Ocio y sociedad

Imelda Daza, una historia de resistencia y esperanza

Samny Sarabia

31/03/2016 - 06:50

 

Imelda Daza / Foto: Samny Sarabia

Cuando se me ocurrió escribir sobre Imelda Daza Cotes, quise hacerlo sobre algo más que su vida de activista política y de exiliada. Al entablar contacto personal con ella, le hice saber mi propósito y muy amablemente aceptó abrirse a mi curiosidad. Sin embargo, al iniciar su plática pude darme cuenta que era imposible para ella dejar de lado el tema político, y al mismo tiempo fue irresistible para mí no escuchar de su voz esa historia llena de resistencia, entrega, dignidad y esperanza.

Imelda es manaurera pero criada en Villanueva. Habla con un desparpajo guajiro y con ese conocimiento de causa que posiblemente le dio su vida de lucha y de sobrellevar 27 años de desarraigo en la fría Suecia. Como antesala a nuestra charla, indaga sobre mi ejercicio profesional y procede a sugerirme algunos temas para investigar y escribir.

Después de referirme apuntes interesantes sobre la historia y personajes de Valledupar, sigue por narrarme su niñez con un detalle único que palabra a palabra incrementó mi deseo de seguir postrada en su sofá escuchándole atentamente sin importar que la ahora del almuerzo se acercaba.

Infortunadamente su camino fue marcado por la violencia, como casi el de todos los colombianos que han soportado el conflicto de los últimos 100 años en el país. A los 23 días de nacida tuvo lugar el asesinato de Jorge Eliecer Gaitán; hecho que  produjo un desplazamiento hacía su natal Manaure de una masa de santandereanos que llegaron a ‘enrarecer’ el ambiente del tranquilo pueblo cesarense.

A raíz de las raras costumbres que traían los ‘cachacos’ como les llamaban a los nuevos habitantes del ‘Balcón del Cesar’, su padre, un conservador nato decide trasladarse con su familia a Villanueva, un asentamiento que le desagradó inicialmente por la aridez de sus paisajes.  De todos modos,  no tuvo alternativa sino adaptarse a ese nuevo ambiente. Sin sospecharlo sería este el primero y menor de los desplazamientos que le  tocaría resistir.

En la baja Guajira transcurrió su niñez y parte de su adolescencia. Educada por monjas que le mostraron en primer plano, a través de las jornadas de catequización, la pobreza y las inequidades sociales existentes en una población de tan solo 10 calles. Nunca entendieron las ‘hermanitas’ que lejos de afirmar su creencia religiosa, le harían cuestionar a ese Dios justo y salvador del que el sacerdote hablaba todos los domingos en la iglesia.

A pesar de sus constantes interrogantes sobre la problemática social, Imelda siempre se mantuvo como una alumna destacada, tanto que las monjas sugirieron a su mamá que la impulsara a seguir una carrera para profesora, lo cual no le agradó, “¿Yo de maestra? No, yo no quiero eso, ser maestra me parece aburrido. Las maestras todas visten de medio luto, tienen el cabello largo y amarrado atrás, siempre tienen dolor de cabeza y son solteronas”. Temía que en medio de la dificultosa economía de sus padres con 10 hijos a quienes educar, le tocará desempeñar ese oficio.   

Con 13 años y cuando finalmente se resigna a irse para la ‘Normal’ de Uribia, aparece una prima ‘muy bien relacionada’ que logra conseguirle un cupo en un colegio de bachillerato femenino donde las niñas residentes fuera de Bogotá podían quedarse internas. Ahí llegó a integrarse con 20 chicas más, provenientes de 17 departamentos del país. “Se trataba de procurar que los jóvenes de todo el país nos encontráramos, nos conociéramos y compartiéramos. Ese propósito integrador tuvo éxito porque todas nosotras, puedo decir que todavía hoy somos amigas. Nuestra condición de foráneas en Bogotá nos hermanó en realidad”.

En ese lapso, hace un paréntesis y me introduce al sistema educativo de la época. Era la década de los 60s cuando los colegios públicos de la región gozaban de gran reputación a nivel nacional, hace un recorrido por el Loperena de Valledupar, el Liceo Padilla de Riohacha y el Liceo Celedón de la capital del Magdalena.  Esto para referenciarme la calidad de los profesores de ese periodo y a su profesora de historia, Lucy de Mejía; quien pertenecía al Movimiento Revolucionario Liberal (MRL) que lideraba López Michelsen; la única profesora que se atrevía a hablarles sobre la actualidad política del país.

Las clases de Lucy de Mejía despertarían y acrecentarían las preguntas sin respuesta de Imelda Daza. Su destino académico se determinaría por unas palabras de la profesora “Imeldita, para que usted deje de preguntar y para que resuelva tantas inquietudes que tiene, estudie economía, así entenderá todo eso que me está preguntando a mí”. Así fue, se presentó a la Universidad Nacional y a la Escuela Superior de Administración Pública, tenía claro que había que actuar desde lo público para resolver tantos problemas que aquejaban al país.

Pasó en la Nacional y durante los cuatro años y medio que estuvo ahí tuvo la posibilidad de entender las causas estructurales de los problemas colombianos y aprender a encontrar soluciones. Ese tiempo lo define como un periodo de satisfacción profunda y enorme que avivó el sueño latente de volver a la costa a empezar la tarea desde su cuna.

La efervescencia política en ese tiempo en la Nacional tenía como protagonista al cura Camilo Torres. El activismo, los debates ideológicos y las distintas tendencias políticas le parecían interesantes y de todas ellas se nutrió sin matricularse con alguna porque consideró que con 24 años era aún muy joven y desconocía la realidad del país.

Ya graduada, y con la ilusión de ejercer su profesión de manera dinámica  tuvo su primer empleo como Jefe de Desarrollo Socio Económico del proyecto ‘Magdalena 1 y 2’ desarrollado por el Incora en el municipio de El Reten. Cargo del que fue retirada por poner en aviso a los campesinos de la zona sobre el falaz manejo que se le daba al proyecto.

En ese tiempo Valledupar se había convertido en el centro de la región, característica que llamó su atención, además sus padres se habían radicado allí después de vender la finca y comprar una fábrica de hielo; una razón más poderosa para llegar a descubrir lo que la ciudad tenía para ofrecerle y desarrollarse profesional e ideológicamente.

En Valledupar, inició con un puesto en la Oficina de Planeación Municipal y aunque recuerda que los recursos eran precarios, sin ser una trabajadora compulsiva, cuando emprende algo que le gusta se entrega a cabalidad hasta disfrutarlo y sacarle el máximo provecho. Empezó con la administración de Carlos Alberto Castro Maya y siguió con la Miguel Meza Valera, Jaime Calderón Bruges, Darío Pavajeau Molina, Armando Maestre Pavajeau, Gonzalo Gómez y Alfredo Cuello. Todo ese recorrido le permitió recorrer y conocer la ciudad y sus problemas.

En ese recorrido conoce a un personaje clave dentro de su activismo político,  Ricardo Palmera, quien más tarde decide unirse a la lucha armada y convertirse en Simón Trinidad a causa del exterminio de la izquierda en el Cesar. Con Palmera fundó la Asociación de Economistas donde fue presidenta. Un día coincidieron en un evento con miembros de la Asociación de Arquitectos y surgió la iniciativa de promover el primer  Plan de Ordenamiento Territorial para la ciudad.

Junto a Palmera compartió muchos años y diversos espacios. Siendo profesores del Instituto Técnico Universitario del Cesar, ideado por Alfonso Araujo Cotes y estando sentados debajo de un árbol en Hurtado surgió espontáneamente la iniciativa de crear un ente educativo que preparará a los ciudadanos para los desafíos que enfrentaba la ciudad con el crecimiento que estaba teniendo en esos momentos, así se concibe la creación de la Universidad Popular del Cesar entre Imelda Daza, Ricardo Palmera Justo Ramírez, Raúl Bermúdez y Napoleón de Armas.

Los estudiantes emprendieron una campaña de socialización y promoción de la universidad; así como una cruzada para buscar apoyo. Contrario a lo esperado, la reacción de la clase política del departamento fue adversa. Afortunadamente la realidad y la historia desbordó los conceptos desfavorables y la universidad se creó.

Ese hecho dio paso a los propósitos de participación en política para incidir en los presupuestos municipal y departamental para apoyar el sostenimiento de la universidad. Si bien no se logró el cometido, el ejercicio de ir a los barrios de Valledupar a hablar con la gente, preguntarle sus problemas y exponer sus ideas, fue placentero.

Empezaban los años 80 cuando el galanismo se tomó al país. En su discurso Galán se centraba en tres temas sensibles: lucha contra el narcotráfico, contra la corrupción  y por la renovación de las costumbres políticas, su lucha fue contra el clientelismo. Se sintieron identificados y se fueron a recorrer la región con Luis Carlos Galán Sarmiento y Rodrigo Lara Bonilla sin sospechar el amargo futuro que vendría después.

“Yo te aseguro que Colombia sería otro país si Galán y Lara vivieran. No eran los grandes revolucionarios ni hubieran sido los grandes transformadores pero creo que mucha de la violencia que surgió después no hubiera ocurrido si ellos hubieran seguido viviendo. Eran pacifistas de verdad, pero bueno, esa es la tragedia de nosotros” dice Imelda.

En las filas del galanismo logró ser la primera mujer en ser elegida como presidenta del Concejo de Valledupar. La llegada de disidentes de liberales tradicionales  al nuevo liberalismo de Galán Sarmiento hizo que Imelda y sus compañeros quisieran retomar la idea del movimiento cívico popular Causa Común.

En esas estaban cuando el gobierno de Belisario Betancourt empezó el programa de paz y negociación, un intento de ponerle fin a la guerra. Surgió la propuesta por parte de las Farc de la creación de un movimiento político al que pudiera ingresar todo el mundo, cualquiera que fuera su ideología siempre y cuando estuviera de acuerdo con ampliar la democracia procurando la participación política de los ciudadanos en igualdad de condiciones y trabajar para lograr la satisfacción de las necesidades básicas de la población colombiana.

La Unión Patriótica nunca se planteó como un movimiento al socialismo ni  proponía al pueblo colombiano cambiar al modelo que tiene a la mayoría de la gente en la pobreza, según Imelda simplemente proponían desarrollar una verdadera democracia que permitiera la igualdad en el terreno de lo político, lo económico y lo social.

Al movimiento ingresaron además de ‘Causa Común’, el Partido Comunista que era muy débil en Valledupar. También otros socialistas, ingresó una Coordinadora Obrera, Campesina y Popular, una Asociación de Destechados; Asociación de víctimas del UPAC, un sector del conservatismo en Becerril, los liberales de la Jagua de Ibirico. Era en verdad un movimiento multiactivista.

Ahí no se hablaba de lo que los distanciaba sino de lo que los unía. Con esos otros grupos también ingresó un frente de las Farc que había llegado a la Sierra Nevada. Antes de eso en esta zona no había guerrilla de ningún grupo, asegura Imelda.  Ellos, pues, de acuerdo a lo convenido con Belisario, vestidos de civil y sin armamento alguno, llegaron a Valledupar y participaron de todas nuestras actividades de la UP.

Lo que ocurrió posteriormente con el movimiento político fue espantoso, un genocidio político que el Estado se niega todavía a reconocer. Fue exterminado. En el año 86, la UP eligió siete concejales en distintos municipios y un diputado. Hoy la única sobreviviente es Imelda Daza Cotes.

Después en el año 88 ella no estaba en Valledupar pero se eligieron a otros concejales que también fueron asesinados; en el Cesar arrasaron con todo.  Mataron al diputado que eligieron y al profesor Luis Mendoza Manjarrez, quien había sido candidato al senado. Los acabaron.

“Yo sobreviví porque me fui. Me fui primero a Bogotá, estaba embaraza. Allí nació mi hija y seis meses después de nacida la niña las amenazas fueron terminantes y yo ya había aprendido que no amenazan para asustar sino para advertir que iban a matar. Entonces, me fui”, dice aún sin encontrar explicación casi 30 años después.

La vida en el exilio es dura porque hay una gran diferencia, no solo semántica sino como vivencia entre “irse de” o “irse para”. Imelda no se fue “para Suecia”, se fue “de Colombia” y eso marca una diferencia grande. “Suecia es un país maravilloso, extraordinario por donde lo mires pero el contraste entre aquello y esto es abismal. Adaptarse a los 41 años con tres hijos pequeños a esa nueva sociedad es muy difícil, es un reto, un desafío enorme, que yo no tuve alternativa sino de asumirlo y tratar de sobrellevarlo lo mejor posible”.

En ese momento su único objetivo era ofrecerles una familia completa y normal a sus niños y aunque el programa de recepción de refugiados de Suecia es más que generoso desde el punto de vista material, no niega las dificultades anímicas que el mismo desarraigo produce. Con el optimismo y su alegría característica asumió la situación.

En ese difícil momento, el único contacto con Colombia y su familia fue epistolar porque no había internet. Muchas de las cartas se perdieron, en las que alcanzaron a llegar su familia la enteraba de las atrocidades que seguían padeciendo los militantes de la Unión Patriótica.

Aunque se reconocen como colombianos, es la hora y todavía sus hijos, esos niños que llegaron de cinco, tres y medio y año ocho meses respectivamente, hoy adultos, no conciben una vida permanente y segura en Colombia, porque fueron criados bajo los criterios de la sociedad sueca, están plenamente integrados a ella pero Imelda nunca se sintió plena.

En Suecia se vinculó laboralmente como profesora, inicialmente de primaria dictando español, luego de bachillerato y finalmente los últimos ocho años lo hizo como docente universitaria, puesto en el que logró pensionarse. También pudo incorporarse a la política local a través del partido más grande del país, el Social Democracia, es dirigido por la clase obrera.

Volvió a la política pero nunca fue lo mismo. “Los problemas de Suecia comparados con los de Colombia dan risa, así que a uno le parecen ridículos con el referente que uno tiene de aquí”. Fue un tiempo de aprendizaje, de saber cómo funciona un partido, una democracia política, cómo hay que defender y sostener una democracia.

Allá la eligieron concejal en repetidas ocasiones durante 12 años, así como parlamentaria en la instancia regional y luego en la nacional. En el 2012 se retiró de la Social Democracia para fundar un partido de izquierda en la población donde residió, partido con el cual actualmente es concejal.

En el 2014, ya pensionada siente más intensas las ganas de volver. Cualquier día le dice a Flavio, su esposo que no se resignará a esperar la muerte, a entretener el día a día a la espera a que ésta le llegue en medio de los fríos y oscuros días suecos. “Quiero que la muerte me sorprenda allá, tratando de cambiar aquello”.

En noviembre de ese mismo año empezaron las negociaciones de paz del gobierno Santos y las Farc en Oslo, Noruega. Se dieron unos foros de victimas en Barranquilla y en Calí, Imelda en su obsesión por volver, logró que una ong le diera los tiquetes para asistir. De ellos salió convencida que el proceso se iba va a dar.

También tenía la certeza que la paz que busca el presidente Juan Manuel Santos no es la misma que ella ni los demás miembros de la renacida UP quieren pero cree en la intención del primer mandatario de finalizar a la guerra. Desea creerle porque cuando la paz se firme ya no podrán llamarla terrorista ni guerrillera.

Cuando la UP recuperó la personería jurídica, la dirigente Aida Abella se reunió en Valledupar con los hijos de las víctimas, los compañeros de Imelda, esos amigos que después de 27 años recuerda como si fuera el primer día en que le tocó huir para salvar su vida y proteger a su familia. Aida, buscaba reestructurar el movimiento en el Cesar. De esa reunión surgió el nombre de Imelda Daza Cotes como la baraja de la UP a las cercanas elecciones regionales de 2015.

Aida no dudó en contactarle. “Eso es una temeridad, con qué plata? Yo sé cómo se compite allá, no hay dinero, no hay equipo;  no quedó nadie”, fue su respuesta. Sin embargo, Abella siguió insistiendo hasta que un día le dijo: “Esa decisión yo no la puedo tomar desde aquí, esa decisión la tengo que tomar allá con los pies descalzos y con el suelo caliente”. Era su manera de expresar que era el ambiente y el calor humano de las personas que la apoyaban lo que determinaría su decisión.

Ocurrió que la Unidad de Victimas la invitó a un evento que ellos organizaban en Becerril en junio de 2015.  Duró cuatro días en Bogotá ayudando a organizar el evento, su plan era pasar a Valledupar a ver a su familia y quedarse unos días más. Ahí se concretó una reunión con unos simpatizantes que querían definir el tema de su candidatura y al ver y escuchar a los hijos de sus compañeros caídos le dolió darles un no como respuesta, sentía que si lo hacía estaría traicionando a personas tan queridas y valoradas como Jairo Urbina, Pepe López y José Ramírez. Así lanzó su la campaña al primer cargo del departamento del Cesar.

A pesar de los resultados que ya todos conocen, ella define la experiencia de volver a recorrer al Cesar como extraordinaria. Volvió a reencontrarse con ese drama social no resuelto 27 años después. No solo no se había resuelto sino que se empeoró.

Después de la campaña siente que la UP recuperó la voz en el Cesar, ávido de  una disidencia y de unas ideas distintas a las del establecimiento con una propuesta verdaderamente con carácter social. El respaldo de esas 8.300 personas que aceptaron su propuesta le indica que no todo está perdido y que hay esperanza en un sector de la población.

En el futuro no le interesa refrendar su nombre para ningún otro cargo público de elección popular, no mientras exista el sistema electoral actual al que considera   antidemocrático porque no se compite en igualdad de condiciones. Sin embargo, se vería a gusto en una asamblea constituyente, que sería su espacio natural, donde el debate ideológico y social esté presente.

En este momento Imelda Daza Cotes y la UP se preparan para el post acuerdo. El acuerdo definitivo se va a firmar, es absolutamente optimista. Se preparan para servir de veedores ciudadanos en la implementación de los acuerdos. El problema con Santos persiste, dice que él quiere una paz la elite, para las transnacionales y para los grandes empresarios, la izquierda quiere otra, una con justicia social.

Esta tarea la ha llevado a trabajar en el fortalecimiento del movimiento en la Costa Atlántica, no quiso hacerlo en Bogotá porque quiere vivir aquí, en el caribe, en su región. Se están renovando de cara al congreso nacional de la UP que será en septiembre en la capital.

No pretenden ser los protagonistas del post acuerdo ni lograr gran figuración porque el genocidio les marcó de manera definitiva pero sí se sienten con el derecho a tener una representación digna y a aportarle a la paz de Colombia porque hemos sido siempre una organización que nació como resultado de un intento por lograr la paz.  

 

Samny Sarabia

1 Comentarios


Aurora Elena Montes 06-04-2016 10:46 AM

Bienvenida Imelda, aunque no comparto muchos de sus planteamientos políticos es necesario, casi que imprescindible la voz de la izquierda y de la mujer en la discusión política en Colombia. Las cosas deben cambiar, de ninguna manera podemos volver a aquellos tiempos en que quien pensara algo diferente debía ser aniquilado. Las verdaderas democracias permiten la convivencia entre las diferencias.

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