Música y folclor
Juglares, de visita en mi pueblo

La avalancha de personas subía las escalinatas, terraza y se acomodaban en la sala de mi casa. Llegaban acordeoneros y demás músicos de los conjuntos vallenatos y con ellos el anfitrión de la casa acompañado de muchos amigos, compadres y conocidos, luego de haber hecho antes otras paradas, serenatas y gozo colectivo en algunas de las casas de los acompañantes presentes.
Generalmente, estas parrandas eran en días y fechas especiales, día del campesino, del padre, de la madre, fiestas patronales del 26 de julio o en la época decembrina, la pernoctación de estos juglares era tendida y extendida varios días y, al igual que los complacidos con sus cantos y melodías, también tomaban, gozaban y supongo que de regreso llevaban a sus hogares los recursos amasados en sus correrías, porque ciertamente, cada parada musical era pagada por el anfitrión.
En mi natal Santa Ana (Magdalena), fui testigo de aquellos momentos tan especiales en casa de mis padres, entonces el célebre e inolvidable ron Caña no tenía competencia pues era consumido por todos sin ningún tipo de distingo social, y así, entre risas, abrazos, aplausos, saludos a los invitados y por supuesto el infaltable sancocho de pato, gallina o pavo, se le rendía tributo y difundía la música de acordeones, para nada extraño en sur del Magdalena, es bien sabido que de las entrañas del Magdalena grande, en especial las provincias del Valle de Upar y Padilla germinaría este gran manifestación folclórica.
Como olvidar las paradas en las casas de Don Sebastián Villamizar, Juan Rivas, Hernando Villamizar, Néstor José Benavides, Jaime Jiménez, Alberto Arrieta y en casa de mi padre, Juan Carreño Jaraba, el médico del pueblo. Por mi casa pasaron Alejandro Durán, Abel Antonio Villa, Luis Enrique Martínez, Francisco “Pacho” Rada y Enrique Díaz. Corría la década de los años setenta, los juglares deambulaban, andaban errantes por aquellos lares, todavía no se habían impuesto los conciertos ni la comercialización dentro del vallenato, era el momento de los juglares y trovadores que al compás de un acordeón, caja y guacharaca cantaban, sentían y decían los que les rebela las profundidades de sus almas.
En particular, me dejó marcado un evento irrepetible. Cierto día, a muy tempranas horas, me asomo a la terraza de mi casa y veo justo en el pretil de la casa del vecino de enfrente la figura de un señor ya mayor de edad, al lado tenía su acordeón, su infaltable sombrero y una botella de ron caña. En el momento no indague por quién era la persona, lógicamente la estampa del viejo músico me quedó grabada.
En el transcurso del día, por cierto, de concentración de cuerdas de gallos procedentes de muchos lugares del Caribe, escuché de un desafío en la gallera central que estaba justo al lado del colegio de primaria de mi maestro Don Rafael Jiménez Altahona, diagonal a la casa de las hermanas Masón. Unos de los desafiantes era Cristóbal Passo, reconocido acordeonero oriundo de Plato (Magdalena), radicado en el Santa Ana, mi pueblo lo acogió como un hijo más.
El otro desafiante era el viejo borracho que había visto reposando su larga pea en el pretil de la familia Royero Serpa, mis vecinos. Ya reposado y con la misma vestimenta tocaba con los músicos de su contrincante, al anunciarlo en la gallera vine a conocer quién era, se trata ni más ni menos que del señor Juancho Polo Valencia, gran juglar del Magdalena. Esa tarde tocaron todos los ritmos, versearon, improvisaron, la afición se gozó la parranda, al final tributó aplausos a ambos músicos, alzado en hombros a Juancho Polo, ganador indiscutible de la piqueria.
Gustavo Adolfo Carreño Jiménez






