Ocio y sociedad

Un mundo de sacrificios

Johari Gautier Carmona

21/04/2016 - 06:10

 

Breidis Prescott frente al espejo / Foto: Johari Gautier Carmona

En el espejo queda plasmado el esfuerzo del atleta. Ese fiel testigo no se equivoca y devuelve milimétricamente cada uno de sus movimientos, cada uno de sus gestos, y él, como un artista concentrado en construir una obra pura, se esmera silenciosamente en cada pincelada. Cuida la respiración, salta sobre una pierna y luego sobre otra, gira los hombros, se agacha levemente, extiende enérgicamente el brazo derecho, luego el izquierdo, y se endereza nuevamente. 

La mirada de Breidis Preicott sólo se desvía cuando cambia de dirección, persiguiendo un rival imaginario, resbaladizo e imprevisible, un boxeador de su altura, a quien trata de someter por medio de la ley del ejercicio, y en esa radiografía quedan expuestas las horas, días y meses que el atleta dedica a una preparación que nunca termina. Una preparación continua con la que espera superar todas sus marcas.

En el local en el que Breidis se entrena diariamente –un lugar provisional concedido por la Gobernación del Cesar mientras se acomodan las instalaciones definitivas en el nuevo estadio de fútbol–, la música vallenata suena para recordarnos el contexto. El hombre está de regreso a Valledupar, se quedará durante varias semanas, antes de regresar a Miami donde reside desde el año 2009. Sin embargo, aquí nada de parrandear ni de cantar versos. Lo que importa es el esfuerzo que se pone en cada rutina.

Su padre, Manuel Prescott, se encarga de acompañarlo en ese esfuerzo cotidiano, le indica los tiempos y las series a realizar. Ya son casi las cinco de la tarde, a punto está de acabar su entrenamiento y no se deja distraer por la cámara fotográfica del intruso que insiste en conocer el lugar donde se prepara. En total son más de tres horas diarias consagradas a su condición física: una hora y media en la mañana para sus ejercicios cardiovasculares y lo mismo en la tarde para pulir su técnica. Y esa gimnasia escrupulosa se repite casi los 365 días del año, sólo unos cuantos domingos y días festivos escapan a la intransigencia de la competición deportiva.

Entonces afloran las preguntas: ¿Qué es lo que anima Breidis Prescott a encerrarse en una rutina tan exigente además del deseo de vencer y triunfar? ¿Qué fue lo que convenció este joven de 31 años en invertir gran parte de sus días y de su vida en un deporte de alto impacto como el boxeo? La conversación nos revela que no existe una sola respuesta, pero también, que Breidis Prescott ya era boxeador mucho tiempo antes de saberlo.

Breidis Prescott / Foto: Johari Gautier Carmona Para entender el fondo de la cuestión, un viaje al Reino Unido se hace imprescindible. Seis de septiembre del 2008, más de veinticinco mil personas presencian en el “Evening news arena” de Manchester el combate entre el deportista británico -y favorito- Amir Khan y el cesarense Breidis Prescott. La expectación es enorme y el decorado espectacular. En el cielo brillan los flashes de cámara como estrellas fugaces recordando a los asistentes que este encuentro no es ninguna broma, sino un acontecimiento mediático.

Ya en la rueda de prensa pudo sentirse la tensión que manaba del boxeador británico siempre serio, exponiendo su título de campeón intercontinental, pero el colombiano Breidis Prescott no se encogió y respondió con una frivolidad que sorprendió a todos. “Echó lengua” de manera tan espontánea y alegre que él mismo sonríe recordándolo. El boxeador cesarense se atrevió incluso a pronosticar un nocaut en menos de cuatro rounds. “Lo único que le decía era que me iba a llevar ese título, incluso en la conferencia de prensa, yo le jalo el cinturón para mostrar que esto es mío…”.

Si el encuentro con los medios terminó con un tono pícaro, el día de la pelea Breidis no parecía reírse tanto. Su semblante era rígido y sus ojos solo enfocaban el adversario. Quizás era el efecto causado por todos los carteles en inglés que invadieron la ciudad unos días antes y daban la sensación de que Amir Khan era una estrella hollywoodiense; o tal vez el súbito vértigo surgido con la vista de un teatro tan grande. “Tenía nervio porque nunca había estado en un escenario tan lleno, más cuando salgo, que ya voy a pelear, y ese estadio estaba súper lleno. Y todo el mundo haciendo así con el pie en la grada Khan, Khan, eso se siente”, manifiesta Breidis.

La campana que marcó el inicio de la pelea ventiló de repente todas las dudas. Prescott entró pisando fuerte, decidido a no ceder un solo centímetro, y enseguida Amir Khan comprobó lo difícil que era hacer retroceder a su contendiente. “Él no daba para acercarme”, explica el entrevistado y, efectivamente, durante unos segundos ambos boxeadores buscaron como romper la defensa del otro, hasta que Prescott consigue desequilibrarlo con un toque furtivo. El combate cambió en ese instante, Prescott intensificó su ofensiva, soltó un “cruzao” con los ojos cerrados. “Bing, bing”, y allá cayó Amir Khan, anonadado. Desde la esquina Breidis entendió que éste era el momento o nunca. Entonces, cuando volvió a levantarse, viéndolo todavía tambaleante, nuestro hombre zanjó la faena. El nocaut era rotundo. ¡Sólo 44 segundos!

La celebración fue tan eufórica como la intensidad de la pelea. Breidis Prescott saltaba y brincaba de un lado a otro del ring, se montaba sobre las cuerdas y encaraba el público mostrando que él valía tanto o más que Khan, que todo ese show, esos carteles, esa puesta en escena, esos veinticinco mil espectadores, también podían ser para él. Y su padre en la distancia, quien no pudo acompañarlo en esa ocasión, pero que sufrió como el mismo boxeador, disfrutó de la victoria con creces. “Nadie se esperaba que Breidis ganara”, explica Manuel Prescott, aunque acababa de ganar a Richar Abril, un talentoso boxeador cubano.

Desde ese momento, la vida del boxeador colombiano cambió. De repente, la costa Caribe y la ciudad de Barranquilla donde se entrenaba asiduamente se le hicieron demasiado pequeñas. Tuvo que irse a Estados Unidos en busca de un entrenador que supiera responder a las expectativas de un joven convertido en gran promesa. Se estableció en Miami, una ciudad norteamericana con ínfulas de urbe latinoamericana, y empezó a recibir ofertas apetecibles por patrocinadores. De gran boxeador regional, Breidis Prescott pasó a ser una estrella internacional puesta en órbita por un nocaut histórico.

Quizás ahí esté la respuesta a este trabajo tan concienzudo, a esa rutina y ese sacrificio diario, que requiere un compromiso de largo aliento. El inesperado triunfo obligó el boxeador a encerrarse en un mundo en el que las victorias son silenciosas y diarias, donde sólo se puede aspirar a ganar derrotando la flojera, el abandono y los excesos, y centrándose en metas grandes. Se trata de ganarse a sí mismo. De crecer consigo mismo. De domesticar el ego para convertir el atleta bueno en atleta estelar.

Breidis Prescott es consciente de lo que ha implicado su victoria sobre Khan en su camino. Ahora se exige más. Se ha convertido en un modelo a seguir, se muestra mucho más responsable con sus familiares, amigos y vecinos, y comparte su experiencia en Estados Unidos. “El ring me ha dado muchas enseñanzas –sostiene el boxeador–. Cuando vengo aquí [a Valledupar], lo pongo en práctica, enseñando a mucha gente las cosas técnicas que me colocan a mí. Trato de enseñárselo a otras personas”.

Sin embargo, sería absurdo centrarnos únicamente en el capítulo “Khan” y el posterior traslado a Estados Unidos para entender el compromiso de Breidis Prescott con el boxeo y su aspiración a ser uno de los mejores deportistas de Colombia. Su padre, Manuel Prescott, un destacado entrenador de boxeo del departamento del Cesar, nos revela otros detalles de la vida de su hijo para enseñarnos que, desde muy temprano, el boxeo fue algo más que un pasatiempo: era una forma de concebir la vida.

Breidis Prescott y su papá Manuel Prescott / Foto: Johari Gautier Carmona Un día en que tenía programado una serie de combates en Becerril (Cesar), Manuel Prescott se encontró con una situación inesperada: le faltaba uno de los jóvenes boxeadores inscritos para atender la cita deportiva. Urgido en encontrar una solución, el entrenador se dejó aconsejar por su padre (otro reconocido entrenador de boxeo) y resolvió llevar a su hijo para pelear. “Nos llevamos a Breidis sin ser boxeador, y Breidis dio un espectáculo allá, mostró una muy buena técnica”. Sin que nadie lo supiera, Breidis se había impregnado al margen de las clases del conocimiento de los demás boxeadores, reproducía los gestos del padre con esmero y luego practicaba con los primos. Había crecido con el instinto del atleta que aspira siempre a más, el que vence muy prontamente sus miedos, que desea mostrar cuánto vale y se obsesiona con superar las mejores marcas.

Becerril fue la puerta de entrada de Breidis Prescott al mundo del boxeo. Tenía solo 10 años pero ya mostraba las aptitudes de un boxeador con carácter: una técnica pulcra, ganas de mejorar y, sobre todo, un gusto palpable por subirse en el ring y pelear. Eran tan destacables sus destrezas que el año siguiente, Manuel Prescott se lo llevaba a participar a un torneo nacional en Galapa Atlántico abriéndole de paso una trayectoria llena de reconocimientos. “A Breidis lo hice campeón nacional 6 veces como aficionado y 4 veces el boxeador más técnico”, se enorgullece Manuel Prescott y, ante esa afirmación, el que hilvana esta crónica juntando pedazos de una vida –como si de un rompecabezas se tratara– se pregunta: ¿No será el ambiente familiar el que indujo Breidis a ese compromiso con el boxeo?

Una vez más, las respuestas e interpretaciones varían, pero no podemos obviar un punto decisivo en el recorrido del boxeador: el año en el que se hizo profesional (2004). Tenía 20 años y se vio envuelto en una polémica junto con el reconocido boxeador Likar Ramos. “En ese tiempo peleamos con unos muchachos –explica Breidis–, y el presidente de la federación se enteró, el entrenador también, y, bueno, tomaron la decisión de suspendernos de la selección. Entonces nos fuimos a Barranquilla, y comenzaron a ofrecernos dinero por pelear. Firmamos…”. Así es cómo de un día para otro, Breidis Prescott se hizo profesional. Esa pelea callejera le llevó a tener que tomar grandes decisiones. Hacerse profesional era la forma de seguir peleando, es cierto, sin embargo, el boxeo profesional también le obligaba a redoblar de esfuerzos, a exigirse más y ser siempre más competitivo. 

“La verdad es que uno tiene que ir madurando a través de la experiencia que va adquiriendo en la vida”, sostiene Breidis y luego añade: “Hay que tener una disciplina porque uno se convierte en un arma. Uno sabe colocar un golpe más que, por lo menos, usted. Además, lleva uno mucho las de perder por una lesión, porque se le daña la carrera. Uno trata de evitar todo eso…”

El boxeo y la vida han demostrado a Breidis que no se consigue nada sin sacrificios. El autocontrol, el trabajo y la perseverancia son herramientas esenciales para quienes aspiran a grandes metas. En la entrada de la sala, unas muchachas esperan pacientemente que termine la entrevista para poder iniciar clases con el boxeador y, justo en ese momento, el entrevistado se sincera y reconoce que apenas se está reponiendo de uno de los momentos más difíciles de su carrera. Dos derrotas seguidas e inesperadas sacudieron una progresión intachable. Sin embargo, ¿quién no ha pasado por esta situación? La vida de un ganador también implica eso: sobreponerse a las incertidumbres. Ahora está logrando superar esa sensación de estancamiento. Las últimas victorias le han permitido soñar nuevamente con hacerse un lugar entre los grandes.  “Yo le he ganado a muchos que están arriba –exclama Breidis con un tono desafiante–, y si yo les he ganado, ¿por qué no puedo estar también arriba donde yo merezco estar?”. Ahí es cuándo el periodista le pregunta qué es lo que viene. ¿Qué es lo que quiere Breidis para el futuro? La respuesta es inmediata: “¡Peleas importantes!”.

 

Johari Gautier Carmona

@JohariGautier

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