Música y folclor

Vallenato, comercialización, algoritmos y liviandad

Álvaro Rojano Osorio

15/03/2024 - 06:40

 

Vallenato, comercialización, algoritmos y liviandad

 

Recientes declaraciones del intérprete Mono Zabaleta han levantado una polvareda entre los amantes del vallenato. En ellas aseguró que Omar Geles le había pedido sesenta millones de pesos para permitirle grabar una canción de su autoría.  El revuelo que ha causado la información ha alineado a algunas personas en la orilla de los que critican al compositor, planteando una diversidad de argumentos, entre ellos lo de rechazar que se solicite plata por una composición. 

Mientras que en la orilla contraria se ubican quienes justifican su petición económica, entre ellos el cantante Rafa Pérez, asegurando que las canciones de Geles son garantía de éxitos para quienes la graban. También lo hace el compositor e intérprete Wilfran Castillo, quien fue más amplio en la defensa de su colega al apuntar en su argumento hacia los beneficios económicos que recibían los cantantes, tras grabar una canción que se convertía en éxito, comparándolos con lo que percibía el autor.

Lo del Mono podría inferirse como resultado del resentimiento que le produjo que Geles le pidiera tal cantidad de dinero por lanzar la canción y colgar el video en YouTube. Sin embargo, era la décima canción que le grababa, sin que se conociera de desacuerdos entre ellos en las anteriores producciones.

Lo cierto es que hoy, como resultado de su pronunciamiento, el cantante se enfrenta a la eventualidad de que tan importante compositor no vuelva a cederles sus composiciones. Sin embargo, seguro que Zabaleta, antes de hacer esas declaraciones, meditó y supo de las consecuencias que le traerían en sus relaciones con uno de los estandartes de la composición en la música vallenata.

No obstante, la connotación de lo dicho y sus efectos, al Mono hay que abonarle la valentía para hablar, aunque solamente mencionando lo que le sucedió, de un tema que nadie osa hacerlo en público. Sin temor a equívocos, sus afirmaciones lo convirtieron, tácitamente, en la voz de los que no se atreven a decir abiertamente lo que sucede en el vallenato.

Sin embargo, su vocería no se limita a que Omar Geles le hubiera pedido un dinero por permitirle grabar una composición; sino que pone en evidencia lo que podría ser una práctica recurrente en el vallenato, nacida, según voz populis, con los compositores que se inspiran a instancias o por encargo de los cantantes, como si hacerlo fuera como tomar una aguja y coser un trozo de tela que se ha roto o descosido.

Pero, ni Omar, ni Zabaleta son víctimas de lo que sucede en el vallenato; ellos, junto a cantantes, compositores, acordeoneros, casas disqueras, entre otros, hacen parte, consciente o no, de toda una infraestructura montada por la industria de la música, y que ha hecho de la música vallenata un valioso producto comercial.

Para lograrlo, la industria ha echado mano de los cambios tecnológicos y económicos mediados por un capitalismo algoritmizado [1], de los programadores radiales, de las plataformas, de las reproducciones de YouTube. Y se han aprovechado de ellos para moldear el gusto de los escuchas, de los que ven y de los que descargan música. Para hacerlo han banalizado la letra de lo que se graba, y de lo que se interpreta con el acordeón.  Aunque vale resaltar que Omar y un grupo importante de compositores siguen conservando la línea moderna, pero respetuosa de los cánones de las composiciones.

Una muestra de la banalización es el ruido que ha producido la Reina Guajira, reproducida 17 millones de veces en YouTube. Lo ha producido porque su éxito ha servido para recordar que este es el tipo de composición que llevó al vallenato a dejar de ser un conjunto de expresiones marginales, para ubicarse en el sitial más importante de la música colombiana.

Fue la trivialización de lo que se compone y canta lo que llevó a Omar Geles a indicar que los nuevos compositores han desviado el vallenato, han perdido la cadencia original y originales relatos.

Solo pun, pun, pan, pan, pan

Y ahora y que glu, glu glu

Están desviando mi vallenato

Ahora es puro pra, pra, para

Y la espelucá cá, cá

Y la yuca y la tajá

Están dañando mi vallenato

Hoy, quienes componen acorde con los algoritmos, no tienen las preocupaciones de Dagoberto López, quien, en Mis hijos y mis canciones, canta que estas le aconsejaban que no las diera a grabar porque recién salidas se oían cantar, pero al poco tiempo las tiraban al olvido… Y no se preocupan, porque lo que existe es el predominio mercantil sobre lo estético [2].

Pero el haber hecho del vallenato una mercancía, no sólo ha redundado en lo que se compone, sino también en la calidad de quienes cantan y de los intérpretes del acordeón. Ahora, cuando es mayor el número de cantantes, pocos son los que se destacan, los que pueden dejar una verdadera huella, una escuela. Porque lo usual es que los intérpretes sean exitosos por una corta temporada, con valiosas excepciones, y luego desaparezcan para siempre del contexto musical.  Y qué decir de los acordeoneros, salvo un grupo de ellos, a la mayoría no les preocupa lo que Alejo Durán compuso y cantó: que tras su muerte su escuela desaparecería por no tener un alumno.

¿Para qué una escuela y alumnos, cuando sabiendo que, pese a interpretar el acordeón sin cumplir con los cánones del vallenato, se obtienen los dividendos económicos a través de las reproducciones, las descargas y los me gustan, que hacen los consumidores moldeados por la industria de la música?

Sin lugar a dudas, en el vallenato sucede lo que señala García Canclini (2005): “En este marco, la incursión del capitalismo digital –en el ámbito de la música para este caso– llama a pensar en cómo estas transformaciones modifican nuestra forma de aprehender el arte y la cultura, principalmente en lo que podría ser un arte algoritmizado.” [3] 

Una cruda radiografía de lo que sucede en el vallenato la expresó el cantante y compositor Wilfran Castillo.  Defendiendo el actuar de Omar Geles, dijo para el portal blogvallenato: “Un autor escribe una obra musical. Luego el artista nuevo llega a su puerta y le pide “encarecidamente” que le permita grabar una obra de su autoría. El autor de buena fe le entrega la obra musical. El artista la graba, se valoriza, cambia de vida, adquiere bienes como casas, carro, relojes, y ropa de marca fina.” “A los dos años regresa a la casa del compositor en camioneta blindada y conductor, por lo general un maletín Gucci con dos celulares: uno que contesta y uno que no, y oliendo a perfume árabe.”

 

Álvaro Rojano Osorio

@O_rojano  

 


[1] Masís, T. Capitalismo de plataformas, producción y consumo de música: el caso de Spotify58.  ESCENAS Revista de las artes, 2022, Vol. 81, Núm. 2 (enero-junio), pp. 42-61.

[2] García Canclini, N. (2005). La cultura extraviada en sus definiciones. En N. García Canclini (ed.), Diferentes, desiguales y desconectados: Mapas de la interculturalidad (pp. 29-44). Barcelona: Gedisa.

[3] García Canclini, N. (2005). La cultura extraviada en sus definiciones. En N. García Canclini (ed.), Diferentes, desiguales y desconectados: Mapas de la interculturalidad (pp. 29-44). Barcelona: Gedisa.

 

Sobre el autor

Álvaro Rojano Osorio

Álvaro Rojano Osorio

El telégrafo del río

Autor de  los libros “Municipio de Pedraza, aproximaciones historicas" (Barranquilla, 2002), “La Tambora viva, música de la depresion momposina” (Barranquilla, 2013), “La música del Bajo Magdalena, subregión río” (Barranquilla, 2017), libro ganador de la beca del Ministerio de Cultura para la publicación de autores colombianos en el portafolio de estímulos 2017, “El río Magdalena y el Canal del Dique: poblamiento y desarrollo en el Bajo Magdalena” (Santa Marta, 2019), “Bandas de viento, fiestas, porros y orquestas en Bajo Magdalena” (Barranquilla, 2019), “Pedraza: fundación, poblamiento y vida cultural” (Santa Marta, 2021).

Coautor de los libros: “Cuentos de la Bahía dos” (Santa Marta, 2017). “Magdalena, territorio de paz” (Santa Marta 2018). Investigador y escritor del libro “El travestismo en el Caribe colombiano, danzas, disfraces y expresiones religiosas”, puiblicado por la editorial La Iguana Ciega de Barranquilla. Ganador de la beca del Ministerio de Cultura para la publicación de autores colombianos en el Portafolio de Estímulos 2020 con la obra “Abel Antonio Villa, el padre del acordeón” (Santa Marta, 2021).

Ganador en 2021 del estímulo “Narraciones sobre el río Magdalena”, otorgado por el Ministerio de Cultura.

@o_rojano

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