Ocio y sociedad

Relatos de dolor y resiliencia

María Ruth Mosquera

27/09/2016 - 03:30

 

La más grande lección aprendida de Yolanda [i] hoy da cuenta del poder sanador que tiene el tiempo, de las características individuales que tienen los duelos y del papel axiomático que cumple la voluntad de soltar las cargas para poder salir con vida de los episodios tan devastadores como los que ella protagonizó.

Sobre la Resiliencia se dice que es “una combinación de factores que permiten a un ser humano afrontar y superar los problemas y adversidades de la vida y construir sobre ellos” (Elbio Néstor Suárez Ojeda [ii]). También, que todas las personas vienen dotadas con esa capacidad de ‘saltar hacia arriba’ para salir de esas situaciones hostiles; aunque no todas echen mano de ese potencial innato para reinvantarse en seres más sabios y fuertes.

“Eso no es tan fácil como suena”, asegura Yolanda, una mujer que fue testigo en su piel y su alma de cómo fueron evaporándose en la realidad los conceptos que le enseñó su madre sobre el carácter sagrado del cuerpo, a medida que éste era profanado por actores armados que encontraron en ella un nuevo teatro de agresiones.

“Lo que a mí me sucedió es la cosa que tú no se la deseas ni a tu peor enemigo”, relató, mientras hacía esfuerzos para borrar de ella las marcas de la guerra, las cuales empezaron a tener espacio en su vida desde la temprana edad, cuando desconocidos la asaltaron a ella y dos amigas más, mientras caminaban por una calle en Santa Marta. “Nos violaron a todas”.

No supo quiénes fueron los agresores en esa oportunidad. Hoy los califica como delincuentes comunes que marcaron el inicio de una línea de tiempo en su vida por la que más tarde transitaron miembros de la guerrilla y de las autodefensas.

La Jagua de Ibirico, en el centro del Cesar, fue por años el escenario de los días de esta mujer que confiesa episodios de agresiones contra su cuerpo, su humanidad y su esencia femenina, pero también da cuenta de sus luchas por sobreponerse y mantenerse erguida, protagonizando loables procesos de resurgimientos propios. “Yo salí adelante, monté mi empresa y me estaba yendo bien; entonces la guerrilla empezó a pedirme una ‘colaboración’. Yo siempre me negué a darles plata; por eso fue que me secuestraron”.

En 1997, dos individuos la subieron en una camioneta y la internaron en el monte. Los primeros veinte días de cautiverio, Yolanda fue custodiada por dos guerrilleras que le resultaban humanas, pero al cabo de ese tiempo sus guardianes cambiaron. “Llegaron cuatro tipos… Esa noche me hicieron todo lo que tú no te alcanzas a imaginar”. Llegar a este punto en el ‘libro’ de sus recuerdos hizo que Yolanda apretara sus dientes con fuerza, mientras las lágrimas se le escapaban y algunos vacíos verbales tomaban lugar en su re lato. “Desde esa noche se les volvió rutina violarme. Eran muchos tipos todas las noches. Eso es algo horrible. Tantos sentimientos te asaltan, hasta llegas a creer que eres culpable de lo que te pasó. Yo decía: si les hubiera dado la plata que me pedían de pronto no me hubieran secuestrado… ”.

El día treinta y dos, Yolanda recobró su libertad. A raíz de esta experiencia, muchas cosas cambiaron en su vida, que ya era separada y madre de tres hijas. Quiso empezar de cero y con nuevos proyectos viajó a Bogotá, donde adelantó una carrera técnica. “En el 2004, después del grado, regresé a La Jagua y el ‘regalo’ que me tenía un paramilitar fue que me puso una arma en la cabeza y me violó. Me dijo: Si tú dices algo, yo me entero; si vas a la Fiscalía, también me entero; si me meten preso, salgo a los cuatro días, pero tú duras más tiempo muerta”.

Siguió guardando silencio por mucho tiempo, entre otras cosas “porque me daba vergüenza que todo el mundo supiera lo que me pasó; yo sabía que me iban a señalar”. La confesión de Yolanda encontró eco en palabras de expertos, como Olga Amparo Sánchez, directora de la Corporación Casa de la Mujer, relacionadas con el tema: “Por tratarse de un delito cometido en algo tan privado como el cuerpo, la tendencia es que las mujeres guarden silencio”. Silencio que imposibilita calcular la magnitud de este delito y conocer cifras reales. A esto se suma la revictimización de la que sentía Yolanda que era objeto al verse forzada a relatar una y otra vez su tragedia, frente a personas que llegaron a preguntarle qué ropa llevaba puesta el día que la violaron, “como insinuando que yo me lo había buscado”.

Cuando pensaba que el fantasma había desaparecido, a la puerta de su casa le llegó un panfleto, presuntamente de las autodefensas, en el que le daban un plazo de 72 horas para ‘perderse’. Ese día decidió poner en conocimiento de la Justicia su caso, que le resultaba una carga en extremo pesada, imposible de seguir llevando en sus espaldas. “Fui a denunciar, pero al funcionario le dio rabia porque, para esa época, los paramilitares supuestamente ya no existían porque se habían desmovilizado. Después, unos tipos me agarraron saliendo de un Café Internet, me metieron en una camioneta y me golpearon hasta hacerme perder un bebé que estaba esperando. Te juro que ese día sí quise que me hubieran matado... Eso nunca se olvida, así vayas con quinientos psicólogos”.

Lo que siguió en la vida de Yolanda fue una vida como forastera en varias ciudades, a las que llegaba a comenzar de nuevo, desde la certeza de no tener con ella más que su dolor y sus hijos, con unas carencias que eran equivalentes a su desamparo, su rabia, impotencia y falta de fe en el futuro. “¿Qué esperanza puede tener uno, después de que le pase todo lo que a mí me pasó; después que quede tan enferma en mi cuerpo y mi alma, después que me tocó vivir en la calle, sin que autoridades hicieran nada por mí; no tengo servicio de salud… esperanza en qué?”.

Varios años transcurrieron para que el corazón de esta mujer comenzara a sanar las heridas. En estos años recibió acompañamiento psicosocial y supo que, como a ella, los grupos armados ilegales tomaron a las mujeres como un arma de guerra, utilizando los cuerpos femeninos como espacio útil para dejar mensajes de poder a los hombres, sacar información mediante ese tipo de tortura o para saldar deudas pendientes con alguien cercano a ellas, bien fuera que estuviera vivo o muerto, como lo reseñó entonces la Comisión Nacional de Reparación y Reconciliación.

Para ese momento, también Jean-Marie Henckaerts, asesor jurídico del Comité Internacional de la Cruz Roja en materia de mujeres y guerra, se pronunció: “La violación puede tener consecuencias severas, tanto físicas como psicológicas, en la salud de la mujer. Existen riesgos de contraer enfermedades de transmisión sexual o de infertilidad, por ejemplo. La violencia sexual también puede causar traumas psicológicos de largo plazo y depresión severa”. Justo lo que le había ocurrido a Yolanda.

Pasaron muchos años, Yolanda derramó muchas lágrimas, vivió momentos de valentía, de rabia, de impotencia, experimentó deseos de venganza y hubo instantes en los que sentía que sus fuerzas no le alcanzarían para salir von vida de tanto dolor; pero necesitaba estar fuerte para sus hijas a las que no quería fallarles. “Yo no quería crear mujeres débiles; tenía que hacer de ellas mujeres valientes y sobretodo que se hicieran respetar, que no se la dejaran montar de nadie”. Entonces tomó la decisión de intentar sanar su corazón y su poder resiliente empezó a tomar su lugar. “No ha sido nada fácil, te cuento. Hay momentos en los que simplemente sientes el dolor te puede, pero la idea es entender los tiempos del duelo; llorar y sentir rabia cuando sientas que es eso lo que hay en tu corazón, pero no quedarte ahí porque entonces estás perdida”.

Ha sido un proceso lento en el cual la paciencia y el perdón han sido indispensables para avanzar a nuevas etapas. “Ahora ya soy capaz de recordar todo sin dolor; de perdonar. No tengo la identidad de los que me despedazaron la vida, pero sé que tengo que perdonar, no por ellos sino por mí, perdonarlos a ellos y perdonarme a mí, porque es la única forma de superar situaciones tan dolorosas”. Dice Yolanda que no puede olvidar lo que le pasó porque sería olvidarse de toda su vida y sabe que el pasado seguirá ahí, pero ya hoy puede recordar sin rabia ni dolor. Hoy avanza hacia una nueva vida, con la esperanza de momentos de sosiego para ella y para sus hijas.

 

María Ruth Mosquera

@Sherowiya



[i] La protagonista del testimonio que aquí se cuenta pidió modificar su identidad.

[ii] Elbio Néstor Suárez Ojeda: Director del CIER (Centro Internacional de Estudios de Resiliencia).

 

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