Música y folclor

La permanencia del Vallenato y sus visiones apocalípticas

Orlando Molina Estrada

07/04/2023 - 02:55

 

La permanencia del Vallenato y sus visiones apocalípticas

 

A pocos días de iniciar el Festival vallenato en su número 56, en Valledupar y en todo el ámbito donde es noticia esta música, se reactivan foros, conversatorios, publicaciones de revistas, libros y hasta lanzamientos musicales en donde no falta el tema de la decadencia de este género.

Sin embargo, más allá de los festivales y las tertulias académicas, parece que en todas las épocas el vallenato ha tenido dolientes y que, de acuerdo con los fenómenos musicales del momento, muchos expertos o apasionados han decretado su fin, y no solamente desde los tiempos en que se institucionalizaron los festivales, sino desde el mismo momento en que esta música se llevó al acetato. Cada vez que surge una nueva generación de músicos se reactiva el tradicional debate en donde el vallenato “se ha echado a perder”.  

A continuación, referenciaremos las principales realidades apocalípticas que en su momento tuvieron vigencia y fueron remplazadas por otras.

Las vestiduras rasgadas

El primer momento comercial de lo que hoy se denomina vallenato no se da en acordeón, sino en guitarra y de la mano de un cienaguero, dos realidades que contradicen la tradicional teoría de que fue en Valledupar y con acordeón que nació este género. Guillermo Buitrago fue quien hizo famosos a Escalona, Emiliano Zuleta y Tobías Enrique Pumarejo, siendo además la primera gran estrella de la industria musical en Colombia, pionero de las grabaciones y carismática figura que, bajo el formato de una especie de trío cubano, puso en lo alto lo que hasta entonces era una música de vereda y pendencieros juglares. Pero, aunque sea considerable el peso de estos hitos, Guillermo Buitrago ha sido poco visibilizado y, por el contrario, menospreciado por la crítica vallenata hegemónica, tal vez concibiendo su figura como impostora y apocalíptica que no logró imponer el estilo acachacado de tocar vallenato en guitarra. Recuérdese además que Buitrago era blanco, ojos verdes y de ascendencia paisa. En el prólogo que hace Miguel Abadía Morales al primer libro escrito sobre vallenato de la autoría de Consuelo Araujo Noguera (1973) celebra sin rodeos la supremacía del vallenato en acordeón sobre la espuria sombra del cienaguero. En las posteriores obras de Ciro Quiroz Vallenato, hombre y canto (1982) y Cultura vallenata: origen, teoría y pruebas de Tomás Darío Gutiérrez no aparece mención alguna de su influencia.

En la década del 60, se dan otros casos donde el discurso purista de las policías culturales llegó incluso a interferir en las inquietudes de los artistas. Jorge Nieves Oviedo afirma en su libro Los sonidos del patio y la cultura del mundo (2003) que Alejo Durán fue uno de los primeros en adoptar el bombardino en sus grabaciones, pero por la presión de algunos folcloristas se vio en la necesidad de dejar de usarlo porque estaba atentando contra la originalidad y permanencia de la música. Bien conocida es su canción La Nueva ola, donde deja precedente de no caer en las nuevas sonoridades que se derivan del acordeón en relación con el fenómeno de la guaracha de Aníbal Velásquez, así enfatizo el negro grande del acordeón su postura: A mi negra que le pasa/ lo voy a decir muy duro/ quiere que toque guaracha/ yo soy vallenato puro.

Las lealtades musicales, donde la identidad y lo tradicional se oponen a la vanguardia y la comercialización, han sostenido una tensión a lo largo de toda la historia de la industria del disco en el vallenato. Incluso, dentro de la misma línea vanguardista se terminan tejiendo roces de territorialidad y egos, como sucedió en la misma década del 70 entre Aníbal Velásquez con su canción “La contundencia” y Alfredo Gutiérrez con “Respuesta pa Aníbal”, donde los estilos barranquilleros y vallenatos se disputaban versatilidad a la hora de tocar el instrumento. Cuando no es la territorialidad y la vanguardia, es la generación consagrada que se siente tocada por los nuevos. El vallenato nos ofrece una estela bastante considerable en estas rivalidades. En la canción “Los cantantes” Alfredo Gutiérrez la emprende contra Jorge Oñate, gran protagonista del festival de 1972, cuestiona su prepotencia al creerse el mejor, dejando por sentado que no es ni compositor ni acordeonero, solo intérprete, lo que en su momento debió ser considerado una afrenta para una música de artistas completos donde una sola persona cantaba, interpretaba el instrumento y componía. La cereza en el pastel la ponía Miguel López, el rey mudo, quien no cantó un solo tema y se alzó con la corona. El mismo Oñate le devolvería la inquietud a Diomedes y la generación de cantantes que despuntaron a mediados del 70. Y Diomedes haría lo mismo en una secuencia de ajustes generacionales que hasta el día de hoy se mantienen.

En 1971, Consuelo Araujo Noguera afirmaba que el vallenato era narrativo y que Gustavo Gutiérrez o Freddy Molina eran muchachos con un estilo lírico y ajeno a la tradición de la música de acordeón, también dividía a Diomedes en tradicional y comercial, desconociendo que el vallenato desde mediados de 1940 dejó de ser folclórico para inaugurar la industria de la música en Colombia. La Cacica, siempre alerta con las influencias espurias que degeneraran su folclor, mantuvo fuertes rivalidades conceptuales y musicales con Alfredo Gutiérrez, Adolfo Pacheco y Andrés Landeros, y llegó a afirmar que había un estilo original llamado vallenato-vallenato frente a los estilos sabaneros y bajeros.

Pero nada de lo que dijeran las autoridades culturales podría frenar el avasallante paso de la comercialización, que terminó ganando el pulso entre la tensión tradición–comercio en el vallenato, pues, por influjo del negocio del disco en el 60, empezó a ser mayoritariamente lírico y no se acabó. En el 70, la industria del disco y la radiodifusión lo popularizaron, estilizado y pensado para la exportación, y no dejó de ser vallenato; en el 80, era un fenómeno nacional, con el estigma de estar emulando la influencia de la ranchera, pero tampoco se acabó. Cada premonición advertía un cambio que fue asimilado positivamente en el transcurso posterior de esta música, ¿o acaso Marcos Díaz, Iván Villazón, Jacinto Leonardi Vega o el Cocha Molina que hicieron su debut musical en los 80 no hacen parte del vallenato genuino?

Desde mediados de los 80 e inicios de los 90, triunfaron agrupaciones como Los Pechichones, Los diablitos, Los Muchachos, Los Chiches vallenatos, Binomio de Oro de América, Inquietos y Gigantes, que fueron acusados de llorones, sensibileros, de voces andróginas y hasta de masculinidad comprometida por la cadencia de su interpretación, pero vaya sorpresa que el vallenato no se acabó y hoy son tenidos como agrupaciones con valor indiscutible en sus letras, arreglos y cantantes. A la fecha hay escuchas que anteponen el vallenato de Los inquietos o Gigantes a la nueva ola, pero a mediados del 90 los respectivos dolientes los consideraban decadentes.   

En todos estos ajustes generacionales, que no se dan solo en la música, ha habido dolientes que se han rasgado las guayaberas diciendo que el vallenato se echó a perder y que los de ahora no cantan ná. Al Pollo Isra le auguraban un pésimo saldo para la canción “La creciente”, le decían que eso no era vallenato, pero actualmente podemos entender una realidad muy distinta.

Pero nada tan abrupto se ha vivido en el vallenato como la incursión de la Nueva ola finalizando los 90. Si a Jorge Celedón o Luis Mateo los acusaban de llorones, a Peter, Silvestre y Luifer Cuello, entre otros, en su momento no los bajaban de asonantes y estridentes. Se les denominaba “los jóvenes de la brincadera que estaban dejando por el suelo lo que en los últimos 30 años habían hecho Oñate, Poncho o Diomedes”. Para el 2006 decía Gustavo Gutiérrez que era muy próximo para hacerse una conclusión sobre este fenómeno y hasta la fecha han pasado ya casi 25 años y no creo que a nombre de la nueva ola el vallenato se haya acabado o se esté acabando desde la fatalidad helénica que afirman muchos. Por el contrario, fue gracias a este estilo que se ha mantenido hasta nuestros días y tiene el mérito de haber sobrevivido a la avasallante incursión del reggaetón en la industria musical a inicios de siglo XXI.

Frente a géneros más internacionales como el merengue dominicano y la salsa, o la champeta local en su segunda ola, que no tuvieron el pulso mediático de mantenerse, el vallenato supo adaptarse a los nuevos tiempos. Incluso ahora que la tecnología ha cambiado el negocio de lo físico a lo digital, el género goza de popularidad creciente y se consolida en las audiencias juveniles.

Conclusiones  

Las imposiciones musicales que hacen las autoridades culturales no siempre van de la mano del éxito comercial de los artistas, pero sí limitan la creatividad de estos. Por fortuna, la dinámica del mercado pesa más que las visiones esencialistas y puristas de mantener las tradiciones ancladas.

A lo largo de 80 años de grabaciones, el vallenato ha logrado mantenerse gracias a las adaptaciones que se han hecho desde las casas disqueras. La organología triétnica de caja, guacharaca y acordeón tiene más de 50 años que no se graba con esa exclusividad y eso indica que la articulación de guitarras, bajos eléctricos, timbales, baterías, teclados, sintetizadores y otros adornos más, no significaron el fin de este género como tantos alarmistas lo hicieron saber en las respectivas épocas.  

Por otro lado, los consagrados hoy del vallenato considerado tradicional, genuino o de altura poética iniciaron sus carreras siendo jóvenes y no se conformaron con replicar lo ya establecido, sino que aportaron lo propio y también fueron criticados por los adultos, lo que descarta la idea que son los jóvenes en todas las generaciones que están acabando con la música.

Por último, no se discute que el sustrato y peso poético de las canciones en los últimos años haya decaído, pero tal vez las realidades que les toca afrontar a las nuevas audiencias reclamen un lenguaje más directo, sin filtros y con la posibilidad que los represente ante lo cual sería anacrónico e insostenible comercialmente seguir produciendo canciones que alimenten sensibilidades pasadas.

 

Orlando Molina Estrada 

Sobre el autor

Orlando Molina Estrada

Orlando Molina Estrada

Sal y sol

Orlando Molina Estrada (1985), nacido en San José de Saco, Atlántico, Licenciado en Humanidades y Lengua Castellana y Maestrante en Literatura hispanoamericana y del Caribe de la Universidad del Atlántico. Investigador de la cultura vallenata y temas relacionados con la música como eslabón en el proyecto Estado-nación. Actualmente, se desempeña como docente y adelanta estudios sobre la obra del compositor Rafael Manjarrez Mendoza en calidad de tesis de maestría.

1 Comentarios


Yaneth Sandoval 10-04-2023 06:46 PM

Muy buen análisis, felicitaciones. Aunque mínimo y solo al final el aporte en cuanto a composiciones, que es un arista fuerte en esta problemática del vallenato. Gracias por tu aporte

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