Ocio y sociedad

El Sincé de Miguel Iriarte: el Macondo que ruge en nuestra memoria pueblerina

Alfonso Osorio Simahán

02/09/2026 - 06:50

 

El Sincé de Miguel Iriarte: el Macondo que ruge en nuestra memoria pueblerina
El gestor cultural Miguel Iriarte / Foto: créditos a su autor

 

Hay vidas que se leen como si ya formaran parte de un libro, incluso antes de que la vista mire el papel. La de Miguel Iriarte Díazgranados es una de ellas. Escribir sobre el amigo, el vecino y el gestor cultural no es únicamente un ejercicio de nostalgia; es rescatar del barro de la infancia, de las bolitas de cristal apostadas y de los pasillos escolares, los primeros destellos de una vocación insobornable por las artes.

Estas espontáneas evocaciones no pretenden ser una biografía académica ni un recuento riguroso de fechas. Es, más bien, el testimonio vivo de una coincidencia en el tiempo y en la tierra: la mirada de quien vio nacer la sensibilidad poética en las calles de San Luis de Sincé y, hoy, a través de la distancia, contempla cómo esa misma voz le da forma a la memoria colectiva de nuestro Caribe.

Crónica

Por la terrenal senda de la infancia, me percaté de la existencia de Migue Iriarte mientras ambos estudiábamos en el Instituto Santo Tomás de Aquino, bajo la regencia del ilustre pedagogo Luis Gabriel Mesa, en San Luis de Sincé. Ignoro qué pecados habríamos cometido en el seno de nuestros hogares, pero en aquel periodo compartíamos la calidad de semi-internos —un régimen que, para los que vivíamos en nuestro propio pueblo, se consideraba un castigo severo—. No logro precisar el grado elemental que cursábamos; sin embargo, por la poca diferencia de edad que le llevo, yo debí estar al menos un curso más arriba. De ese periplo escolar me aletean recuerdos lúcidos que patentizan, desde entonces, el talante inalterable del hombre de letras en que habría de convertirse.

Me llamaba la atención que, siendo menor que yo, gozara de una soltura comunicacional poco frecuente para su edad. Con su consuetudinaria voz profunda, me hablaba con pasmosa autoridad sobre músicos de los que yo jamás había oído hablar. Fue por su vía que supe por primera vez de Orlando y su Combo, de Benny Moré y de Pacho Galán. Muchas veces lo sorprendí camuflando, entre sus textos escolares, páginas sueltas de revistas de farándula o recortes de periódicos sobre arte y música.

Cualquier día, en los ratos de ocio del colegio, sacó de sus bolsillos dos bolitas de cristal. Con un palito empezó a marcar sobre el patio barroso unas curvas en miniatura a manera de serpentina: era el trazado de una etapa del famoso juego infantil de “La Vuelta a Colombia". Apostamos. El perdedor debía brindar una ración de helados, de esos que vendía la familia Aguas por el portillo de un corral de cañas en la casa vecina del liceo. Gané. Pero a la hora de cobrar el trofeo, ni Migue tenía un centavo ni la vendedora aceptó fiarle. Migue, en un gesto que pudo parecer honradez pero que hoy sospecho fue el primer verso que recitó en su vida, sentenció: «Quédate con las bolitas de cristal, mientras el destino me devuelve la plata».

Aquel episodio se lo contaría años más tarde a su hermano mayor, Fernando, con quien consolidé una de mis mejores amistades de la adolescencia. Al escuchar la confesión, Fernando solo acertó a decir: «Ahí está pintado él».

Las buenas vecindades, cuando se integran en amistad durante la niñez y la adolescencia, dejan ver de cara al futuro el rumbo ineludible de la personalidad que va a florecer.

Don Virgilio Iriarte, cabeza visible de una respetable dinastía, vivía por aquellos años en un gran caserón esquinero de madera y techo de zinc, a escasos treinta metros de mi casa, en la antigua calle Ospina Pérez, a dos cuadras de la plaza principal bajando hacia el barrio La Ceja. Allí interactué con dos nietos suyos, primos entre sí, quienes convivían por temporadas en el mismo inmueble de don Virgilio, dando la impresión de ser hermanos. Con el tiempo, ambos primos harían un ruido profundo en el campo de las letras, la cultura y la comunicación: Carmelo Castilla Iriarte y Miguel Iriarte Díazgranados.

Ambos, lamentablemente, perdieron a uno de sus progenitores siendo muy niños. El padre de Carmelito, un médico eminente, encontró una muerte violenta en Venezuela mientras prestaba sus servicios profesionales. La madre de Migue, la Niña Toña —mujer de abnegación y visión poética dentro de su vida matriarcal—, perdió la batalla contra una severa enfermedad.

La mudanza temprana de Carmelo a Barranquilla me privó de forjar una amistad más continua con él. Sin embargo, en vacaciones era infaltable su regreso a casa de su abuelo Virgilio junto a sus hermanos Iván y Ricardo. A ese combo me sumaba yo para participar en los juegos infantiles y recibir, de vez en cuando, los regaños de la Niña Ocha —esposa de Don Virgilio— cuando nos encaramábamos a los celosos árboles frutales de su inmenso patio.

Carmelo Castilla, una vez que coronó con mérito propio sus estudios como comunicador social, tuvo un exitoso paso por el Noticiero Nacional cubriendo eventos históricos del país. Se ha dedicado en los últimos años a impulsar proyectos periodísticos cómo independiente en varias regiones, y a dirigir el medio virtual Política.com.co. Pero, bueno, esta vez nos afinamos en "modo Migue".

Yo me fui a estudiar a Cali, mientras Migue permaneció en predios sinceanos, bajo el techo y el amparo, al igual que su prole, de sus abuelos maternos, culminando el bachillerato. 

En unas vacaciones, muy temprano, me sorprendió un movimiento inusual en el corredor esquinero de Don Virgilio. Era Migue, en compañía de Guillermo Oliver, atiborrados de papel bond, cartulina, reglas y marcadores. Estaban diagramando lo que tal vez fue el primer periódico sinceano: el M.A.S.

Les pregunté, con la impetuosidad curiosa del caso, si esas iniciales guardaban relación con el Movimiento al Socialismo venezolano, al cual Gabriel García Márquez le había donado hacia poco el premio en metálico del Rómulo Gallegos.

—¡Nada que ver, Alfolele! —respondió Migue, inflando de orgullo sus cachetes colorados—. Algo superior: Movimiento Activista Sinceano. Es más, te invitamos a que te sumes a la causa.

Nunca supe en qué terminó aquel proyecto editorial, pero la semilla ya estaba sembrada.

A los 22 años migré hacia Venezuela. Migue seguía todavía anclado con su familia en la casa de sus abuelos. Era natural que entre nuestras familias se estrecharan lazos entrañables.

Recuerdo con absoluta nitidez un fin de año entre 1979 y 1980. Yo estaba recién llegado de Venezuela y Migue, amigo cercano de mis hermanas menores, Yami y Berna, nos visitó una tarde. Disertando sobre arte y cultura, salió a colación la adaptación cinematográfica de "El tambor de hojalata" , cinta controvertida y ganadora del Óscar, basada en la novela homónima de Günter Gras. Mientras yo analizaba la trama con la mirada de un cinéfilo novato, Migue abordó la temática como un crítico experimentado, como un verdadero pichón de cineasta. El toque folclórico de la tarde, por el cual no olvido ese día, lo dio el querido profesor Anselmo Castilla, quien al pasar por la casa nos saludó sin tanta reverencia:

—¡Ajá! ¿Y qué trama la generación post-Zulima?

A mediados de los años ochenta, su padre, Fernando Iriarte Navarro —reconocido maestro de música y compositor de quien Migue heredó la casta por las letras y la melomanía—, me mostró henchido de orgullo, en una de esas visitas esporádicas a mi casa, el primer poemario publicado de su hijo Miguel. Mientras el maestro Fernando dialogaba con el grupo de mi padre, me di a la tarea de escudriñar verso a verso aquel libro cuya temática giraba en torno al poder de la palabra.

En más de cuarenta años, han sido escasas las oportunidades para encontrarnos en persona. Pero con la irrupción de las redes sociales he seguido de cerca su obra literaria, sus conversatorios y su labor como gestor cultural en la organización de festivales de poesía, recitales, entrevistas radiales por la web, talleres y encuentros.

La última vez que lo vi en persona fue durante la Semana Cultural de la Sinceanidad, en julio de 2016. Andaba "en lo que estaba", como decimos coloquialmente. Junto a sus hermanos Patricia —comunicadora y poetisa— y Fernando —psicólogo y catedrático—, promocionaba el lanzamiento de la "Fundación IriArtes" , entidad creada en Barranquilla para promover el arte, la memoria e iniciativas, así  como ir  tras los rastros del patrimonio cultural, enfocada en el impacto de las migraciones en la historia local.

De Migue sabemos que vive en Barranquilla desde que ingresó a la Universidad del Atlántico para licenciarse en Filología e Idiomas, formación que complementó con una especialización en Gerencia Cultural y una maestría en Comunicación en la Universidad del Norte. Aunque Barranquilla lo acogió y lo adoptó como a un hijo ilustre, jamás ha cortado el cordón umbilical que lo ata en cuerpo y alma a Sincé. Muestra de ello es su ópera prima en la narrativa, La Ceja del Tigre, donde nuestro pueblo es el epicentro absoluto del argumento.

A propósito, hay libros que empiezan a habitar en nosotros mucho antes de tenerlos en las manos. Basta el eco lejano de su prosa para que la imaginación trace sus propios mapas. Eso me ocurre con La Ceja del Tigre, lanzada recientemente en la Casa de la Cultura de Sincé y otros municipios de la Sabana. Aún a la espera de ese ejemplar que la distancia posterga —y que mi hermana Emilce ya me custodia—, los fragmentos leídos en redes sociales confirman una certeza: el Caribe no necesita inventarse un Macondo mítico cuando tiene a Sincé clamando con voz propia.

El fragmento de la promoción de su obra nos introduce al teatro popular callejero e itinerante, un ritual pagano donde "los tigres" del pueblo son hombres de carne, hueso y pifias morales. Destaca la figura de Jorge Mulalá, encarnación del exceso y la barbarie provinciana. La tragedia de Digna —la muchacha del servicio que sale del trance «escupiendo asqueada la miseria»— expone no solo las costuras de la violencia patriarcal, sino la dignidad quebrada de los olvidados.

El genio narrativo de Miguel Iriarte reside en cómo este drama individual escala hasta convertirse en una lección de sociología popular. Cuando el Alcalde intenta prohibir el «juego del tigre» tras el arresto de Mulalá, el pueblo no reacciona ante la injusticia cometida contra Digna, sino ante la amenaza de perder su fiesta y su válvula de escape.

El texto despliega una radiografía polifónica de Sincé:

-Los gremios de la calle: Los aguateros de El Trébol, Amores Nuevos, El Estanco y Los Abetos.

-Los espacios de discusión: Los desocupados de la esquina del Dr. Domínguez y los discutidores de La Bodega.

-La cultura taurina y popular: Los garrocheros de Manuelito Rodríguez, junto a los manteros y banderilleros del Mocho Acuña.

-El sabor y la resistencia: Las torteadoras de empanadas bajo la égida de la niña Gena.

-Las mentes del pueblo: Los independientes agrupados en torno al maestro Anselmo Castilla y al cronista Evaristo Acosta.

Esta masa heterogénea estuvo a punto de protagonizar el primer acto de desobediencia civil en la historia del municipio, demostrando que la fiesta es un patrimonio innegociable.

A la espera de que la novela cruce las millas hasta mis manos, La Ceja del Tigre se perfila como un homenaje a la oralidad del Caribe colombiano. Miguel Iriarte ha logrado que Sincé resuene con la fuerza de una crónica viva: un escenario donde el mito, la fiesta y los nombres reales se cruzan para recordarnos de qué está hecha la literatura de nuestra tierra.

Epílogo

Con los años y las millas de por medio, el tiempo ha confirmado lo que aquella frase infantil presagiaba a las puertas del liceo: el destino termina por devolver con creces todo lo que se siembra con pasión. Migue no solo recuperó las bolitas de cristal del juego niño; convirtió su palabra en patrimonio y su amor por la tierra en una obra viva que hoy trasciende en páginas como La Ceja del Tigre.

Al cerrar estas líneas, no habla solo el cronista que evoca el pasado, sino el paisano que celebra la obra del amigo. Mientras las encomiendas familiares sigan cruzando caminos para traer de vuelta sus libros, sabremos que, sin importar cuán lejos nos lleven los rumbos de la vida, Sincé seguirá intacto, vibrando y contando sus historias en la voz inalterable de Miguel Iriarte. 

 

Alfonso Osorio Simahán 

Sobre el autor

Alfonso Osorio Simahán

Alfonso Osorio Simahán

Memorias de Berrequeque

Abogado en ejercicio, profesión que alterna con la de gestor cultural. Folclorista a tiempo completo y compositor de aires autóctonos del Caribe.

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