como un coronel que no tiene quien le escriba o como crónicas de una muerte anunciada. S ería bueno que las nuevas generaciones conocieran su memoria histórica y sus arraigos culturales de la mano de la cultura anfibia, de sus mitos y sus leyendas.

 

Luis Carlos “El Tachi” Guerra

Sobre el autor

Luis Carlos Guerra Ávila

Luis Carlos Guerra Ávila

Magiriaimo Literario

Luis Carlos "El tachi" Guerra Avila nació en Codazzi, Cesar, un 09-04-62. Escritor, compositor y poeta. Entre sus obras tiene dos producciones musicales: "Auténtico", comercial, y "Misa vallenata", cristiana. Un poemario: "Nadie sabe que soy poeta". Varios ensayos y crónicas: "Origen de la música de acordeón”, “El ultimo juglar”, y análisis literarios de Juancho Polo Valencia, Doña Petra, Hijo de José Camilo, Hígado encebollado, entre otros. Actualmente se dedica a defender el río Magiriamo en Codazzi, como presidente de la Fundación Somos Codazzi y reside en Valledupar (Cesar).

1 Comentarios


Manuel Gregorio Paternina Álvarez 13-09-2022 06:32 AM

Un esclarecedor esceito que devela raices y da lustre a tan legendario juglar que parecería tuviese magia en aus manos, Pacho Rada, el maestro. Felicitaciones al autor y gracias por el aporte

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