Ocio y sociedad

Cotidianidades campesinas

María Ruth Mosquera

07/02/2017 - 01:50

 

 

Los campos del Cesar, La Guajira y de todo el Magdalena Grande, poblados de cultivos transitorios y permanentes, nutridos con la fauna exótica que sobrevive en estas regiones, alojan también a centenares de hombres que han aprendido a convivir con y a través de la naturaleza. A ella le entregan su sudor y esfuerzo y ella se los retribuye con florecientes cosechas de maíz, yuca, plátano y otros alimentos que más tarde pasan a las mesas de la región.

Son hombres laboriosos, habituados a levantarse cuando la madrugada apenas alcanza su mitad para internarse en el monte a labrar la tierra, contentos con lo que hacen porque saben que está bien, de eso está convencido Juan Ortiz, un ‘hombre de monte’ que creció arrancando yuca en el campo de La Guajira.

Bien temprano se para de la cama y, mientras un agradable olor a café hirviendo se riega por el vecindario, él alista su machete, su mochila, sus botas y demás elementos para un día de trabajo.

Sale de su casa antes que amanezca, montado en Lola (Dolores) la fiel compañera de sus faenas desde hace nueve años, con quien ha entablado una relación de amistad tan veraz que por momentos hace dudar de la naturaleza animal de la burra, que ha aprendido a acudir al llamado que de lejos le hace su amo. Mientras se aleja, va gozoso, diciendo en versos que “la mujer y la primavera son dos cosas que se parecen”.

“Yo crecí en el monte, cogiendo café y algodón, haciendo mandados; pa’onde me mandaran, yo me iba”, explica después de picar la tierra para plantar el maíz.

Lanza un suspiro y añade que ya no es como antes, ya no puede adentrarse en los lugares que antes se metía porque no es seguro y es mejor evitar calamidades. Por eso la parcela en la que cultiva es alquilada para pagar con el producto de las cosechas, que le han dejado algo de dinero extra para construirles una casa de material a su mujer y sus hijos. Ya solo le falta el techo y las puertas.

Casi todos los días, cuando el sol está en su cenit, se le oye venir cantando cantos de Carlos Huertas o Luis Enrique Martínez; con algún producto que le ha regalado la tierra y que él le entrega a su familia. Siempre alegre y con una sonrisa para darles a su mujer y sus tres hijos, a los que se esmera por enseñar buenas costumbres, para que sean hombres de bien, así como él.   

Ortiz posee un don especial que sus paisanos están seguros fue un regalo de Dios, aunque a él no le produzca el más mínimo orgullo; simplemente tiene buena memoria y puede recordar eventos con sus fechas y detalles mínimos, lo cual ve normal, sin tener en cuenta los alcances de su habilidad cuando a su casa llegan personas a pedirle ayuda para que él les busque en su memoria cosas que no encuentran en las de ellos.

“Sí, este nueve de abril, el mismo día que cumple años de muerto Jorge Eliécer Gaitán, cumple nueve años de muerto mi compadre Lucho; él murió de una noticia que le dieron que le habían matado a un hijo en Santa Marta; le trajeron la razón y no aguantó. Era miércoles, me acuerdo, yo estaba en mi casa cuando me dijeron. En ese tiempo a los personajes los apreciaban más que ahora”.

Hace el recuento sin interrupciones, sentado en el patio de su casa, rodeado de gatos, perros, chivos y, por supuesto, acompañado por Lola que también entra como una integrante más de la familia. El lugar es adornado por plantas ornamentales que ha sembrado Rosa Quintero, compañera sentimental de Ortiz y dueña –según él- de todo lo que hay en el hogar. “Lo único que yo tengo es el gallo sin peinar que anda por ahí” y señala al animal al que le sentencia una muerte pronta para hacer un sancocho.

Ahí en el patio de su casa contó relatos de muchos funerales ocurridos en el pueblo, a los que él asistió y guardó los detalles en su memoria. De repente y ante el asombro de todos, dio un salto de la risa al llanto con una rapidez que parecía ser un chiste. Se llevó las manos al rostro y lloró como un niño, observado por todos en silencio. Luego se disculpó por la interrupción y explicó: “Es que me acordé de mi pobre mama ahorita, me vino un recuerdo así todo sentimental”.

Ella falleció hace 18 años, “un 14 de septiembre. El papá de ella murió el 31 de agosto del 81, no se me olvida” y sigue añorando el pueblo de antes. “Era muy amigable. Ahora matan y ya no les importa nada, dan el pésame y ya. El pueblo se ha transformado mucho antes cuando se mataba una persona, el pueblo se armaba de la tristeza, de muchos complejos, ya no”.

La historia de amor entre Juan y Rosa es una de las partes más románticas de la vida de este labriego, pues se fueron a vivir juntos al día siguiente de haberse conocido en 1994. Ellos son el testimonio de la existencia del amor a primera vista, las almas gemelas que un día se encontraron y supieron que eran el uno para el otro.

“Nosotros no más fue un día y pa’ otro. Nos conocimos, hablamos y nos enredamos. Eso no tiene nada; yo he visto gente que ha durado 20 años de amorío y se casan pa’ separase al día siguiente. Nos conocimos y al día siguiente ya estábamos embarrados como el bollo”. Ella asiente y confiesa que se dejó seducir por el porte de Juan, sus ojos claros y la franqueza con la que le habló. “Si ella cuando me agarró no me quería soltar”.

Tienen tres hijos y han vivido vidas felices juntos, en un extremo de Villanueva, de donde dice no saldrá jamás porque ama el pueblo y lo que le ha enseñado a ser: Un campesino laborioso que conoce no solamente las fórmulas de la agricultura y los secretos de una vida tranquila y bonita, sin que haya en ella abundancia de posesiones materiales. “Uno no necesita tanto parapeto pa’ vivir bien”.

 

María Ruth Mosquera

@Sherowiya

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