Ocio y sociedad

El Zar del Chance: vida, gloria y sombra del "Perro" Villalobos.

Alfonso Osorio Simahán

04/11/2026 - 06:50

 

El Zar del Chance: vida, gloria y sombra del
Jesús María Villalobos Luna, conocido popularmente como “El Perro”, fue un legendario y controvertido / Foto: EL Heraldo

 

Esta es la historia, mejor dicho, la leyenda de un analfabeto que llegó de caletero en un camión para terminar construyendo un imperio de millones, parrandas y misterio. No parece real, sino dictada por el mismísimo realismo mágico. Pero ocurrió. Cruzar la mirada con él era entender que la realidad, a su paso, se doblaba. Prepárese para caminar por cualquier rincón de la Heroica de finales del siglo pasado para descubrir la vida, el mito y el trágico destino del hombre sobre quien toda la Costa juraba una sola ley: "El Perro sí paga".

Crónica

Quienes frecuentábamos, o pasábamos a diario por la antigua La Matuna, sabemos que allí no solo pegaba el inmancable calor cartagenero; se respiraba un vapor espeso que olía a mar, a fritangas y a rebusque sudado de vendedores ambulantes.

Por allá en el año 1974/75, yo trabajaba en el departamento de sistemas de las Empresas Públicas Municipales de Cartagena, un oasis céntrico que quedaba en el tercer piso de un moderno edificio del mismo nombre, donde la Electrificadora de Bolívar también acomodaba sus oficinas. 

Transcurría una jornada laboral de esas rutinarias, de teclado, ruido de máquina computadora IBM, papel carbón y aire acondicionado, cuando mi compañero, "El Diablo" Martínez se pegó al vidrio de la oficina, peló los ojos y me tocó el hombro:

—Ése no es "el perro" —dijo, soltando la frase como quien divisa una sombra que no pertenece a este mundo.

No supe que responderle. Nunca había visto a ese tipo. Aquel hombre de panza incipiente, camino a los cuarenta años -por su apariencia- con cara de guante que delataba una pinta de boxeador en retiro, con cierta torpeza abrió la puerta hidráulica de vidrio que daba acceso al cubículo donde estábamos sentados un cuarteto de empleados. Penetró como dando brincos de garza y saludando al aire con su gorra estilo Rolando Laserie. Se dirigió fue hacia mi escritorio, tal vez, porque yo estaba ubicado de cara a la entrada, a lo primer plano. Se había equivocado de oficina. Buscaba en realidad era a algunos de los funcionarios de la Electrificadora que despachaban en oficinas contiguas a la nuestra, para elevar, parece, un reclamo personal de servicio público.

Y sí, efectivamente, dos de mis compañeros que ya lo conocían confirmaron que se trataba del susodicho personaje, 'El Perro'.

En los próximos meses vine a saber que no era un canino cómo tal, pero tampoco era un cristiano corriente. Era un hombre con un aura de mito que caminaba entre nosotros como cualquier usuario haciendo un trámite, pero la realidad alrededor de sus pasos se doblaba. Aquel, día vi por primera vez a Jesús María Villalobos Luna, "El Perro".

Después me lo toparía unas cuatro o cinco veces más por el centro. Nunca crucé con él ninguna otra palabra que no fueran solo aquellas cortas preguntas y respuestas que intercambiamos ese día en Las Empresas Públicas. Sin embargo, esos fugaces encuentros sirvieron para detallar mejor algunos de sus rasgos físicos, ya que de aquel día que lo vi por primera vez los recuerdos son difusos.

En estas ocasiones, no era difícil descubrirlo en la calle. Lo primero que noté en él, era que había reemplazado su gorra cubana por su inmancable sombrerito pachanguero, que algunos impulsivos lo identifican como de gánster; pero seguía usando esas camisas de colores chillones que no era un disfraz: era su armadura. A donde llegaba, la gente se le amontonaba alrededor como si el personaje tuviera un imán en el pecho. Era bastante moreno, de tamaño mediano, tirando a bajo. Su voz era algo ronca, de tono pausado cómo si estuviera actuando y su mirada era inofensiva, pero esquiva.   

El recuerdo más lúcido que tengo de él, merodeando por el centro, fue aquella vez que lo vi degustando cómo "pelao chiquito" un vaso gigante de cóctel de camarón o chipichipi en el legendario quiosco 'Ostrería Sincelejo', frente a la Caja Agraria, sector La Matuna.

En Cartagena, mentar su nombre era invocar la atronadora potencia del Picó "El Perro", pero detrás del picotero sonriente vivía el auténtico zar del chance, un analfabeto genial que con solo doce años, viviendo del verdadero rebusque en el antiguo Mercado Público de Getsemaní, después que se vino del pueblo donde nació, Palo Alto, un corregimiento de San Onofre, Sucre, sacándole el quite a la precaria situación económica de su hogar. Llegó a Cartagena como caletero de un camión que hacía viajes constantemente a esta ciudad transportando la mayoría de veces frutas y verduras, pero el pretexto de ese primer trabajo era para explorar un nuevo espacio que le sirviera como tierra de promoción. No solo le gustó, sino que vio la oportunidad de quedarse en aquel alborotado ambiente que se vivía en el Mercado Municipal, donde empezó vendiendo, tomate, cebolla, ajo, espejos, juegos de destornilladores, candados, y cuánto artículo se le atravesara.

Cuando dispuso de los medios necesarios se hizo con una modesta colmena en dicho mercado. Le colocó el nombre de 'El Inquieto Anacobero' , demostrando el gusto que le profesaba  a la música afroantillana y caribeña. 

Desde muy muchacho fue que también quedó prendado por la pasión en los juegos de envite y azar. 

Los primeros experimentos que realizó como patrocinador de estos juegos, los llevó a cabo de pueblo en pueblo por las sabanas de Bolívar y Sucre, para las celebraciones de sus fiestas patronales, montando lo que se conocía coloquialmente como "La Banca", sistema de apuestas, dónde la ruleta y los dados eran la materia prima de aquellas loterías ambulantes.  

Con el tiempo, ya sabemos que organizando todo tipo de juegos, rifas y apuestas para el sustento del diario vivir, terminó siendo el propietario de la antigua sede del Club Cartagena, de un hotel en Marbella, dueño de varios bares y tiendas, bajo una sola ley sagrada que retumbaba entre los plataneros: “El Perro sí paga”.

Cuentan —y no hay porque dudar, ya que lo reconoció él mismo— que el tipo no sabía firmar ni leer la 'O' por lo redonda, pero sus dedos tenían un pacto con los números. Dejó su huella dactilar estampada en contratos millonarios e inventó un emporio de la nada. "Soy analfabeta, pero eso no me impide contar bien los billetes”, solía decir. 

Levantó 'Inverapuestas', multiplicó los empleos por miles y revolucionó las apuestas permanentes en toda la Costa hasta llevar su modelo a Bogotá, Panamá y Aruba. Era un genio en bruto. Si alguien le decía que quería apostar a las 9:10 de la noche a una lotería que ya había jugado a las 9:00, El Perro le advertía: “Oye, ¡te voy a tumbar la plata, que eso ya jugó!”. Y el apostador, hipnotizado por la fe que le tenía al hombre, le respondía: “No importa, 'Perro', si no me apuntas el número no duermo, coge tus cinco pesos”. Así de mágico era su encanto.

Pero el realismo mágico en el Caribe siempre tiene un filo filoso. Cuando el dinero le brotó por los bolsillos, la opulencia se volvió su propia sombra. "El Perro" no te decía su nombre de pila al presentarse: “Me llamo El Perro, dígame así, sin pena, que yo no me emputo”, soltaba sonriendo.

Montó espectáculos musicales en varios clubes de Cartagena con grandes artistas de fama nacional en internacional. Trajo a los mejores narradores de radio y  televisión para transmitir peleas de boxeo organizadas por él, financió de su bolsillo las primeras grabaciones de champeta criolla para El Sayayin, Mr. Black y El Afinadito cuando la élite despreciaba la "música de terapia", y montó los duelos de picós más encarnizados entre Cartagena y Barranquilla. Fue el verdadero mecenas de este género musical.

Sin embargo, para cuidar semejante castillo de naipes y monedas, tuvo que armarse. Su jefe de seguridad y hombre de confianza terminó siendo aquel mismísimo "El Nene" Martínez, el célebre asaltante de bancos de aquel 'robo del siglo' al Banco de la República. La suspicacia popular aseguraba que fue El Perro quien financió los honorarios judiciales para costear la salida de la cárcel de este célebre delincuente, y éste le retribuyó más tarde con unos buenos millones que el Nene aún tenía encaletado; capital que le serviría al Perro para agigantar su imperio de apuestas. El Nene moriría unos años después en un extraño accidente de carretera en compañía de una hija de El Perro, quien también falleció ese mismo día.

Caminaba escoltado por una guardia pretoriana sacada de ese bajo mundo y  de diferentes barrios que le guardaban lealtad y él les recompensaba sus "santos" oficios con buena paga.

Cualquier tarde, a comienzo de los 80, le cayó a la oficina que tenía en su casa, proveniente de uno de esos caseríos olvidados de Sucre, Enilce López, "La Gata", quien para la época ya levantaba roncha, buena o mala, en Magangué, también en el mundo de las apuestas.

Dicen que esa mujer llegó a Magangué leyendo el destino con naipes y bola de cristal, respaldada por dólares oscuros y decidida a devorarse la plaza del chance. Cualquier fábula diría que el "perro y el gato" se destrozan las entrañas, y al principio la tensión en Cartagena se podía cortar con un machete. Pero "El Perro", con su olfato fino de sabueso de cacería, supo cuando agachar la cabeza para no dejarse matar. Cedió terreno, derivó hacia otros negocios y, en una jugada digna de las leyendas macondianas, el enemigo a muerte terminó vuelto compadre: La Gata terminó prometiendo ser la madrina de bautizo de una de sus hijas, y el Perro, padrino de uno de los hijos de la Gata. Hasta el último momento se trataron, se respetaron y se nombraban como compadres. Pactaron un negocio a medias en un entendimiento insólito donde dos fieras de la misma selva terminaron siendo "uña y carne". El populacho aún sostiene que el 'Perro' y la 'Gata' terminaron rivalizando de manera encarnizida ya que, si bien la gata cumplió sus acuerdos los primeros meses sobre un contrato que sellaron de manera  verbal, de repente, sin mediar diálogo, ésta no los honró y rehuía darle la cara para subsanar las diferencias.

Con los años, el viejo Villalobos bautizó a sus once hijos varones con el mismo nombre: Jesús María; y a las hembras, María José. La mayoría de estos hijos los tuvo con mujeres cabareteras, quien en medio de sus caprichos desaforados las sacaba de aquellos antros de perdición y las llevaba a vivir consigo. Cuando les parían un hijo, las despachaba por dónde vinieron. Pero nunca dejó de socorrerlas ni eludió su responsabilidad como padre. Fue un fornicador empedernido.

Se metió a la política, fue concejal de la ciudad y hasta se atrevió a lanzarse a la alcaldía empujado por un lema popular que todavía resuena en las esquinas de los barrios y sector amurallado: “Más vale el Perro alcalde que un alcalde perro”.

Pero el destino en esta ciudad no perdona el éxito sin cobrar peaje. Llegaron las extorsiones de las bandas criminales, los seudónimos del terror y los señalamientos del paramilitarismo. El Perro, que no le comía de cuento a nadie, salía a hablar por los micrófonos de la emisora La Cariñosa para dar los números del chance y, de paso, tirarle dardos a sus extorsionistas. “Esa plaga maldita no me va a sacar un peso”, gritaba con la voz desencajada. Meses antes de su final, lo dijo al aire como un profeta que lee sus propias cartas: “Pronto no estaré en este mundo”. Presentía la bala.

Ocurrió una mañana fatídica del 16 mayo de 2014, en la macro tienda que regentaba en su monumental caserón del Barrio, ' El Líbano'. Mientras el sol caía como plancha en su tienda, la que atendía como un tradicional tendero cualquiera en el aquel sector, una mujer de piel morena, quien había llegado de parrillera en una moto, entró como un espectro llevando la muerte escondida en el bolso. Segundos después, el rugido de los disparos acalló para siempre al zar del chance y a su sobrino y escolta 'Marquitos'.

Transcurrieron los años y el crimen quedó flotando en ese limbo de misterio e impunidad tan propio de nuestras tierras. Pero a mí, cada vez que voy a Cartagena y camino por La Matuna, o paso cerca de las antiguas oficinas donde lo vi brincón y colorido por primera vez, me parece escucharlo retumbar en el bajo de un picó.

Epílogo

Las balas apagan la vida, pero no le hacen ni un rasguño a la leyenda. Hoy, cuando la eterna brisa calurosa vuelve a apretar en el "corralito de piedras", y el eco de un picó retumba a lo lejos, queda la certeza de que Jesús María Villalobos sigue caminando por las esquinas de la ciudad que conquistó sin saber leer ni escribir.

Esta crónica no busca resolver los misterios que la justicia dejó en la sombra, sino mantener vivo el billete de la memoria. Porque en el libro de la Cartagena popular, el tiquete del "Perro" jamás pierde su validez. Simplemente, porque el prototipo de estos hombres no se muere del todo: se queda viviendo en la memoria colectiva del pueblo, allí donde 'El Perro' sigue pagando y la leyenda nunca pierde la validez de su tiquete.

 

Alfonso Osorio Simahán 

Sobre el autor

Alfonso Osorio Simahán

Alfonso Osorio Simahán

Memorias de Berrequeque

Abogado en ejercicio, profesión que alterna con la de gestor cultural. Folclorista a tiempo completo y compositor de aires autóctonos del Caribe.

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