Música y folclor

El vallenato y sus historias: los secretos de algunas canciones inolvidables

Redacción

25/10/2023 - 00:17

 

El vallenato y sus historias: los secretos de algunas canciones inolvidables

 

¿Qué sería del Vallenato sin las historias que rodean sus cantantes, las composiciones y grabaciones? Tal vez nada, o muy poco. La música vallenata se alimenta de las anécdotas, de los lugares y las circunstancias que permitieron la creación de una canción.

La composición es tan importante como el autor y el momento en que fue creado el texto. Por eso, te invitamos a pasearte con nosotros por varios “Clásicos” de la música vallenata para entender qué fue lo que propició cada canción así como otros datos biográficos o históricos.

‘Los tocaimeros’, de Leandro Díaz

De paso llegué donde Teo Tiste

cuando salí parrandeando

si ve a Pedro Julio le dice

que Leandro lo vino buscando (bis)

 

La lengua de Leandro en la noche

canta alegría con la gracia

Juanita Baquero con López

la vieja Mengracia en su casa (bis)”

El compositor guajiro Leandro Díaz nació ciego y su madre lo dejó a cargo de su tía cuando era niño. Años después, estaba en Tocaimo y quería volver a Hato nuevo, pero como no tenía dinero, decidió pasar de casa en casa cantando un merengue en el que mencionaba el nombre de cada uno de los miembros de las familias del pueblo, así nació la canción ‘Los tocaimeros’.

“Que un ciego, un pelao’, tuviera esa genialidad para ir mencionar uno a uno sin dejar por fuera a nadie, y contarte toda esa historia es maravilloso. Aún hay gente viva que aparece en la canción”, explica el compositor Nicolas Araujo.

‘La custodia de Badillo’, de Rafael Escalona

Mi compadre con la guerra cuando tenga fiesta,

va a tener que abrir el ojo para vigilar,

con una 45 en la puerta e’ la iglesia,

 todo el que tenga sotana no lo deje entrar”.

Aunque muchas de las canciones más famosas del vallenato narran historias de amor, en este género también hay espacio para la denuncia y fue el maestro Rafael Escalona quien narró cómo la reliquia más preciada del pueblo desapareció detrás de una sotana.

Hace sesenta años, en la iglesia de Badillo, Cesar, había una custodia colonial muy querida por todos los habitantes del pueblo y Escalona la describe en la canción: de oro, grande, pesada. En ese tiempo, el cura daba misa y se iba, y un día se llevó la custodia de oro y puso otra de cobre que era más liviana.

Escalona era muy amigo de mi padre y yo escuchaba esas historias hermosas que fueron reales y que inspiraron al compositor a hacer piezas musicales que están dando testimonio, que están registrando la historia de aquellos lugares que hacen parte de la provincia vallenata.

‘La bola e’ candela’, de Hernando Marín

¿Dónde está Jorge Dangond?

Ay, la gente corría

con miedo y pavor

y el diablo decía:

no quiero trabajador (bis)

No quiero trabajador

quiero es a Jorge Dangond”.

En Convención, los vecinos contaban entre susurros el rumor de que, en un cerro cercano, se reunía Jorge Dangond con el diablo para entregarle un trabajador cada año. Esta historia fue inmortalizada por el compositor Hernando Marín quien escribió que el diablo, ya cansado de los empleados, pidió un rico y le exigió su alma a Dangond, pero este se la negoció por la de su primo Rodrigo Lacoutore y el diablo se negó por considerarlo un vividor.

“Yo era muy pelao’ y me daba mucho miedo porque para mí esas cosas eran verdad, eso era parte del realismo mágico y es lo que encierra el vallenato. De hecho, García Márquez decía que ‘Cien años de soledad’ era un vallenato y ahora que lo veo es así”, cuenta el compositor Nicolás Araujo.

‘Alicia adorada’, de Juancho Polo Valencia

Donde to´ el mundo me quiere

Alicia murió sólita (bis)

dondequiera que uno muere, ay hombre

toa´ las tierras son benditas (bis)

Ay pobre mi Alicia, Alicia adorada

Yo te recuerdo en todas mis parrandas

Pobre mi Alicia, Alicia querida

Yo te recordaré toda la vida

Cuenta la historia que Juancho Polo Valencia vivía en Flores de María con Alicia Cantillo, pero durante uno de sus viajes, ella entró en labores de parto y tuvo una hemorragia por lo que, Juancho, al enterarse, viajó a Pivijay por los medicamentos, pero al regresar encontró a su esposa estaba muerta.

Se dice que la compuso durante los tres días que pasó sobre la tumba de su Alicia adorada acompañado de una botella de ron. La canción se hizo famosa en la voz del gran Alejo Durán.

‘039’ , de Alejo Durán

Sabroso venía viajando

bajaba con mi morena

sabroso venía viajando

bajaba con mi morena

 

Y llegamos a la carretera

allí me dejó llorando

y llegamos a la carretera

allí me dejó llorando

Irene, la protagonista de la canción de Alejo Durán, relató cómo ese bendito número le marco el destino. Cincuenta o sesenta años atrás, Irene estaba en el puerto de Montelíbano y Alejo apareció a su lado sin ella imaginarse que juntos iban a viajar por el río San Jorge.

Cuando llegó su chalupa, él se sentó a su lado y durante el trayecto, le dedicó versos y le propuso que se fueran juntos a Buenavista, pero ella se negó; a lo único que accedió fue a dejarle un retrato. Al llegar a su destino, Irene se despidió y se bajó de la chalupa mientras Durán calcaba en su cabeza las placas del carro que recogió a su amor para días después volver al pueblo y buscar en cada lata el ‘039’ que había memorizado.

“Ella cuenta que él visitó a la mamá para convencerla que la dejara ir con él, y en vez de salir juntos, Alejo se quedó viviendo en la casa de ellos e Irene resultó embarazada”, narra Araujo.  Para él, eso es lo importante del vallenato: son historias repletas de verdades, de emociones y acontecimientos.

‘El rey de las mujeres’, de Eder Nicolás Araujo

Sabroso que estoy ahora me persiguen las mujeres

A mí toditas me adoran, a mí toditas me quieren

Y yo no soy, no soy bonito

y yo no soy, no soy bonito

Pero todas las mujeres quieren que les dé un besito

Eder Nicolás Araujo, además de testigo, también es compositor y una tarde en un museo lo llevó a escribir una de las canciones más sonadas de los últimos diez años.

Cuando trabajaba en el edificio Murillo Toro, del entonces Ministerio de las Comunicaciones, había un museo que tenía un piano de cola y todas las tardes, después de almorzar, iba y le arrancaba melodías de su vieja Valledupar. Un día, se encontraba en este salón sentado en un sofá hablando con una compañera y al cabo de un rato llegaron otras tres y acomodaron a su alrededor. Durante la conversación, apareció otra que al ver la escena, dijo: Ay, mírenlo, ahí está pues, el rey… "Yo abracé a las que tenía al lado haciéndole fieros a aquella y ellas, sin que lo hubiéramos planeado, me dieron un besito en cada mejilla para molestarla a lo que ella replicó: sí, como es tan bonito". Esa tarde, al terminar de trabajar volvió al museo y fue cuando surgió la idea de volver la escena una canción: “todo lo que digo ahí, sucedió ahí”.   

 

PanoramaCultural.com.co

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