Ocio y sociedad
Robinson Calvo Luque: la voz que despertó al Caribe con rancheras y vallenatos

Don Roberto Esper Rebaje llamó al teléfono de Emisoras ABC mientras estaba en mi turno de locución. Atendí la llamada, como hacía siempre con los oyentes cuando estaba al aire.
—Sí, aló —dije.
—Buenas tardes, ¿hablo con el que habla?
—Sí, señor —le respondí—. Habla con el que habla.
—Robinson Calvo Luque, lo he estado escuchando y he llegado a la conclusión de que lo necesito en Radio Libertad.
Después de la llamada le comenté a don Leónidas Otálora, director de ABC:
—Me llamó un tal Roberto Esper para ofrecerme trabajo en Radio Libertad.
Y como si hubiera adivinado mis deseos de pertenecer en ese medio radial, respondió:
—¡Váyase! Allá sí hay plata.
—Y si me voy, ¿cómo hago para pagar el preaviso?
—No se preocupe por eso. ¡Je, je, je, je!
—Sin embargo, yo trabajé los días del preaviso, aunque don Roberto me pagó el mes de trabajo sin haber laborado aún en su medio radial.
—¿Tiene 90 años? —le indago, pues pese a ser un adulto mayor refleja menor edad. Él sonríe. ¿Será que tiene menos años y dice que son más para que le digan: Robinson te ves joven?
—Esa es mi edad —lo dice con una voz de perfecta dicción, como si estuviera frente a un micrófono dirigiéndose a una amplia sintonía—. Cuando llegué a Radio Libertad, el espacio de la madrugada lo ocupaba alguien que se limitaba a poner música: dejaba correr un álbum de vinilo por ambas caras y así lo hacía con otros discos, sin dar la hora siquiera. Eso generó inconformidad en la emisora, situación que aproveché para pedir que me dejaran hacer un programa que llamé “Rancheras y Vallenatos”. Don Roberto solo me dijo: Robinson, la ranchera es para cachacos.
Desde entonces el programa se emitió desde las doce de la noche o la una de la mañana hasta antes de que comenzara el noticiero, al que le dejaba conectada una gran audiencia.
—Siempre lo animé con buen humor porque se trataba de mantener a la gente despierta, de levantar con entusiasmo al que madrugaba. Le mandaba saludos al que ordeñaba. Daba la hora, leía los resultados de la lotería, después del chance o bolita. En fin.
—Don Roberto comenzó a preguntar por la sintonía del programa. Mientras tanto, mi voz se iba propagando por distintas regiones de la costa. Era tanta la sintonía que hice famoso a Enrique Díaz. Recuerdo que cuando comencé a programarlo, la gente me llamaba diciendo: “Oye, Calvo Luque, deja de estar poniendo música de ese negro maluco”.
Y a la medida que se escuchaba Rancheras y Vallenatos, llegaban los cantantes y los acordeoneros, intérpretes de música vallenata, a promocionar sus trabajos discográficos.
—Viejo Robinson, ahí le dejo este disco para que lo escuche y, si lo considera, lo haga sonar en su programa. Y por debajo me entregaban otro trabajito. ¡Je, je, je, je! Sin embargo, no hay un solo músico que pueda decir que le exigí plata para que su música se escuchara en mi programa.
—Eso de Calvo Luque surgió después de radicarme en Barranquilla. También me llaman “gato negro” y no sé por qué. En otros lugares del país me identifican por mi nombre, Robinson Calvo Luque, igual que en el exterior… Yo estuve en Ecuador. En Ibarra trabajé en una pequeña emisora que funcionaba con una planta propia. Hasta que un día dije: ¿Qué está haciendo este tronco de figura de la radio en este lugar? Tenía más auge el motor que yo. ¡Je, je, je, je!
—Me fui guiado por mi espíritu de aventurero, el mismo que me impulsó a partir un sábado de carnaval para Bogotá. Ese día, mientras la gente salía de su casa para la Batalla de Flores, un amigo y yo íbamos para el aeropuerto a abordar el avión. Tenía 18 años. Llegamos sin conocer a nadie.
—Fue allá donde comenzó mi vida como locutor en la Emisora Mariana. La primera contraprestación que recibí se dividió entre especie y dinero: me daban los pasajes para movilizarme y un almuerzo. Eso era bastante, porque lo otro era sentarse en un parque a chiflar iguanas. ¡Je, je, je, je!
—Luego conocí a ese gran locutor, Carlos Alberto Melo Salazar quien me llevó a Radio Juventud, donde hice turnos. Después establecí relaciones con el sacerdote Suárez, gerente de la cadena radial Tricolor de Colombia, con la que me vinculé.
De pronto, Calvo Luque detiene la conversación que sostenemos en la terraza de su vivienda en Barranquilla, me observa y dice:
—¡Usted está hablando con la Biblia! ¡Nada de mariconadas! —lo manifiesta mientras en su rostro se refleja una expresión serena, contenida y ligeramente amable.
El ruido del pito un bus que circula frente a su vivienda, parece desconcentrarlo. Calla, buscando en su mente sacarlo del hilo de la conversación, la encuentra y continúa diciendo:
—Como tenía un buen cañón, comenzaron las ofertas, hasta que Paco Huertas me llevó para su emisora, Radio Calidad. Haciendo parte de Caracol Bogotá, me trasladaron para Barranquilla, pero no me gustó el ambiente. Luego me vinculé con Todelar haciendo radio en Emisoras ABC. Era pura música romántica. Leonardo Fabio cantó "Ja, ja, ja". Yo empleaba un timbre bajito: “Canta Piero: Adiós, mujer ingrata...”. ¡Je, je, je, je!
—Le estoy hablando vainas de perrenque. ¡Je, je, je, je!
Dirigiendo el programa Rancheras y Vallenatos, recibí una llamada telefónica de uno de los Navarro, los propietarios de Radio Universal.
—Robinsón, en los patios de la cafetería Universal hay cinco carros cero kilómetros dispuestos para ti. Coje uno, el que te guste. Te quiero en mi emisora.
—De Emisora Atlántico también me llamaron. Don Roberto olió el tocino y me dijo: “Robison, usted no se va”. Yo tampoco estaba interesado en irme.
—Si bien es cierto que me ganaba el salario mínimo, don Roberto era el propietario de la emisora, aunque Navarro y los de Emisora Atlántico también, lo que me aseguraba la permanencia en mi trabajo. Además, autorizó a que me rebuscara con unas cuñas.
—Él sabía que yo valía un jurgo de plata, aunque me tenía ahí por un mínimo. ¡Je, je, je, je!
—Después de la pandemia, Luz Marina, la hija de don Roberto, me llamó: “Robinson, ya puede volver a dirigir el programa. Ellos me enviaron para la casa a raíz del COVID 19”. Pero mi hija le respondió que yo no iba a regresar. De esa manera terminó mi relación con Radio Libertad y con el programa al que no fallé un solo día de mi vida. Su hija, de contextura delgada, de mediana estatura, ojos claros, que estuvo de pie mientras charlábamos, asintió con la cabeza y una sonrisa lo dicho por su padre.
Robinson asegura haberse criado en Candelaria, Atlántico, a base de yuca blanca mona y auyama pastelito. Confiesa que no tuvo muchos estudios y que eso de locutor no sabe de dónde salió; lo único que recuerda es que un día se encontró frente a un micrófono en una emisora.
Él habita en una casa amplia y digna ubicada en la carrera 21, donde funciona su emisora, a la que me lleva a conocer. En el andar encontramos a su esposa con quien me relacionó socialmente.
—La emisora se llama La 21 barranquillerisima.com —explica—. Su eslogan es: ¡Siempre original en todo! ¡No te falla, ni te fallará! Lo dice con la serenidad de quien esta acostumbrado a hablar, a escuchar y estar al frente de un micrófono.
—Tiene cuatro micrófonos, dos computadores. En uno de ellos guardo lo que considero vallenato del bueno, además de parte de las trescientas canciones que he compuesto, exactamente las que me han grabado.
En su emisora programa música variada las veinticuatro horas al día, y, además, participa en las madrugadas leyendo noticias y animando a quienes se levantan temprano.
También me lleva al patio de su casa para mostrar su salón de baile, donde, asegura, se reúne con sus amigos para festejar la vida.
Al volver a la terraza y tras anunciar que me marcho, me pregunta: —¿Entonces no nos vamos a tomar la botella de ron blanco que compré para recibir su visita?
Álvaro Rojano Osorio






