Ocio y sociedad

La lengua es el pueblo: la histórica sentencia de don Rufino José Cuervo

Eddie José Dániels García

10/02/2026 - 05:40

 

La lengua es el pueblo: la histórica sentencia de don Rufino José Cuervo
Rufino José Cuervo, autor del Diccionario de Construcción y Régimen de la Lengua Castellana / Foto: El Espectador

 

Una mañana cualquiera, mientras daba las vueltas que acostumbro en la cancha del barrio Florencia, donde suelo realizar mis caminatas matutinas, en el momento de pasar al lado de un grupo de muchachas que terminaban de hacer sus ejercicios aeróbicos, alcancé a oír que una de ella decía: “Amigas, ya no vamos a hacer más el brincoleo”. El término ‘brincoleo’ me llamó la atención, me detuve en el acto, abordé a las muchachas y les dije: “Tenía razón don Rufino José Cuervo cuando afirmó que “la lengua es el pueblo”. “Qué significa eso”, me preguntó una de ellas, mientras las otras estaban sorprendidas por mi interrupción. Con amabilidad, les respondí: “Porque, ustedes son el pueblo y oí que alguien dijo ‘brincoleo’, que, además de ser una palabra extraña, es hermosa, me gusta y voy a utilizarla de ahora en adelante”. Y, aunque no tuve la necesidad de preguntarles por el significado, enseguida supuse que ‘brincoleo’ se trataba de una flexión del verbo brincar, o más bien ‘brinconear’, cuyo sufijo “-eo” sirve para expresar la acción que realiza este verbo: dar brincos o saltos de manera inquieta, inestable o desordenada. Entonces, podemos apreciar que ‘brinconear’ resulta muy distinto al significado de brincar.   

Y, por supuesto, la muchacha también pudo decir ‘brinconeo’, teniendo en cuenta que ésta es la forma correcta, correspondiente al sustantivo del verbo ‘brinconear’. Asimismo, también encontramos expresiones como bailoteo, manoseo, coqueteo, lloriqueo y matoneo, este último, muy de moda en la fauna estudiantil, que son flexiones de los verbos bailotear, manosear, coquetear, lloriquear y matonear, los cuales tienen un significado despectivo, que se opone al significado normal o regular que tienen los verbos cultos. Por ejemplo, no es lo mismo bailar que bailotear: en el primer caso, el baile se realiza ordenadamente al compás de la melodía, en el segundo, el baile se desarrolla de manera desordenada y extravagante. En nuestra exquisita lengua castellana, existen muchísimos verbos que, cuando la acción que expresan se desarrolla de una manera chabacana o grotesca, se origina, con precisión, el infinitivo para mencionar esta acción. Los ejemplos abundan: cantar y canturrear, parlar y parlotear, pisar y pisotear, jalar y jalonear o jalotear, etc. En todos ellos, los respectivos sustantivos: canturreo, parloteo, pisoteo, jaloneo y jaloteo, expresan una acción que se desarrolla de manera ligera o desordenada.

Esto nos ilustra para comprender, que tenía sobrada razón don Rufino José Cuervo, el destacado filólogo y humanista bogotano, cuando afirmó, hace más de un siglo, que “La lengua es el pueblo”. Y lo dijo porque nosotros, los hispanohablantes, estamos facultados para utilizar el castellano de manera variada, de manera ilimitada, sin desdeñar, desde luego, su encanto original. En este sentido, son infinitas las palabras, giros o formas expresivas que surgen constantemente del habla popular, términos que, aunque no los registre ningún diccionario, tienen validez ortográfica y significativa dentro del contexto en que son utilizados. Por esta razón, muchas veces, la gente se conforma diciendo: “Lo importante es que me entiendan”. Y lo más llamativo es que, generalmente, los vocablos raros o desconocidos surgen de los grupos más analfabetos que perviven en el medio, los grupos integrados por personas que jamás han pisado un centro educativo y su formación idiomática es cero. En ellos, el conocimiento idiomático se enriquece por las similitudes, las relaciones y las analogías que guardan las palabras. Y, por supuesto, estos conocimientos, que sirven para originar la creación de nuevos giros y vocablos, tienen validez.

Y tienen validez, puesto que son lógicos: existen las familias de palabras. Porque, gramaticalmente, a la raíz o base nominal de un término, podemos agregarle un sinnúmero de prefijos, sufijos, y a veces, interfijos, para formar nuevas palabras, que dan origen a la familia del término correspondiente. Si tomo, por ejemplo, la dicción “silla”, cuyo significado literal es: “Asiento con respaldo, generalmente, sin brazos, utilizado para sentarse”, morfológicamente, esta palabra tiene su raíz o base nominal que es “sill” y el sufijo “a”, que le asigna el género femenino. Si a la raíz “sill”, le agregamos, verbi gracia, los diferentes sufijos, que tienen distintos significados, se origina la familia de la palabra silla: -ita, -eta, -on, -azo, -ero, -erío(a): sillita, silleta, sillón, silletazo, sillero, sillería. Y con estas palabras, puedo formar otras, con más sufijos: silletón, sillonero, silloncito, silletero, sillitica, silletería, etc. Ahora, cualquier hablante, bien podría decir: “silletota”, para significar una silla grande. “sillititica”, para referirse a una silla bastante pequeña, “sillonazo”, para indicar un sillón grande o un golpe dado con el sillón. Como vemos, esta es la versatilidad de nuestro idioma castellano que nos faculta para generar nuevas y eufónicas palabras.

En este sentido, son incontables las palabras, los giros, los refranes, los dichos, las sentencias, las figuras y los numerosos recursos idiomáticos que surgen del habla popular, y, éstos, como es natural, constituyen la principal fuente de enriquecimiento del idioma. Además, está demostrado que el lenguaje evoluciona constantemente y genera variaciones o modificaciones, que se extienden en dos direcciones: horizontales y verticales. Las variaciones horizontales se denominan diatópicas o geográficas, y las modificaciones verticales, diastráticas o sociales. Entonces, el lenguaje evoluciona porque está en boca del pueblo, que es el estamento encargado de poner en funcionamiento la terminología existente y la que subyace en la creatividad popular. Sin embargo, puede ocurrir que, muchas veces, por falta de ilustración consideremos que tal palabra no existe y que ella es producto de la inventiva popular. Pero, resulta que no es así. Se trata de una palabra castiza que figura normalmente en el diccionario. A veces, oímos decir: “Ese tipo si utiliza palabras raras y no se le entiende lo que dice o lo que escribe”. Son raras o desconocidas para los oyentes que tienen una indigencia lexical y, como tal, desconocen los significados.

Sobre este particular, puede ocurrir que, cuando a una persona le falta ilustración idiomática, se torne indecisa ante el uso de cierto término, bien en forma oral, bien en forma escrita. En este caso, no se necesita que la palabra esté registrada en los diccionarios. Utilizo el plural, porque la cantidad de diccionarios es inmensa. Si a la raíz de la palabra le podemos agregar, normalmente, un prefijo o un sufijo, el vocablo resulta correcto. Por ejemplo: si tomo la palabra “sombrero” y le añado el prefijo “de(s)-”, puedo formar el verbo reflejo: “Desombrerar”, que significa quitarse el sombrero. Vale el ejemplo: “Miguel se desombreró, apenas entró a la iglesia”. Si agarro la dicción “papel” y le agrego el sufijo “-aje”, que significa montón, puedo formar el término “papelaje” = montón de papeles en desorden. Resultaría un vocablo sinónimo de papelerío. Lo mismo ocurre con tropelaje y tropelerío, burdelaje y burdelerío. Son términos correctos, así no los registre ningún diccionario. Bien puedo expresar: “Cartagena es la capital del burdelaje en Colombia”. También, a muchos vocablos puedo agregarles el sufijo “-al”, que significa montón: silletal = montón de sillas, manzanal = montón de manzanas, lapizal = montón de lápices, etc.

Recuerdo que una vez tuve en mi residencia una trabajadora doméstica que carecía de cualquier lucidez idiomática, pero me dejó de regalo una serie de palabras que siempre me llamaron la atención y tenían fundamento lingüístico. Solía utilizarlas en expresiones bien formadas. En una ocasión, estando de viaje en su pueblo natal, cuando retornó y le pregunté cómo le había ido, me respondió: “Profesor, estuve en un baile, pero tuve que salirme rápido porque había varios borrachos entropelinaos”. Quería significar que los borrachos tenían un tropel. Otra vez, recuerdo que me dijo: “Pasaron unos muchachos y llevaban un grititío”. Quería decir que los muchachos iban gritando. También recuerdo que confundía gentío con gentilicio: “En diciembre mi pueblo se llena con el gentilicio que llega de todas partes”. Y cuando la sorprendía la regla decía: “Estoy indispuesta, ya me vino el rojerío”. Conocí, también, un carpintero, que era un experto ebanista y me hizo algunos trabajos excelentes. Se caracterizaba por los dichos que expresaba, entre ellos, recuerdo: “Coger paracos con los ojos vendados”, “Lo único que no sirve en la casa de uno es lo que no hay”, “Barco parado no gana flete”, “Del plato a la boca, se cae la sopa”, etc.

La cantidad de términos, sobre todo, sufijos, que iluminan el castellano y los agregamos a los verbos o a los sustantivos, constituyen una razón válida para que los hablantes los utilicen en forma variada. Esta es una cualidad que debe enorgullecer a todas las personas que sentimos pasión por el lenguaje. Por ejemplo, si al verbo “pensar”, perteneciente a la primera conjugación, le agrego el sufijo “–miento”, formo la palabra “pensamiento” que significa conjunto o acciones de pensar. Entonces, si tomo el verbo “hablar”, también de la primera conjugación, y le agrego el sufijo “–miento”, formo el sustantivo “hablamiento”, y aunque no lo registran los diccionarios, debe ser correcto. Ahora, si nuevamente cojo el verbo “hablar” y le agrego el sufijo “-aduría”, me resulta el sustantivo “habladuría”, que significa hablar mucho. Y, si otra vez agarro el verbo “pensar” y le agrego el sufijo “-aduría”, obtengo el sustantivo “pensaduría”, que, aunque tampoco lo registra el diccionario, significa pensar mucho y es correcto. Y como ambas dicciones se pueden pluralizar, por esta razón, el prestigioso escritor bogotano, Eduardo Caballero Calderón, quien utilizó el seudónimo de Swann, publicó en 1979 una obra titulada: “Hablamientos y pensadurías”.                                 

La luminosidad léxica que tiene nuestra lengua garciamarquiana, o garciamarquina, si preferimos este término, no la tiene ninguna de las otras lenguas romances, que son hermanas directas del castellano, y mucho menos la posee el inglés, que es nuestro pariente lejano. Y tampoco la tienen muchas de las lenguas o idiomas que pertenecen a otros troncos lingüísticos.  En francés, verbi gracia, que es hermano del castellano, para decir “la sillita”, debemos decir “la petite chaise”: la pequeña silla. Lo mismo ocurre con el inglés: para decir sillita, debemos anteponer el adjetivo pequeña al nombre silla: “the small chair”. Mientras en castellano tenemos muchos verbos diferentes para expresar los movimientos que hacemos con las piernas: ir, caminar, retroceder, adelantar, brincar, subir, bajar, saltar, entrar, salir, etc. En inglés, solo tenemos un verbo, que debemos acompañar con un adverbio, un adjetivo o una preposición para expresar las acciones. Por ejemplo, si quiero decir bajar, debo expresar: ir abajo: “go down”, lo mismo, si quiero decir “desayunar”, debo expresar: hacer o tomar el desayuno: “have or take breakfast”. Ahora, si deseo anunciar “quiero acostarme”, debo decir: quiero ir a la cama: “I want to go to bed”.

Y como ya está definido que “La lengua es el pueblo”, y en el  manejo del lenguaje, impera el criterio democrático, los muchísimos términos, giros y expresiones que se generan en “la curiosidad popular” experimentan el mismo efecto que anotó el padre Félix Restrepo Mejía, destacado filólogo antioqueño, quien fue director de la Academia Colombiana de la Lengua: “las palabras tienen alma, e igual que un ser humano: nacen, crecen, envejecen y mueren. Debido a esto, siempre tendremos neologismos y arcaísmos. Por esta causa, La Real Academia de la Lengua Española, el Tribunal Supremo del Castellano, cuyo lema “Pulir, fijar y dar esplendor”, cada cierto tiempo, contado en años, edita un diccionario donde recoge los nuevos términos que se incorporan al idioma. En la publicación de esta obra colaboran las Academias de los países americanos que tienen el castellano como lengua materna. Y para enriquecer más el acervo lingüístico, cada país edita, particularmente, su propio diccionario. En Colombia, por ejemplo, el Instituto Caro y Cuervo, que es la entidad encargada de velar por el cultivo del lenguaje, ha publicado varias veces “Diccionario de Colombianismos” y “Nuevo Diccionario de Colombianismo”, ediciones que recogen los nuevos términos que se incorporan al castellano, y que sirven para sustentar que “La lengua es el pueblo”, tal como lo afirmó don Rufino José Cuervo.

 

Eddie José Daniels García  

Sobre el autor

Eddie José Dániels García

Eddie José Dániels García

Reflejos cotidianos

Eddie José Daniels García, Talaigua, Bolívar. Licenciado en Español y Literatura, UPTC, Tunja, Docente del Simón Araújo, Sincelejo y Catedrático, ensayista e Investigador universitario. Cultiva y ejerce pedagogía en la poesía clásica española, la historia de Colombia y regional, la pureza del lenguaje; es columnista, prologuista, conferencista y habitual líder en debates y charlas didácticas sobre la Literatura en la prensa, revistas y encuentros literarios y culturales en toda la Costa del caribe colombiano. Los escritos de Dániels García llaman la atención por la abundancia de hechos y apuntes históricos, políticos y literarios que plantea, sin complejidades innecesarias en su lenguaje claro y didáctico bien reconocido por la crítica estilística costeña, por su esencialidad en la acción y en la descripción de una humanidad y ambiente que destaca la propia vida regional.

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