Ocio y sociedad
La complejidad en Fernanda del Carpio

El 26 de agosto se estrenó el último episodio de la serie Cien Años de Soledad, una de las producciones más costosas de Netflix fuera de los Estados Unidos. Aunque personalmente guardaba mucha prevención, fue una muy agradable sorpresa ver a Macondo y a los Buendía a través de la pantalla.
Los personajes femeninos fueron particularmente excelsos, desde Úrsula Iguarán hasta Amaranta Úrsula. Pero, definitivamente, uno de los que mayor impacto ha generado en la audiencia ha sido el de Fernanda del Carpio, interpretada por Laura Taylor, Carla Baratta y Margarita Rosa de Francisco. La caracterización realizada especialmente por Baratta nos ha hecho sentir un odio visceral hacia el personaje, que muchos no recordamos haber sentido mientras leíamos el libro.
En X he encontrado algunos trinos que comparten el sentimiento:
-Ana María Mesa trinó: “Cuando leí el libro no recuerdo haber sentido este odio jarocho por Fernanda del Carpio.”
-Sebastián Serna publicó: “Si leyendo el libro “100 años de Soledad” me caía mal Fernanda del Carpio, en la serie me da como un fuego interno que me pica la piel. Maldita zorra.”
-También en Instagram el influencer Lucas de la Rosa posteó: Odiar a Fernanda del Carpio es una obligación moral, te cae mal en el libro y te cae peor en la serie
-De hecho Baratta en entrevista para infobae admitió que sabía que el personaje iba a caer mal, que generaba un “revoltijo estomacal” y que incluso ella pensaba: “¡qué pereza esta mujer!”
Más allá de la aversión que nos pueda generar, Fernanda es una de las construcciones más complejas de la historia y un vivo reflejo de la mojigatería que aún sobrevive en nuestra sociedad; esa moral cristiana heredada de la colonia española que se sigue imponiendo sobre un país que dice ser laico.
Cuando Meme se deshace a pedazos al ver a Mauricio Babilonia tendido en el piso bañado en sangre, mientras que su madre la observa con soberbia y hasta con un poco de regocijo, es para mí uno de los momentos más perversos de toda la serie.
Pero, antes de ser victimaria, como ocurre innumerables veces, Fernanda fue víctima. Una niñez viviendo en el encierro, una adolescencia en medio de monjas que la educaron para ser la reina de un lugar que solo existía en su mente. Tras conocerse durante la celebración del carnaval en Macondo, Fernanda se casa con un Aureliano Segundo parrandero y mujeriego, quien a los pocos días de celebrar su boda, vuelve a los brazos de Petra Cotes.
En la casa Buendía, tampoco es recibida de la mejor manera; es humillada y objeto de burlas por ser la cachaca reprimida con ínfulas de grandeza. Se ve obligada a vivir en un lugar diametralmente opuesto a su reino imaginario. Macondo para ella es un verdadero infierno, dentro del cual no le queda más remedio que encerrarse para tratar de recrear algo conocido, ese claustro de su pasado.
Una de las escenas más cómicas es aquella en la que después de esperar al día habilitado para tener relaciones sexuales según el Calendario Venéreo, Aureliano Segundo y Fernanda se disponen a consumar su matrimonio mientras ésta recita como un mantra: “no es por vicio ni por fornicio sino para dar un hijo a tu servicio”. Aureliano Segundo se burla de ella y concluye que “se casó con una hermanita de la caridad”.
Lo que sentimos por Fernanda evidencia de cierta forma el rigor con el que se sigue juzgando a las mujeres, olvidando que el sistema patriarcal siempre actúa como un represor de nuestro deseo y nos impone toda clase de limitaciones. El encierro al que fue sometida desde niña la llevó a no poder establecer vínculos de una manera diferente a la oración y a la imposición de valores cristianos. Para Fernanda el cuerpo era solo una fuente de pecado que debía ser estrictamente controlado. Está tan enajenada de su propia naturaleza que le cuesta identificar su humanidad.
Para Baratta, al principio, Fernanda se muestra “inocente e ingenua” con una “ilusión de que las cosas de verdad funcionaran”. La actriz dice que encarnarla “fue un trabajo de encontrar esos pequeños ápices de humanidad que tenía el personaje y entender que ella ama de la manera en la que fue amada”.
En el libro hay una sub-trama que es omitida en la serie: Fernanda no es capaz de escribir la palabra vagina en sus cartas a los médicos invisibles. Recurre a eufemismos para poder decir lo que le duele y muere de una enfermedad que nunca pudo nombrar. Esta situación no se aleja mucho de la realidad que hoy vivimos: nos referimos a nuestro órgano de placer sexual y reproductivo como “ahí abajo” y hacemos todo lo posible por no hablar de las enfermedades que lo aquejan.
Quizás el odio que nos genera este personaje sea en realidad vergüenza. Porque muy dentro de quienes fuimos educadas en el catolicismo, en la obediencia, en la idea de que el cuerpo femenino es un territorio peligroso, vive una pequeña Fernanda del Carpio. Una que a veces juzga, que reprime, que no sabe nombrar lo que le duele.
Fernanda muere sola, habiendo condenado a su hija a la mudez y a la desdicha, habiéndole inventado a su hijo un mundo inexistente como lo hicieron con ella, esclavizando y escondiendo a su nieto y viviendo de la caridad de la amante de su marido. Es tal vez el final más triste de toda la novela y un legado inevitable para quien solo conoció a Dios en el encierro de un convento.
Mariana Orozco Blanco
Arquitecta y columnista en Radio Guatapurí





