Ocio y sociedad

Fundación Alfareros Paz y Cultura: una apuesta comunitaria por la transformación a través de la música

Vanessa Yineth Ruda

02/01/2026 - 05:45

 

Fundación Alfareros Paz y Cultura: una apuesta comunitaria por la transformación a través de la música

 

En el municipio de El Carmen de Bolívar, al norte de Colombia, la música se ha convertido en un lenguaje de unión y esperanza. Allí, un grupo de ciudadanos decidió, hace ya ocho años, transformar su entorno mediante la creación de un espacio comunitario que hoy representa uno de los proyectos sociales y culturales más significativos de la región: la Fundación Alfareros Paz y Cultura.

Fundada oficialmente en 2017, esta iniciativa nació del compromiso solidario de un grupo de amigos encabezado por Ferney Fernández, músico y gestor cultural, quien, junto a su expareja y otros colaboradores, buscó generar alternativas pedagógicas y artísticas para los niños y jóvenes del barrio Cantagallo, una zona históricamente marginada de los procesos institucionales y culturales del municipio.

Lo que comenzó como un conjunto de actividades lúdicas, partidos de fútbol, juegos tradicionales, jornadas de dibujo y lectura evolucionó rápidamente hacia un proyecto educativo estructurado alrededor del arte musical. “Nos dimos cuenta de que en los colegios los niños aprendían muchas cosas, pero no tenían contacto con la música tradicional, con los instrumentos de su territorio”, explica Fernández. Así nació la idea de incorporar la gaita, los tambores y otros instrumentos del Caribe colombiano como eje pedagógico para el fortalecimiento de los valores, la convivencia y la identidad cultural.

A diferencia de muchos programas institucionales, la Fundación Alfareros Paz y Cultura no surgió de un plan estatal, sino del esfuerzo colectivo de ciudadanos comprometidos con su entorno. En palabras de Fernández, “la fundación nació del deseo de hacer algo por la comunidad, de ofrecer a los niños un espacio distinto, donde aprendieran, compartieran y soñaran”.

Con el tiempo, el grupo logró formalizar su trabajo y consolidar una estructura organizativa que hoy sostiene sus actividades. Fernández actúa como representante legal y maestro de música, acompañado por Rina Pupo, coordinadora general y encargada de la gestión de proyectos, y por Ana Carolina, quien pasó de ser alumna a docente voluntaria. A ellos se suman otros colaboradores y voluntarios que comparten la misión de promover el arte como medio de transformación social.

Actualmente, la fundación reúne entre 40 y 50 niños y jóvenes divididos en tres grupos: los más pequeños, los intermedios y los mayores. Las clases se desarrollan dos veces por semana, los miércoles y jueves, en un espacio comunitario abierto, ubicado frente a la vivienda de Ana Carolina. Aunque carecen de sede propia, el entusiasmo de los participantes y el compromiso del equipo pedagógico han permitido que el proceso se mantenga constante.

Las sesiones musicales, guiadas por Fernández, integran el aprendizaje técnico con un enfoque ético y formativo. Cada clase es una oportunidad para fortalecer el respeto, la disciplina y la cooperación. “No solo enseñamos a tocar un instrumento; buscamos sensibilizar a los niños frente a la importancia de la familia, el amor por la vida y el compromiso con su comunidad”, afirma el maestro.

La fundación combina la enseñanza artística con actividades lúdicas y formativas que abordan valores como el trabajo en equipo, la empatía y la solidaridad. Rina Pupo y Ana Carolina son responsables de orientar estas dinámicas, reforzando el componente educativo del proyecto. Además, gestionan donaciones de ropa, útiles escolares y alimentos, que complementan las jornadas de formación.

Uno de los pilares fundamentales de Alfareros Paz y Cultura es la replicabilidad del conocimiento. Los jóvenes que aprenden música son motivados a enseñar a otros, perpetuando así el legado cultural y comunitario. “Así como ellos no pagan nada por aprender, la idea es que, en el futuro, tampoco cobran por enseñar. La música debe ser un puente, no una barrera”, señala Fernández.

El trabajo constante de la fundación ha generado transformaciones significativas en la comunidad. Historias como la de Daniel, un joven que logró superar problemas personales gracias al acompañamiento del grupo, son ejemplo del poder del arte en los procesos de cambio social. Daniel se vinculó a la fundación siendo adolescente, encontró en la música una motivación para reorientar su vida y, posteriormente, ingresó al servicio militar, conservando un profundo agradecimiento hacia quienes lo guiaron.

Otro caso representativo es el de Ana Carolina, quien ingresó como estudiante y hoy coordina actividades y apoya a los más pequeños. Su crecimiento dentro del proyecto refleja el impacto de la educación cuando se vive desde la cooperación y el ejemplo.

Estas experiencias individuales se traducen en logros colectivos: niños y jóvenes que antes carecían de espacios recreativos hoy cuentan con una comunidad de aprendizaje y pertenencia. Las familias, por su parte, han comenzado a involucrarse activamente en las actividades, reconociendo la importancia del arte como herramienta de convivencia y desarrollo.

A pesar de sus avances, la fundación enfrenta retos estructurales. El principal es la ausencia de una sede propia, lo que obliga a desarrollar las actividades en espacios improvisados. Sin embargo, este obstáculo no ha detenido su crecimiento. “Si no hay salón, tocamos en la calle. Lo importante es que los niños no pierdan el entusiasmo”, afirma Rina Pupo, reflejando el espíritu resiliente del grupo.

En el plano institucional, la fundación no cuenta con un apoyo estatal permanente. Sus recursos provienen de donaciones, gestiones voluntarias y pequeños eventos comunitarios. No obstante, la organización ha logrado mantenerse activa durante más de siete años, gracias a la credibilidad ganada dentro y fuera del municipio.

Entre sus proyecciones a corto y mediano plazo, Alfareros Paz y Cultura busca consolidar una sede física que les permita ofrecer clases en mejores condiciones, ampliar su cobertura y desarrollar nuevas áreas de formación artística como danza, teatro y pintura. Este sueño, aunque ambicioso, representa el siguiente paso natural en la evolución de un proyecto que ha demostrado resultados sostenibles con recursos mínimos y un alto compromiso social.

Más allá de los instrumentos y los ensayos, la fundación se ha convertido en un espacio de encuentro intergeneracional, donde el arte se vive como una experiencia de vida. La música no solo se enseña como técnica, sino como lenguaje emocional que permite reconocer y valorar la historia cultural del Caribe colombiano.

El trabajo de Alfareros Paz y Cultura se inscribe en una tradición de resistencia cultural que ha caracterizado a los Montes de María. Su labor reivindica la importancia de las expresiones artísticas locales como herramienta para reconstruir la confianza y fortalecer el tejido social, en un territorio que ha padecido el impacto del conflicto armado y la exclusión institucional.

La visión de Fernández y su equipo es clara: formar seres humanos íntegros que reconozcan el valor del arte como vehículo de transformación personal y colectiva. “No todos los que tocan serán músicos, pero todos pueden ser mejores personas gracias a la música”, expresa el fundador.

El recorrido de la Fundación Alfareros Paz y Cultura es un testimonio de cómo la organización comunitaria y el compromiso ciudadano pueden generar impactos profundos en contextos adversos. En un municipio donde la desigualdad y la falta de oportunidades siguen siendo desafíos cotidianos, este proyecto demuestra que la creatividad y la voluntad colectiva son herramientas efectivas para el cambio.

El maestro Fernández resume la esencia del proyecto con una frase que se ha convertido en su lema personal: “En la vida no se viene a hacer plata, se viene a ser feliz. Y la felicidad se parece mucho a la tranquilidad”. Esa filosofía, simple pero poderosa, guía el trabajo de quienes han hecho de la música un acto de esperanza y de la educación un camino hacia la paz.

Hoy, los tambores y gaitas que resuenan en el barrio Cantagallo no son solo sonidos de tradición; son la prueba viva de que el arte también puede construir futuro. En cada melodía interpretada por los niños de la fundación se escucha la convicción de que la paz se puede construir nota a nota, con disciplina, amor y compromiso comunitario.

 

Vanessa Yineth Ruda

1 Comentarios


Alberto Muñoz Peñaloza 02-01-2026 10:39 AM

Que experiencia, significativa, enriquecedora y alentadora. Precisamente, para apoyar ejercicios de construction colectiva como el prenombrado se justifica la operatividad Dela estampilla procultura cuyos recursos, en ocasiones y localidades desafortunadas, no siempre cumplen su cometido. ¡adelante montemarianos!

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