Ocio y sociedad

La Llorona en el palacio: el mapa del barro y el canto del río

Yarime Lobo Baute

20/07/2026 - 06:05

 

La Llorona en el palacio: el mapa del barro y el canto del río
Olga Rojas Trespalacios interpretando La Llorona / Foto: créditos a su autor

 

Donde el río Magdalena se ensancha para abrazar con parsimonia la Depresión momposina, la memoria no se resguarda en pedestales estáticos ni en baúles cubiertos de polvo; habita en las manos callosas de los pescadores, en el saber transmutado de las parteras y en el repique obstinado de la tambora. Estudiar la trayectoria de Olga Rojas Trespalacios es adentrarse en un universo de realidades fragmentadas que desafían la lógica del centralismo burocrático. Hay una paradoja hermosa en su andar: fue la única mujer alcaldesa en ciento doce años de historia de su municipio, gobernando desde un despacho oficial con decretos y presupuestos rígidos, pero al mismo tiempo ha sido la encargada de encarnar en las plazas públicas el lamento del espanto más sagrado de la ribera, con un tabaco encendido en la boca. Desarmar la apariencia del poder institucional es el único camino para demostrar que la máxima autoridad cultural de su tierra no emana de una silla presidencial, sino del llanto colectivo que ríe, baila y fuma para espantar a la muerte.

Me adentro con mi pensamiento en esos caminos que me llevan a Tamalameque, busco en el viento su voz, su llanto, sigo la ruta a ese paraíso terrenal que bañan las aguas que parecen el cúmulo de los llantos de la Magdalena y la veo, la diviso, allí está ella representada en Olga que a su vez es el todo de muchas que como yo, evocando el sagrado femenino, la abrazo con mi verbo sabiendo por convicción eterna que la madre tierra, aquella que le dicen llorona, nunca ha estado loca. Al sumergirme en su historia y en los dolores silenciados de nuestra gente, marcados por la cruda realidad del país y las cicatrices de sus violencias, se revela con lucidez que el grito del espanto caribeño nunca fue un delirio sin sentido, sino la respuesta visceral de un territorio obligado a procesar sus duelos a la intemperie. El lamento con olor a tabaco no es un simple acto teatral; es una trinchera de resistencia y una militancia diaria que se lleva en la sangre para dignificar la memoria colectiva.

En estos tiempos de globalización frenética y adoctrinamiento digital, donde un egregor mundial se alimenta de la inmediatez de las pantallas y el aplausómetro virtual de los seguidores, custodiar el patrimonio es un acto de absoluta rebeldía. Consiste en plantarse como una roca en mitad del río para disputarle la atención de las nuevas generaciones a los algoritmos que pretenden unificar los gustos y alienar la mente crítica. Si la educación de estos tiempos masivos no nos permite imaginar un mundo distinto, fuimos adoctrinados y no educados. 

Defender el trance de un baile cantado a la orilla del agua es demostrarles a los jóvenes que hay más adrenalina y verdad en el barro de su propia historia que en cualquier simulación virtual. Es salvar la identidad de la ribera para evitar que nos conviertan en un pueblo sin alma.

Esa misma fuerza inmaterial fue la que Olga trasladó al frío escenario de la administración pública. En un entorno donde las necesidades básicas aprietan y el presupuesto oficial es una limosna del centralismo, la tentación tecnocrática de mirar la cultura como un gasto suntuario es el peor de los errores. 

Fusionando el dolor de la Llorona con la investidura de la alcaldesa, Olga llevó el grito de su pueblo hasta las altas esferas gubernamentales de la capital, conmoviendo los escritorios de los ministros para arrancar acueductos, alcantarillados y malecones turísticos, mientras con la otra mano protegía el espíritu inmaterial de su municipio. Aprendió que la burocracia estatal no se derrota con rabia estéril ni con discursos de barricada, sino con conocimiento técnico, disciplina y la legitimidad absoluta que otorga el territorio.

El realismo mágico de nuestra provincia camina siempre de la mano con la crudeza de la tragedia cotidiana. Durante una de las peores inundaciones del Magdalena, mientras la canoa oficial se volcaba dejándola a la deriva en una calle principal convertida en caudal sepulcral, ocurrió el milagro. Un cantautor, con el agua a las rodillas dentro de su casa inundada, empezó a entonar un baile cantado a capela. En segundos, los vecinos asomados a las ventanas y los pescadores sobre la madera de sus canoas respondieron el coro, transformando la emergencia en un ritual colectivo de resistencia. 

Ver a un pueblo cantar con el agua al pecho nos enseña que la supervivencia no se mide únicamente en obras de cemento, sino en la capacidad poética de cantarle a la adversidad para no dejarse ahogar por ella. Ningún rubro presupuestal, por muy millonario que sea, puede comprar ese sentido de pertenencia.

Hoy, despojada de los protocolos efímeros del cargo, Olga lidera desde las mesas de las Juntas de Acción Comunal. Pasar del palacio municipal a la mecedora del barrio no es un retroceso, sino un regreso sagrado al origen donde la política es real, directa y sin filtros. Su rol actual es el de una traductora de realidades: tomar la necesidad ancestral del pescador y moldearla en los formatos técnicos y legales que el funcionario de escritorio no pueda rechazar. Allí, mediante la tradición comunitaria del convite, ha visto cómo caminos vecinales declarados "inviables" por el invierno son reconstruidos por los propios vecinos en un solo fin de semana, uniendo la pala del hombre con el sancocho en fogón de leña de las mujeres, demostrando que el esfuerzo compartido es el milagro que multiplica los recursos y nos salva de la verdadera muerte. Porque para nosotros en la provincia, estar en parranda es olvidarse de la muerte; entiendo la parranda no como el exceso ruidoso, sino como el encuentro sagrado donde brotan el amor y la amistad en colectividad. La verdadera muerte está representada en las rutinas metódicas y lineales del sistema, esas que nos roban la luz al alma, apagan nuestra esencia y nos hunden en el olvido cotidiano.

Me veo allí con Olga en una Parranda de amigos, evocamos en cada canto el máximo mandamiento y lo veo, veo el río…. Y al contemplarlo entiendo que su naturaleza es nuestra propia escuela: el río jamás se detiene ante las piedras ni se estanca con los obstáculos del camino; con una paciencia milenaria los rodea, los abraza, disuelve su dureza y sigue fluyendo indomable hacia su destino. Esa corriente líquida que esquiva la fijeza es la misma que arrastra nuestra voz colectiva en cada verso. En esa fluidez absoluta, donde las aguas nos enseñan que resistir es avanzar, comprendo que el lamento actual de nuestros vecinos ya no es el grito del espanto, sino el aislamiento comunitario y la desconexión invisible de hogares que enfrentan sus crisis en absoluta soledad. El sistema nos quiere alienados frente a la pantalla, viviendo un desgaste emocional debido a la incertidumbre y la falta de encuentros reales. Romper los pactos de ocultismo y crear círculos de palabra sin agendas rígidas es el único camino para que las almas del presente puedan respirar en libertad. 

Cuando el vecino entiende que su dolor es compartido y que el poder yace dentro, la vulnerabilidad se transmuta en organización inteligente.

Frente a este río que corre libre, la vida y obra de Olga Rojas Trespalacios se yerguen como un testimonio monumental de lo que significa consagrar la existencia a la salvaguardia de un pueblo. Su andar no ha sido el de una observadora pasiva, sino el de una guardiana inquebrantable que supo descifrar los hilos invisibles del Magdalena para convertirlos en obras de dignidad, en puentes de progreso y en cantos que derrotan el olvido. 

Desde el despacho más alto hasta la mecedora más humilde de la vereda, su legado trasciende las firmas de los burócratas y se siembra de por vida en la memoria colectiva de su tierra; cobra un sentido místico cuando una mujer hace del llanto una estirpe de resiliencia, de sacerdotisa que sabe que en el servir está la verdadera libertad. 

¡Que viva el llanto de la llorona!, estamos en el tiempo de romper paradigmas y dejarle a las nuevas generaciones una verdad: la llorona nunca ha estado loca.

 

Yarime Lobo Baute

Sobre el autor

Yarime Lobo Baute

Yarime Lobo Baute

Obras son amores

Soy la que soy: Mujer, Artista desde mi esencia, Arquitecta de profesión, Fotógrafa aficionada, Escritora desde el corazón y Emprendedora por convicción. Una convencida de que la OBRA está más allá de los cementos, son cimientos que se estructuran desde el SER, se traducen en el HACER y traen como consecuencia un mejor TENER.

Las OBRAS son esos AMORES intangibles y tangibles que están por encima de las mil y una razones.

@YarimeLobo

1 Comentarios


Jaír Suarez 20-07-2026 06:01 PM

Me gusta el recorrido que haces desde la historia,\n Y el miito, sin dejar a un lado la música, para mostrar las realidades de una región.

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