Ocio y sociedad
La estación del Tren fantasma en Macondo

El Tren pasó hace poco. De eso no quedan claros indicios, porque ningún horario figura en la estación, tampoco se encuentra un reloj y mucho menos una taquilla abierta en la cual una persona venda billetes, pero la señora encargada del paso de la vía férrea nos tranquiliza: “¡En breve pasará otro!”.
Lo anuncia con certeza y, sin embargo, cuando le pregunto a qué hora pasó el último tren, empieza a dudar. Intuye que fue hace unos minutos, lo sabe, pero no tiene nada que permita asegurarlo. Mira hacia otro lado, quizás buscando alguien que la pueda ayudar, y, entonces, en un gesto de buena voluntad, le manda un mensaje por radio a su compañero de trabajo que vigila otro punto de la vía: “Oye, ¿Sabes a qué hora pasa el siguiente tren?”.
La señora es muy formal. Sobre el escritorio de la esquina, almacena un cierto número de documentos, una radio, una escarapela y unas cajitas que no tienen mucho que ver con su trabajo, pero que dan crédito a una actividad profesional. Ella es la única que parece estar unida directamente a ese Tren fantasma que atraviesa la ciudad con frecuencia.
Al llegar a la estación de Aracataca, me fijé primero en los señores sentados sobre los bancos, perdidos en una conversación despreocupada y unas risotadas altisonantes. Entendí que ellos estaban pasando el tiempo, y, luego, deduje que aquella señora con un chaleco fluorescente, de pie, cerca de un escritorio colocado intencionalmente en una esquina, era la persona que más información tenía sobre ese tren. Por eso me acerqué a ella.
––Yo sólo me encargo de alzar y bajar la barrera cada vez que pasa un tren ––me explica y luego añade––: Mi trabajo es hacer que la gente le pare bolas al tren porque también trae sus desgracias…
De inmediato, me interpela la palabra “desgracia” y me invita a pensar en accidentes y complicaciones. Todavía sé poco sobre ese tren, pero ya vislumbro una relación enigmática y tensa con los habitantes. Ese ser de acero que marca la vida del municipio, tan temible como imponente, tan ruidoso como huidizo, no parece recibir la atención que merece. O quizás la gente quiera olvidarlo y hacer como si no existiera…
––¿Qué carga ese tren? ––le pregunto.
––Sólo carbón. Toneladas y toneladas de carbón.
Poco después, como si se tratara de un detalle importante, agrega:
––Aracataca es el único pueblo que se ha opuesto a tener doble vía. Todos los demás ya la tienen, por eso se dificulta tanto el paso de los trenes en este punto.
La llegada del ferrocarril a Aracataca en 1906 representó un evento de enorme relevancia para el desarrollo de esta localidad y de la Zona Bananera en general. Las estaciones se llenaban de gente y de mercancías. La euforia de quienes trabajaban en las plantaciones y muchos otros interesados (músicos, comerciantes, mujeres…) contagiaba los pueblos de la región.
El ferrocarril terminó siendo el gran emblema de esas épocas de cambio, incluso permitió que se afianzaran los carnavales y otras fiestas populares, por eso los ciudadanos mostraban un apego espontáneo hacia él, lo veían como un vínculo directo con los momentos más emotivos de sus vidas, pero hoy el Tren se ha convertido en todo lo contrario. Aparece como un elemento incómodo y frío: algo que va y viene, que congela durante cuatro minutos los quehaceres de quienes se encuentran alrededor de la vía, dejándoles solamente un sonido lastimero y la sensación de haber perdido el tiempo.
A la espera de que el compañero de trabajo nos informe sobre el paso del próximo tren, la señora explica que nunca ha salido de Aracataca y que ahora su hijo vive “por allá” en Valledupar. Le gustaría viajar por esa zona, pero no puede. Le faltan los recursos y el tiempo. La ironía de que ella trabaje cerca de una vía férrea y no pueda viajar, me deja sorprendido. Y entonces otra realidad se impone: el tren que atraviesa la ciudad de Aracataca menosprecia a los viajeros. Viaja sólo con su carbón, sin permitir que los demás se muevan. Y lo hace en una sola vía para que su paso sea más notable (y más irritante).
Me acerco a los dos señores que conversan sentados en el mismo banco. Sus carcajadas espontáneas me hacen pensar que son conocedores del lugar y que pueden revelarme ciertas realidades de la estación. Percibo en sus ojos un aire de curiosidad.
––¿Están esperando el tren? ––les pregunto.
––Sí, pero él no nos espera a nosotros ––responde el de la izquierda con un aire gracioso.
––Entonces, ¿Ya compraron su billete?
––Sí, sí, claro ––asiente divertido.
––¿Saben si pasó hace mucho tiempo?
––Pasó hace un raaaaato, pero no se vaya, espere un poco más ––responde el otro.
Los dos amigos se recrean al verme interesado por el tren. El más parlanchín de todos, el que me respondió primero, asevera que él conoce ese tren mejor que nadie.
––Son tantos años viéndolo pasar que ya no lo escucho. Y tampoco lo veo ––explica––. Pasa cada hora y veinte minutos. Cada tren tiene 3 locomotoras y cada locomotora lleva 60 vagones. En total son 180 vagones de carbón. Sólo carbón que descargan en el puerto de Santa Marta.
––Toneladas y toneladas de carbón que terminan contaminándolo todo, incluso el mar ––interviene el amigo con un tono más reflexivo.
––¿Qué va? ––responde el parlanchín–– Eso dicen por allá, pero yo no creo que eso contamine.
––¡El hombre todo lo destruye! ––manifiesta el amigo––. Hasta han encontrado pescado con las agallas negras por culpa del carbón.
Miro el otro banco a la derecha en el que yace otro compañero. Está visiblemente dormido, pero igualmente les pregunto:
––¿Él es amigo de ustedes?
––¡Ese se cansó de esperar! ––me responde afirmativamente el más gracioso de los conversadores, luego, después de haber soltado unas carcajadas con su broma, añade––: Bueno, ¿Y cómo va a ser? Nosotros estamos cansados de ver este tren y usted viene aquí a retratarlo…
Noto mucha clarividencia en las palabras de mis interlocutores. En efecto, no deja de ser irónico el hecho que yo venga a observar un tren sin viajeros en una estación en desuso que sólo sirve de decorado para su paso rutinario.
Afianzado por el tono simpático de esta conversación azarosa, el amigo conversador saca la botella de “chirrinchi” que tenía escondida. Se lleva un trago a la boca y vuelve más motivado a la conversación:
––Oye, y por cierto, ¿Esta estación? ¿Pa´ qué sirve? ––me mira para ver mi reacción y, luego, reanuda su argumentación apuntando a la sala de ventas con un dedo––. Tienen ahí adentro, encerrados la figura de Úrsula, la máquina con la que el abuelo de García Márquez hacía los avisos publicitarios, y el monumento del Cacique Ara… ¿Y por qué los tienen ahí? ¿Para qué?
La queja del hombre brilla por su lógica. Esta estación que no sirve para atender viajeros, que tampoco sirve para informar sobre las idas y venidas del “Tren fantasma”, sólo sirve ahora de lugar de tertulia o para esconder trastos que la alcaldía considera indeseables.
En ese momento, se acerca la señora encargada del paso de la vía:
––Señor, señor. ¡Ya llega el tren! ––exclama evidentemente excitada.
El hombre con el que conversaba se alegra:
––Mire, ¡ya se lo dijimos! ¡Qué bien ha hecho de esperar el tren!
Johari Gautier Carmona
@JohariGautier
Sobre el autor
Johari Gautier Carmona
Textos caribeños
Periodista y narrador franco-español. De herencia antillana. Dirige PanoramaCultural.com.co desde su fundación en 2012.
Escribe sobre culturas, África, viajes, medio ambiente y literatura. Todo lo que, de alguna forma, está ahí y no se deja ver… Autor de "El hechizo del tren" (Ediciones Universidad Autònoma de Barcelona, 2023), "África: cambio climático y resiliencia" (Ediciones Universidad Autónoma de Barcelona, 2022), "Cuentos históricos del pueblo africano" (Ed. Almuzara, 2010), Del sueño y sus pesadillas (Atmósfera Literaria, 2015) y "El Rey del mambo" (Ed. Irreverentes, 2009).
1 Comentarios
¡Qué buena crónica Johari Gautier! me hizo pensar en El guardagujas de Juan José Arreola.
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