Ocio y sociedad

San Fernando, Magdalena: el rey de los apodos

Fabio Fernando Meza

14/11/2014 - 04:15

 

Tan es así que muchos padres olvidan el nombre de pila de sus hijos. Y a veces ellos, los hijos,  también.

Como el caso de la señora Margot Turizo, quien olvidó que su hijo se llama Rafael Eduardo, cuando el diciembre pasado la llamó para darle el feliz año: Mami, ¿Cómo estás? Feliz año nuevo, le dijo el hijo emocionado. “¿Quién habla?”, le pregunta la señora Margot. Soy yo tu hijo, Rafael Eduardo, le dijo él. “¡Vaya a joder a su madre!”, le respondió ella, porque yo no tengo ningún hijo que se llame así. Él le respondió: Mami, pero si soy yo, Chico… A lo que ella apenada le dijo: hijo de mi alma, yo no me acordaba que tú te llamabas Rafael Eduardo…

Yo, por ejemplo, supe el nombre real del buen señor Cayo García cuando  murió y lo leí en el cemento fresco de su tumba: Alejandro. Alguna vez me tocó preguntarle al señor José Ruiz que si ése no era su nombre porque sus iniciales no coincidían con las de su hierro candente con el que marca sus miles de vacas. Desde ese día sé que su nombre es Edulfo. Y por accidente sé que el señor Chorro en realidad se llama Nicolás Escobar. Con un primo que tanto admiro y respeto, Donaldo Delgado Caamaño, le preguntábamos al señor Chorro si no le molestaba que lo llamaran así. Nos respondió que no, que él sabía que se lo decían por cariño, que siempre le dirían así. Además nos lo explicó apelando al refranero sanfernandero: “Como dijo la recién casada que estaba estrenando colchón, ahora es cuándo…”

Confieso que prefiero no saber cuál es el nombre real de las personas a quienes en San Fernando conozco de siempre por su apodo y creo que ellas se sienten más cómodas cuando las llaman así, que si lo hacemos con su nombre de pila.

Yo no me imagino llamando a La Mella –la esposa de Candelario Meza–, con su nombre real; tampoco a mi amigo Zabaleta a quien también le dicen El Mono.

Sixto García, el personaje de historias con unas exageraciones monumentales, tiene una hermana a quien todo San Fernando no le sabe el nombre pero sí el apodo: Tica.

A estas alturas de mi vida no tengo idea, por ejemplo, cómo se llama La Yaya, la hija de la señora Leonidas, ni cómo se llama La Midru, su otra hija.

Mi amigo Chiqui Vanegas tiene una compañera a quien todos le llaman La Chengue. Y hablando de Chiqui, en San Fernando hay 3 Chiquis mujeres: La hija de la señora Ruth Cuadrado, la hija de la señora Néstar y la esposa de Lucho Vergara. A ninguna les sé su nombre auténtico.

El señor Esteban Wilches tiene un hijo a quien le dicen Chopo; y el señor Alfredo Canuto, uno a quien desde la época en que jugábamos cacho escondido en la esquina de la casa del difunto Lázaro Vergara, le decíamos Conavi.

A la hija del difunto Domiciano Vergara siempre le he dicho como le dicen todos, La Mona, porque no sé su nombre

Si algún día me dicen cuál es el nombre verdadero de El Cachaco, el hijo de la señora María Vergara, no me imagino repitiéndolo. Ella tiene un nieto a quién todos llamamos Biliqui, hasta su esposa. Como tampoco me imagino llamando con sus nombres tan particulares que seguro tendrán como descendientes de buenos árabes a Arlequín o a Pipi.

Yo creo que casi todo San Fernando tiene su nombre especial con que llaman a las personas dentro de su entorno familiar. A mi tía Carlina Delgado, sus hermanos y personas allegadas le dicen Mary; igual pasa con mi tío Eurípides Delgado, a quien en la intimidad de su familia le llaman Niño. Como también ocurre con la  seño Lidia Yacub a quien su millón de sobrinos le dicen de cariño Tía Tere. Al doctor Édgar Ruíz Aguilera en su seno familiar le dicen Babo.

Prefiero ignorar para siempre el nombre con que fue bautizado Santos Mejía, quien hoy es mi compadre de sacramento y me acostumbré a decirle Compadre Santos porque no sé cómo se llama y nunca se lo he preguntado. A Pancho, el cantante de vallenatos, siempre le diré así porque no creo aprenderme su nombre ya que sería un martirio para mí. Y ni qué decir de Ata, otro cantante famoso, que me imagino tendrá su buen nombre al que no me sé.

A mi amigo de siempre lo llamo por su apodo al ignorar su nombre: Leodoro.

Supongo que si yo al encontrármelos y saludarlos como se acostumbra en San Fernando, a Hondo y a Mandu, los hijos de la señora Josefina Echeverría, se pondrán bravos por llamarlos así, pero prefiero correr el riesgo a conocer sus nombres reales.

Yolima tiene un ahijado al que le dicen Focus, un día le pregunté a ella como se llamaba él, y no supo decirme.

El profesor Gonzalo Caamaño (q.e.p.d) tiene una hermana a la que todo San Fernando le dice como le decía él y su mamá, Ufe: Ñego. La esposa del señor José Nicomedes Gómez es llamada por su apodo, la Negra. Yo prefiero no saber cómo de verdad se llaman y decirles el hermoso encanto de sus apodos.

Mi amigo el señor Rafael Wilches, tiene como 7 hijos y una mañana comenzó a llamarlos para que madrugaran a trabajar: Guapo, Pello, Pevaina, Lile… Le pregunté a Rafa cómo se llamaba Guapo y comenzó a rascarse la  cabeza por debajo del sombrero. Menos mal que no me lo dijo.

Me atrevo a decir que, si algún día Loli me dice su nombre, no me lo aprenderé, así como no me aprendí el de Lecho, su hermano, que lo supe cuando a mi poder llegó un afiche de su campaña al concejo. A estas alturas, no sé cómo se llama otro hijo de la pareja respetada de esposos, el señor José Rafael y la señora Hernita, sólo sé que le dicen Mochi.

Es impresionante la cantidad de apodos que hay en el pueblo. El señor Neri Oliveros tiene unos hijos a quienes sus amigos le decimos Mingo, a otro Yayo, a otro Churo. Alguna vez fui a la casa de la señora Nimia y del señor Neri a preguntar por Churo para que fuéramos a coger naranjas y la señora Nimia ni siquiera me respondió los buenos días, sino que me dijo molesta: ¡Elkin David! Él se llama Elkin David.

Tengo un amigo a quién conocí en Batatal por la época en que él trabajaba con el señor José David Aguilar: Ñarry, le decimos. A propósito, un abrazo para él por donde quiera que esté.

El matrimonio del señor Núñez y la señora Pura es famoso por los apodos tan especiales de sus hijos de cuyos nombres hoy, a veces no se acuerdan porque los bautizaban cuando querían darse trompadas con el futuro padrino y ya se emborrachaban los fines de semana: Sagó, Pochi, Chiri, Macho, Chepén…

Octavio Vergara tiene un cuñado al que todos le dicen Pirry. Octavio dice que ni su hermana, Florita, sabe cómo se llama su esposo.

En la finca del señor Hamil Yacub, trabaja un muchacho al que todos llaman Capene, o el Nene, también le dicen. No sé su nombre.

Mi amigo Máximo Turizo, el hijo de la señora María Úrsula, tiene un par de sobrinos a quienes le llaman Pilín y Mocho. Pilar, la hija de la señora Victoria García, tiene una hija a quien todos le dicen La Cacha. No le sé el nombre a ninguno de ellos.

El señor que desde hace años siempre nos embalsa en el río le dicen Chule. Ignoro su nombre. Mi amigo Samuel Martínez, tiene un hermano a quien todos le dicen Tito. Nunca he preguntado su nombre verdadero. Cerca de la casa de Samuel, al otro lado de la plaza del cementerio, vive una muchacha a quien todo el pueblo con cariño le dice Maíto. ¿Cómo se llama realmente? No tengo la respuesta.

Hasta eso se ha perdido en San Fernando. Hoy a los niños y mayores les ponen apodos o sobre nombres ofensivos, por esa razón sólo rescato para esta crónica los apodos de antes que no tenían intención de ofender.

La verdad es que prefiero ignorar por siempre el nombre con que sus padres le pusieron la cruz en la frente. Quizás porque siempre los he conocido con sus apodos o porque si uno pregunta por ellos con sus dos nombres nadie nos da razón.

Hace poco mi hermano Manuel Joaquín me contaba anécdotas que él sabe me gusta escuchar, y me hablaba de el Nene. Al yo preguntarle quién era, me lo señaló con el dedo y me dijo  “ése es El Nene… El Nene de Macame”

Yo me imagino que la futura Bióloga de la Universidad del Magdalena tuvo que sufrir el primer semestre cuando en las aulas la llamaban por sus dos nombres que ella no recordaba, pero descansa cuando va de vacaciones a su casa y deja el celular tirado en la mesa y el bendito aparato no para de sonar, y es entonces cuando su padrastro lleno de pánico se abre de la mesa asustado por el ruido y le grita al teléfono sin atreverse a tocarlo: La Chili no está aquí… La Chili salió. Ya le dije que La Chili salió…Pero el miedo al aparato no deja que su padrastro se le acerque y lo conteste hasta que el celular se cansa de timbrar.

El señor Fidel Pérez tiene un cuñado al que le llaman Tico. Una vez le pregunté a Don Fidel cómo se llamaba Tico y me respondió: “Yo no sé cómo se llama el individuo ése…”

A la señora Casta Caro no le gusta llamar a sus hijos para que le hagan un mandado cuando yo estoy por ahí: Moturra, Cuchichi, Mushi, Cosito, Yépes, grita ella llamándolos.

 

La última vez que me topé con mi siempre recordada y querida Castica y le pedí el favor que repitiera el llamado a sus hijos me dio un trago de mi propia medicina: “A usted yo era quien lo bañaba y lo vestía cuando estaba chiquito. Además, a usted cuando niño le pusimos Toty. Así que no me joda la vida, que todavía le puedo dar un par de correazos, carajo…”

 

Fabio Fernando Meza

 

Sobre el autor

Fabio Fernando Meza

Fabio Fernando Meza

Folclor y color

Cronista colombiano originario de San Fernando (Santa Ana, Magdalena). En esta columna encontrar textos sobre la música vallenata, su historia y sus protagonistas, así como relatos cortos que han sido premiados a nivel nacional e internacional.

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