Ocio y sociedad

Un lugar en la Cumbre

Nadia González Bautista

06/11/2015 - 06:35

 

Afrika Bambaataa

“El grafitero del alba, 

un fantasma 

que escribe la palabra dignidad,

¿Será ayudado por los guardias 

en vez de convertirlo

en bocado de nieblas?

 

El que llamamos el otro,

el desconocido al que vemos

parado en una esquina, 

o el que tropezamos

en un callejón,

serán, así lo espero, algo más

que fronteras invisibles.

 

El pobre diablo de la escuela, 

que no es pobre porque sueña

y no es diablo porque 

su camisa tenga el color

de un viejo bazar de pueblo,

tendrá, así lo espero, 

el talismán de su voz

para espantar el miedo

y la ronda de las burlas”.

 

Fragmento del poema Pequeñas cosas que trae la paz.

Por Juan Manuel Roca.

De la oscuridad emerge una luz que se posa sobre una niña, ubicada en el centro de la tarima y engalanada con el traje típico de bailar joropo. “La vaca Mariposa tuvo un ternero, un becerrito lindo como un bebé, ‘¡dámelo, papaíto!’, dicen los niños cuando lo ven nacer…”. Sus palabras suenan a canción de cuna e imagino a mis abuelos arrullando a mi madre con esta misma música, en medio de una tierra extensa y fértil, bajo la promesa de un amanecer tranquilo. Trato de ocultar mis lágrimas ante las miradas curiosas de mis compañeros de asiento. “Y Mariposa está que no sabe qué hacer, porque ella sabe la suerte de él…”. La promesa del mañana próspero se rompió y mi abuela viuda, junto a dos hijas huérfanas de padre, tuvieron que partir de esa tierra verde e inmensa, dejando atrás los relatos de las hazañas sin cumplir y los entuertos sin enmendar. “¡Viva Colombia!”, gritan desde el público cuando la niña termina su intervención musical. “Viva”, contesto en voz baja, convencida de este futuro con el que mi abuelo soñó pero no alcanzó a conocer. Este país vive y persiste incluso en la memoria de los que ya no están.

***

Al día siguiente y en ese mismo recinto, el Teatro Jorge Eliécer Gaitán, veo a otra niña, ya no cantando sino dibujando unas palabras en su cuaderno: “Resistencia”, “Arrosudo”, “Arte”, “Richard”. Alrededor de las palabras hay adornos de aves y arcoíris, algunas consonantes son largas y estilizadas, y las vocales más gorditas y graciosas. Se llama Anggie Martínez, tiene 17 años y viene desde el barrio Cazucá. Está validando el bachillerato en un colegio del barrio Bosa y se encuentra terminando el grado séptimo. No le gustan los colegios ni las tareas y prefiere dibujar porque, según ella, dibujando se comunica “re bien”. Se inclina sobre el cuaderno y esconde su cara bajo la capucha del suéter que lleva puesto. Enmarca la palabra “Resistencia” en una guirnalda de flores de colores, aplicados con diferentes bolígrafos que guarda en una cartuchera transparente. Me habla sin apartar la mirada de su obra: “Ahora estoy validando el colegio porque mi mamá me obligó, pero por mí, yo me la pasaría todo el día en la calle pintando murales. La gente dice que es vandalismo pero se llama arte urbano”.

Miro nuevamente el cuaderno de Anggie y descubro que lo que a primera vista parecen dibujos vistosos en realidad son apuntes de la ponencia que se está presentando en ese momento. Los “apuntes” de Anggie me recuerdan mi objetivo inicial de asistir a esta Cumbre: aprender nuevas metodologías para la enseñanza de las artes. La diferencia es que este descubrimiento tendré que hacerlo no solo escuchando la voces autorizadas de la Academia, sino a través del testimonio de aquellos muchachos y muchachas que encontraron en el arte una respuesta ante las dificultades de la vida y una manera de hallar su lugar en el mundo.

Le pregunto a Anggie si ella cree en el arte como expresión capaz de transformar una sociedad. Se encoge de hombros y responde mirándome muy fijamente a los ojos: “No creo que el arte pueda hacer que Colombia sea menos violenta, los problemas del país no se van a solucionar con el arte, no creo mucho en eso. Yo solo hablo por mi experiencia, en las calles hay gente muy mala, por eso es que yo no quiero tener hijos nunca”. Sus palabras me conmueven pero ella las pronuncia como una sentencia resuelta desde hace mucho tiempo, como algo que se debe decir. La ironía es que su aparente desesperanza no coincide con sus dibujos, que muestran alegría, goce y juego. Sus letras dibujadas ya me han dado una clave: es cierto que el arte no resuelve todos los problemas del mundo, pero sí logra que cada quien se permita vivir una paz personal y colorida. Y eso ya es mucho.

***

Horas más tarde, me encuentro sentada en una escalera escribiendo con frenesí en una libreta. En ocasiones tengo que soltar el bolígrafo y agitar la mano con rapidez para que la sangre circule por los dedos. Un joven, que ha estado observándome, sonríe ante este gesto. Su nombre es William Barbosa y fue un niño habitante de la calle rescatado por el Padre Javier de Nicoló. Actualmente es trompetista profesional, egresado de la Universidad Nacional y trabaja también como gestor social del proyecto Jóvenes en Paz, en la localidad de Bosa. Tiene una mirada clara y penetrante, trato de imaginar cómo habría sido de niño, cuando vivía en las calles de esta ciudad. Él me adivina el pensamiento: “Bogotá sí ha sufrido una transformación grandísima porque yo recuerdo cuando era niño y vivía en la calle, se veía bastante niño chiquito por ahí a la deriva, hoy en día no, hoy en día se ven más que todo adultos pero prácticamente ya no hay niños en las calles”.

Otros jóvenes se acercan y nos rodean, curiosos de las palabras de William: “Honestamente, me parece difícil que aprendamos a reconciliarnos como sociedad por tanta guerra que hay entre barrios pero existimos personas que creemos que se puede lograr y trabajamos todos los días para eso. Todo depende de que cada quien piense por sí mismo en que puede hacer las cosas bien, tienen que ser procesos muy personales, creo yo”. William abraza un grupo de muchachos y los ubica junto a él mientras prosigue con su historia: “Yo llevo ejerciendo como músico desde hace catorce años, también he hecho talleres de dibujo técnico y cerámica, y confirmo todos los días que el arte le ayuda a uno a tener la mente ocupada y no estar pensando en hacer el mal. Un artista, por medio de una nota musical o una composición, siempre estará narrando una realidad que ha vivido o que está sufriendo, por eso me gustaría que escucharas la opinión de estos chicos que son alumnos míos”.

Carlos Daniel Quintero da un paso adelante. Tiene 17 años y asiste con regularidad a los talleres impartidos por William; piensa que las Casas de Cultura de las alcaldías locales ofrecen muchas cosas buenas porque a través de lo que enseñan allí, él evita pensar en hacer cosas malas, o, mejor dicho, evita pensar y se pone a crear. Geraldine, de 24 años, opina que en Colombia hay mucho talento, sobre todo en su barrio, Ciudad Bolívar. Se siente feliz de estar en la Cumbre porque es un espacio que le permite conocer a otras personas como ella, jóvenes con ganas de transformar el país. Ángela Murcia, una muchacha tímida que es halada por sus compañeros para que converse conmigo, comenta que los talleres de Jóvenes en Paz le están ayudando a validar su bachillerato. Tiene 26 años y ha encontrado en el arte la posibilidad de un proyecto de vida, especialmente en un mercado laboral para el que los empleados mayores de 45 años son considerados “viejos”.

Finalmente me encuentro rodeada de chicos y chicas que cantan rimas de hip hop, se abrazan y dialogan entre risas. Aceptan que, realmente, están ansiosos por ver a Afrika Bambaataa y escuchar de su propia boca cómo solucionó los peores conflictos entre las pandillas más peligrosas del Bronx, en Nueva York, a través del rap.

El teatro se va llenando y la algarabía aumenta. Abundan muchachos y muchachas con “pinta” de hoppers: Pantalones abombados, chaquetas anchas, gorras llamativas, camisetas de equipos de basquetbol de los Estados Unidos. Rostros y vestimentas asociadas frecuentemente a la delincuencia se reúnen para armar “rap-debates” en los pasillos, componer rimas a dúo y compartir la experiencia de un solo movimiento, el del hip hop, que posiblemente es el que más congrega a la juventud del país. Fue necesario asistir a esta Cumbre para confirmarlo con mis propios ojos.

*** 

Gargantas roncas, ojos brillantes, puños levantados, pies enloquecidos, bramidos de guerra entonados por 1.500 personas. Así es el recibimiento a Afrika Bambaataa, que sale a la tarima digno y altivo como los emperadores de otros tiempos. Baila. El teatro explota. “¡Afrikaaaaaaaa!” grita la juventud invocando un nombre, un continente, una vibración, una sola raza. Afrika en Colombia. Colombia africana. Suena la música y los cuerpos se agitan como aves liberadas, peces que nadan contra la corriente y se lanzan al vacío. Vivos, unidos y con ganas de más.

Y ahora el silencio. El emperador se dirige a un pueblo signado por el mismo latir. Los espíritus se aplacan y las voces se acallan. Su discurso: “Peace and one love, Colombia.”. “Pa”, le dicen en la tarima. “Pa”, le gritan desde el público. “Pa”, refiriéndose a él como el gran padre de una tribu ancestral. No en vano comentaron mis compañeros de asiento que él era “el papá de los pollitos”, y este padre reclama paz y un solo amor. Parece que su voz hace eco en una generación cansada del padre castigador de la religión y de ese padre indiferente llamado Estado. Esta generación ha encontrado sus propias guías, sus propios caminos y sus propios “padres” en los escenarios menos imaginados desde la institucionalidad, pero así mismo los más cotidianos para quien los vive: las calles.

Y de las calles a las tarimas. Durante la intervención de Afrika Bambaataa, varias chicas se toman el escenario del Teatro Jorge Eliécer Gaitán; bellas y fuertes, adornadas con gorras brillantes y pañoletas de colores, improvisando sorprendentes giros de breakdance para establecer su prerrogativa: “Aquí estamos y aquí nos quedamos”. Me siento extranjera en mi propio país. Antes de este evento, me consideraba una persona bien informada dentro de lo convencional: ver noticieros y leer periódicos. Lo cierto es que no estaba ennada. Yo misma me descubro en medio de la multitud, gritando, saltando, abrazada a unas personas que ya no son ajenas ni desconocidas pues nos une este ritual de libertad. 

A mi izquierda, Manuel Murillo, un chico “orgullosamente chocoano”. Su pelo trenzado lleva chaquiras con los colores de la bandera de Colombia. Se lanza al suelo y empieza a reptar. En seguida se levanta y baila arrebatado: “Este es un camino de lucha pero no con armas de fuego ni cortopunzantes, sino con el arma del alma, con el arma de la danza, con el arma de la música, con el arma del grafiti. ¡Esto que me estoy regalando es mágico!”. A mi derecha, Jhon Freddy Grisales, un joven de 23 años que preside la fundación Red de hip hop. Realiza actividades de inclusión social en el norte del Valle, una región azotada por la violencia de las FARC, el narcotráfico y las bandas criminales: “¡Este es un momento histórico!”, dice con los ojos empañados, “el hip hop es una experiencia y un proceso muy importante para Colombia porque es una música que ha permitido que muchos jóvenes percibamos de otras formas la sociedad y entendamos nuestro compromiso con ella. Ningún otro movimiento, ninguna otra expresión política o artística, lo había logrado de esta manera”.

A la salida del teatro se forman grupos en los que se afianzan redes de colaboración para el futuro y se expresan opiniones que evidencian transformaciones muy íntimas, reflexiones muy personales. Como lo comentó el profesor brasileño Renato Ortiz durante este encuentro, es crucial que la Academia deje de encerrarse y salga al mundo para ofrecer a los estudiantes la oportunidad de experimentar por sí mismos estos procesos de observación y asimilación, especialmente en un contexto tan complejo como el nuestro. Salir, viajar, dialogar y, sobre todo, escuchar. Escuchar para comprender. Escuchar para crear. Escuchar para encontrar un lugar en la Cumbre. En esa cumbre a la que todos queremos llegar. Esa que se encuentra al final y en lo más alto de todos nuestros esfuerzos. 

***

Días después, tengo la oportunidad de conversar con Jeihhco, un joven rapero y gestor cultural que viene desarrollando proyectos de resolución de conflictos a través del hip hop en la Comuna N° 13 de Medellín. Lo primero que hago es preguntarle su opinión sobre la presentación de Afrika Bambaataa. Él toma aire –acabo de abordarlo después de su polifonía en vivo– y me dice sonriendo que Afrika no hubiera aguantado ni una noche en la Comuna 13. Yo lo miro confundida, él aclara: “Sí, todos sabemos que las pandillas del Bronx son muy tenaces, pero la gente que anda armada en la Comuna, no baja de fusiles AR-15”. Este comentario me toma por sorpresa, aunque a estas alturas ya no debería asombrarme la habilidad de los hoppers para convertir la violencia cotidiana en poesía y humor. “Fue muy agradable todo lo que sucedió con Afrika Bambaataa, pero hubiera sido bueno que él también nos escuchara a nosotros. Seguramente hubiera aprendido muchísimo”. Y tiene razón.

Jeihhco, junto con un grupo de colaboradores, viene trabajando en la Escuela Kolacho, concebida como punto de encuentro para seguidores del hip hop y espacio de aprendizaje en música, danza, pintura, poesía y realización audiovisual: “El hip hop ya está transformando el país sin importar lo que pase en los diálogos de La Habana; el papel del hip hop es evidente todos los días, pintar las calles de colores, crear canciones que denuncian pero que también proponen, bailar, esa es la apuesta que no debe ser, sino que ya está siendo. En los medios salen noticias que dicen ‘mataron once raperos’, cuando la realidad es que aproximadamente 1.200 jóvenes han sido asesinados por la situación de violencia tan compleja que estamos viviendo en la Comuna 13. Por eso insisto en que todo el movimiento hip hop está visibilizando los verdaderos procesos sociales y eso, creo yo, aporta mucho a la construcción de un país en paz”.

Los testimonios de Jeihhco y de muchos otros artistas me confirman que en Colombia los procesos de pedagogía en artes realizados al margen del Estado y del sector privado se han dado de manera espontánea y autofinanciada. Ropa, gorras, accesorios, artesanías, los mismos recitales y conciertos, son mecanismos para sostener financieramente estos colectivos culturales que surgen por iniciativa de los miembros de las comunidades. Además de la vocación de crear, los artistas colombianos también tienen vocación de enseñar y pareciera como si lo segundo fuera una consecuencia natural de lo primero.

***

Esta búsqueda no termina aquí, estará presente en la obra y el trabajo de todas aquellas personas que, citando al maestro Alfredo Molano, no hemos perdido la fe en el hombre ni en Colombia. Quizás por esa razón este territorio constituye el país más feliz del mundo, porque tenemos la capacidad de crear y enseñar como un don natural e innato, y eso es algo que no podrán arrebatarnos. Retomando las palabras de la hermosa mujer negra, protagonista de la obra de teatro Huellas, nadie nos quita lo ‘bailao’.

Los versos de María Isabel Espinoza, quien dio sagrada sepultura a decenas de cadáveres arrojados al Río Cauca. Los pies frenéticos de “El mulato”, campeón mundial de salsa, que logró rescatar a más de 700 jóvenes de las pandillas de Cali y los puso a bailar juntos en las tarimas internacionales más importantes. La grabación del Himno Nacional, interpretado en marimba de chonta por un joven asesinado, ante la cual se levantó un auditorio entero para escuchar con absoluto respeto este legado que sobrevivió al ruido de las bombas y las ametralladoras. Todas estas experiencias me embargan de un sentimiento de enorme gratitud por haber hecho parte de estas redes de hombres y mujeres que a pesar de la desesperanza estamos dispuestos a crear lazos y preferir la paz por encima de la guerra. 

Mi abuelo no alcanzó a presenciar este futuro ni estas palabras, escritas desde ese mañana con el que soñó; parecerán ingenuas, pues es probable que mi cotidianidad, y la de millones de personas que de alguna forma hemos sido tocadas por esta violencia irracional, no cambie. De todas maneras, si algo puedo concluir de este encuentro, es que tengo derecho a soñar con un país en paz. Un país en donde el joven soldado de la carretera, que levanta el dedo pulgar por inercia, pueda reencontrarse con él mismo en un lenguaje diferente a la jerga de las armas y el dolor. Un país en el que la joven mujer que debe arreglar el desorden de otros pueda reconocerse en una poesía diferente de la que encuentra en las puertas de los baños que tiene que limpiar. Un país en el que no haya madres mirando por la ventana esperando el retorno de un hijo que no volverá. Un país en el que todos y todas podamos gritar “¡Viva Colombia!” con la tranquilidad de saber que no existe un mejor lugar para vivir, crear y enseñar.

 

Nadia González Bautista 

Acerca de esta publicación: La crónica “Un lugar en la cumbre” de Nadia González Bautista fue seleccionada como una de las ganadoras en la maratón de cronistas de la Primera Cumbre Mundial de Arte y Cultura para la Paz de Colombia, celebrada en abril de 2015..

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