Ocio y sociedad

El planeta que aprende a latir con un balón: la poesía irrepetible del Mundial

Ramiro Elías Álvarez Mercado

28/05/2026 - 07:20

 

El planeta que aprende a latir con un balón: la poesía irrepetible del Mundial

 

“El fútbol es la recuperación semanal de la infancia” (Javier Marías)

Cada cuatro años el planeta entero parece obedecer a un mismo latido. Las guerras siguen, la política divide, los mercados no descansan y la vida conserva sus dolores cotidianos. Pero entonces aparece un balón rodando sobre el césped y, por un instante, la humanidad recuerda que todavía existen emociones capaces de unir lo que el mundo se empeña en separar. Eso es un Mundial. No un simple torneo ni una maquinaria de millones y transmisiones infinitas. Es una ceremonia humana, una tregua emocional donde el hombre vuelve a sentirse niño frente al milagro impredecible de una pelota viajando hacia el destino.

Yo lo entendí así, desde niño y a oscuras. El primer Mundial que vi con uso de razón fue España 82. En la finca de mis padres no había luz eléctrica, así que lo seguimos pegados a un radio de pilas que por momentos tenía interferencias. Mi papá y yo nos sentábamos en el corredor de tierra, traduciendo los gritos del locutor en imágenes que nos inventábamos en la cabeza. No veíamos nada, pero lo sentíamos todo.

Cuatro años después llegó México 86, y ya con once años sentí que mi mirada cambiaba. No era solo la pasión desbordada que despierta el Deporte Rey; ya tenía un sentido analítico del juego, me fijaba en los espacios, en la posición de los volantes, en por qué un pase fallaba. Los primeros partidos los escuché por radio, como en el 82, pegado a la voz de los narradores que dibujaban cada jugada. Pero las semifinales y la final las vi en el televisor a blanco y negro de un vecino. Éramos una fila de niños y adultos en su sala, en silencio, conteniendo la respiración cada vez que la pelota se acercaba al área. Ahí entendí que el fútbol también se piensa.

Ocho años después el mundo cambió en nuestra sala, y no fue por suerte. Para comprar un televisor Sanyo a color y ver Italia 90, mi papá vendió uno de sus caballos. Era el mejor que tenía en la finca, el que usaba para el trabajo duro y para salir al pueblo los domingos. Lo vendió sin decir mucho, solo comentó una noche: “Este Mundial hay que verlo como Dios manda, porque Colombia vuelve a un mundial después de 28 años”. No tuvo estudio, apenas la primaria terminada, pero tiene tres amores que lo han acompañado toda la vida, incluso hoy a sus 81 años: el fútbol, la literatura y la música.

Ese día de junio, cuando Carlos “El Pibe” Valderrama le metió ese pase largo a Fredy Rincón y él la empujó contra Alemania para empatar 1-1 y meternos a octavos, mi papá no gritó. Se quedó quieto y se le llenaron los ojos de lágrimas. Es un hombre curtido, de pocas palabras, pero ese gol le desarmó el pecho. Entendí ahí que el fútbol no es solo juego. Es memoria, es orgullo prestado, es la forma que tienen los hombres sencillos de sacrificar lo que tienen para tocar lo sublime.

Ese gusto lo heredó de él. Sin saberlo, me enseñó que una gambeta bien hecha se lee como un verso, que un gol se canta como una canción, y que hay pasiones que no necesitan diploma para volverse sagradas.

El jueves 11 de junio de 2026 el fútbol volverá a detener el tiempo. Por primera vez tres países abrirán juntos las puertas de la Copa del Mundo: Estados Unidos, México y Canadá. Y detrás de cada selección llegarán millones de historias que no salen en las estadísticas. Abuelos que soñaron toda la vida con pisar un estadio mundialista, muchachos que ahorraron un año para ver a su ídolo respirar a diez metros, familias enteras viajando detrás de una emoción que quizá dure noventa minutos pero permanezca viva para siempre.

Habrá aeropuertos convertidos en carnavales improvisados, trenes llenos de cánticos, balcones donde ondean telas sin permiso de nadie. Y esa marea cromática de las 48 selecciones será como un arcoíris tendido sobre el planeta, recordándonos que somos distintos, pero latimos al mismo ritmo. Mexicanos llevando mariachis hasta el norte helado, sudamericanos cantando en los vagones, africanos bailando en las plazas con esa alegría que convierte la resistencia en fiesta, europeos discutiendo táctica con la solemnidad de quien analiza una partida de ajedrez, asiáticos sonriendo sin necesidad de idioma. Durante un mes el planeta parecerá menos solo, porque el fútbol tiene una virtud que ningún algoritmo ha logrado reemplazar: convierte desconocidos en hermanos momentáneos.

Y basta un gol para que eso ocurra. La emoción de un gol se parece a una especie de orgasmo colectivo: una descarga brutal y simultánea donde miles, a veces millones, de personas gritan, lloran, saltan y se abrazan al mismo tiempo como si todas las gargantas del mundo hubiesen encontrado una sola alma para estallar. Eso solamente lo consigue el fútbol, porque el fútbol no se mira, se siente. Y lo más hermoso casi nunca ocurre dentro de la cancha. Sucede afuera, en el desconocido que comparte una cerveza con otro desconocido, en la anciana que escucha el himno y recuerda a quien ya no está, en el niño que descubre que puede llorar por once hombres que jamás conocerán su nombre.

El Mundial es también la geografía sentimental del ser humano. Un argentino cantando con los ojos cerrados, un brasileño bailando antes del pitazo inicial, un colombiano creyendo que esta vez sí toca la gloria, un africano celebrando cada victoria como si derrotara siglos de olvido, un europeo entendiendo el juego como ciencia, un latinoamericano viviéndolo como una herida hermosa que jamás termina de sanar. Y entonces aparecen los elegidos, los cracks, esos hombres tocados por una forma extraña de la inspiración. Futbolistas que no juegan: interpretan. Driblan como quien escribe versos, asisten como quien compone música, marcan goles con la precisión de un escultor que sabe dónde debe caer el martillo.

Messi analizando el partido y buscando el momento exacto para filtrar una pelota por un lugar inimaginable, como quien piensa lentamente una frase antes de escribirla. Mbappé rompiendo el aire con la velocidad de quien se niega a tener un destino pequeño. Neymar convirtiendo cada gambeta en un desafío a la lógica, bailando con la pelota como si el fútbol todavía fuera un juego inventado en la infancia para escapar de la tristeza. Cristiano olfateando el área en busca de la anotación. Y detrás de ellos sobreviven las sombras inmortales de quienes hicieron del balón una obra de arte: Ronaldo Nazario atravesando defensas como un relámpago imposible, Romario definiendo con la frialdad de los genios callejeros, Franz Beckenbauer gobernando el campo con la elegancia serena de un emperador que entendía el fútbol como arquitectura y no solo como combate. Lo mismo que Gianluigi Buffon, bajo los tres palos, deteniendo el tiempo con la calma de quien sabe que la portería es el último lugar donde la lógica puede vencer al caos.  

Desde Colombia miro esto con orgullo propio: Luis Díaz, nuestro Lucho, corriendo por esa banda izquierda con la misma hambre con que corrió detrás de un sueño en La Guajira. Él es la prueba de que el fútbol sigue saliendo de la tierra, del barrio, de la necesidad de volar.

Ellos entienden algo que las estadísticas jamás comprenderán: el fútbol no nació para jugarse con miedo. Nació en la calle, en el barro, en la tierra mojada, en el potrero improvisado donde un muchacho aprendió a gambetear porque la pobreza le obligó a inventarse espacios donde no existían.

Por eso produce cierta incredulidad esta expansión a 48 selecciones y la clasificación de los llamados “mejores terceros”. Entiendo el deseo de abrir la puerta a más países y más aficionados, pero también siento que el torneo corre el riesgo de premiar la especulación disfrazada de estrategia. El fútbol defensivo tiene derecho a existir, sería absurdo negarlo. Otra cosa muy distinta es construir un sistema donde empatar sin arriesgar termine resultando más rentable que salir a ganar. Allí empieza a marchitarse la belleza.

Porque el fútbol ruin no deja recuerdos, deja estadísticas. Y nadie vuelve al pasado para emocionarse viendo un 0-0 calculado entre equipos aterrados de perder. Las selecciones eternas no fueron solo las que levantaron trofeos, sino aquellas que jugaron como si el balón también pudiera hacer poesía.

Pelé no jugó al fútbol: lo elevó a ritual. Con la camiseta amarilla de Brasil parecía moverse en cámara lenta mientras el mundo iba a toda velocidad. Cada gol suyo tenía la precisión de un destino cumplido y la ligereza de quien juega en la playa con los pies descalzos. Fue rey porque entendió que la grandeza no está en humillar al rival, sino en hacer que el balón parezca obedecer a una alegría antigua.

Maradona fue lo contrario y lo complementario. Él no dominaba el balón, lo desafiaba, lo seducía, lo cargaba en el pie como quien lleva un secreto que no quiere soltar. En México 86 se hizo mito no solo por el gol con la mano, sino porque corrió sesenta metros esquivando ingleses como si escapara de toda una historia de derrotas. Maradona fue barro, genio y dolor. Fue el pueblo convertido en pierna izquierda.

Zidane, en cambio, jugaba con la calma de quien ya lo ha visto todo. No necesitaba correr para gobernar. Una media vuelta, un pase con el exterior, un cabezazo en la final del 98, y el tiempo se detenía para dejarlo pasar. Tenía la elegancia del que sabe que la belleza es más duradera que la fuerza. Con él el fútbol se volvió geometría, silencio y temple.

Y también aquella Holanda de Johan Cruyff que, aunque jamás conquistó el mundo, dejó algo quizá todavía más difícil: una idea inmortal del juego. El llamado “fútbol total” no fue únicamente una propuesta táctica; fue una declaración filosófica sobre la libertad. Todos atacaban, todos defendían, todos pensaban. Holanda convirtió la cancha en un escenario donde el movimiento parecía coreografía y donde el balón obedecía a una inteligencia colectiva adelantada a su tiempo. Cruyff no necesitó levantar la Copa para entrar en la eternidad, porque hay equipos que ganan torneos y otros que cambian para siempre la manera de entender el fútbol. Sobrevivieron al tiempo porque entendieron algo esencial: ganar importa, pero la manera de hacerlo puede convertir un equipo en eternidad.

El verdadero fútbol nace de la imaginación, del pase imposible, del regate que desafía al entrenador, del delantero que prefiere fallar intentando algo hermoso antes que esconderse detrás de la prudencia. Un Mundial debe doler, debe arder cuando se pierde y debe sentirse heroico cuando se gana. No puede convertirse en una feria indulgente donde todos sobreviven escondidos detrás de cálculos matemáticos y diferencias de gol. El miedo jamás produjo belleza.

Aun así volveremos a mirar, volveremos a creer. Porque incluso en medio del negocio, de las transmisiones millonarias y de las estrategias conservadoras, el fútbol todavía conserva grietas por donde se escapa la magia. Todavía existe un muchacho de diecinueve años capaz de inventarse un gol imposible. Todavía hay una anciana llorando en la tribuna porque su país volvió a marcar después de décadas. Todavía hay ochenta mil personas cantando al mismo tiempo como si el mundo pudiera curarse por unos segundos.

Y en 2026, veremos también las despedidas silenciosas de quienes, por edad, no volverán a pisar otro Mundial, mientras llegan los primeros pasos de figuras jóvenes que inician su carrera mundialista, como Lamine Yamal, que pisa el césped como si jugara en la calle de su barrio y no frente a millones.

Y mientras exista esa emoción irrepetible de un balón entrando lentamente al arco, mientras haya un niño soñando con ser héroe en una cancha de barrio, mientras el fútbol siga oliendo a tierra mojada, sudor, polvo y esperanza, seguirá existiendo algo profundamente humano que ninguna tecnología podrá fabricar.

Razón tenía el campeón mundial con Italia Andrea Pirlo cuando dijo: “El fútbol se juega con la cabeza. Los pies son solo las herramientas”.

El fútbol trasciende lo físico: es un deporte de estrategia, intelecto y pasión.

Porque el balón todavía sabe a calle. Y quizá allí resida la verdadera poesía del fútbol: en su capacidad de recordarnos que, incluso en un mundo cada vez más frío, todavía hay multitudes capaces de abrazarse por un sueño que dura apenas un instante, pero ilumina la memoria para toda la vida.

 

Goles para todos,  

Ramiro Elías Álvarez Mercado

 

Sobre el autor

Ramiro Elías Álvarez Mercado

Ramiro Elías Álvarez Mercado

Una copa de folclor

Nacido en Planeta Rica, Córdoba, el 14 de octubre de 1974, radicado en Bogotá hace casi tres décadas. Amante de la lectura, los deportes, la escritura, investigador nato de las tradiciones, costumbres, cultura, música, folclor y gastronomía del Caribe colombiano. 

Estudió coctelería, bar, etiqueta y protocolo con dos diplomados en vinos y certificación de sommelier, campo profesional en el que tiene más de 20 años de experiencia. 

Escribe de manera empírica, sobre fútbol y otros deportes, vinos y todo lo relacionado con el tema, así como publicaciones en distintos medios sobre cultores de la música vallenata y de otras expresiones musicales que se dan en el Caribe colombiano. Sus escritos han sido publicados en distintos medios virtuales.

Desde temprana edad le ha gustado escribir, sin embargo, fue en Bogotá, muy lejos de su terruño, que se le despertó ese deseo incesante de recrear las semblanzas de personajes que han hecho un aporte significativo al vallenato y otras expresiones musicales de la Costa Atlántica de Colombia.

@RamiroEAM

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