Ocio y sociedad

Lecturas alternativas de una victoria de Colombia sobre Brasil

Johari Gautier Carmona

25/06/2015 - 06:40

 

17 de junio de una década a medio camino. El mundial ya quedó atrás con sus lemas apasionados, con sus frustraciones y otros goles cuestionados, pero el fútbol siempre está presente. Nunca se deja olvidar. Si no son los partidos de la liga, están los amistosos. Y a falta de uno o del otro: los encuentros del Barca y del Madrid también sirven de entretenimiento en una Costa Caribe que tiene como lema el fútbol, y luego el dominó (pero ambientado con discusiones sobre clubes de fútbol).

Las horas tempranas de la mañana también son idóneas para discutir. A las 6.50am en la emisora de RCN en Valledupar, las voces de Herlency Gutiérrez y Nicolás Cujia anticipan lo que será un encuentro crucial tanto para el orgullo nacional como para el avance de una selección que puede considerarse como una de las mejores del continente. El cruce de opiniones empieza como siempre: ácido y sin vacilaciones. Y termina con un enésimo desencuentro. No hay forma de reconciliarlos y menos cuando la derrota frente a Venezuela ha mermado notablemente la confianza. El nuevo rival, ese fantasma que no deja a nadie tranquilo, ya se avecina como el verdugo de un campeonato iniciado de la peor manera.

La periodista Herlency apela al heroísmo, confía en que algo favorable puede pasar, apuesta por un resultado loable y del otro lado el realismo de Nicolás Cujia se impone como de costumbre y se desliza lentamente hacia una derrota comprensible. Brasil es Brasil. ¿Y Colombia? La respuesta queda en suspenso hasta las 7 de la tarde de ese mismo día. 

En esta escenificación queda patentada la división de un todo país: están por un lado los que sueñan en algo grande –los idealistas- y los que quisieran hacerlo pero que ya parecen estar cansados de intentarlo, los realistas. De esa misma forma podría presentarse el famoso proceso de paz que Colombia se empecina en concretar en la ciudad de La Habana, donde, “por muchos sapos que haya que tragarse” (sugerencia emitida por el presidente de la Nación unos meses antes), siempre vuelve a aflorar una multitud de rencores, resentimientos y malogros que enturbian cada paso. 

A estas alturas una pregunta sorprende el firmante de esta nota periodística. ¿Cuál debe ser la dosis perfecta de sueño y realismo para que Colombia avance? ¿Cuál es la fórmula que dará el éxito a este país eternamente feliz: más idealismo o más pragmatismo?

En el hotel Tativan de la misma ciudad, varios grupos se han encontrado para seguir el partido. Pocas camisetas amarillas, pero mucho entusiasmo y algunas medidas apreciables de Aguila Light. El gran patrocinador siempre se hace notar e, inesperadamente, el pesimismo de los días anteriores parece haberse diluido. El ambiente invita a la ilusión. El equipo entra en el campo con cara de concentración. Con cara de querer jugar. Definitivamente, así es el fútbol: un baile de dos caras.

En esas tribulaciones empieza el partido: con el pavor de que Venezuela haya roto definitivamente el espíritu ganador de un equipo con buenos modales. Eso de subestimar el vecino termina pagándose caro, incluso cuando ese vecino está seriamente herido (económicamente).

Y de repente, el partido comienza como toda Colombia deseaba que empezara: con un claro dominio de la pelota. La incredulidad va borrándose poco a poco. El realismo deprimente también. Colombia por aquí, Colombia por allá. Las figuras del conjunto tricolor se hacen notar y suenan los nombres de Pablo Armero, Carlos Sánchez, James Rodríguez. Cada minuto del primer tiempo confirma que Colombia se asemeja a esos equipos que construyen y atacan, y en esa espiral que insufla ánimos Jeisón Murillo marca el gol del éxtasis en el minuto 35.

La celebración se hace por lo alto. Gritos de alegría. Abrazos. Sonrisas. Un par de “Nojodas” estridentes y todo el público vuelve a posar los ojos sobre la cancha –o la pantalla gigante– donde Brasil trata de jugar pero no puede. El esquema del equipo colombiano se alimenta de las ganas de ganar. Entonces todos los fans creen en lo que apenas unas horas atrás parecía imposible. ¿Más sueño o más realismo?

Antes del descanso suena un aviso publicitario. La tensión y la euforia hacen que pocos reparen en el trasfondo, sin embargo el mensaje tiene su relevancia y recuerda la dura realidad del país: “Guerrillero, desmovilícese, y sea un hincha libre”. 

Los anuncios publicitarios nunca llegan en el buen momento. Siempre se interponen e incomodan. Pero en este caso, nadie parece “pararle bolas”. Décadas de guerra y de guerrillas, de conflictos y estratagemas apenas perceptibles hacen que un partido pueda plantearse en medio de la guerra o, por decirlo de manera diferente, que la guerra irrumpa en el partido. 

El gran público no parece reaccionar ante ese mensaje propagandístico del Ministerio de Defensa y esto es comprensible. El mensaje va dirigido al combatiente insurgente, ése que, dentro de esa densa selva o en el monte que tanto domina, se dedica a ver y apoyar a su equipo nacional enfrentándose al otro gran conjunto continental. Se sabe que en momentos de gran júbilo -como el Mundial o las fiestas de fin de año-, los combatientes insurgentes optan con más frecuencia a desertar.

Las preguntas pululan y borbotean. La realidad es a veces tan llena de matices, de doble sentidos y extravíos. ¿Es posible que un rebelde apoye el equipo nacional que el mismo presidente Santos anima y felicita? ¿Estará de acuerdo el insurgente con la idea de que un argentino como Pekerman dirija el equipo? ¿Celebrará el guerrillero los goles de jugadores que también juegan en el Real Madrid o el Chelsea, unas de las mayores transnacionales del mundo del entretenimiento y del deporte?

El segundo tiempo se instaura con esa crispación ineludible de los partidos cruciales. Los jugadores aparecen uno a uno en la cancha para concretar lo que quedará en la historia: una victoria memorable o una derrota anticipada. De nuevo resurge ese conflicto que devora las entrañas de todo equipo –realismo versus sueño-, pero, ahora sí, el sueño es más fuerte que todo el resto.

Los minutos pasan y Colombia se acerca a las puertas del triunfo. En el juego se percibe la intensidad del choque: Neymar recibe un enésimo golpe que otros tildan de actuación. James y Falcao se quejan. Carlos Bacca le responde a Dani Alves con un manotazo, y el marcador sigue igual hasta el final. Con el pitido del árbitro, estallan las celebraciones en el estadio, en la sala del hotel y en los alrededores. También explotan los gestos rabiosos entre jugadores. Bacca y Neymar se verán el próximo partido en las gradas. Es el precio que tiene tanta animosidad.

De regreso a las calles de Valledupar, el ambiente no desfallece. Poco después de la victoria histórica de Colombia, una cantidad ingente de jóvenes se organiza para celebrar a su manera lo que debe ser una noche de fiesta. Así es cómo unas hileras interminables de motos enloquecidas salen a las calles, decididas a enfrentarse al orden público, a enfrentarse entre sí, a enfrentarse a todo –incluso a los socavones y huecos de las vías–, con el peligro de mancillar la victoria con un rubor a muerte.

Entonces, queda grabado en las memorias el resultado. El sabor dulce de la victoria tiene un tinte indeleble. Colombia pudo y lo hizo. Por eso: “Guerrillero, desmovilícese, y sea un hincha libre”. A lo que anexamos: pero no sea un hincha descerebrado. 

 

Johari Gautier Carmona

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