Ocio y sociedad
Tras los pasos de un Tren perdido: el caso de Javier Ortiz Cassiani

Javier Ortiz Cassiani descubrió el tren ya en la edad adulta, y, sin embargo, creció escuchando historias apasionadas sobre el ferrocarril en el seno de su familia. Cada una de ellas fue inculcando en él un interés genuino por ese medio de transporte.
De hecho, el Ferrocarril tuvo siempre un gran protagonismo en su familia. Su padre, originario de Hatoviejo (Bolívar), corregimiento de Calamar, fue testigo de cómo la línea ferroviaria que unía Cartagena a Calamar (inaugurada en 1894) animaba la vida de los lugareños y se convertía en un elemento estructurador de la economía.
“Mis padres vivían en ese pueblo y por allí pasaba ese ferrocarril de Cartagena-Calamar. Mi abuelo materno trabajó en ese ferrocarril y mi madre siempre estuvo hablando de él”, explica Javier Ortiz, autor del libro “Un diablo al que le llaman tren” (Fondo de Cultura Económica, 2018).
Sin embargo, el Tren que tanto ruido causó a su paso, que tantas emociones y experiencias inolvidables suscitó, dejó de funcionar de repente en 1951[1]: era el anuncio del desmantelamiento de una gran parte de la infraestructura del país. El ferrocarril que pasaba por las estaciones de Turbaco, Arjona, Arenal, Soplaviento, Hatoviejo y Calamar, se convirtió entonces en un vago recuerdo, pero también en una metáfora de la nostalgia, y quizás también del progreso que llega y puede irse en cualquier momento…
Javier Ortiz sostiene que empezó a perseguir ese fantasma esquivo del Tren para contar los cuentos que escuchó en su niñez. “Estudié la carrera de historia, hice una tesis que no tenía nada que ver con el ferrocarril, hice una tesis de maestría que tampoco tenía nada que ver con el ferrocarril ––comenta––, pero la historia del Ferrrocarril es una deuda que yo tenía. Una especie de deuda sentimental”.
En el Tren halló la oralidad que animó su infancia y, persiguiendo ese “artefacto ruidoso”, fue encontrando vestigios de ese pasado. Por eso, su libro se divide en dos partes: una en donde cuenta formalmente la historia de los ferrocarriles del Caribe colombiano y otra en donde hurgó en “los rumores” de las estaciones que conformaban la línea Cartagena-Calamar entrevistando él mismo a personas que vieron el ferrocarril.
“No hay modernidad sin banda sonora. Y el ferrocarril, como un artefacto de la modernidad, es parte de la música de la modernidad. El sonido de la locomotora es parte de la banda sonora”, explica Javier Ortiz, avivando una extraña sensación recurrente en el Caribe colombiano: ¿la modernidad que algún día llegó con el tren se fue también con él? ¿Y acaso aquellos tiempos del tren eran mejores que los de ahora?
En esa banda sonora que constituye la infancia de Ortiz Cassiani, se encuentra la canción que grabó Ismael Rivera y que dice: “Quítate de la vía, perico, que ahí viene el tren” en la que los instrumentos del Caribe imitan la musicalidad de la locomotora, pero también destaca el Macondo de García Márquez con sus imágenes e hipérboles extraordinarias.
En Macondo, el ferrocarril reviste primero una imagen de desarrollo y de cambio al ser un factor elemental en la llegada de extranjeros (la famosa “hojarasca” macondiana), pero también encarna una imagen apocalíptica al convertirse en el transporte que traslada a los muertos después de la masacre de las bananeras.
No puede obviarse que una de las descripciones del Tren más icónicas de la literatura se encuentra en Cien Años de Soledad, cuando, en la novela, una mujer que lavaba ropa anuncia: “Ahí viene… un asunto espantoso como una cocina arrastrando un pueblo entero”. De esta forma describe García Márquez la llegada de un invento descomunal, ruidoso y totalmente desconocido para los habitantes del pueblo, simbolizando también la irrupción de la modernidad y de una nueva realidad.
Con sus años de investigación, Javier Ortiz ha podido comprobar el papel civilizatorio del ferrocarril. Este medio de transporte suele intervenir en las primeras etapas de la dominación de un espacio colonial. “Con el tren se quiere domesticar la selva, pero también los territorios y las gentes”, explica el historiador. Y en ese afán de explotación se diluye la imagen romántica de ese aparato milagroso presentado frecuentemente como un puente hacia el futuro. La realidad de la historia universal es tan dura como innegable: el tren sirve primero a los intereses económicos, y luego a los pasajeros.
El ferrocarril es una gran “montaña rusa de emociones” que aviva nuestros recuerdos y añoranzas, pero que también nos devuelve a la cruda realidad. Javier Ortiz lo sabe muy bien. Él mismo lo experimentó al encontrarse con él por primera vez. Esperaba toparse con aquel “asunto espantoso” y misterioso que zarandeó a Macondo y se encontró con algo diferente y frío: “El primer tren en el que me monté fue el tren de la sabana, el que todavía existe. Y en ese momento, me quitó todo el romanticismo que tenía, porque iba lleno de avisos publicitarios de una multinacional de alimentos. Todo el tren estaba cubierto de rojo”.
Johari Gautier Carmona
Para PanoramaCultural.com.co
[1] Vicky Zabaleta Puello. “Érase una vez un tren en Cartagena”. El Universal. Recuperado de: https://donde.co/es/cartagena/articulos/erase-una-vez-un-tren-en-cartagena-42770






