Ocio y sociedad
El acordeonero del Valle que se pasea por las principales calles de Bogotá

—Hay que hacer cosas nuevas, compadre –respondió el acordeonero del Valle (Valledupar) cuando le pregunté por su vida musical. Después, tocándose la cabeza que envuelve en una bolsa plástica, señaló–: Porque este pedazo de cosa hay que saberlo utilizar, hay que explotarlo. Luego guardó silencio y, tras abrir el acordeón, explicó que la función de su música era despertar en el prójimo el entusiasmo hacia la felicidad y la paz.
Es la tercera vez que lo veo andar por las calles de Bogotá con su acordeón, y la primera que lo abordo para saber sobre él. Igual que antes, lleva un acordeón colgado del pecho, viste con una bermuda gris, una camiseta verde sin mangas que usa sobre un suéter vino tinto desteñido. Calza unas chanclas tipo crocs. Aunque en esta oportunidad se ha puesto un trozo de esparadrapo en su nariz sobre el que descansa el puente y los soportes nasales de sus lentes de aumento.
Sin embargo, el acordeón diatónico no es el mismo, aunque la marca es igual: H. Hoffer, porque antes usaba uno de color metálico y el de hoy es rojo.
Él es quien toma la iniciativa de explicar por qué cubre su cabeza con la bolsa plástica. Lo hace señalando que es la manera de hacerse invisible, para que lo vean como un efecto y no como una persona. Además, tocando la bolsa, plantea que en su cabeza hay una tremenda creatividad dirigida especialmente hacia la alegría, la felicidad y la paz.
—Por eso, cuando me ven cómo ando por las calles de Bogotá, yo no respondo a las expresiones de racismo, al regionalismo, la burla, en fin. Para qué, si nacimos, fue para ser felices.
Lo dice y aprovecha para contar el rechazo del que fue objeto en un restaurante donde llegó a adquirir un almuerzo. Lo rechazaron porque creían que iba a tocar el acordeón a cambio de estipendios que pediría a los comensales. Sin embargo, pese a aclarar que lo que buscaba era comprar el producto alimenticio que pretendía consumir, los del establecimiento comercial se negaron a venderle.
El acordeonero del Valle anda desde las cinco de la mañana por las principales calles de Bogotá con su acordeón al pecho, especialmente por las zonas más concurridas. En estos lugares, lo interpreta y canta para que los que pasan por su lado escuchen sus notas musicales y la letra de sus canciones. Eso afirma y además señala:
—Lo hago para alegrar la mañana de quienes van a comenzar la jornada laboral, deseándoles feliz día, porque mi música y mis canciones son un mensaje de paz.
—Porque, pese a tanta violencia, uno puede evolucionar, cambiar ese ritmo de vida que nos han implantado. Tenemos que hacerlo; esa es la responsabilidad de cada quien. Si uno se centra en la vida, se da cuenta de que es linda. Se encuentra con que el mundo es bello.
—Entonces, ¿por qué vamos a vivir con violencia? Hay que hacer algo y, compadre, yo estoy aquí para lograrlo, pues al tocar el acordeón promuevo la no violencia, la alegría.
Aunque oriundo de Valledupar, el acordeonero asevera que su música es distinta al vallenato. Pero lo que llama su música, al tocar el acordeón, es un sonsonete carente de melodía.
Él, convencido de su capacidad musical, dice que cuando crea una canción no repite las melodías: “Yo compongo mis canciones, las toco con el acordeón y las canto a mi estilo”.
De su carrera musical asegura que ha sido extraordinaria, aunque admite que no le gusta hablar de su pasado.
—Lo que pasa es que a uno lo confunden los científicos, los críticos de arte, pero en mi cabeza hay tremenda creatividad. Porque nosotros nacimos para ser felices, sin importar la plata, la vestimenta. ¿De qué vale el fetichismo? Hay que mostrarse lo más sincero porque la vida es bella.
—Yo compongo a veces hasta sesenta canciones en un día –lo dice mientras en su rostro se dibuja una sonrisa que ni su espeso bigote ni su barba cana logran cubrir su falsa modestia.
Álvaro Rojano Osorio
Sobre el autor
Álvaro Rojano Osorio
El telégrafo del río
Autor de los libros “Municipio de Pedraza, aproximaciones historicas" (Barranquilla, 2002), “La Tambora viva, música de la depresion momposina” (Barranquilla, 2013), “La música del Bajo Magdalena, subregión río” (Barranquilla, 2017), libro ganador de la beca del Ministerio de Cultura para la publicación de autores colombianos en el portafolio de estímulos 2017, “El río Magdalena y el Canal del Dique: poblamiento y desarrollo en el Bajo Magdalena” (Santa Marta, 2019), “Bandas de viento, fiestas, porros y orquestas en Bajo Magdalena” (Barranquilla, 2019), “Pedraza: fundación, poblamiento y vida cultural” (Santa Marta, 2021).
Coautor de los libros: “Cuentos de la Bahía dos” (Santa Marta, 2017). “Magdalena, territorio de paz” (Santa Marta 2018). Investigador y escritor del libro “El travestismo en el Caribe colombiano, danzas, disfraces y expresiones religiosas”, puiblicado por la editorial La Iguana Ciega de Barranquilla. Ganador de la beca del Ministerio de Cultura para la publicación de autores colombianos en el Portafolio de Estímulos 2020 con la obra “Abel Antonio Villa, el padre del acordeón” (Santa Marta, 2021).
Ganador en 2021 del estímulo “Narraciones sobre el río Magdalena”, otorgado por el Ministerio de Cultura.
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