Ocio y sociedad

Sueños y luchas de una combatiente del fuego

María Ruth Mosquera

11/03/2016 - 06:05

 

Siete centímetros la obligaron a olvidarse de su anhelo pueril de ser policía. Era su más grande ilusión de niña: Se veía vistiendo su uniforme verde y saliendo a las calles a cuidar y defender a la sociedad. Pero llegados los quince años “me di cuenta que no crecí mucho, no reunía los requisitos para aspirar a cumplir ese sueño”, pues el reglamento establece que se aceptan en la Institución Policial se aceptan personas de 160 centímetros en adelante.

Al hacer el análisis retrospectivo, Sandra Yarlenis Niño Linares concluye que todo sucedió para bien. La nostalgia natural de los sueños truncados le duró poco porque “pasaron muchas cosas con la Policía y fui cambiando de ideología; me fui inclinando más que todo por las ideas izquierdistas, de pronto en buscar la manera de defender al pueblo de los ataques de nuestro Estado que nos vulnera los derechos, entonces ya más grandecita tuve la inclinación hacia lo social, hacia servirle a la gente”.

Identificado el norte, Sandra armonizó su brújula para que la llevara hacia allá, sin desviarse del camino. En un primer intento, hizo parte de una organización de mujeres cabeza de hogar y afectadas –cada una de forma distinta- por el conflicto armado que desestabilizó su hábitat, en Sabana Grande, corregimiento localizado en zona rural del municipio de Curumaní, en el centro del Cesar.

Eran bastantes mujeres en Sabana Grande que tenían en común algún dolor dejado por la guerra. Unas habían perdido a sus esposos, otras a sus hijos o a algún otro ser querido, algunas más habían tenido que abandonar sus tierras. Estaban con sus almas vueltas añicos, pero con una fuerza resiliente que las empujaba a surgir, más aún cuando miraban a los lados y veían a sus hijos, muchos de ellos pequeñitos, merecedores de un futuro mejor que su presente. Entonces se reunieron a proyectar sus vidas, convencidas de la fuerza de la unión y concluyeron que establecerían su negocio productivo alrededor de pollos y gallinas ponedoras. Conformaron la Asociación  Afrodesendiente de Mujeres Emprendedoras Agropecuarias de Sabana Grande (Asameas), solicitaron apoyo de la Administración Municipal de Curumaní y les dieron un sí condicionado, pues necesitaban obligatoriamente tener construida la estructura para poder acceder a la materia prima de su negocio: pollos y gallinas.

Fue en ese momento en que afloraron fuerzas que ni ellas mismas sabían que tenían, pero que vinieron muy bien, para el trabajo pesado que les sobrevino: Calzadas con botas se fueron a los montes a cortar las palmas y cargarlas hasta el pueblo, atravesando inundaciones, con el agua en la cintura, soslayando picadoras de hormigas y los gritos de hambre que pegaban sus estómagos cuando las largas jornadas, o por las carencias en la casa, no había cabida para el almuerzo. Debieron ser fuertes también para escuchar e ignorar las burlas que no se disimulaban frente a sus faenas agotadoras: “Muchas personas se burlaban y decían que no íbamos a salir con nada”.

¡Y lo lograron! Tiempo después se les vio cumpliendo largas jornadas de alimentación de pollos y gallinas, de cuidados propios de un galpón, de recolección y empacado de huevos, de sacrificio y pelaje de pollos, de distribución sobrepedido en su pueblo y en la cabecera municipal, convirtiéndose –de paso- en ejemplo e inspiración de superación en esa zona del Cesar. Tanto, que al verlas algunas empresas y organizaciones sociales decidieron apoyarlas y lograron fortalecerse en gran manera.

Las mujeres de Sabana Grande se convirtieron en el modelo de unión y fuerza. Pero cuando estaban dando grandes saltos hacia el progreso, una nueva calamidad las golpeó con fuerzas: “Nos sucedió un percance. Se quemó el galpón”. Las llamas arrasaron también con las fuerzas, afectaron la armonía grupal y ya no hubo forma de recomenzar.

Sandra Yarlenis Niño Sandra había depositado grandes sueños en esa asociación, que proyectaba como el vehículo para llevar sus servicios a la sociedad. No obstante, asumió ese declive como la oportunidad para trazarse un nuevo desafío: Su vocación de servicio se volcó a la gestión del riesgo de su municipio, de modo que alternaba el voluntariado con sus estudios de ingeniería agroforestal con especialización en gestión de proyectos. “Soy muy emprendedora, no me gusta estar quieta, me gusta estarme moviendo, tengo una visión futurista, me gusta siempre ambicionar a mejorar mi situación como persona y yo creo que a eso es a lo que más le apuesto, a mejorar como persona para brindarle un mejor futuro a mis hijos”. Sus hijos son un niño de 14 y una niña de 10.

Entonces, como era de esperarse, no se quedó quieta. A sus oídos llegó la noticia de que la Alcaldía de Curumaní había abierto convocatoria para conformar el Cuerpo de Bomberos Voluntarios del municipio y de inmediato nació en ella una nueva ilusión: ¡Sería una mujer bombero! Se inscribió, igual que otras mujeres de su entorno: Angie Karina Eyes, Sandra Patricia Mejía Gómez, Luz Amparo López, Mayra Alejandra Domínguez y Graciela Barragán, todas madres cabeza de hogar. “Muchos me criticaron, que como así, que una mujer bombero, que eso no estaba bien visto, que eso es de varones, que te vas a volver machorra, pero no, yo seguí adelante”. Debieron ingeniárselas para conseguir los recursos necesarios que les dieran para sufragar gastos para hacer el curso y alcanzar su objetivo: “Fue duro porque se me cruzaba con la universidad, pero nos mantuvimos hasta que terminamos el curso”. Vendieron carne asada, arroz de pollo, hicieron rifas hasta conseguir costear sus sueños.

No fue fácil, cuenta. “Sin tener uniforme, empezamos a tocar puertas, se nos empezaron  abrir. Hoy  tenemos uniformes, algunas herramientas; ahorita estamos sin vehículo porque se vio envuelto en un accidente”, dice. Cuatro hombres, que ingresaron después, completan el grupo de nueve miembros del Cuerpo de Bomberos Voluntarios de Curumaní: el comandante Geiner David Jiménez Jaider Pontón, Deyner Patiño y Edgar Benjumea. “Somos el más joven del Cesar y el que está mejor fortalecido, después de Valledupar. Nosotros vamos a los cerros, a los playones, a donde nos llamen”.

El pasado semestre fue devastador ambientalmente. Las llamas parecían haberse ensañado con los cerros; se sucedían los eventos alternos y se incendiaban varios cerros al tiempo. Y las faenas se ponían pesadas porque era menester salir corriendo de uno para sofocar otro; algunas zonas de difícil acceso y de trayectos de hasta de dos días, que resultaban más accesibles por aire. “En agosto fue el más grande. Se prendió toda la cordillera en la parte alta. Uno lo que no se explica es cómo pasa, porque empezó por la vía la vereda Las Nubes, a dos horas subiendo la serranía, y cogió las otras veredas”.

Pero no son sólo eventos forestales, también deben atender siniestros automovilísticos en los que la vida queda reducida a llamas, lo que pone a esta mujer frente a frente con el dolor y la fragilidad humana. “Se presentó un accidente en el que chocaron dos mulas y se quemó el chofer; era un señor que iba para Santa Marta; quedó aprisionado en las latas del vehículo y no alcanzó a salir. Las llamas lo calcinaron”.

Es difícil, voluntario y muchas veces triste, pero “créeme que me apasiona. A mí me encanta esto. Es una labor social muy bonita, aunque es poco agradecida como casi todas las labores sociales”. Por eso aspira continuar haciendo lo mismo, aun cuando se gradúe, que será pronto, y consiga un empleo. “Estaría disponible los fines de semana y en las noches”

Su familia la apoya, sobretodo en esos días grises en que las jornadas y las dinámicas propias de la labor la golpean y llega a casa con los ánimos en su nivel más bajo. “Ha habido momentos en que he sentido desfallecer, llego con la cabeza baja, entonces mis papas me dan aliento, me dicen que eso es lo que me gusta; y a mis hijos les encanta cuando me ven uniformada, se ponen contentos. Es una labor bonita porque integra también la familia”.

Por lo general, esta mujer, líder, pujante, que se describe como “muy hablona”, que le gusta escuchar, aprender y replicar lo aprendido, anda con unas botas y un chaquetón en su morral, porque “a cualquier hora nos llaman y enseguida eso es más rápido que ya. A veces estamos de civil, en sandalias y toca improvisar, ponerse lo que uno encuentre para irse a atender la emergencia” y concluye: “Ser bombero es un honor. Un honor que cuesta”.

 

María Ruth Mosquera

@Sherowiya

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