Ocio y sociedad

El Turco noble de San Fernando, Magdalena

Fabio Fernando Meza

04/10/2016 - 06:20

 

Cuando mi profesora de cuarto de primaria, la siempre recordada y bella, Amanda Jiménez Lobo, nos dejaba tareas de la asignatura de sociales, nosotros no nos preocupábamos tanto. Cuando los estudiantes llegábamos a nuestras casas, le decíamos a nuestros padres: “tenemos una tarea de sociales”. Ellos sin ponerse de acuerdo, nos respondían lo mismo a cada uno de nosotros: “almuerzan, se reposan, se bañan y van donde el señor Salvador Abdala que les haga el favor de ayudarle”.

Sinceramente no sé qué hubiera sido con nuestra generación si en San Fernando no estuviera el señor Salvador Abdala: una persona sencilla, respetuosa, con un vasto conocimiento de lo habido y por haber, que sabe más de lo que aparenta, para nada adulador, apasionado lector, inquieto por aprender cosas nuevas, preocupado por saber qué estaba pasando más allá de la poza del Papayo, de la Cieneguita, del caño Viejo y del arroyo el Chorrito. Y escritor.

Yo creo que llegó siendo todavía un niño y se hizo un hombre de bien para ese pueblo de gente laboriosa, custodiado por enormes palmeras y barrancos, con sus calles llenas de arena, allá donde está un río lleno de encantos y de historias, comunicado con el pueblo por un largo y serpenteante camellón, como castigo porque uno de sus habitantes muchos años atrás había sacado de la iglesia y tirado a una hoguera la imagen de tamaño natural del santo patrono en una noche de inspiración y según la leyenda, desde esa noche el río se alejó resentido para siempre del pueblo.

El padre del señor Salvador, como buen árabe, era negociante y abrió una tienda donde se vendía de todo desde la madrugada hasta muy entrada la noche todos los días de la semana menos el día de las votaciones, en la esquina de una casa amarilla, que era apenas un grano de arena de un inmenso patio que estaba de calle a calle; desde esa época a esa parte del pueblo se le conoce como “el callejón de los Turcos”. El Señor Salvador era el encargado de vender, porque antes ese honor se lo había concedido el Turco Elías al señor Abraham, hermano del señor Salvador, pero casi arruina la tienda al cambiar todo de lo que allí se vendía por una noche de consuelo de alguna hermosa mujer.

Al señor Salvador Abdala lo recuerdo siempre como lo conocí en mi infancia: detrás del mostrador hecho con tablas sin cepillar, multiplicándose para atender a su clientela, vestido con un pantalón corto de pana gris y una camisa guayabera blanca sin abotonar, por culpa del calor infernal que nos acompaña aún, siempre custodiado por un afiche del doctor Alfonso López Michelsen en plena campaña electoral que está en lo alto de los armarios a pesar de tanto tiempo.

Cuando la atención  a los clientes le daba un suspiro, el señor Salvador Abdala, como buen liberal, buscaba a alguien que le hiciera el favor de escucharle su tesis de por qué “el pollo vallenato” debía ser presidente aunque no llegó a peinarse con la raya del cabello a la derecha para diferenciarse de los militantes de otros partidos. Si por casualidad a su tienda llegaba un conservador, la discusión se ponía interesante y el señor Salvador Abdala sacaba a relucir todas sus armas intelectuales.

La vez que mis padres me mandaron donde él para que me ayudara con una tarea de sociales, me impactó su caligrafía preciosa, de trazos parecidos al de un pentagrama, escribía como si quisiera que la vida se le fuera en cada letra que hacía. Esa tarde me miró por encima de sus gafas veteranas sin dejar de atender a las personas y me dijo una a una las respuestas de mi cuestionario, al final me preguntó que si eso era todo. Le dije que sí y me respondió:”le falta una”. Era verdad. Luego, sin dejar de sacar cuentas sobre el cartón donde antes venían las docenas de cigarrillos Piel Roja dijo que anotara, “Ministra de Comunicaciones: Nohemí Sanín, Conservadora, de Antioquia”. Todo esto lo hacía mientras le vendía un cuarto de panela a la señora Ana, la esposa del señor Cesáreo. Luego me dijo: “Dígale a la señora Rita que ya llegó el petróleo”. La señora Rita es mi abuelita que hace poco falleció y a la que llevo siempre prendida en mi corazón.

Salí de allí sin darle las gracias porque me llamó la atención que el Señor Cesáreo estaba furioso con su esposa que se demoraba con la panela para endulzar el café y la tuvo que ir a buscar a la tienda. En la puerta de la tienda del señor Salvador, el señor Cesáreo le gritó rabioso a su esposa: “Apúrate, carajo, te voy es a dar un al revés con el filo de la mano que vas a caer hecha picadillo allá  en la orilla de la Cieneguita lista para que te coman los puercos”.

En el callejón de los Turcos a la noche el señor Salvador ponía en la puerta de la tienda un mechón sobre un banco en las noches de mala luna para tratar de alumbrarse, pero cuando avanzaba la noche una brisa misteriosa lo apagaba y más tardaba él en entrar a prenderlo que la brisa en apagarlo hasta que se aburría y todo ese sitio quedaba a oscuras y después se escuchaban las quejas de amor a lo largo del negro callejón.

Hace pocos días le pregunté a mi hermana Isyoli por el señor Salvador Abdala, y me dijo que estaba escribiendo un libro donde plasmaba todas sus vivencias e ilusiones. Me parece que es el oficio preciso para él ya que siempre ha tenido en los libros y los periódicos a sus más grandes y leales amigos.

Una mañana de marzo con un primo que tanto admiro, respeto y aprecio, en la finca Batatal bajo uno de los tantos árboles de Guásimos que hay allá, estábamos conversando tratando de buscarle un sentido a nuestras vidas, descifrando la misión que Dios nos había asignado en el mundo, tratando de enderezar las ramas torcidas de nuestros destinos y de reencontrarnos con nosotros mismos, y sin venir a cuento me dijo, claro, conciso y preciso, como todo lo que él hace y dice: “¿tu no crees que el señor Salvador Abdala, es el  turco noble de San Fernando?”.

De eso hace mucho tiempo, y hoy que deseo darle las gracias a ese respetado  y a veces ignorado personaje por hacerme el gran honor de ayudarme a quedarle bien a la seño Amanda con mis tareas de cuarto de primaria y a vislumbrar con su sabiduría un horizonte diferente, me atrevo a pensar que como siempre Donaldo Delgado  Caamaño tiene toda la razón del mundo.

 

Fabio Fernando Meza 

 

Sobre el autor

Fabio Fernando Meza

Fabio Fernando Meza

Folclor y color

Cronista colombiano originario de San Fernando (Santa Ana, Magdalena). En esta columna encontrar textos sobre la música vallenata, su historia y sus protagonistas, así como relatos cortos que han sido premiados a nivel nacional e internacional.

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