Música y folclor

Reinerito Martínez, un viaje por su vida

Álvaro Rojano Osorio

27/11/2023 - 01:40

 

Reinerito Martínez, un viaje por su vida
Reinerito Martínez / Foto: cortesía

 

Siendo un muchacho me fui de la casa huyéndole a la pobreza, al hambre, a la desnudez en la que vivía, debido a que me levanté solo, sin mamá, porque se murió cuando tenía un año de nacido, y sin papá, porque nunca, nunca fue responsable conmigo. Desperado por mi situación, le comenté a Pedro Camargo, quien era mayor de edad, lo que me sucedía, entonces me dijo:

“Vámonos para Fundación a buscar trabajo, por plata para el viaje no te preocupes que te la doy.”

Me fui sin nada que llevar como equipaje. ¿Con la pobreza en la que vivía, cuál podía ser mi menaje? Salimos a las dos de la madrugada, y caminando sin descanso estuvimos en Salamina a las cinco de la mañana, donde abordamos un carro que nos llevó hasta Fundación. Llegamos a las diez de la mañana y Pedro me dijo: “Espérame en esta esquina, ya regreso.” Ahí me senté, y comencé a ver gente que iba y venía, a ver el tiempo pasar.

Con la tarde llegó la desesperación porque Pedro no regresaba, miraba hacia la calle por donde se había ido. Hasta me dieron ganas de caminar por ella para buscarlo, pero me ponía a pensar que, si regresaba por otro lado, no me iba a encontrar. En esa larga espera vi aproximarse y, después, llegar a la noche. Debía ser las siete de la noche, cuando dije:

¡Carajo! Pedro no va a venir.  

Sin tener un peso en el bolsillo y sin conocer a nadie, me encaminé por la misma calle que Pedro se fue, para ver si lo conseguía, para ver donde comía o dormía. Lo hice hasta que me di de frente con la estación de la policía. Recuerdo que en la puerta de ella estaba un policía: “Buenas noches”, le dije, él me respondió: “Buenas noches. Identifíquese.” “Ombe señor agente, yo lo que tengo es hambre, no he desayunado, almorzado, ni cenado.” Entonces, le conté la historia de lo que me sucedió con Pedro, además le dije que era la primera vez que salía del pueblo.

Me miró, se metió la mano en el bolsillo, sacó un billete y me lo entregó diciendo: “Ve a comer algo en una de las fondas que ponen en La gran vía”. Lo dijo explicándome por donde debía coger para llegar.

“Buenas noches, señora, despácheme una comida.” Me senté al borde de una mesa ubicada en el centro de la fonda, y comencé a mirar a quien la atendía mientras me servía el arroz, la vitualla, la carne, la ensalada y, por último, la sopa. Cuando me puso la comida le pregunté:

¿Doña, cómo supo del hambre que tengo?

Agarré una cuchara de palo para tomarme la sopa, y con los dos primeros sorbos, me puse a pensar en el desayuno del día siguiente: ¿Cómo me lo iba a comer?, si no tenía plata para hacerlo. Cuando tomé una cuchara metálica para comerme el seco, ya había decidido volarme con la cuenta. Así lo hice, aproveché que la fondera me dio la espalda, además de que la fonda estaba llena, y me fui.

Sin tener para donde ir, solo la estación de la policía, regresé a ella, donde me recibió el mismo policía, quien al verme llegar me preguntó dónde iba a dormir. Mi respuesta fue que esa noche, si él estaba de turno, sería su compañía. Entonces, sacó un asiento, me lo brindó, lo recosté a la pared y me senté. Al rato me quedé dormido, después desperté, aunque con los ojos cerrados, y lo escuché conversando con otro agente:  

Pobre muchacho. ¿No será ladrón?  Nombre, tiene cara de bueno. 

Me levanté con las primeras claras del día con la resolución de no regresar a Pedraza, porque allá nadie me extrañaba, solo la pobreza absoluta porque sabía que huía de ella. Desayuné, ahí, en la misma calle de las fondas, y mientras lo hacía me di cuenta de que era por donde traficaban los carros.

Lleno de valor me dije: “Voy para adelante, ¡Carajo!”. Por eso, comencé a intentar detener los camiones que pasaban hasta que uno de ellos se detuvo y el conductor me preguntó:

“Para dónde vas”. “Para donde usted vaya.”

El conductor me pidió que me sentara en la cabina, y me indicó que iba para Caracolicito, pueblo al que por primera vez oía mencionar. Yo aproveché la confianza que me brindó para contarle de dónde venía y lo que me había pasado con Pedro. Seguimos conversando, por eso supe que se dedicaba a transportar cajas con queso, también que, de regreso al pueblo, debía lavar el camión en un río. Me ofrecí para adelantar esa labor, me tiré al río con la muda de ropa que llevaba puesta desde que salí de Pedraza. Le gustó tanto la forma como lo lavé, que al llegar al pueblo, le pidió al dueño del camión y de la quesera, que me contratara como su ayudante.

Después me llevó a dormir en la casa de un tío quien me entregó unos sacos de pita para que durmiera sobres ellos.

¿Compa, hay mosquitos? Unos pocos que llegan en la prima. Esa noche, matando mosquitos, creo que toque más palma que bailando son de negro en los carnavales de Pedraza.

Trabajé dos meses como ayudante del camión hasta que el chofer se fue a vivir en otro lugar con una muchacha.  Me quedé sin trabajo, por lo que, preocupado, me fui para donde el dueño del vehículo para pedirle que me ayudara: me recomendó con uno de los ricos del pueblo que me dio trabajo desmontando una finca. A partir de ahí comenzó a cambiar mi vida: con la plata que reuní como jornalero me fui para Fundación, donde compré varias mudas de ropa reemplazando la que usé por dos meses. 

Para entonces, ya conocía a algunas personas habitantes del pueblo, a través de las parrandas empecé a tener amigos como Camacho, que fue como mi hermano. Con la nueva ropa y un nuevo pelaje, le eché el ojo a una muchacha que pasaba sola su casa porque la mamá y el papá se iban todos los días para una finca y regresaban en la tarde. Un día se me dio por visitarla y proponerle que fuera mi novia, esa mujer armó una algarabía diciendo que yo era un aparecido. Mi respuesta, para que se pusiera más brava, fue:

Deja la bulla, porque de lo que estoy seguro es que prontico vas a ser mía. ¡Ja, ja, ja, ja, ja!

Después conocí a Claudina, luego de que Camacho me llevara a su casa. Me gustó y la enamoré; sin embargo, no me aceptó como su novio, asegurando que yo debía tener una enamorada. Lo que pasaba era que dudaba de mí porque como siempre he sido alegre, dicharachero y amiguero, comencé a tener amistad con algunas mujeres. Pero, no me dejé vencer por sus dudas, le insistí hasta que por fin se decidió.

Una noche se presentó Claudina a la casa donde yo vivía diciendo que tenía que reclamarme algo, lo hizo delante de unas amigas que me estaban visitando. ¡Mentiras! No era ningún reclamo, porque apenas ellas se fueron, me dijo que desde esa noche se iba a quedar viviendo conmigo.

¡Claudina, no vas a esperar hasta que nos casemos! Además, lo único que yo te puedo ofrecer es una hamaca.

Nada le importó, se quedó a lado mío. A los pocos meses ya estaba embarazada. Para cuando parió nos habíamos mudado para una casita que compré. Yo seguía trabajando como machetero. Camacho me ayudaba mucho, siempre que lo buscaban para un contrato de desmonte, me incluía.

Por eso yo no me negaba cuando él me decía que lo acompañara al barrio, donde las trabajadoras sexuales, aunque Claudina se disgustara conmigo. Siempre le decía que no lo podía dejar solo con todo lo que él hacía por mí. Recuerdo que ella me advertía: “Algún día se van a meter en problemas por estar yendo donde están esas mujeres malas.”  También me justificaba diciéndole que yo no tomaba ron, ni me acostaba con ninguna de ellas.

Sin embargo, el tiempo le dio la razón a Claudina. Una noche encontramos a unos palenqueros peleoneros que vivían en Caracolicito, lo que no me gustó, por eso le dije a Camacho: “Compa, haga su vaina rápidamente que esta gente está tomando.” Dicho y hecho: no habíamos salido del bar cuando ya estaban peleando con otra gente.

Camacho y yo corrimos por un callejón que desembocaba en la calle por donde íbamos a mi casa, pero en medio de la vía apareció un tipo que nos dijo: “Ustedes me las van a pagar.” Nos detuvimos, yo espabilé y cuando abrí los ojos llamé a Camacho, pero ya no estaba. Se había ido corriendo, esa noche fue la última vez que lo vi.

El que se hubiera ido, dejándome solo, no me preocupó, lo que me angustió fue darme cuenta de que el hombre tenía un machete en la mano, que brillaba en la oscuridad. Yo intenté esquivarlo, retrocedí, pero me cerró el camino, lo hizo intentando cortarme con el arma. Pero como siempre he sido brioso, cada vez que lo intentaba, me agachaba, brincaba, corría. Sin embargo, cuando sentía que el machete me zumbaba cerca de la cabeza, pensaba:

¡Ñerda!, mañana me van a encontrar convertido en dos conchas de cocos.

Por momentos casi que no me daba oportunidad para desquitarme el machete. Sentía en cada envión con el arma, las ganas que tenía de cortarme. Era tanta la fuerza que empleaba en cada intento, que en una oportunidad trastabilló, circunstancia que aproveché para desenfundar un pequeño cuchillo que portaba en la cintura y ágilmente se lo enterré en la espalda.  Se quejó y se fue al suelo, entonces salí corriendo, pero por más que lo hacía, sentía que venía detrás de mí.

Por eso, mientras corría, me doblaba, evitando que me hiciera dos postas, y mientras más lo hacía, más escuchaba el zumbido del machete. Hasta gritaba: ¡ay, ay, ay!, ¡me mató, me mató!

¡Claudina! ¡Claudina!, abre la puerta que me matan. ¡Corre!, ¡Corre¡, abre la puerta.  ¡Ya viste, Reiné! ¡Te lo dije que dejara de ir a ese sitio!

Temeroso de que me hubiera perseguido, antes de entrar a la casa miré varias veces para la calle, a ver si lo observaba. Aún sudado y agitado, le dije a Claudina que me iba de Caracolicito, entonces ella comenzó a llorar, también a maldecir a Camacho, a decir, insistentemente, que no la volvería a ver.

Para tranquilizarla le aseguré que mi ausencia sería por algunos días, mientras averiguaba qué había sucedido con el que apuñalé. Para demostrar la veracidad de mis palabras, además de entregarle una plata, le dije que dejaba cuatro de las ocho mudas de ropa que tenía. Y mientras ella lloraba y maldecía a Camacho, sigiloso salí de la casa, mirando para todos los lados.

Caminé hasta más allá del pueblo y en la carretera esperé el paso de un carro para irme para Fundación o Valledupar. Pasó un camión que iba para Salamina, se detuvo y me recogió, el que me dejó en la estación de Fundación, ahí esperé que amaneciera.

Después, me fui para la zona bananera donde trabajé en una finca cerca de Sevilla, lo hacía sin dejar de pensar en Claudina, por eso, cada quince días iba a Fundación para ver si me encontraba con alguna persona de Caracolicito, para mandarle plata y se viniera para donde yo estaba.  Pero, nunca conseguí a nadie, ni me atreví a regresar.

Con el dinero que ahorré en ese trabajo, volví a Pedraza, lo hice después de diez años de ausencia. Seguro que fue para las fiestas de San Pablo. En mi regreso me enamoré y me casé con Catalina Tapias, con quien tuve cuatro hijos a los que les puse los apodos de: “Sebastián Guerra”, “Ayahía”, “Topetayo” y “La negrita”. Después nos separamos y me junté con Amira Navarro, con la que tuve a “Chimenea”, “Media niña”, “Rosquete” y “Celaje”.

Cada apodo tiene su explicación, por ejemplo, el de “Celaje”, se debe a que el niño nació mientras iba a buscar la partera, y se murió mientras Amira se alistaba para llevarlo al médico en Calamar. Recuerdo que ella salió llorando del cuarto y me dijo:

“Reiné, el niño se murió.” Yo solo atiné a decirle: “Amira, ese muchacho fue un celaje para nacer y para morir.”

Nunca regresé a Caracolicito, tampoco volví a tener información de Claudina, ni del niño que, para cuando me fui, tenía dos años de nacido. Ahora, si quisiera volver, no lo podría hacer, las piernas me duelen; dolores que controlo con un aceite que me traen de Barranquilla, de allá donde el padrecito Holman.

Allá, con Claudina, hubiera hecho plata, porque me iba bien. Acá en Pedraza también, porque logré, con mi trabajo, alejar de mi lado a la pobreza que me acompañó cuando niño. Trabajé incasablemente, eso sí, sin dejar de tomarme mis tragos de ron Caña, de bailar son de negro, de pajarito, cumbia, de disfrazarme en todos los carnavales, de ser amigo, juguetón, y siempre risueño.

 

Álvaro Rojano Osorio

 

Sobre el autor

Álvaro Rojano Osorio

Álvaro Rojano Osorio

El telégrafo del río

Autor de  los libros “Municipio de Pedraza, aproximaciones historicas" (Barranquilla, 2002), “La Tambora viva, música de la depresion momposina” (Barranquilla, 2013), “La música del Bajo Magdalena, subregión río” (Barranquilla, 2017), libro ganador de la beca del Ministerio de Cultura para la publicación de autores colombianos en el portafolio de estímulos 2017, “El río Magdalena y el Canal del Dique: poblamiento y desarrollo en el Bajo Magdalena” (Santa Marta, 2019), “Bandas de viento, fiestas, porros y orquestas en Bajo Magdalena” (Barranquilla, 2019), “Pedraza: fundación, poblamiento y vida cultural” (Santa Marta, 2021).

Coautor de los libros: “Cuentos de la Bahía dos” (Santa Marta, 2017). “Magdalena, territorio de paz” (Santa Marta 2018). Investigador y escritor del libro “El travestismo en el Caribe colombiano, danzas, disfraces y expresiones religiosas”, puiblicado por la editorial La Iguana Ciega de Barranquilla. Ganador de la beca del Ministerio de Cultura para la publicación de autores colombianos en el Portafolio de Estímulos 2020 con la obra “Abel Antonio Villa, el padre del acordeón” (Santa Marta, 2021).

Ganador en 2021 del estímulo “Narraciones sobre el río Magdalena”, otorgado por el Ministerio de Cultura.

@o_rojano

1 Comentarios


James de la cruz herrera 27-11-2023 12:54 PM

Saludos Álvaro,reinerito aún vive? Pedro Camargo se radicó en un caserío llamado la Avianca, ahí hizo su vida, ahí viven los hijos.. ya falleció

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