Ocio y sociedad
Agustín Perea y la sonrisa de San Antonio

Cuando cesó la lluvia y los fuertes vientos, los habitantes de Guaquirí fueron a ver los daños que el huracán había causado en la iglesia. La encontraron sin techo: este había colapsado dentro de la edificación, cuyas paredes de mampostería se mantenían en pie. Y mientras removían la madera y los trozos de Eternit, encontraron la efigie de San Antonio de Padua.
San Antonio permanecía sobre la mesa de madera fina, como sucedía desde los tiempos en que los residentes de Guaquirí recolectaron dinero para adquirir la representación de quien es considerado como el médico de la Iglesia y patrón de los pobres. Solo dejaba de estar allí el día de la procesión por el pueblo, tres días después del 13 de junio, en el marco de las fiestas patronales lo debe suceder desde los tiempos en que Guaquirí comenzó a poblarse.
San Antonio estaba intacto, como si a su alrededor no hubiera ocurrido un desastre.
—¡Milagro! ¡Milagro! —exclamaron los que lo vieron.
Esas palabras se propagaron por la única calle, sobre las casas de techos de palma o hierba, como si el viento huracanado que derrumbó la cubierta del templo hubiera regresado, esta vez para llevar lo expresado a cada rincón del pequeño pueblo para entonces habitado por no más de quinientas personas.
Guaquirí aún sigue siendo un pequeño pueblo ubicado en el municipio de Pedraza (Magdalena), a varios metros de distancia del curso del río Magdalena. Sus primeros pobladores, que llegaron en la segunda mitad del siglo XIX, se ubicaron en los antiguos predios del cacique Gongorí, nombre que fue modificado por el de Bosquirí y, después, por el actual.
Lo siguiente, entre los presentes en la iglesia, fue determinar qué hacer con San Antonio. En medio de la devoción, de velas encendidas en torno a él, de hombres y mujeres genuflexos delante de la mesa y de murmullo de oraciones distintas, la decisión fue llevarlo a la vivienda del botánico Agustín Perea, ubicada a pocos metros del templo.
Agustín, de estatura superior al promedio de entonces en Colombia, delgado, de tez clara y cabello liso y cano, era hijo de Juan, un influyente tegua. Se asegura que, antes de morir, este le entregó a su hijo los secretos que hicieron de él un conocedor de los misterios de la naturaleza. Juan, abuelo de Agustín, llegó del Chocó a Heredia y figuró entre los primeros pobladores de Guaquirí.
La fama de Agustín, por sus conocimientos curativos y como prestigiador, se extendió en parte del río Magdalena y más allá de la zona de influencia de esta arteria. De él aún destacan su capacidad para descubrir el lugar donde estaba enterrada la brujería y la ponzoña con la que causaban el mal. Además, descubría los lugares donde se escondía la culebra que, con su mordedura, mataba al ganado vacuno o caballar. La ubicación del causante del mal lo hacía desde su residencia en Guaquirí, estando ciego y sin conocer el sitio donde sucedían los hechos.
La casa de la familia Perea de Oro, situada en la acera opuesta a la iglesia, estaba conformada por dos construcciones de bahareque con techo de paja, separadas por un canal de zinc cuyo espacio servía de paso y de comunicación con la segunda vivienda y el patio. El piso de la casa principal era pulido y, en el centro, lucía un cuadrado de mosaicos adquiridos en una fábrica en Barranquilla. Pintada de blanco, tenía dos puertas en el frente, una ventana en el cuarto delantero y en el borde la calle yacía tres piedras dispuestas de manera asimétrica.
El busto y la mesa lo ubicaron en la sala de la casa principal, contigua al cuarto donde dormía Jorge, el nieto que la pareja Perea de Oro criaba como si fuera su hijo. En esa habitación colgaba una hamaca en la que Jorge, días después del siniestro de la iglesia, se mecía impulsándose contra una pared.
Jorge, mientras se balanceaba, observó a San Antonio sonreírle. Su reacción fue impulsarse con más fuerza de la pared y, agarrándose de la hamaca, se lanzó por el aire hasta aterrizar al pie de la mesa donde reposaba el busto. Sin mirarlo, salió corriendo al patio para contarle lo sucedido a su abuela Rosa Evangelina.
Agustín, quien no estaba en la casa, al regresar se enteró de lo que Jorge observó, y acercándose a él le puso la mano en el hombro y le dijo:
—Hay que averiguar por qué San Antonio te sonrió.
Jorge, esa tarde, escuchó a su abuelo y padre orar como lo hacía tres veces al día y en la madrugada, lo oyó decir
—Jorge, levántate.
Él pensó que era para que lo acompañara al patio, pues Agustín era ciego a causa de un maleficio que le hicieron a través de una carta. Existe, sin embargo, otra versión sobre este hecho: que desoyó a su padre Juan, quien le pidió que no abandonara la casa donde lo dejaba antes de morir, pues de hacerlo las aseguranzas que le legaba para protegerlo perderían su efecto.
Cuando nieto y abuelo salieron al patio, además de una luna llena, Jorge, tras la pregunta de su abuelo, respondió que veía una oveja blanca resplandeciente. La oveja se les acercó y el niño le dijo al abuelo que los ojos del animal eran del color que el padre de Pedraza decía que tenía el infierno.
—¡Deja quieto a mi nieto, porque te involucras conmigo! —fue la sentencia de Agustín.
La oveja se mantuvo quieta y se limitó a verlos entrar a la casa. Más tarde, cuando la madrugada aún era densa, los Perea de Oro comenzaron a escuchar un ruido que provenía del canal de cinc ubicado en medio de las dos casas de palma. Era un caminoteo intenso e intimidante.
—¡Me vas a conocer! —exclamó Agustín desde su cama, mientras comenzaba a orar. A medida que lo hacía, el ruido iba disminuyendo, hasta que escucharon caer algo al suelo.
Luego sobrevino un silencio profundo, inmenso y, después, el sonido de alguien intentando zafarse de un amarre.
—¡De ahí te vas cuando yo decida, porque estás atada por el poder de Dios!
Para entonces, la luna ya había pasado de una orilla a la otra del río Magdalena y algunos gallos cantaban presagiando que las claras del día no demoraban en aparecer por el oriente.
«Papá Agustín nunca me dijo quién era la persona que quería hacerme daño, pero estoy seguro de que él lo sabía», asegura Jorge muchos años después de observar sonriendo a San Antonio.
Álvaro Rojano Osorio






