Ocio y sociedad

Antígona en Soacha: cuando el duelo se convierte en resistencia

Luis Carlos Ramirez Lascarro

04/05/2026 - 06:45

 

Antígona en Soacha: cuando el duelo se convierte en resistencia
Algunas de las madres del documental Retratos de Familia / Foto: El Espectador

 

La persistencia de ciertos conflictos humanos ha permitido que los mitos trágicos sigan operando como marcos de interpretación de experiencias históricas contemporáneas. En este sentido, el documental “Retratos de familia” presenta la experiencia de las Madres de Soacha, quienes denunciaron el asesinato de sus hijos en el contexto del escándalo de los llamados “falsos positivos” en Colombia, fenómeno documentado por la Jurisdicción Especial para la Paz, que ha estimado al menos 6.402 víctimas entre 2002 y 2008 (Auto 033 de 2021).

La lucha de estas mujeres puede leerse a la luz del arquetipo trágico de Antígona: tanto la heroína griega como las madres de Soacha desafían la ley del Estado para honrar a sus muertos y restituir su dignidad.

En la tragedia de Sófocles, Antígona se opone al decreto de Creonte, quien prohíbe dar sepultura a su hermano Polinices. Su decisión no responde a una estrategia política ni a una ambición personal, sino a una convicción ética: los muertos deben ser honrados. Ese gesto la conduce a la muerte, pero también expone la arbitrariedad de un poder que pretende imponer su versión de la verdad.

Algo similar ocurre con las Madres de Soacha. Ellas también se enfrentan a una narrativa oficial que buscó presentar a sus hijos como guerrilleros muertos en combate. Frente a esa versión, su lucha no es solo jurídica o política, sino fundamentalmente ética. Asumen la búsqueda persistente de la verdad aun cuando ello implique confrontar al poder y asumir riesgos, como Antígona al desafiar el mandato de Creonte.

En ambos casos, la acción se organiza en torno a una disputa por el significado de la muerte y por el derecho a restituir la dignidad de los muertos. Se trata, en última instancia, de un proceso de humanización de la justicia: su lucha devuelve humanidad a las víctimas y revela la dimensión ética de la memoria. Así, el activismo de las Madres de Soacha —herederas simbólicas de Antígona— se configura como una forma de resistencia frente a la barbarie y el olvido.

En la tragedia griega, este conflicto articula toda la acción dramática. En el caso colombiano, se manifiesta como una tensión entre la memoria de las víctimas y las versiones institucionales que intentan justificar o encubrir la violencia. En ambos escenarios, lo que está en juego no es solo el pasado, sino la posibilidad de construir una verdad con efectos de justicia. El enfrentamiento entre la ley del poder y la ley moral de los vínculos familiares produce una revelación: en la tragedia clásica, conduce al reconocimiento del error y al colapso del orden injusto; en el caso colombiano, permite visibilizar la sistematicidad de crímenes de Estado. El dolor individual se transforma así en una tragedia histórica que interpela a la sociedad.

La dimensión ética de esta rebeldía se profundiza si se considera el vínculo entre cuidado y acción. En Edipo en Colono, Antígona ya encarna una ética del cuidado al acompañar a su padre en el destierro. Esa disposición afectiva —tradicionalmente asociada a lo femenino— se convierte en el motor de su decisión de restituir la dignidad de su hermano. De manera análoga, las Madres de Soacha actúan desde una ética del cuidado y de la memoria, impulsadas por el vínculo con sus hijos. No parten de una militancia previa ni de una ideología estructurada: es el cuidado, transformado en memoria, lo que funda su acción.

En este punto emerge uno de los rasgos centrales de lo trágico: el sufrimiento no se agota en sí mismo, sino que produce una transformación. En Antígona, esta se manifiesta en la revelación del error de Creonte; en el caso de las Madres de Soacha, la anagnórisis ocurre cuando las familias comprenden que las muertes de sus hijos no fueron hechos aislados, sino parte de un patrón sistemático. Este reconocimiento convierte el duelo privado en una lucha pública por la verdad, transformando la tragedia individual en una tragedia colectiva.

Se trata, en ambos casos, de un momento decisivo: cuando una verdad oculta se hace evidente y altera el sentido de la historia.

Sin embargo, hay una diferencia fundamental. Antígona está inscrita en una lógica de destino: pertenece a una estirpe marcada por la fatalidad. Las Madres de Soacha, en cambio, no responden a una maldición, sino a un contexto histórico concreto. Su lucha no es efecto del destino, sino de una decisión ética: enfrentar al poder pese al riesgo, el desgaste y el dolor.

Esto plantea una pregunta clave: ¿pueden las categorías de la tragedia aplicarse a cualquier experiencia histórica? No necesariamente. Su potencia interpretativa emerge en contextos donde el conflicto no es solo externo, sino ético; donde las decisiones enfrentan al individuo con estructuras de poder que buscan fijar el sentido de la vida y la muerte.

Por eso Antígona sigue siendo una figura vigente. No como un modelo que se repite, sino como una forma de pensamiento. Allí donde alguien desafía una ley injusta para honrar a sus muertos, donde el duelo se transforma en resistencia y donde la verdad se disputa frente al poder, la estructura trágica se reactiva.

En este sentido, el mito no es un residuo del pasado, sino una herramienta crítica para leer el presente. La figura de Antígona se actualiza en la acción de quienes convierten el duelo en memoria y la memoria en exigencia de justicia. Su persistencia demuestra que la tragedia no ha desaparecido: sigue manifestándose allí donde la dignidad de los muertos es negada y donde la verdad debe abrirse paso frente al poder.

En el contexto colombiano actual esta dimensión trágica se extiende a una disputa que no ocurre únicamente en el terreno de los hechos, sino en el de su interpretación y se proyecta sobre el terreno de la representación política. La disputa por el sentido de lo ocurrido —entre quienes niegan, relativizan o justifican estos crímenes y quienes los reconocen como una herida ética que exige memoria y reparación— no es solo un desacuerdo interpretativo: configura horizontes distintos de país. De un lado, una narrativa que normaliza la violencia en nombre de ciertos fines; del otro, una que sitúa a las víctimas en el centro como condición para la justicia. En esa tensión se juegan también las decisiones colectivas sobre quiénes encarnan esas visiones en los espacios de poder. Como en la tragedia, no se trata únicamente de conocer la verdad, sino de las consecuencias de asumirla —o negarla— en la configuración del orden social.

 

Luis Carlos Ramírez Lascarro

Sobre el autor

Luis Carlos Ramirez Lascarro

Luis Carlos Ramirez Lascarro

A tres tabacos

Luis Carlos Ramírez Lascarro (Guamal, Magdalena, Colombia, 1984). Historiador y gestor patrimonial, egresado de la Universidad del Magdalena y Maestrante en Escrituras audiovisuales en la misma universidad.

Autor de los libros: Confidencia: Cantos de dolor y de muerte (2025); Evolución y tensiones de las marchas procesionales de los pueblos de la Depresión Momposina: Guamal y Mompox (en coautoría con Xavier Ávila, 2024), La cumbia en Guamal, Magdalena (en coautoría con David Ramírez, 2023), El acordeón de Juancho (2020) y Semana Santa de Guamal, Magdalena, una reseña histórica (en coautoría con Alberto Ávila Bagarozza, 2020).

Ha escrito las obras teatrales Flores de María (2020), montada por el colectivo Maderos Teatro de Valledupar, y Cruselfa (2020), monólogo coescrito con Luis Mario Jiménez, quien también lo representa. Su trabajo poético ha sido incluido en antologías como: Quemarlo todo (2021), Contagio poesía (2020), Antología Nacional de Relata (2013), Tocando el viento (2012), Con otra voz y Poemas inolvidables (2011), Polen para fecundar manantiales (2008) y Poesía social sin banderas (2005), y en narrativa, figura en Elipsis internacional y Diez años no son tanto (2021).

Como articulista y editor ha colaborado con las revistas Hojalata, María mulata (2020), Heterotopías (2022) y Atarraya cultural (2023), y ha participado en todos los números de la revista La gota fría (No. 1, 2018; No. 2, 2020; No. 3, 2021; No. 4, 2022; No. 5, 2023; No. 6, 2024 y No.7, 2025).

Entre los eventos en los que ha sido conferencista invitado se destacan: Ciclo de conferencias “Hablando del Magdalena” de Cajamag (2024), con el conversatorio Conversando nuestra historia guamalera; Conversatorio Aproximaciones históricas a las marchas procesionales de los pueblos de la Depresión Momposina: Guamal y Mompox (2024); Primer Congreso de Historia y Patrimonio Universidad del Magdalena (2023), con la ponencia: La instrumentalización de las fuentes históricas en la construcción del discurso hegemónico de la vallenatología; el VI Encuentro Nacional de Investigadores de la Música Vallenata (2017), con Julio Erazo Cuevas, el juglar guamalero; y el Foro Vallenato Clásico (2016), en el marco del 49º Festival de la Leyenda Vallenata, con Zuletazos clásicos.

Ha ejercido como corrector estilístico y ortotipográfico en El vallenato en Bogotá, su redención y popularidad (2021) y Poesía romántica en el canto vallenato: Rosendo Romero Ospino, el poeta del camino (2020), donde además participó como prologuista.

Realizó la postulación del maestro cañamillero Aurelio Fernández Guerrero a la convocatoria Trayectorias 2024 del Ministerio de Cultura, en la cual resultó ganador; participó como Asesor externo en la elaboración del PES de la Cumbia tradicional del Caribe colombiano (2023) y lideró la postulación de las Procesiones de semana santa de Guamal, Magdalena a la LRPCI del ámbito departamental (2021), obteniendo la aprobación para la realización del PES en 2023, el cual está en proceso.

Sus artículos han sido citados en estudios académicos como la tesis Rafael Manjarrez: el vínculo entre la tradición y la modernidad (2021); el libro Poesía romántica en el canto vallenato: Rosendo Romero Ospino, el poeta del camino (2020) y la tesis El vallenato de “protesta”: La obra musical de Máximo Jiménez (2017).

@luiskramirezl

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