Ocio y sociedad

El Eco de Rebolo en la Caracas de 1979: Pedro Juan Meléndez

Alfonso Osorio Simahán

20/10/2026 - 07:05

 

El Eco de Rebolo en la Caracas de 1979: Pedro Juan Meléndez

 

De un encuentro fortuito entre la prisa comercial, la bohemia de los pasajes urbanos y la tertulia profunda entre paisanos, nació una huella imborrable. Ésta es la estampa viva y el trazo afectuoso sobre Pedro Juan: el hombre del sombrero sempiterno, la voz de trueno y los principios inquebrantables.

Crónica

Por esos ambientes fortuitos del destino, a comienzos de 1979 me topé en Caracas, en tiempos y espacios distintos, con tres barranquilleros de cepa; dos de ellos reboleros hasta el tuétano. Si bien con ninguno de ellos mantuve una amistad íntima o prolongada, sí puedo dar fe de los múltiples momentos en que la música, la radio, las artes y la cultura general fueron el menú infalible de nuestras conversas: me refiero en especial, al inmortal cantante Nelson Pinedo y al polifacético locutor y actor Pedro Juan Meléndez.

Hablar de radio con elegancia, estilo y carácter en aquella época era referirse a estos dos vecinos de talento excepcional; uno llegó a consagrarse como voz estelar de la Sonora Matancera, mientras que el otro dejó su impronta como voz de oro y actor en Radio Caracas.

Hoy, en estas recreaciones dominicales, quiero esbozar fugazmente los trazos y recuerdos que me dejó la figura inolvidable de Pedro Juan.

El primer encuentro en el centro de Caracas

Para ese entonces, con escasamente un año de haber emigrado a Venezuela, yo trabajaba como vendedor de planta en la sede principal de Luvirca C.A., una empresa dedicada a la venta de muebles y electrodomésticos a crédito, ubicada en el pleno corazón de Caracas.

Cierto día me correspondió atender a una pareja de cuarentones, de modales descomplicados y atuendos sencillos. El hombre traía consigo un pesado filtro purificador de agua en una mano y una carpeta bajo el brazo; ella llevaba un paraguas y una pequeña bolsa. Ambos eran de baja estatura. Quien rompió el hielo fue el hombre. Bastó que me formulara las dos primeras preguntas con su potente vozarrón microfónico y que lo rastreara con la mirada para descubrir dos cosas inequívocas: que su acento provenía del Caribe colombiano y que un bisoñé cubría la mitad de su calva.

Aquel día solo solicitaban el presupuesto de un televisor portátil en blanco y negro. No cerraron ningún negocio, pero a partir de ese primer encuentro quedó sellada una cercanía permanente. Más que un cliente, descubrí en él a un maravilloso contertulio. Aquella relación prosperó de manera presencial durante unos dos años en Caracas y se mantuvo más tarde con esporádicos encuentros cada vez que yo visitaba Barranquilla.

Ventas, actuación y un almuerzo en el centro

Tiempo después, cayó a mi lugar de trabajo con gesto de resignación. Estaba fatigado de «patear» calle de puerta en puerta vendiendo purificadores de agua de la línea Pasteur; según sus propias palabras, la venta ambulante no era lo suyo. Además, las largas jornadas de trasnocho haciendo papeles secundarios como extra en las telenovelas y series de Radio Caracas Televisión no le aportaban los dividendos necesarios para proyectar su futuro.

Conmovido por su situación, logré recomendarlo con el gerente de ventas de Luvirca para que le concedieran una oportunidad en una de las sucursales de la zona central. Sin embargo, en cuatro meses como vendedor apenas logró concretar media docena de transacciones. El sueldo base era simbólico e insuficiente para cubrir siquiera los pasajes, ya que el verdadero sustento dependía de las comisiones. La explicación del gerente —quien le había tomado cierto aprecio— cuando Pedro Juan fue a lamentarse por sus escasos ingresos, resultó lapidaria:

—Ajá, Pedrito, si has tomado la tienda como un consulado colombiano, ¿de qué te quejas?

El gerente no carecía de razón: de su escritorio no alcanzaba a levantarse un paisano cuando ya se estaba sentando otro. Todos los días instalaba allí un cónclave de la provincia, mientras las oportunidades de negocio las aprovechaba el compañero de mostrador. Como era previsible, se retiró a los pocos meses. Poco después me enteré, por su propia boca, de su decisión de regresar a Barranquilla. La determinación la tomó cuando el primer actor venezolano Raúl Amundaray, en plena sesión de grabación en los estudios de Radio Caracas, le hizo abrir los ojos diciéndole que, con el enorme talento que poseía, su verdadero futuro no estaba como extra en Venezuela, sino como gigante en Colombia.

Durante aquellos meses difíciles, con el respaldo de Abelardo Espejo Fisher —presidente de libre escolaridad en institutos tecnocomerciales de Venezuela y mi primer jefe en este país —, logré gestionarle una beca de alimentación en el Instituto Nacional de Nutrición. Aquellos mediodías de almuerzo en un rincón sombreado de un edificio céntrico le dimos rienda suelta a tertulias memorables. Fue en esos espacios donde pude calibrar sus múltiples facetas artísticas, su puntiagudo humor y su lenguaje picaresco. Pedro Juan fue el primero en ilustrarme sobre las tripas y el arte de la locución y la radio, gérmenes que años más tarde me sirvieron para incursionar sin temor en los medios como productor independiente en una emisora comunitaria.

La conexión con Javier Auqué Lara

Un domingo en que acordamos vernos, me pidió que lo acompañara a visitar a un amigo. Resultó ser Javier Auqué Lara, periodista y escritor barranquillero del cual yo apenas tenía una vaga referencia. Éste vivía por entonces en un estrecho cuarto rodeado de cúmulos de libros y periódicos, en una de esas pensiones modestas de la avenida Baralt, muy cerca del célebre Puente Llaguno, sector Las Carmelitas. Auqué Lara había publicado para entonces varias   obras , la más reciente abordaba la cruda realidad del migrante: 'Los colombianos del C'...

Ese día vine a saber que este no  era un libro escrito desde la comodidad de un escritorio ni basado únicamente en cifras oficiales; el autor había hecho un trabajo de campo en las barriadas de los cerros caraqueños, en las obras de construcción y en los sectores del servicio doméstico y la economía informal. Retrataba el duro contraste entre la Venezuela del boom petrolero de los años setenta y la precariedad de miles de indocumentados que cruzaban la frontera buscando oportunidades, enfrentando el desarraigo, la explotación laboral, la persecución y el estigma social.

Recuerdo que, durante la conversación sobre dicha novela, Pedro Juan le prometió a Auqué Lara componer y hacer grabar una canción argumentada con la temática social plasmada en dicho libro. Ante mi curiosidad, el escritor rebuscó en medio de su desordenada biblioteca; extrajo un ejemplar y me ofreció venderlo o prestarlo. Se lo compré por una suma irrisoria.

Después de aquel encuentro despertó en mí un gran interés por la figura del escritor, a quien tuve la suerte de volver a ver en tres o cuatro ocasiones posteriores, donde un café o un refrigerio eran el pretexto perfecto para disfrutar de sus aleccionadoras conversaciones.

La voz inmortal y la leyenda musical

Pero retomando la figura de Pedro Juan Meléndez Comas (nacido en el barrio Rebolo el 23 de octubre de 1931 y fallecido el 3 de febrero de 2018) es evocar una de las voces más emblemáticas, respetadas y de mayor registro en la historia de la radiodifusión del Caribe colombiano.

Antes de dedicarse a los micrófonos, el joven Pedro Juan trabajaba como mecánico de aviación. Hijo de Santander Meléndez Gonzalo-Rubio y de doña Máxima Comas, dio sus primeros pinitos a los 17 años como monitor en Emisoras Riomar. Decidido a profesionalizarse, dio el salto a Bogotá —una plaza difícil para los hombres de la provincia— para estudiar en la Escuela Nacional de Comunicaciones, donde obtuvo su título en Periodismo y Radiodifusión. Su gran entrada a la capital se dio en Caracol Radio, leyendo noticias en la emisora Nueva Granada bajo la dirección de Juan Harvey Caicedo, para luego vincularse a Radio Reloj y al mítico Reporter Esso como locutor emergente junto a figuras de la talla de Gaspar Ospina, Gilberto Puentes, Manuel Pachón, Gonzalo Ayala y Luis Ciappe.

Al retornar a Barranquilla en 1980, pasó por Emisora Atlántico y posteriormente por Radio Reloj junto a Ventura Díaz Mejía y Carlos García Mojica. Sin embargo, su verdadera casa de toda la vida fue La Voz de la Patria, la emisora de la tonalidad perfecta, propiedad de Clemente Vasallo Manfroni. Su voz identificaba esa casa radial donde coincidió con leyendas como Marcos Pérez Caicedo, Pepe Molina, Félix Chacuto, Tomás Barraza Manotas, Toño Gil, Chelo de Castro, Abel González Chávez, Isaac «El Chaco» Senior y la eterna Esthercita Forero. Pedro Juan amaba el centro de Barranquilla porque allí se tropezaba con todo el mundo; luciendo siempre su característico sombrero, su saludo infaltable era un sonoro: «¿Qué hubo, cuadro?, ¿cómo están las vainas?».

Paralelamente a su carrera periodística, Pedro Juan fue un prolífico compositor con más de 150 obras en su haber. Sus canciones fueron interpretadas por gigantes de la música latina como El Gran Combo de Puerto Rico, Pacho Galán, Tommy Olivencia, Los Melódicos, Billo's Caracas Boys, Los Blanco de Venezuela y Joe Arroyo. Casi nadie sabe que el clásico tema decembrino que todos cantamos con nostalgia:

«Año nuevo, vida nueva, más alegres los días serán...» es una inspiración del maestro Pedro Juan, quien la tarareaba entre amigos. Entre sus temas emblemáticos destacan 'El coquero' (inmortalizado por el Joe Arroyo), 'La pena mía', 'Cumbia lorita', 'Noche de ilusión' y 'Morena consentida', estos últimos hits continentales con Los Blanco de Venezuela.

La supuesta anécdota con Diomedes Díaz

Precisamente sobre Morena consentida —su composición más querida— guardaba una anécdota que retrata su firmeza moral. Durante las tertulias en la tienda La Constituyente, al lado de La Voz de la Patria, en los días en que se desarrollaba la Asamblea Nacional Constituyente de 1991, Pedro, Juan le confesó al periodista Rubén «Tico» Rosania:

—Te voy a decir algo, Tico, que se lo he dicho a muy pocos: Diomedes Díaz estuvo varios días detrás de mí para que le autorizara grabar mi obra preferida, 'Morena consentida'. Me dijo: «Maestro Pedro Juan, le entrego un cheque en blanco y usted le pone los ceros que quiera con tal de que me la deje cantar en mi próximo trabajo discográfico».

A pesar de la insistencia de «El Cacique de La Junta», el maestro nunca cedió a la presión. Cuando le preguntaron la razón, respondió con serenidad:

—No es porque me caiga mal el vallenato, ni porque rechace el estilo de Diomedes, ni mucho menos porque no necesite el dinero, que claro que lo necesito. Es que soy un compositor fiel a mis principios. Esa canción la inspiré y la concebí para el ritmo tropical; no quiero desdibujarla y me sentiría mal con mi obra y con mi conciencia si la llevara al vallenato.

Confesó también en aquellas tertulias inéditas que su sueño íntimo era que Morena consentida fuera grabada con el sello contemporáneo del samario Carlos Vives. Desafortunadamente, el maestro partió a la eternidad el 3 de febrero de 2018 sin ver cumplido ese anhelo.

El «Roberto Ledesma» de Rebolo

Recuerdo de manera especial una velada inolvidable en Caracas, cuando un buen amigo cartagenero, Rafael "El Gordo " Ortiz , nos extendió la invitación para celebrar un  cumpleaños. A la cita acudimos en comitiva: nos acompañó el destacado bajista y guitarrista José «Cheo» Better y, por supuesto, Pedro Juan —a quien en la intimidad de la camaradería y en tono de broma solíamos llamar «Peter John».

Esa noche, Peter John terminó convirtiéndose, de lejos, en la atracción principal de la fiesta. No solo deleitó a los presentes interpretando a capela y acompañado de guitarra, media docena de boleros del repertorio de Roberto Ledesma, sino que dejó a todos atónitos por la extraordinaria similitud de su registro vocal con el del astro cubano. Al escucharlo entonar esos versos con semejante afinación y calidez, no hizo más que ratificar la veracidad de una vieja historia de sus años mozos: aquella anécdota según la cual, en Barranquilla, algún currambero mamador de gallo, deslumbrado por el parecido de su voz, dio en bautizarlo y promocionarlo jocosamente bajo el mismísimo seudónimo de «Roberto».

Pedro Juan Meléndez Comas fue un talento colosal, un hombre humilde, de conversación sabrosa y cigarrillo Pielroja entre los dedos, a quien la cultura nacional aún le debe el reconocimiento completo a su vida y obra.

Epílogo

Al repasar las páginas de su vida —entre los micrófonos de La Voz de la Patria, los pasillos de Radio Caracas y el estribillo decembrino que todavía retumba en cada rincón del Caribe— se entiende el peso de su quijotada. Pedro Juan Meléndez Comas perteneció a esa estirpe de creadores para quienes el talento y la dignidad marchaban por el mismo sendero: prefirió guardar el tesoro de sus notas antes que traicionar la esencia tropical con que concibió sus canciones. Se nos fue en un febrero barranquillero, dejándonos el eco de su «¿Q´hubo, cuadro?» y la lección intacta de quien supo vivir con la humildad del sabio y el temperamento del verdadero artista. Que el viento del Caribe mantenga siempre viva su memoria y su garganta inmortal. Paz en su tumba, Maestro.

¡Paz en la tumba del gran maestro!

 

Alfonso Osorio Simahán 

 

Fuente:  Roberto  "Tico" Rosania :Comunicador Social UniTadeo Bogotá D.C.

Sobre el autor

Alfonso Osorio Simahán

Alfonso Osorio Simahán

Memorias de Berrequeque

Abogado en ejercicio, profesión que alterna con la de gestor cultural. Folclorista a tiempo completo y compositor de aires autóctonos del Caribe.

1 Comentarios


Lolita Melendez (; 20-10-2026 03:20 PM

Gracias por este artículo. Un poco triste porque la canción que me.hizo. a mi, su hija mayor, Lolita, le dió otro nombre. El nombre de la canción o del tema es La cumbia de Lolita. No la cumbia de Lolita. Y la canción de fin de año lonque dice es Feliz año mama, feliz año mamà, feliz año a.or mío, dicha y prosperidad. Gracias por esta historia acerca de padre..

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