Ocio y sociedad
San Roque de Talaigua: un encantador refugio ribereño

El primero que descubrió la belleza de San Roque de Talaigua fue el Libertador Simón Bolívar, el 23 de mayo de 1830, cuando ordenó a la flotilla de champanes que lo acompañaba, atracar en el caserío de Talaigua para descansar un poco, dormir algunas horas, y continuar el viaje en las primeras horas del amanecer. El Padre de la Patria había renunciado de la presidencia de la Gran Colombia el 27 de abril y después de meditar algunos días, había salido de Santafé de Bogotá el sábado 8 de mayo con destino a Honda, Tolima, para abordar, tres días más tarde, ante la falta de una embarcación de vapor, una cuadrilla de champanes que lo llevaría hasta su destino final en Cartagena de Indias. Después de una semana de viaje, llegó a la Villa de Santa Cruz de Mompós, el miércoles 19 en las horas de la tarde. Aquí, ordenó permanecer tres días. Deseaba visitar y charlar con algunos amigos, pertenecientes a distintas familias prestantes de esta población, que lo habían acompañado durante la gesta de la Independencia. El domingo 23, ordenó reanudar el viaje, estaba deseoso por llegar a La Heroica para definir su “proyecto de vida”. La salida de la Valerosa se inició sobre las cuatro de la tarde, bajo un cielo atemperado que mantenía un clima agradable el champán expresidencial.
Caían los últimos rayos del atardecer cuando avistaron las primeras casas de Talaigua, un caserío, formado, en ese entonces, por la albarrada semipoblada y una callecita contigua, tupida con casas en ambas aceras, llamada “calle Real”. “Escojamos un sitio agradable y quedémonos aquí a pasar la noche”, le dijo el libertador al jefe de la flotilla. Se arrimaron a un atracadero improvisado, fácil de escalar y flanqueado por dos frondosos árboles de mango. Ayudado por su séquito, Bolívar desembarcó, y varios curiosos que se habían acercado, lo identificaron y se encargaron de regar la voz entre los escasos habitantes, quienes enseguida llegaron al lugar para conocer al Presidente. Vencido por los dolores que lo aquejaban desde hacía varios meses, solo permaneció en tierra unos pocos minutos, saludó a algunos presentes y se refugió nuevamente en el champán, donde tenía colgada una hamaca, cubierta con un toldillo para protegerse de los zancudos. El resto de los acompañantes, deseosos de explorar el caserío, descendieron, recorrieron varios lugares, prepararon algunos alimentos y encendieron fogatas para espantar las plagas. A las cinco de la mañana, la cuadrilla presidencial reanudó su viaje.
Entonces, como podemos apreciar, desde esa remota fecha, hace ya 196 años, cuando el Libertador descubrió la belleza de este puerto y decidió pasar la noche en esta pequeña población, Talaigua quedó escrito en la historia de Colombia como “Un encantador refugio ribereño”, que colma de un ambiente placentero a todos sus habitantes y produce una inmensa atracción a todas las personas que se animan a visitarlo. Una población, donde la tranquilidad, la felicidad y la armonía de sus calles, embellecidas con una arborización exuberante, causan una sensación edénica que invita a disfrutar el inmenso placer que se vive en todos sus rincones. Por esta razón, no hay persona que, habiendo conocido a Talaigua, se niegue a desconocer el placer y el deleite que sintió al visitar esta idílica población. “Profesor Daniels, hace días pasé por su pueblo y me llamó la atención la belleza de sus calles”, es una de las tantas frases que me dicen, quienes me conocen, y por casualidad pasan por Talaigua, bien de ida para Valledupar o Mompós, bien de regreso para Sincelejo. Y si algunos de los viajantes fue mi alumno en el Simón Araújo, al pasar por Talaigua, se conforma diciendo “Voy a entrar para conocer el pueblo del profesor Daniels”.
A Talaigua, mi tierra querida, al que suelo identificar como el “pueblo de mis entrañas”, desde hace diez años tomé la determinación de llamarlo “San Roque de Talaigua”, y lo hice, basado en el sano criterio de que la mayoría de pueblos de Colombia llevan el nombre de su santo patrono. En este sentido, me sobran razones para justificar mi determinación, la cual considero que está enmarcada dentro de “un criterio irrefutable”. Y también afirmo que es la misma gente la que se encarga de omitir los nombres de los santos cuando mencionan al pueblo. Y a veces, suceden casos contrarios. Por ejemplo, desde que yo abrí los ojos oí mencionar dos poblaciones con sus nombres rurales: Pinto y Pijiño, ambos cerca de Santa Ana, en el departamento del Magdalena. Hoy, me sorprende que éstos, son mencionados con otros nombres: Santa Bárbara de Pinto y Pijiño del Carmen. Con este último, ocurrió lo mismo que pasó con El Carmen de Bolívar, pueblo situado cerca a Cartagena, donde su santo patrono es la Virgen del Carmen, y se alteró el nombre de la población. En su defecto, el nombre correcto de este pueblo debe ser Santa Carmen de Bolívar, y, por supuesto, el nombre de Pijiño debe ser Santa Carmen de Pijiño.
Aunque, en mi pueblo, son muchos los que se oponen al nombre de San Roque de Talaigua, argumentando detalles insustanciales, algunos, y enredos administrativos, otros, yo siempre he sido enfático al afirmar que, en este sentido, me basta con que yo solo utilice el nombre de San Roque de Talaigua. Y no me interesa si otra persona quiera o no utilizarlo. Soy consciente de que el nombre de San Roque de Talaigua es más elegante, más sonoro, más atractivo y más afectivo que Talaigua Nuevo, que es el nombre tradicional de nuestro pueblo. Un nombre que induce a quien lo oye, formular, en el acto, la pregunta de rigor: ¿Y también hay Talaigua Viejo? Además, al decir San Roque de Talaigua, queda implícita la altísima devoción que sienten los habitantes por su Santo Patrono. “Eddie, qué nombre tan bonito”, me dijo la niña Elisa Mancera Castro, el día que le hablé sobre San Roque de Talaigua. “Eddie, ese nombre de San Roque de Talaigua es excelente”, me comentó la doctora Ximena González García, en cierta ocasión, que estuvimos charlando al respecto. Y en Sincelejo, son muchos los que se aventuran a preguntarme: “¿Doctor Daniels, no ha visitado a San Roque de Talaigua, el pueblo de sus entrañas?”
Mis venidas a San Roque de Talaigua suelo hacerlas dos o tres veces al año, o más, si hay alguna necesidad de hacerlas. Y, dentro de éstas, son inmancables las visitas de la semana santa y fin de año, la cual tiene una fecha establecida, hace casi medio siglo, desde que resido en Sincelejo: los 30 de diciembre. Y durante este mes, a cualquier curioso que, sabiendo la respuesta, me pregunte ¿Cuándo te vas para tu pueblo?, he tomado por costumbre responderle: “La pregunta sobra”. Con ella deseo significarle que lo haré el 30, como ya lo he establecido. Asimismo, son muchos los que me comentan: “He visto que tú nunca pasas un fin de año en Sincelejo”. Mi respuesta es una fórmula sacramental: “Yo no sería capaz de pasar un fin de año fuera de San Roque de Talaigua, no soportaría la tristeza y me moriría de nostalgia”, he confesado millones de veces. Así es: departir con sus familiares queridos, charlar con las amistades de antaño, disfrutar el fervor de la gente celebrando el año nuevo, gozar del bullicio callejero, escuchar la música de los mejores años, apreciar la incineración del año viejo, degustar las variadas comidas, y muchísimos detalles más, jamás podrían vivirse estando lejos de su tierra querida.
Muchas veces, los días que permanezco en San Roque de Talaigua son tan escasos, que no me alcanzan para desarrollar la agenda de visitas que tengo establecida hace muchísimos años. Y, por supuesto, éstas han mermado un poco con el fallecimiento de varias amistades. Hoy, por ejemplo, ya no puedo visitar a grandes familias que descansan en la Eternidad. Entre ellas, recuerdo a: don Roque Herrera Urbina y su querida esposa, doña Olga González Jaramillo, don Juan Matute Arce y su apreciada esposa, doña Erlinda Lobo Turizzo, don Tulio Castro Soracá y su querida esposa, doña Adelina Rodríguez Navarro, don Pedro Felizzola Montesino y su apreciada esposa, doña Rafaela Bravo de León, don Vicente Panza Herrera y su apreciada esposa, doña Margarita Martínez Meza, gran amiga Donatila, mi madre, quienes se trasladaron para Sincelejo, donde ambos fallecieron hace varios años, don Manuel de la Peña Guerrero y querida esposa, doña Avega Acuña Quevedo, don Julio Gutiérrez Camelo, quien se mudó para Sincelejo, donde falleció hace varios años, y en esta ciudad le sobrevive su querida esposa, María Josefa Pineda Bravo, llamada cariñosamente “la niña Chepita” quien, hace algunos días, coronó 102 años de edad y continúa gozando de una envidiable lucidez mental.
Asimismo, recuerdo las visitas a don Miguel Bravo de León y doña Nayibe de la Peña Guerrero, un apreciado matrimonio que se trasladó a Sincelejo en la década del setenta. En esta ciudad falleció doña Nayibe hace varios años y don Miguel murió el año pasado en Santa Marta, donde residía con una de sus hijas. Sin embargo, aún me quedan en San Roque de Talaigua varias familias que suelo visitar, las cuales están representadas por sus descendientes. Entre ellas, menciono a las hermanas: Bienvenida, Hilda, Elisa, Josefina, fallecida, y Cecilia Mancera Castro, las apreciadas hijas de don Erasmo Mancera Quevedo y doña Encarnación Castro Martínez, propietarios del tradicional Almacén Nelly, una de las familias más queridas de esta población. Con ellas residen varios de los hijos de César y Gonzalo, los hermanos mayores, fallecidos hace ya muchos años. También, menciono a los hermanos Matute Turizzo: Darinel, Luzmila, Nora, Enrique, Elba, Hernando, Gustavo y Dagoberto, hijos de don José Benito Matute Arce y doña Albertina Turizzo Quevedo, todos ellos, excelentes profesionales, algunos, residentes en otras ciudades, quienes visitan al pueblo con frecuencia, y siguen manteniendo la unidad familiar.
Con especial cariño, visito a las apreciadas familias, Mancera Barros y Mancera Quiroz, descendientes de los matrimonios formados por los hermanos, don Arturo y don Ciro Mancera Soracá, casados con doña Celfa Barros Bandera y doña Cenia Quiroz Flórez, respectivamente, dos apreciadas damas oriundas de Murillo, un corregimiento de Guamal, Magdalena. Y otras familias de mis afectos, donde aún sobrevive alguno de los cónyuges, acompañado por los hijos, y continúo visitando son: doña María Fuentes Durán y sus hijos Alfonsito, Bleidys y Emil, los dos mayores residentes en Cartagena, don Pedro Bravo Soracá, esposo de doña Sixta Castro Lambraño, fallecida hace dos años, quien es acompañado por sus hijos: Alberto, Hernando y Gabriel, y recibe las frecuentes visitas de Roberto, radicado en Barranquilla, y Alcira, residente en Sincelejo, doña Ninfa Montesino Acosta, esposa de don Gabriel Carpio Herrera, fallecido, y doña doña Olga Mancera Acosta, esposa de don Alfredo de la Peña de la Matta, fallecido hace varias décadas, quien vive acompañada de sus hijos, Saúl, Zulma, Bladis y sus nietos. Finalmente, menciono a don Pedro Avila Quevedo y su querida esposa, doña Enith Benavides de la Matta.
A pesar de que aún me quedan varios hogares por mencionar, los cuales están bien representados por los descendientes, quienes me conocen y son mis amistades, me satisface decir que tengo muchas visitas en turno para realizarlas en cualquier momento, bien ahora, bien en una próxima venida. Y una visita que no puedo pasar por alto es la que le realizo a mi prima, la doctora Ximena González García, distinguida abogada, que se radicó y ejerce la profesión en San Roque de Talaigua hace varios lustros. Es hija de mi prima Teresita García Galvis, mi comadre, quien falleció a comienzos de siglo. Tampoco dejo pasar inadvertidas las visitas a mis eternos vecinos, entre ellos, Dalgy Ospino Soracá, Alfonso “Foncho” Blanco Beltrán y familia, Martina Iturriago Pineda y familia, Nicolasa Iturriago Polo y familia, Alonso Mancera Palmera y su querida esposa, Santiaga “Chaga” Carpio Montesino. A todas estas familias, quienes me conocen desde mis años infantiles y me profesan una sincera estimación, suelo prodigarles, manque sea, una visita efímera, para saludarlos y conversar algunos minutos que aprovechamos para desempolvar episodios lejanos, que, desde luego, nos alegran y nos sirven para iluminar los recuerdos. Mi tristeza se incentiva, cuando se acerca mi retorno a Sincelejo, y me llevo las vivencias acariciadas en San Roque de Talaigua, “El pueblo de mis entrañas”.
Eddie José Daniels García
Sobre el autor
Eddie José Dániels García
Reflejos cotidianos
Eddie José Daniels García, Talaigua, Bolívar. Licenciado en Español y Literatura, UPTC, Tunja, Docente del Simón Araújo, Sincelejo y Catedrático, ensayista e Investigador universitario. Cultiva y ejerce pedagogía en la poesía clásica española, la historia de Colombia y regional, la pureza del lenguaje; es columnista, prologuista, conferencista y habitual líder en debates y charlas didácticas sobre la Literatura en la prensa, revistas y encuentros literarios y culturales en toda la Costa del caribe colombiano. Los escritos de Dániels García llaman la atención por la abundancia de hechos y apuntes históricos, políticos y literarios que plantea, sin complejidades innecesarias en su lenguaje claro y didáctico bien reconocido por la crítica estilística costeña, por su esencialidad en la acción y en la descripción de una humanidad y ambiente que destaca la propia vida regional.
1 Comentarios
ABSURDO, colocarle "Santa" a aquellas poblaciones que se llaman Carmen. Y más, desconociendo el nombre de fundación de uno de ellos, como lo es el mas importante del Caribe Colombiano: El Carmen de Bolívar. Fundado como "Sitio de Nuestra Señora del Carmen" (evidente nombre patronal), simplificado durante el siglo XIX como "Carmen", denominación que también se le dio a su provincia (hoy, el ZODES Montes de María), hasta llegar a la incorporación "de Bolívar", colocado esto ultimo ante el fortalecimiento de las municipalidades en Colombia que salieron varios con este nombre alusivo al Montecarmelo, y se consolidad una identidad única y firme como es el celebre nombre de "El Carmen de Bolívar", mas con la inigualable canción de Lucho Bermudez Pdta: De hecho si existe Talaigua Vieja, centro poblado al norte de la cabecera municipal de Talaigua Nueva.
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