Música y folclor

La economía y la política en la formación de la música vallenata

Luis Carlos Ramirez Lascarro

22/04/2024 - 05:35

 

La economía y la política en la formación de la música vallenata
López Michelsen sirvió de conexión entre la capital y la provincia, e impulsó la creación del Festival Vallenato / Foto: créditos a su autor

 

Con frecuencia se ha insistido, dentro del discurso hegemónico de la vallenatología, en las singularidades geográficas que habrían determinado otras de tipo cultural, las cuales tuvieron un papel decisivo en el surgimiento de la música vallenata, aparentemente aislada del resto de las músicas del caribe colombiano en general y de las de acordeón en particular, llegando a postularse, luego, a estas como derivadas del vallenato, desconociendo los desarrollos paralelos y las mutuas influencias sostenidas a lo largo del tiempo.

Poco se habla de las distintas bonanzas económicas que influyeron en la producción y difusión de las músicas populares de la región, la evolución de la música de acordeón, desde sus antecedentes en los bailes de candil hasta su consolidación como la estrella de la industria cultural colombiana; el aporte de la industria cultural, mediante la industria radial y discográfica y el Festival de la Leyenda vallenata, para esta consolidación; la apropiación hecha por la elite valduparense a esta música, no exclusiva de su territorio y la forma como fueron utilizadas las músicas folclóricas y la de acordeón en particular para la construcción de una identidad cultural costeña y la inserción de esta región en la vida y el poder cultural de la nación.

Las bonanzas económicas y su influencia en la música regional

La capital del Magdalena se mantuvo a la sombra de Cartagena, la ciudad más importante del caribe colombiano durante todo el periodo colonial, pero con la entrada en vigencia de la república logró un auge comercial que se mantuvo entre 1840 y 1870, etapa durante la cual se convirtió en el puerto más dinámico del país, decayendo luego de la entrada en operación de la aduana de Sabanilla - por la cual entró el mayor número de acordeones al país para esa época - y el ferrocarril entre este puerto y Barranquilla en 1871 (Viloria, 2017).

Durante este mismo periodo la provincia de Padilla vivió una bonanza debida al tráfico con el Palo de tinte y el Dividivi, recolectados en la zona de influencia de Valledupar y Riohacha y llevados hasta esta última para ser despachados a puertos europeos. Proceso que se inició con la bonanza del Palo Brasil (Caesalpinia echinata) en 1840, altamente demandado por su tinte rojo empleado para productos textiles, pinturas y maquillajes en Europa y Estados Unidos, mediante cuyo comercio inició un intercambio que facilitó el asentamiento del acordeón en las poblaciones de la Serranía del Perijá y las estribaciones de la Sierra nevada, antes que en los cascos urbanos de todo el departamento (González, 2021).

Ciénaga era la principal población de la, en aquel entonces, naciente Zona bananera del Magdalena, subregión que luego de la abolición de la esclavitud y la supresión del estanco de tabaco atrajo grandes oleadas migratorias, tanto de connacionales como extranjeros, quienes brindaban su mano de obra para la siembra de tabaco, cacao y, posteriormente, banano, cuyo cultivo fue monopolizado en todo el caribe por la tristemente célebre United Fruit Company, empresa la cual suscitó la segunda bonanza económica del departamento que permitió las condiciones sociales necesarias para la continuidad de los intercambios y mutuas influencias que facilitaron el desarrollo de la música del Magdalena Grande, tanto de los tríos de guitarras como de las bandas de vientos, los conjuntos de pitos y tambores y los conjuntos de música de acordeón (Henríquez, 2013).

Para esta época Valledupar sufría un estancamiento debido a la disminución drástica de su ganadería, el cual sólo sería superado durante la primera mitad del siglo XX a partir del fortalecimiento de su economía ganadera y la bonanza algodonera, la cual, junto a las inversiones realizadas por los gobiernos de la República Liberal, principalmente los de Alfonso López Pumarejo y Eduardo Santos, marcarían un cambio de rumbo importante en la ciudad, permitiéndole crecer, desarrollarse y dejar de ser, luego de cuatro siglos de fundada, la pequeña ciudad colonial que aún era a principios de siglo (Bonet y Ricciulli, 2019).

Este periodo de la República liberal no sólo fue determinante en el despegue socioeconómico de Valledupar, el cual serviría de acicate para el movimiento segregacionista del futuro departamento del Cesar, sino para una nueva forma de valoración de la cultura popular en el país y una reorientación de las políticas culturales de la nación, cuya influencia se mantiene hasta nuestros días, tal como lo señala el profesor Renán Silva:

La política cultural de la República Liberal constituyó una fase original en la construcción de una cierta representación de la cultura popular, representación que la piensa a través de una matriz folclórica, que la recrea como ‘folclor’ y como ‘tipicidad’, y que en buena parte el resto del siglo XX colombiano simplemente ha vivido de esa misma ‘invención’, de tal manera que gran parte de los estudios sobre la llamada ‘cultura popular’ son, desde esa época, tan solo un larguísimo comentario, con visos de repetición, de las posibilidades limitadas que ofrece la interpretación folclórica de la cultura, y esto a pesar de la posterior constitución de instituciones académicas y de grupos de intelectuales que, de manera formal, se localizan en una perspectiva de interpretación de las culturas populares en apariencia alejada de la matriz folclórica” (Silva, 2005, p. 21).

Bajo el influjo de esta matriz folclórica fue construido el discurso que se institucionalizó en Vallenatología (Araujo, 1973) y con el canon implementado en el Festival de la Leyenda vallenata, evento que se articuló con la radiodifusión, la industria discográfica y el activismo de varios periodistas influyentes, en cabeza de García Márquez, para constituir a la música vallenata no solo en un elemento identitario regional sino nacional y en un importante renglón de la economía de Valledupar y el Cesar y su carta de presentación ante el país y el mundo.

Luego de la bonanza algodonera, ese tercer periodo de auge económico regional que dio un gran impulso al Cesar, contribuyendo a la consolidación de la música vallenata como género folclorizado y como música popular, se dio en la región una cuarta bonanza, que muchos prefieren soslayar, minimizando su impacto, aunque es imposible negar que contribuyó de manera significativa al posicionamiento del vallenato: La bonanza marimbera, la cual coincidió con el boom petrolero de la década de 1970 en Venezuela.

Este tema no es tocado por Araujo en Vallenatología (1973), pero si es abordado posteriormente en Trilogía vallenata (2002) para negar su impacto positivo en la música vallenata, del mismo modo que es negado por Gutiérrez (1992), Oñate (2003) y en el Plan Especial de Salvaguardia para la música vallenata tradicional del caribe colombiano (2013) texto en el cual se ubica al narcotráfico como una de las supuestas amenazas que afronta el vallenato. Caso contrario es el de la periodista, antropóloga e historiadora Lina Britto, quien ha estudiado ampliamente el fenómeno y en Vientos huracanados: música vallenata y tráfico de marihuana en el primer boom de drogas ilegales en Colombia (2015) habla acerca de la forma en la cual los marimberos ayudaron a promover al vallenato en el escenario local y a acelerar su conquista del mercado y el imaginario nacional en la década de 1970 (Britto, L., 2015).

Franklyn Bonivento, en Marijuana Boom: Auge y declive del primer paraíso de las drogas en Colombia (2021), una reseña sobre el libro de Britto, muestra las formas como lo marimberos utilizaron el vallenato para ser celebrados, a diferencia de las élites algodoneras que lo habían utilizado para consolidarse socialmente:

“[…] los marimberos financiaban la grabación de discos, pagaban presentaciones y compraban vinilos, lo que apuntaló a los cantantes vallenatos al permitirles dedicarse de manera exclusiva a la música y a que las disqueras se vieran obligadas a pagarles mayores sumas de dinero. De esta manera, la bonanza marimbera se encargó de magnificar la importancia que el vallenato mismo ya tenía, lo que, a su vez, devino en una modernización del sonido al hacerlo más urbano y con contenido más lírico” (Bonivento, F., 2021, p. 243).

El trabajo de Britto se convierte en un documento importante para abordar esta faceta de la historia de la música vallenata, silenciada por la “vallenatología oficial” (González, 2003, p. 82) y que permeó todos los ámbitos de la sociedad regional, de manera especial en los departamentos del antiguo Magdalena grande, que recientemente se acaba de desintegrar.

La dirigencia vallenata y la música de acordeón

El departamento del Magdalena, conocido historiográficamente como Magdalena Grande, fue una entidad territorial subnacional creada tras la constitución política de 1.886, el cual comprendía las provincias de Santa Marta, Riohacha y Valledupar en los territorios que se corresponden a los actuales departamentos del Magdalena, Cesar y La Guajira. Estuvo precedido por el Estado Soberano del Magdalena, el cual había sido creado por ley del 15 de junio de 1857 y ocupaba casi el mismo territorio que había hecho parte de la antigua provincia de Santa Marta, uno de los dos espacios administrativos en la región Caribe Colombiana, junto con la provincia de Cartagena, durante el régimen colonial (Alarcón, 1995).

El primero de sus territorios en separarse fue La Guajira, territorio que fue cedido a la nación por el Estado soberano del Magdalena mediante la Ley 153 de 1871, permaneciendo como territorio nacional hasta que fue creada como intendencia mediante la Ley 34 de 1898. Con el decreto No. 807 de 1911 se creó la comisaría especial de La Guajira, categoría que mantuvo hasta el 13 de junio de 1954, cuando fue creada nuevamente como intendencia a través del decreto No. 1824, permaneciendo con dicha categoría administrativa y territorial hasta que fue erigido el departamento de La Guajira, mediante acto legislativo No. 1 de diciembre 28 de 1963, el cual entró en vigencia el 1 de julio de 1965, meses antes de que se cristalizara la segregación del Departamento del Cesar, mediante la Ley 25 del 21 de junio de 1967, entrada en vigencia el 21 de diciembre del mismo año, variaciones después de las cuales el departamento quedó con la conformación territorial que se le conoce en la actualidad.

La idea de crear el departamento del Cesar nació a partir de la creación del departamento de La Guajira, buscando coronar las viejas aspiraciones de la dirigencia de Valledupar de convertir su ciudad en capital de un ente territorial particular, buscando liberarse del rezago causado por el centralismo samario, como lo expresaba Andrés Becerra en una carta enviada el 10 de noviembre de 1967 al director del diario El Tiempo quien, a pesar de promover otros movimientos separatistas, se oponía al del Cesar:

"No es justo que, a estas horas de la vida, Valledupar y los demás pueblos que van a integrar el nuevo Departamento, sigan siendo víctimas de quienes sin aportar nada en su beneficio, sin embargo, hacen de su propia economía los grandes despilfarros manteniendo a los trece (13), municipios Cesarenses. en el más completo abandono" (Becerra, A. 2013, p. 9).

La contienda por la separación del Cesar, en la cual los cantos vallenatos tuvieron mucho que ver, se dio entre el 5 de septiembre de 1966 y el 21 de diciembre de 1967, cuando se sancionó la Ley 25 por parte del presidente Lleras Restrepo. En esta gesta participaron un gran número de personajes destacados de la élite valduparense, entre los cuales se pueden encontrar a los protagonistas de muchos de estos cantos y, también, a los antepasados de quienes aún dirigen el departamento, tales como: Armando Maestre Pavajeau, Alfredo Araujo Noguera, Manuel Germán Cuello, Clemente Quintero, José Guillermo Castro, Alfonso Araujo Cotes, Jaime Molina Maestre, Aníbal Martínez Zuleta, Andrés Becerra Morón, Crispín Villazón de Armas, Jorge Dangond Daza, Edgardo Pupo, Rafael Escalona Martínez y Amador Ovalle.

Varios de estos personajes estuvieron vinculados, también, a la creación del Festival de la leyenda Vallenata, a instancias del primer gobernador del nuevo departamento, Alfonso López Michelsen, quien creía necesaria la creación de una fiesta para impulsar el turismo y proyectar la ciudad a nivel nacional, objetivo que se logró, entre otras cosas, gracias a los buenos oficios de los esposos Molina Araujo, quienes, aunque no son nombrados dentro de los miembros del comité promotor de la creación del departamento del Cesar en la página web de la gobernación de esta entidad territorial, si son destacados en múltiples publicaciones como grandes promotores de esta gesta, así como del Festival vallenato, pues fue en su residencia – la misma en la cual se firmó la independencia de Valledupar - donde se desarrollaron muchas reuniones antes, durante y después de la creación de estas dos entidades y fueron unos de los más fervientes y dedicados embajadores del vallenato en Bogotá (Becerra, 2013).

Desde mediados del siglo XX, el vallenato se ha convertido en la música de fondo de la política de la región de Valledupar, contribuyendo a la construcción de una red que facilitó que la élite local se abriera un espacio en el ambiente político nacional; sin embargo, a principios de ese mismo siglo esta música y el mismo apelativo de “vallenato” eran mal vistos entre la clase alta dirigente de la ciudad. Por esto en 1.915 Miguel Vence fundó una “Academia de la Lengua de Valledupar” que solo sesionó para definir la palabra “Valduparense” como gentilicio de la ciudad, la cual conserva oficialmente este carácter a pesar de que en el uso común es muy poco utilizada en comparación con el término Vallenato, que es el más extendido en referencia a las gentes y la música de esta región (Quiroz, 1983).

La palabra Vallenato era empleada para referirse a las personas de muy baja categoría social afectadas por el vitíligo, lo cual refuerza el uso despectivo del término, mismo que emplea Consuelo Araujo para justificar el paso de esta a designar a la música de acordeón que en aquél entonces solo era interpretada por esas mismas personas de la más baja extracción social:

“[…] en ese entonces esa música era compuesta, cultivada y mantenida únicamente dentro de las clases populares, sin que trascendiera sus manifestaciones hacia la clase media y muchísimo menos hacia la clase alta, que la rechazaba y la siguió rechazando hasta hace apenas unos 15 años o menos, cuando la importancia que dicha música adquirió en otros sectores del país, especialmente en la capital de la república – donde penetró de una vez por la puerta grande de la alta sociedad intelectual bogotana -, produjo, por un fenómeno más de esnobismo que de apreciación, un principio de aceptación dentro de las clases sociales altas”. (Araujo, 1973, p. 45).

Fue fundamental en el cambio de actitud de la élite provinciana frente a esta música la figura de Rafael Escalona, compositor quien a la vez que gustaba de festejar con músicos de acordeón y hombres de clases sociales inferiores, se codeaba con los hacendados ganaderos y algodoneros de la región como miembro de la aristocrática y adinerada familia a la que también perteneció el célebre obispo Rafael Celedón Ariza, su tío abuelo. Se relacionaba, también, con los miembros de la élite liberal bogotana, la cual facilitó la llegada del vallenato a la capital, a pesar de los muchos reparos y la poca aceptación que tuvo en los primeros años.

Sobre este papel fundamental de Escalona, Peter Wade anota lo siguiente:

Entonces, Gillard sostiene que la zona alrededor de Valledupar fue construida como la cuna de esta música cuando las élites provincianas (que incluían a Escalona y otros de la misma extracción, todos ellos de árbol genealógico bien conocido, como Tobías Enrique Pumarejo, Freddy Molina y Gustavo Gutiérrez), empezaron a componer canciones y a considerar las manifestaciones locales de esta música como una tradición especial de su zona” (Wade, 2002. p. 85).

La entrada del vallenato en las clases sociales altas bogotanas se entiende en función de la familia López, la cual tiene parentela costeña por parte de la madre de Alfonso López Pumarejo y abuela de Alfonso López Michelsen, Rosario Pumarejo Cotes, a quien su mismo nieto ubica como nacida en Valledupar (López, 1996) y otros autores ubican como nacida en Santa Marta (El informador, 2017). Estos vínculos familiares facilitaron la acogida por parte de los López de un grupo de miembros de la élite vallenata, conocidos como Los Magdalenos, mientras estos fueron a estudiar a Bogotá en las décadas de 1.950 y 1.960. Hospitalidad que facilitó que fuera un miembro de esta familia el primer gobernador del departamento del Cesar, una vez este fue creado en 1967.

Daniel Samper Pizano en su libro 100 años de vallenato ratifica esta incidencia de las élites en la expansión del vallenato hacia el interior andino:

La penetración de este folclor en el interior del país comenzó cuando familias elitistas de Valledupar llegaron a Bogotá a estudiar y contagiaron con sus parrandas a los fríos cachacos. Alfonso López, como gobernador del Cesar, también generó un movimiento migratorio de los Andes hacia las planicies de la Costa Atlántica”. (Daza, 2007, p. 23).

López Michelsen, “López el pollo, López el gallo”, fue quien sirvió de conexión entre la capital y la provincia, pues contactó a la élite liberal valduparense con la bogotana, razón por la cual sus amigos vallenatos “lo lanzaron” a la campaña presidencial de 1974, consolidando la alianza triple que facilitó la acelerada difusión y encumbramiento del vallenato en la segunda mitad del siglo XX. Esta entrada por lo alto del vallenato a Bogotá la corrobora el cajero Pablo López en una entrevista aparecida en medio de la editorial López, un cachaco que sembró el vallenato en Bogotá, del diario El Tiempo.

“López le dio categoría al Vallenato. Porque el folclor entró a Bogotá por la élite y el doctor López les enseñó a los bogotanos de su clase lo que realmente era. Hablo de Jaime García Parra, Fabio Lozano Simonelli, Rafael Rivas Posada y otros” (El Tiempo, 2007).

Entre este grupo de jóvenes del valle que estudiaban en Bogotá estaba Hernando Molina Céspedes, primer esposo de Consuelo Araujo Noguera (1958 - 1979), quien estudió el bachillerato en el Colegio de Nuestra Señora del Rosario y se hizo abogado en la Universidad externado de Colombia, distinguido miembro de la sociedad vallenata, ganadero, empresario, agricultor, militar y político, quien

Tendió su mano generosa a todas las causas benéficas para el mejoramiento de su tierra y consciente de que su posición le permitía desplegar en la sociedad una influencia trascendental, la ejerció sin vacilaciones en cuanto pudiera contribuir para que su tierra Valledupar fuera una ciudad respetable” (Herazo, 1979).

Consuelo Araujo Noguera fue la menor de una familia que se llegó a constituir en una de las más influyentes en la política del departamento del Cesar y estuvo vinculada a medios masivos de comunicación, mediante los cuales impulsó campañas políticas y difundió la música vallenata no solo en su región sino en el país. Espacios que le sirvieron para dar forma al discurso que consolidó en Vallenatología (1973), centrado en la constitución de la música vallenata como elemento identitario de la región, el establecimiento de Valledupar como la ciudad principal de esta música, surgida y desarrollada en diversos lugares del viejo Magdalena Grande, y en la canonización de una estética y una visión con tendencia petrificadora de una música sumamente elástica y en permanente transformación, a pesar de los lamentos de los folcloristas, quienes alimentan la constante tensión entre la tradición y la modernidad y el comercio, buscando sostener todo ese capital simbólico que han construido a partir de los relatos ficcionales y mitos fundacionales con los cuales convirtieron a la música vallenata en el elemento que “por un lado, justificaba la creación de un departamento a partir de unas singularidades; y al rasgar; por el otro, construían identidades, que, si bien no eran artificiales y tampoco orgánicas del todo, por lo menos si eran algo más que forzadas” (De la Hoz, A y Sanjuanelo, J. 2017. p. 7).

La obra de Consuelo Araujo, tanto el Festival de la Leyenda Vallenata como el libro Vallenatología, está estrechamente ligada con la creación de un sentimiento de colectividad, cohesión y representación para el recién - en aquél entonces - creado departamento del Cesar y mediante la exacerbación de ese regionalismo, quizá necesaria en su momento, terminó haciéndose parte fundamental y constituyente "del más agresivo de los localismos costeños" (González, 2003, p. 82), lo cual, no le resta el mérito de haber contribuido a convertir en objeto de atención de la cultura letrada a una música popular que era menospreciada, marcando una distancia con la tradición de rechazo a lo popular de las mismas élites del caribe colombiano y contribuyendo a la construcción de un discurso de reconocimiento positivo de la música vallenata, el cual se vio reforzado con el éxito alcanzado por esta en el mercado nacional y contribuyó enormemente para que esta música pasara a ser considerada la más representativa de la identidad regional y nacional.

Coda

Como se ha visto, la dirigencia valduparense presentó un cambio significativo de actitud frente a la música de acordeón, pasando de rechazarla en su emblemático Club Valledupar a convertirla en elemento fundamental en la construcción de la identidad local, regional y nacional, llegando a establecer una vallenatización de la música del caribe colombiano y de la identidad nacional, por medio de la cual ha logrado acceder a espacios de poder impensados para los dirigentes de otras regiones.

Harina de otro costal es el provecho que ha traído al Cesar y Valledupar el hecho de que muchas decisiones sean tomadas en Bogotá, ambientadas con vallenatos…

 

Luis Carlos Ramírez Lascarro

 

Referencias

Alarcón, L. (1995). Espacio, poblamiento y variaciones territoriales del Estado soberano del Magdalena. Historia caribe, N° 1, 1995. Barranquilla. Universidad del Atlántico.

Araujo, C. (1973). Vallenatología. Orígenes y fundamentos de la música vallenata. Bogotá. Tercer Mundo.

Becerra, A. (2013). Hombres de leyenda. Andrés Becerra Morón. Vivencias. Valledupar. Coordinación de cultura y turismo del Cesar.

Bonet, J. y Ricciulli, D. (2020). Historia del ordenamiento urbano de Valledupar. Tiempo y economía, 7 (1), 125 – 152. Bogotá. Universidad Jorge Tadeo Lozano.

Bonivento, F. (2021). Marijuana boom. The rise and fall of Colombia´s first drug paradise. Maguaré, Vol. 35, N° 1. Bogotá. Universidad Nacional de Colombia.

Britto, L. (2015). Vientos huracanados: música vallenata y tráfico de marihuana en el primer boom de drogas ilegales en Colombia. Revisión Histórica Hispanoamericana (2015) 95 (1): 71 – 102. Durham. Duke University Press.

Daza, S. (2207). Identidad nacional y música vallenata. Bogotá. Universidad de Los Andes.

De la Hoz L., Eduardo y Sanjuanelo O., Janner, "Las leyendas no nacen solas: el origen de un mito llamado Vallenato", en Memorias del XVIII Congreso colombiano de Historia, 10 - 13, Medellín, Universidad EAFIT, 2017.

González, A. (2003). Los estudios sobre música popular en el Caribe colombiano. Barranquilla. Universidad del Atlántico.

González, F. (2021). El acordeón y sus rutas en La Guajira. La gota fría N° 3. Riohacha. Fondo Mixto para el fomento de la Cultura y las Artes de La Guajira.

Henríquez, G. (2013). Cienagua: la música del otro valle. Zona Bananera del Magdalena: siglos XVIII, XIX y XX. Barranquilla. La iguana ciega.

Herazo, A. (1979). Hernando Molina Céspedes, un gran ciudadano. El Pilón. https://elpilon.com.co7hernando-molina-cespedes-un-gran-ciudadano/

López, A. (1996). Buscando el rostro de mi abuela. Revista del Festival de la Leyenda vallenata N° 29. Valledupar. Fundación de la Leyenda vallenata.

Quiroz, C. (1983) Vallenato, hombre y canto. Bogotá. Ícaro editores.

Redacción El informador (2017, 29 de julio). María del Rosario Pumarejo samaria madre y abuela de expresidentes. El informador. https://www.elinformador.com.co/index.php/mas/especiales-periodisticos/156143-maria-del-rosario-pumarejo-samaria-madre-y-abuela-de-expresidentes 

Redacción El Tiempo. (2007, 11 de julio). López, un cachaco que sembró el vallenato en Bogotá y le dio categoría de folclor. El Tiempo. https://www.eltiempo.com/archivo/documento/CMS-3634662

Silva, R. (2005) República liberal, intelectuales y cultura popular. Bogotá. Carrera Editores.

Viloria, J. (2017). De la cumbiamba al vallenato: Aproximación cultural, económica y política a la música de acordeón en el Caribe colombiano, 1870 – 1960. Cuadernos de Historia económica y empresarial (45). Bogotá. Banco de la república.

Wade, P. (2002). Música, raza y nación. Música tropical en Colombia. Bogotá. Vicepresidencia de la República de Colombia.

Sobre el autor

Luis Carlos Ramirez Lascarro

Luis Carlos Ramirez Lascarro

A tres tabacos

Guamal, Magdalena, Colombia, 1984. Historiador y Gestor patrimonial, egresado de la Universidad del Magdalena. Autor de los libros: La cumbia en Guamal, Magdalena, en coautoría con David Ramírez (2023); El acordeón de Juancho (2020) y Semana Santa de Guamal, Magdalena, una reseña histórica, en coautoría con Alberto Ávila Bagarozza (2020). Autor de las obras teatrales: Flores de María (2020), montada por el colectivo Maderos Teatro de Valledupar, y Cruselfa (2020), Monólogo coescrito con Luis Mario Jiménez, quien lo representa. Ha participado en las antologías poéticas: Poesía Social sin banderas (2005); Polen para fecundar manantiales (2008); Con otra voz y Poemas inolvidables (2011), Tocando el viento (2012) Antología Nacional de Relata (2013), Contagio poesía (2020) y Quemarlo todo (2021). He participado en las antologías narrativas: Elipsis internacional y Diez años no son tanto (2021). Ha participado en las siguientes revistas de divulgación: Hojalata y María mulata (2020); Heterotopías (2022) y Atarraya cultural (2023). He participado en todos los números de la revista La gota fría: No. 1 (2018), No. 2 (2020), No. 3 (2021), No. 4 (2022) y No. 5 (2023). Ha participado en los siguientes eventos culturales como conferencista invitado: Segundo Simposio literario estudiantil IED NARA (2023), con la ponencia: La literatura como reflejo de la identidad del caribe colombiano; VI Encuentro nacional de investigadores de la música vallenata (2017), con la ponencia: Julio Erazo Cuevas, el Juglar guamalero y Foro Vallenato clásico (2016), en el marco del 49 Festival de la Leyenda vallenata, con la ponencia: Zuletazos clásicos. Ha participado como corrector estilístico y ortotipográfico de los siguientes libros: El vallenato en Bogotá, su redención y popularidad (2021) y Poesía romántica en el canto vallenato: Rosendo Romero Ospino, el poeta del camino (2020), en el cual también participé como prologuista. El artículo El vallenato protesta fue citado en la tesis de maestría en musicología: El vallenato de “protesta”: La obra musical de Máximo Jiménez (2017); Los artículos: Poesía en la música vallenata y Salsa y vallenato fueron citados en el libro: Poesía romántica en el canto vallenato: Rosendo Romero Ospino, el poeta del camino (2020); El artículo La ciencia y el vallenato fue citado en la tesis de maestría en Literatura hispanoamericana y del caribe: Rafael Manjarrez: el vínculo entre la tradición y la modernidad (2021).

@luiskramirezl

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