Ocio y sociedad
Los bárbules de Juan Segundo Solaez

Me comentaba mi amigo Juan Segundo Solaez que una noche fue conminado por su señor padre, que en paz descanse y quien tenía su mismo nombre, para realizar una faena de pesca.
—¿A estas horas papá? preguntó Juan Segundo.
—Sí señor, coge el canalete, la atarraya, el cuchillo de esbuchar, y una panela que vi por ahí, que nos vamos ahora mismo porque aquí no hay nada de “salao” para mañana— contestó de manera firme su padre.
Tarde en la noche, en la ribera del Rio que da para el departamento de Bolívar, la jornada pesquera no pintaba nada bien, a esas horas solo un escuálido “comelón” había sido el resultado de incontables lances con la atarraya.
—La vaina está maluca — expresó el señor Juan.
—Vamos a tirarnos para la otra orilla del río cerca del pueblo a ver—
En esas, y debido quizás a la ingesta excesiva de panela, Juan hijo fue sorprendido por unos retortijones estomacales que lo obligaron a invocar el anclaje de la canoa por los lados de “La Peñita”, en busca de alivio a su inaplazable necesidad.
—¡Arrime papá!, ¡arrime! ... fue su angustioso llamado.
Asegurada la canoa, se acomodó en cuclillas sobre una de las gigantescas peñas que en época de verano afloran en ese sector y con sus partes íntimas expuestas a la corriente dejó fluir su urgencia.
La abundante defecación dibujó una serpenteante estela amarillenta que alborotó a un cardumen de bárbules coprófagos, variedad íctica tropical que cual enjambre de sombras voraces se arremolinaba en la corriente.
—¡Mire papá! — exclamó Juan entusiasmado —¡tíreles un atarrayazo!
—¡No señor! — exclamó cortante el señor Juan —¡ese es puro bárbul mierdero!
En un descuido de su padre, Juan tiró un atarrayazo; el peso de la red le hizo presagiar el éxito de su lance, alborozado, exclamó:
—¡Engorre!
Al arribar al puerto de las canoas de Tenerife, fueron rodeados por varios compradores, entre ellos un connotado dirigente político local que, con presuntuosa voz, manifestó:
—Buenos días, muchachos, ¿qué hay de pescado bueno por ahí? Ustedes saben que a mí me gusta lo fino… nada de pacora ni comelón—
—¡Buenos días, se le tiene! —contestó Juan Segundo animosamente—. Le tenemos unos bárbules, ¡una especialidad! — remató con orgullo.
—Bueno, denme unas cuatro manos— replicó el político local.
Juan aceleró la desbuchada y recibió la paga, pero su padre al igual que las ventas siguientes, se la arrebató con un refunfuño:
—Esa es plata mal habida…
De ahí, y una vez asegurada la canoa, se fueron hasta su casa, donde Juan hizo su entrada triunfal:
—¡Mamá, mamá, ya trajimos la liga pa’l almuerzo!
—¡Ay, mijo, gracias a Dios!… lo malo es que no hay ni un poquito de arroz —comentó su madre, doña Julia Lucila Díaz.
—No le dé mente, viejita querida, ahorita solucionamos —animó Juan.
—La pobreza vacía la despensa, pero nunca el alma de quien sabe esperar —sentenció.
En busca de un segundo aire para tramar la estrategia que le permitiera convencer a su padre de soltar el dinero para el arroz, Juan salió a dar una vuelta. Al pasar por la casa del dirigente político que le había comprado los bárbules, lo indagó:
—¿Cómo le fue con los bárbules?
—Excelente, mijo, estaban deli-cio-sos —respondió con contundencia.
—Ah, bueno, me alegro —suspiró Juan.
—Es más, te iba a pedir cinco manos para mañana, y ojalá sean de los mismos lados de “La Peñita”, de donde cogiste los de anoche. Tienen un sabor es-pe-cial —remató.
Enoc Adolfo Guzmán






