Ocio y sociedad
Jorge Muñoz Domínguez, el médico: 92 años andando por la vida

Jorge Muñoz Domínguez, quien cumplió noventa y dos años, dice que de anciano sólo tiene las canas, porque su cuerpo está lleno de la vitalidad de un joven. Lo afirma asegurando que todo en su cuerpo le funciona, tanto que no recuerda haber jamás sufrido un dolor de cabeza, ni utilizado potenciador sexual alguno en sus relaciones.
Jorge nació en Pedraza (Magdalena), al que recuerda por las casas de palma y bahareque, sus calles de arena aluvial, sus noches de luna clara llenas de voces alegres de niños corriendo por las calles. También por las noches oscuras, de perros ladrándole a fantasmas que ellos solo veían, y de mechones apostados en las puertas de las viviendas, cuyas luces parecían bailarinas danzando una música que sólo ellas escuchaban.
—Ya no podría vivir en Pedraza, me sentiría forastero porque mis amigos, con los que jugaba por las calles, han debido morir. Me aburriría al estar explicando permanentemente quién soy: el hijo mayor de Guillermina Domínguez y Francisco Muñoz, nacido en una de las esquinas de la entonces calle tercera, en el barrio Abajo.
Jorge a los catorce años se marchó para Venezuela a trabajar; lo hizo en compañía de José Miguel y Rafita De León.
—Caminamos durante tres días desde Maicao hasta la matera (finca) donde conseguimos trabajo. Allí permanecí hasta cuando reuní la plata que mamá le debía al socio que le facilitaba el dinero para que ella lo entregara anticipadamente a los sembradores de maíz. Tenía esa deuda porque la cosecha fue mala y no hubo recolección de granos.
Jorge Muñoz reanuda su relato:
—Después volví a Venezuela en dos oportunidades más. En la segunda reuní un dinero y me fui con mamá para Barranquilla, donde compré mil tejas y la madera del techo. Tumbamos la casa vieja de palma sobre el que se extendía una mata de patilla y construimos la que aún existe.
Luego, Jorge hizo de Barranquilla su lugar de trabajo tras ser vinculado a una fábrica de baldosas, tejas, calados y lavaderos que se ubicaba detrás de la iglesia de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, que estaba recién construida. De la fábrica no recuerda su nombre, pero sí que, mientras estuvo en la ciudad, vivió en el callejón de la Luz, en el barrio Abajo.
—Ahí, en Barranquilla, me vinculé con una empresa de ingeniería con la que recorrí La Guajira construyendo bodegas para almacenar algodón. Después, nos fuimos a construir un puente cerca de Chiriguaná, lo que permitió que me pusiera en contacto con mi primo hermano Julio García Domínguez. Me pidió que me quedara acá luego de que el trabajo se acabó, porque nos correspondía ir a construir un puente en un tal San Antonio, por allá entre los cachacos, donde mandaba la chusma. El ingeniero me escogió para que, en compañía de catorce compañeros, nos presentáramos al lugar donde haríamos la obra, para ver cómo nos recibían. Nos negamos a ir, porque supimos que en ese lugar mochaban cabeza a diario.
Con Julio se dedicó a la pesca en el río Cesar.
—Nos iba bien hasta que el río cambió de curso y se negó a pasar con la misma fuerza por Chiriguaná.
A Jorge en Pedraza le llamaban el niño, mientras que en Chiriguaná lo conocen con el remoquete del doctor, debido a que dedica su tiempo libre a curar con las oraciones de san Pablo, de Jesucristo y san Marcos que aprendió con su madre, la niña Guille.
—Un día se me ocurrió orarle a un niño con mal de ojos y resultó. Desde entonces atiendo niños y adultos, así como animales. Al paciente le aplico las oraciones y en media hora ya está curado. Además, compongo huesos fracturados, sobo músculos atrofiados.
—Hace aproximadamente veinte años, un compadre me propuso que manejara una bici coche (bici taxi o Paola) que era de su propiedad. Trabajé con él hasta que mis hijas me dijeron que comprara una. Desde entonces, todos los días me levanto a las cuatro y media de la mañana y salgo para el mercado para transportar a mis clientes; lo hago hasta las ocho de la mañana.
Álvaro Rojano Osorio






