Música y folclor

Adolfo Pacheco: anécdotas de un acercamiento al cantautor

Alfonso Osorio Simahán

01/03/2023 - 03:55

 

Adolfo Pacheco: anécdotas de un acercamiento al cantautor
El compositor Adolfo Pacheco falleció el 28 de enero de 2023 / Foto: créditos a su autor

 

Lo conocí -o al menos me enteré que existía- con el clásico formato que conocimos a los encumbrados alumnos matriculados en la escuela vernácula de Francisco el Hombre: por la difusión radial de sus propias creaciones. No he investigado con seriedad el fondo de este asunto, pero la explicación personal, con las consabidas excusas, es que aquella rutina constante donde el compositor del género vallenato se mencione con nombre y apellido en muchas de sus obras, es como queriendo advertir que orgullosamente están dispuesto a reclamar y defender en el terreno musical que sea, la paternidad de su inspiración. Ejemplo que nos hace esgrimir esta tesis, fue cuando Juancho Polo -quien fue el más radical y concluyente en estas dudas- , le respondió a  un locutor que lo increpó por la manía de nombrarse en casi todas sus canciones:  

––Es para que no me confundan con Piero ––dijo con pasmosa frialdad.

Quien me presentó a Adolfo Pacheco aquella primera vez, fue su venerado paisano, Andrés Landero. No hubo el tradicional apretón de manos, sino que fue mediante un mensaje musical, cuando le escuché embebido su página inmortal, La Hamaca Grande. Esto sucedió mientras yo viajaba por una de las carreteras de Córdoba a mediados de 1970. Del interior de esas tradicionales fondas apostadas a la orilla de la vía, brotó una melodía tan cautivadora y tan fácil de contagiar, que, desde entonces, no hay un día de la semana en que no sienta los aleteos en mi mente de aquel canto y, en recompensa, por el alivio espiritual que produce, no me queda otra cosa que tararearla.

Pocos meses después de haber salido a la luz pública aquella Obra Maestra de estirpe sanjacintera, fueron las mismas estaciones radiales las que me fueron ilustrando cuál era la verdadera profesión del tal Adolfo Pacheco, el personaje aquel de aquella suplicante invitación al Valle, tal como lo narra la segunda estrofa de la celebrada canción.

Los locutores, al momento de colocar en sus programaciones musicales las canciones “Oye”, “El Cordobés”, “El Mochuelo”, “Te Besé”... era obvio que anunciaran el nombre del cantautor sabanero. Otro sanjacintero, un año más tarde, ampliarían, sin ningún esfuerzo, la biografía del Trovador Sabanero.

Cursando quinto año de bachillerato en el Liceo Bolívar de Cartagena, en el horario habitual de una asignatura faltó en sus obligaciones su profesor titular. Esa inesperada tregua la convertimos en rochela recreativa, cuando un compañero de clases, Alandete -solo recuerdo su apellido- extrajo de uno de sus bolsillos una violina; otro alumno lo secundó al agarrar un pupitre como caja, y un tercero, con la punta de un lapicero convirtió uno de los ventanales metálicos del salón en una guacharaca. Y yo, que para esa época andaba de a toque para autoproclamarme como cantante, le dije a Alandete que si se sabía La Hamaca Grande. Más vale que no. Porque con mirada desafiante, no había terminado de hacerle la pregunta, cuando arrancó con la melodía. Una vez que finalizamos, sin dar tiempo al pretexto, la chusma estudiantil, casi que obligados nos la hicieron repetir una media docena de veces más. Los tres únicos compañeros que, al fondo del salón se mostraron impasibles y, no se sumaron a la parrandita, todos eran cartageneros. El resto, éramos provincianos.

Después de aquel concierto, fue el mismo Alandete quien haciendo las veces de experto catedrático, nos habló con puntuales datos sobre la vida de su paisano Adolfo. Para no generar suspicacias, enumeró los títulos de cada una de las composiciones que conformaban para entonces, el variado repertorio del cantautor. Alandete tenía toda autoridad para disertar sobre el Maestro, había sido su vecino en San Jacinto por mucho tiempo.

A Pacheco, lo vine a conocer en persona, aquel mismo año 1972, en el puerto que estaba predestinado para conocerlo, como diría el marino extraviado: el estadio Chemesquemena de Valledupar. Y no fue precisamente en un partido de futbol, aunque al clausurar la función que en su grama se celebraba, pareciera que si lo fue. Adolfo andaba en aquella ocasión por predios de Chipuco en pos de competencia y conquista; y yo, en son de pasión aventurera, Pero todo, en nombre y gracia del folclor.

El estadio Chemesquemena había roto la tradición aquel año, al ser escogido por la Junta Organizadora de la Quinta Edición del Festival Vallenato como el escenario para la gran final de los diferentes concursos. El templo sagrado para ese certamen desde sus albores, sabemos, que era la Plaza Alfonso López.

El desgano y la frialdad con que el público respondía a cada resultado que iba dando el presentador de ceremonia aquella madrugada -casi era de mañana- tocaron su fin, cuando mencionaron a Miguel López como nuevo Rey Vallenato. El descontento se transformó en botellas, palos y piedras que iban y venían. Más tarde vine a saber que el florero de la disputa de aquel zafarrancho lo había ocasionado nada menos que Juancho Polo, a quienes el jurado lo había eliminado de la competencia desde el día anterior, por no presentarse en el horario exigido. Tenían razón. Esos despechados fanáticos pedían la presencia en la tarima, aquel quien vivía para aquellos años la gloria y esplendor y se había robado el corazón del pueblo vallenato. Yo, en un momento, pensé que el descontento era por el veredicto de la canción inédita. Adolfo participaba con Fuente Vallenata, quedando en el segundo lugar. La canción ganadora fue Recordando Mi Niñez, de Camilo Namén. 

La segunda vez que lo vi, fue en Cartagena en un escenario de contrastes. La Alcaldía Distrital de Cartagena para comienzos del año 1973, organizó un evento, tipo retreta, en la Plaza de la Aduana. Los invitados estelares fueron una Banda de Música de la Marina estadounidense, que hacía parte del programa de ayuda para Latinoamérica, Unitas, y el conjunto del maestro Adolfo Pacheco. El show, tenemos que decirlo y reconocerlo, se lo robó en aquella ocasión la Banda de la Armada de los Estados Unidos; no obstante, el cantor Pacheco, sin complejos ante los desafíos y, menos, sin acoquinarse ante la rivalidad gringa, se defendió como lo hizo El Cordobés de Nabo Cogollo en sus buenos tiempos.

Imposible olvidar desde el día que lo conocí, su rostro amondongado, su complexión de obesidad truncada y su sonrisa permanente como para no reconocerlo en medio de cualquier multitud. Con suma frecuencia me lo tropezaba cualquier día y a cualquier hora por los pasillos de la sede de La Gobernación de Cartagena, siempre rodeado de contertulios.

Pisaba duro por esos predios, pues, para entonces, ocupaba un escaño en la Asamblea Departamental como diputado.

Este humilde cronista fue testigo mudo en una ocasión de un episodio para enmarcar. Cierto día, en la Plaza Bolívar de Cartagena, un grupo de personas tenían rodeado al maestro, pienso hoy, que solicitándoles con vehemencia ayuda para algún cargo en la burocracia departamental. Sin ofuscarse, con el fin de bajar la tensión momentánea del acoso, les preguntó que cuáles eran los instrumentos musicales (acordeón, caja y guacharaca) con que se defendían bien. Se miraron sorprendidos ante el tamaño de la pregunta. Solo uno se atrevió a responder:

––¿Eso para qué, maestro?

––Para que me acompañen al Valle a llevarle la hamaca y la serenata vallenata que le estoy debiendo. Es el único trabajo que les puedo ofrecer.

––¡Porque puesto político, no hay! Hasta el mío –dijo- anda guindando.

Cualquier sábado del año 1974, los Hermanos López, comandados por Jorge Oñate tuvieron una regia presentación en Club La Popa de Cartagena. En la mañana siguiente al evento me encontré en el parque Fernández Madrid con el compositor Fernando Meneses, quien para esa época estudiaba medicina en la Universidad de Cartagena. Estaba acompañado del acordeonero el “Negrito” Villa y me dijo que se dirigían al Hotel Marbella donde se hospedaba Jorge Oñate y su comitiva; iba con la intención de hacerle llegar un par de composiciones para una futura y posible grabación. Nando no tuvo reparos en responderme afirmativamente cuando le sugerí que si podía ir con él a esa misión folclórica.

A los primeros que encontramos en la recepción del hotel fueron a Adolfo Pacheco y a Oñate. Discutían de manera civilizada el precio de una presentación de la agrupación de los Hermanos López, con fines sociales, en San Jacinto. Finalizada la negociación, Oñate, mientras sostenía en sus manos una grabadora de casete, le insinuó a Adolfo que si no tenía alguna composición inédita para su próximo álbum. Aprovechando el acordeón del “Negrito” Villa, Adolfo Pacheco, sin previo ensayo le cantó El Pergamino. A su vez, Fernando Meneses, que empezaba a garrapatear en el arte de componer, a petición de Jorge, sin más instrumento que el acordeón del “Negrito”, solo logró grabarle una de las dos que tenía pautado.  El título de esa composición se me escapa en estos momentos, pero me acuerdo bien de uno de sus coros que dice: “…me voy pá Pivijay, tierra de lindas muchachas... y con Abel y sus hijos tendremos una buena parranda…”. El resultado del affaire Marbella, fue que ninguna de las dos canciones las grabó Oñate. Pero en los meses subsiguientes la logramos bailar en ritmo tropical en la voz del venezolano Nelson Henríquez.

Nunca antes había intercambiado un sí o un no con el maestro Adolfo Pacheco, hasta que un día del año 1976, un entrañable paisano mío, Emery Barrios Badel- fallecido – fue quien tendió el puente para que se rompiera la sequía comunicacional. Emery, un acucioso investigador musical y gestor cultural, a quien nuestro natal Sincé le adeuda todavía una estatua en el exclusivo pedestal de los personajes valiosos de esta tierra, era compañero de estudios de Adolfo Pacheco en la Facultad de Derecho de la Universidad de Cartagena. El maestro para entonces vivía temporalmente en el Hotel Colonial, aledaño a esta casa de estudios. El mismo día que me lo presentó Emery, terminamos en su habitación los tres por espacio de una hora más o menos. Hablamos de todo, menos de derecho.

No pasó mucho tiempo, después de aquel primer encuentro, cuando me lo volví a tropezar en las instalaciones de Radio Vigía, una emisora local.

El menú suculento que en materia musical ofrecían las estaciones radiales para aquella época en Cartagena, era la inefable Descarga, el tal Boogaloo y sobre todo, la Salsa, cuando todavía estaba muy fresca en la retina del público melómano la exhibición en una sala de cine del documental Nuestra Cosa Latina.

El primero que se atrevió a contrarrestar el avance a estos exóticos aires, fue el magdalenense, Mauricio Pornoy, funcionario de la empresa, Electrificadora de Cartagena, con un programa vallenato de una hora de duración en Radio Vigía, que conducía el corozalero, Pedro Pérez Barrios. A las 11 de la mañana de aquellos días en dicha emisora, les contaba, me volví a topar con el maestro Pacheco. El andaba promocionando su último trabajo musical y yo hacía colaboraciones periódicas en aquel espacio radial. Entre bastidores, con algo de irreverencia le dije a Adolfo, que como estudiante de abogacía ya él había hecho la primera pasantía. Entre sonrisa, me dijo que le aclarara. Le respondí que la carga de la prueba era la canción El Código de Amor, que se escuchaba en algunas emisoras de la Sabana.  

La primera vez que, a manera de tertulia, me habló de algunos aspectos significativos de su obra musical fue para un fin de semana que coincidimos en La Piragua, un acogedor sitio de diversión nocturno en el sector Bocagrande. Al aire libre improvisaban una tarima pequeña donde acostumbraban a presentar agrupaciones en vivo. El gran animador en ese escenario aquella ocasión fue Rafael Ricardo, que, para entonces, andaba rebuscándose con su conjunto; pero en vez de acordeón cromático, lo que ejecutaba como instrumento era una melódica. Esa noche al percatarse de la presencia de Adolfo, tocó Mercedes. En el descanso de la tanda se sentó a departir en nuestra mesa. De aquel amenizado momento recuerdo claramente la risotada de ambos, cuando Adolfo le dijo a Rafa que hiciera todo lo posible para rebajar de peso.

––Sí, compadre ––respondió Rafa––. Ya empecé una dieta a punta de puro mote de queso.

Comprobé, esa vez en La Piragua, del perenne humor que tanto se hablado de él, y de su rica narrativa a la hora de plasmar anécdotas.

A escasos metros de la Universidad de Cartagena y el Hotel Colonial, un habilidoso comerciante cachaco, tuvo la fina idea de inaugurar un bar-restaurante con el nombre de La Hamaca Grande. El exclusivo plato del día era la música vallenata. Era, además, el único oasis en el sector amurallado, donde se saciaba de aquella necesidad.

Me encontraba departiendo en La Hamaca Grande con un amigo coterráneo, cuando vi pasar por enfrente del local al maestro Pacheco. Lo invité a sentarse y, agradecido así lo hizo. No se había acomodado todavía cuando de los bafles colgantes sonó la versión La hamaca grande de Landero. Sin lugar a duda, el dueño o encargado debieron reconocer al maestro. No conforme con eso, colocaron después las versiones de Enrique Díaz, Alfredo Gutiérrez y Johnny Ventura. Si lo hicieron para impresionar al autor o que se extendiera nuestro consumo de cervezas; ni lo uno ni lo otro. Adolfo, solo se tomó dos, alegando que tenía que viajar a Barranquilla; y mi amigo y yo teníamos los bolsillos comprimidos por la escasez.

De aquel encuentro, recuerdo que cada vez que sonaba la canción sus ojos brillaban, como brillan cuando uno tiene cerca al hijo que estaba ausente. Y alusivo a ese placentero rato, nos aclaró que, en México, o en cualquier país europeo hubiese sido rico por las regalías que debían arrojar su gran éxito. A los pocos meses, yo viajé para el extranjero, lo que hizo que más nunca tuviera la fortuna de volverlo a ver en persona.

Para comienzo de los años cincuenta, en carretera bolivarense se mató en un accidente de tránsito un querido músico sanjacintero. Este trágico accidente fue el caldo de cultivo para que naciera una inmortal pieza musical: La Muerte de Eduardo Lora. Compuesta por un paisano del difunto, e interpretada por el mismo que dio a conocer La Hamaca Grande, Andrés Landero. Setenta años después, esas mismas carreteras se llevaron al infinito otro sanjacintero. No hace falte que ningún artista le cante para darlo a conocer. Pero sí sobrarán muchos Landero en el mundo entero, que esparcirán la semilla y el evangelio musical que profeso este gigante del folclor colombiano.

 

Alfonso Osorio Simahán

Sobre el autor

Alfonso Osorio Simahán

Alfonso Osorio Simahán

Memorias de Berrequeque

Abogado en ejercicio, profesión que alterna con la de gestor cultural. Folclorista a tiempo completo y compositor de aires autóctonos del Caribe.

2 Comentarios


José Mejia Rodríguez 02-03-2023 06:33 AM

El altercado en el estadio Chemesquema fue por la elección de Miguel López como rey vallenato, está documentado qué parte del público que era fanatico del maestro Andrés Landero generó esas situaciones.

Poncho Osorio 02-03-2023 06:09 PM

Bienvenida,esa certera aclaratoria.Los años a veces nos hacen trastabillar la memoria. Pero, lo que si sostengo , es que un grueso de aquel público apostado en el Chemesquemena pedía la presencia de Juancho Polo.

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