Ocio y sociedad
La casa de Dilia Medina Santander, la embajada de Pedraza en Barranquilla

La casa de Dilia Medina Santander fue, por muchos años, el albergue seguro de los pedraceros que viajaban a Barranquilla para adelantar diligencias o domiciliarse en esa ciudad. Dilia los recibía con una sonrisa espléndida y con un “Bienvenidos a mi casa, que en ella cabemos todos”.
Juancho Fraile (como lo llamaban, aunque su apellido era Freile) también hacía parte del comité de bienvenida. Él, su compañero permanente, se constituyó en su complemento perfecto, el soporte para que ella no dejara de ser la mujer hospitalaria que siempre fue.
La historia de la hospitalidad de Dilia Medina comenzó cuando, en los años cincuenta, se mudó de Pedraza a Barranquilla, donde inicialmente habitaron en una casa de tablas cerca del estadio Moderno, bordeando el arroyo de Rebolo. Allí inició la historia de su vida como persona servicial, que se desarrolló por cerca de cincuenta años, abriéndoles las puertas de su casa a los hermanos de Juancho.
Después, cuando la familia se mudó a la calle 45 entre carreras 19 y 20, la casa parecía no cerrar nunca sus puertas, pues siempre entraban y salían familiares de la pareja, paisanos de ella y forasteros.
De esa casa queda una fotografía en la que aparecen los novios Nelly Ruiz y Enrique Simmons, foto que este dedicó a su novia: “El amor de mi vida eres tú, Nelly. Tú fuiste quien encendió la antorcha de mi existir. Tuyo: Enrique”.
Para cuando Juancho y Dilia se mudaron a una vivienda ubicada en la calle 35, entre carreras 17 y 19, en el barrio La Unión, ya habían nacido los tres hijos de la pareja y, además de su descendencia, también habitaban en ella otros familiares, como su hermano Tulio Medina Santander y su sobrino César Fonseca, siendo este último un mozalbete estudiante de bachillerato.
Ni a ellos ni a ninguna otra persona Dilia les pidió jamás contribución económica alguna a cambio de su estadía y alimentación.
El espíritu solidario de Dilia impulsó la modificación de la casa ubicada en el barrio La Unión. Inicialmente contaba con dos habitaciones, pero, en la medida en que más pedraceros y personas de otros lugares del país llegaban a visitarlos o a establecerse, se hizo necesario ampliar el espacio para alojarlos. Fue entonces cuando construyeron dos cuartos más: uno extendiendo la vivienda y el otro en el patio.
Sin embargo, pese a los nuevos espacios, lo usual era que colchones y colchonetas se desparramaran por el piso de la sala-comedor. Para entonces, en la casa vivían entre 17 y 20 personas de manera permanente.
Dilia recibía a todo el que llegaba con una expresión sincera, con una sonrisa de alegría y preguntando si había desayunado, almorzado o cenado. Y, si la respuesta era negativa, le servía comida como si tuviera una varita mágica para hacerla.
Una tarde, mientras Dilia conversaba con Amparo Osorio en la puerta de su vivienda, vieron acercarse a su paisano Sergio Barraza, también conocido como “Manatí”. Eran las cuatro de la tarde y el último bus hacia Calamar ya había partido, lo que significaba que no podía volver a Pedraza.
—Ahí viene Manatí, ¿y dónde lo vas a ubicar si todas las camas están ocupadas? —preguntó Amparo, mientras lo observaba llegar.
—No te preocupes —dijo Dilia, levantándose de la silla para saludarlo con una sonrisa afectuosa.
En la noche, Dilia mandó a buscar una puerta de madera que estaba en el patio, la acomodó de manera horizontal sobre varios taburetes, la cubrió con sábanas y la dispuso como cama para el visitante. “Manatí”, agradecido, jamás olvidó ese detalle.
Su vivienda también fue lugar de encuentro de parranderos, aunque ella jamás consumió licor; sin embargo, patrocinaba las acciones de quienes participaban en la juerga. Ovidio Osorio, César y Carlos Rojano, además de la ingesta alcohólica, acostumbraban tomar una o dos gallinas del gallinero que ella tenía en el patio y, después del sancocho, le pagaban el valor de las aves.
Dilia murió en 2015, a los ochenta y ocho años de edad, feliz de haber servido a su familia, a sus paisanos y a personas de otros lugares del país. Y tal fue su huella al pasar por la tierra que aún es recordada por quienes supimos de sus calidades humanas.
Álvaro Rojano Osorio
Sobre el autor
Álvaro Rojano Osorio
El telégrafo del río
Autor de los libros “Municipio de Pedraza, aproximaciones historicas" (Barranquilla, 2002), “La Tambora viva, música de la depresion momposina” (Barranquilla, 2013), “La música del Bajo Magdalena, subregión río” (Barranquilla, 2017), libro ganador de la beca del Ministerio de Cultura para la publicación de autores colombianos en el portafolio de estímulos 2017, “El río Magdalena y el Canal del Dique: poblamiento y desarrollo en el Bajo Magdalena” (Santa Marta, 2019), “Bandas de viento, fiestas, porros y orquestas en Bajo Magdalena” (Barranquilla, 2019), “Pedraza: fundación, poblamiento y vida cultural” (Santa Marta, 2021).
Coautor de los libros: “Cuentos de la Bahía dos” (Santa Marta, 2017). “Magdalena, territorio de paz” (Santa Marta 2018). Investigador y escritor del libro “El travestismo en el Caribe colombiano, danzas, disfraces y expresiones religiosas”, puiblicado por la editorial La Iguana Ciega de Barranquilla. Ganador de la beca del Ministerio de Cultura para la publicación de autores colombianos en el Portafolio de Estímulos 2020 con la obra “Abel Antonio Villa, el padre del acordeón” (Santa Marta, 2021).
Ganador en 2021 del estímulo “Narraciones sobre el río Magdalena”, otorgado por el Ministerio de Cultura.
1 Comentarios
Excelente artículo Alvarito, la sra Dilia debe estar coronada de Gloria por su buena hospitalidad a los paisanos.
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