Ocio y sociedad

La risa a través de los siglos y las culturas

Liliana Kancepolski

15/11/2016 - 07:20

 

En la Edad Media, la risa era algo peligroso. En su ensayo “Risa y erotismo”, Marina Gutiérrez De Angelis nos habla de los debates en torno a la risa de Jesús, a la corrección del hecho de reírse, y a las expresiones populares, "obscenas y desbordantes, satíricas, eróticas", pero también morales, en una sociedad altamente "estructurada e inmóvil", donde el propio cura provoca y controla con sus sermones la risa plebeya según el calendario.

Se trata de controlar las pasiones mundanas, las formas y el comportamiento respecto sobre todo de la temida sexualidad femenina y la mujer, "monstruosas criaturas que no conocen el límite", en el interior de las casas y fuera de ellas.

En su estupendo artículo "La carcajada en la abadía", sobre El nombre de la rosa (Umberto Eco), Esteban Ierardo, apunta a la última discusión respecto al peligro del discurso aristotélico sobre las bondades de la risa (Poética, 1449a, 31-36) entre Jorge de Burgos, el bibliotecario, y Guillermo de Baskerville, en la que este último defiende la risa como liberación de la alegría y "como medicina contra la ilusión (ridícula) de la verdad absoluta". Para Jorge de Burgos, en cambio, la risa (que Aristóteles defiende como purificación de lo ridículo por la risa nacida de la ridiculez) "es la debilidad, la corrupción, la insipidez de nuestra carne".

A partir de finales del siglo XIII, el humanismo va liberando la representación de la belleza física, externa, voluptuosa, del cuerpo y el sexo. El pasaje hacia el Renacimiento implica un cambio profundo en lo tocante al cuerpo y un cambio interior. Aparece así "Una risa regeneradora, sensual, vital, producto de una nueva moralidad, la de las ciudades pujantes de banqueros, comerciantes y mecenas".

Según la investigadora Mariana Ramos, el bufón o el clown representan el caos, la inversión del orden establecido –también la discreción y la integridad–, y la capacidad de restaurarlo, como Will Somers (muerto en 1560), el insigne bufón de Enrique VIII, el único capaz de animarlo en sus últimos años de padecimientos a causa de una herida en su pierna.

A partir del siglo XIX, lo ridículo cómico, se entiende como un defecto, causa de vergüenza, idea que se asemeja a la dada por Aristóteles en su Poética, o también por Cicerón, para quien lo ridículo se relacionaría con lo feo, lo amoral o lo deforme (De Oratore, II, 236), lo que se mantiene y se va transmitiendo históricamente aun en el Renacimiento italiano.

La risa en cambio ya es definida como un fenómeno natural y agradable, comunicativo y benéfico, y se la distingue de otras formas expresivas lo mismo que se distingue la sonrisa de la ironía, de la mueca del hipócrita y de la carcajada histérica.

En los años 1930 aparecen las primeras investigaciones sobre el poder curativo tanto físico como psicológico, de la risa espontánea. Según la risoterapia, los beneficios de la risa son múltiples: mejora el estado muscular, brinda un masaje ligero a la columna vertebral, ayuda a eliminar toxinas, mejora la respiración y oxigenación de los tejidos, ayuda a segregar endorfinas, elimina el insomnio y el estrés, y alivia los estados depresivos.

Ya antes, en El chiste y su relación con el inconsciente (1905), Sigmund Freud descompone y analiza el chiste en fragmentos para concluir que es la forma y no el contenido lo que determina la hilaridad. Los mecanismos subyacentes son la condensación y el desplazamiento, resultado de los cuales se produce una descarga motora de la tensión nerviosa y el consecuente placer. En el chiste como en el sueño, el deseo se realiza burlando la censura y la coerción propias de nuestra psique.

Para Fátima Coca Ramírez, puede decirse que existe una coacción sociocultural que nos hace escoger un tipo de risa políticamente correcta, decorosa y respetuosa respecto de situaciones o personas, para reprimir nuestras ganas de reír en determinadas circunstancias y contextos.

En ocasiones quisiéramos reír, apunta esta autora, pero nos lo impiden las normas, o las leyes, políticas, sociales o religiosas, mientras que es socialmente aceptable que nos riamos de aquello que se considera defectuoso o aberrante, ridículo o vicioso, o de ciertas costumbres particulares de un determinado momento histórico y cultural. "El fin catártico y moral que se le concede a la risa en la comedia, es un exponente más de esta relación, que ya empezamos a ver como indisoluble, entre lo ridículo, y lo social y cultural."

En su libro “Gestualidad japonesa” (Adriana Hidalgo Editora, 2006), Michitaro Tada señala que la sonrisa como saludo es, seguramente, una expresión facial universal, quizás común a todas las naciones. Sin em­bargo, la palabra francesa sourire también incluye una referencia a la risa como burla, mientras que en Japón, la palabra análoga, bicho, no admite ese significado en absoluto. Para los japoneses la sonrisa "como saludo" ha llegado a convertirse en una “sonrisa de autocontrol”, ubicua y generalizada, distintiva de dicha cultura, difícilmente comprensible para el extranjero.

Con fama de inescrutables y reacios a expresar emociones, los japoneses están creando hoy día escuelas de la risa, y ésta es objeto de estudio a nivel universitario, pero para entender su relación con la economía.

Yogi Kimura, director del Instituto Japonés de la Risa y profesor de sociología de la Universidad de Kansai, está desarrollando una máquina para medir cuán graciosa es una broma. “Si en una ceremonia oficial estamos partiéndonos de risa, pero no podemos expresarlo, esta máquina podrá medir con precisión el grado de comicidad del discurso”.

Preocupados por la expresividad del rostro, también en Japón se ha popularizado el juego "Face training", para consolas, que analiza la cara e indica cómo mejorar la sonrisa, mostrarse agradable y expresar adecuadamente las emociones.

 

Liliana Kancepolski 

 

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