Ocio y sociedad

El día en que el agua fue motivo de pánico

Johari Gautier Carmona

01/08/2016 - 07:40

 

Desde que se despertó, Rosa tenía en mente su cita médica. Después del tintico que repitió con gusto, se arregló para ir a la EPS del centro de Valledupar. En su carro disfrutó con la música cristiana que acostumbra escuchar y, en ese caudal de tranquilidad, llegó al establecimiento donde le atendió su doctor.

Nada le hizo creer que algo iba mal, ni siquiera las personas que a su lado esperaban en la sala. Era temprano y a esas horas el único problema que uno puede tener es llegar tarde a su cita. Sin embargo, lo que vino después contrasta con esta realidad. El médico le abrió la puerta con un gesto apresurado, la cerró detrás de ella bruscamente, la saludó y enseguida se ensimismó frente al celular. 

––Erda. Me llega un aviso de que el agua está envenenada en Valledupar y yo me tomé un par de vasos nada más levantarme.

Rosa lo miró sin entender lo que sucedía y el doctor le explicó con más detalle. Los medios de comunicación habían hablado temprano en la mañana de la muerte de dos personas en la Casa del Abuelo y de una intoxicación masiva. También se hablaba de una intoxicación parecida en el Batallón de la Popa con dos militares muertos. Se desconocían los motivos de los fallecimientos, pero, por si acaso, alguna funcionaria recomendó en una emisora que nadie tomara agua de la pluma.

En ese mismo instante, Rosa miró al médico con otros ojos. Sintió que en su estómago algo se revolvía de manera descontrolada, casi con violencia. Se pasó la mano con extrañeza hasta que, de repente, se acordó del café que tomó en la mañana.

––Ay doctor, yo me tomé un tinto en la mañana. Y no me siento bien.

––Vaya. La cosa está jodida. Yo tampoco me siento bien.

Ambos se mantuvieron silenciosos durante un instante hasta que el médico retomó el diálogo.

––No hay que preocuparse. De momento todo es muy incierto… ¿Dónde le duele? 

*** 

Marta recibió la noticia por Whatsapp, de parte de una amiga que le avisó en muchas ocasiones sobre los riesgos de beber agua sin hervirla, y enseguida se puso a temblar.   

––Ay ve, yo me tomé agua en la mañana ––rezongó ella con impotencia––. Y ahora, ¿Qué va a pasar?  

La empleada empezó a obsesionarse con los muertos de la Casa del Abuelo y los militares del Batallón. Si esa gente había acabado mal, ella también seguiría el mismo camino. Y enseguida fue a comentárselo a la empleada del apartamento de enfrente con quien mantenía buena relación. Ambas se acostumbraban a conversar largamente en la ausencia de los dueños.

––¿Escuchaste la noticia en la radio? ––le preguntó Marta a Emilia.

––¿Qué noticia?

––La del envenenamiento del agua. Dicen que no hay que beberla. Ya hay dos muertos en la Casa del Abuelo y 18 intoxicados.

––¿Cómo va a ser?

Emilia palideció y enseguida añadió:

––Esta mañana me tomé varios vasos de agua.

––Ya somos dos, mijita. 

Emilia sintió que las tripas se le levantaban. Pidió ayuda y Emilia le dijo que tenía un remedio infalible.

––Comamos limón. Es lo mejor que hay para el estómago.

Emilia seguía preocupada.

––¿Y qué haremos el resto del día? ¿Qué hacemos si el agua está envenenada?

Marta le devolvió la misma cara de alarma.

––Aguantar, mijita. ¡Aguantar! 

*** 

Cuando Felipe se subió al taxi para ir a trabajar, ya estaba al corriente de la gran polémica que existía entorno al agua. Desde las 6 de la mañana había escuchado las declaraciones de un periodista que, más que informar, parecía estar dispuesto a multiplicar y extender el pánico por todas partes con todo tipo de especulaciones. Sin embargo, no se preocupó demasiado. En casa, su esposa llevaba semanas y meses hirviendo el agua y disponían de reservas para dos días.

––¿Qué le parece lo que está pasando? ––preguntó Felipe al taxista.

––Me parece que esto es un circo.

––¿Por qué?

––Porque si efectivamente el agua estuviera envenenada, no tendríamos dos o tres muertos sino centenares o miles.

La explicación parecía fundada, pero Felipe desvió levemente el tema.

––¿Y usted? ¿Qué piensa de esto? ¿Qué agua va a consumir?

––¿Yo? ¿Qué voy a hacer?

El taxista lanzó una carcajada antes de reanudar:

––Hace veinte años que tomo agua de la pluma, sin filtro sin na´. Y mire cómo me encuentro.

––¿No le asusta esto?

––¿Qué va? Ahora mismo me voy a beber agua de la manguera pa´ demostrarles a esta gente que no pasa na´…

––¿Y si le pasa algo?

––Ya le digo que no pasa na´… ¿Quiere que le enseñe?

Felipe rechazó la oferta con una sonrisa antes de llegar a destino. Pagó su carrera, bajó y se fue con la sensación de haber vivido un capítulo digno de Crónica de una muerte anunciada. 

***

Eran las once cuando el celador del Edificio Cañaguate escuchó a dos señoras peleándose. Salió a la entrada y se encontró ante un espectáculo desconcertante. Ocho vehículos trataban de hacerse un espacio en la calle. 

Una madre le gritaba a la más adelantada que avanzara su auto, pero sin éxito. Y otra llegaba atrás con más furia impidiendo que cualquiera de ellas hiciera marcha atrás.  

––Oye, muévete. ¿Te crees que estás sola o qué?

De los primeros tres vehículos se bajaron una señoras visiblemente agitadas, en dirección del colegio. Entraron en el edificio y salieron con sus hijos de la mano. Y a partir de ahí comenzó un desfile de padres y madres que exigían la salida de sus hijos para llevárselos a casa.

El rector apareció para reclamar un poco de calma pero enseguida se vio desbordado por un par de señoras que le alzaban la voz. Entonces les dijo:

––Señoras, ¿Y ustedes qué van a arreglar gritando?

Una de ellas, le respondió con un grito más fuerte todavía:

––¡El agua está envenenada! ¿O no se enteró?

***  

 Al percatarse de que su esposa le había llamado siete veces al teléfono, Fabián interrumpió una corta reunión en su oficina y devolvió la llamada. Entonces, entendió que el problema del agua iba en serio y que algunos periodistas y funcionarios habían desaconsejado el consumo del agua por riesgo de envenenamiento.

––¡Por favor, ve a comprar agua a la tienda! ¡Es urgente!

Extrañado por el tono apremiante de su esposa, Fabián postergó la reunión para otro momento y se fue corriendo al supermercado de la esquina. Ahí se encontró con un caos vehicular y un murmullo insólito.

Entró en la tienda y vio a decenas de personas discutiendo por las bolsas y botellas de agua. Por suerte, descubrió una bolsa de 5 litros que quedaba en la estantería más elevada. Sin embargo, nada más bajarla, se encontró en una situación inesperada: una anciana le agarró la bolsa con las dos manos y la sacudía con todas sus fuerzas.

Fabián se resistió unos segundos y, luego, viendo que seguramente, ella necesitaba la bolsa más que él, la soltó. Entonces, vio cómo la señora se iba, llevada por el instinto, sin decir adiós ni dar las gracias. Era algo así como el fin del mundo.

 

Johari Gautier Carmona

@JohariGautier 

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