Ocio y sociedad

El hombre que dice ser Allah en el Novalito

Johari Gautier Carmona

14/08/2012 - 12:13

 

No todos los días uno tiene la suerte de toparse con Allah. Aunque pueda parecer extraño, el dios de los musulmanes reside de momento –y durante un tiempo indefinido– en la ciudad de los mangos para poner en práctica su gran proyecto.

Tras un saludo reverencioso de las manos al estilo hindú, el hombre se presenta: “Soy el hijo de Dios, su representante en el planeta”. Su mirada penetrante y el tono claro de su voz infunden solemnidad en el local comercial en el que me ubico.

Sin poner en duda su identidad, agarro una silla y me siento ante él. Las revelaciones más inesperadas –sobre todo las de carácter divino– merecen que les dediquemos un tiempo sustancial de nuestro día, aunque sea para llenarse de inquietudes.

Con total naturalidad, le pregunto por qué se encuentra en Valledupar. “¿Qué haces aquí?”. Tutear a Dios me parece durante un segundo algo extraño –quizás un poco osado–  pero él me responde con esa parsimonia y ese aplomo que dejan entrever misericordia y paciencia. No será la primera vez que algún desventurado le hace esa pregunta.

“He venido a cumplir mi proyecto –expone tan tranquilo–: voy a reunir a todos los musulmanes del mundo aquí, en Valledupar”.

La tarea puede parecer extraordinaria. Descomunal. Por no decir desequilibrada. Pero ante la duda, y la expectativa de mayor información, decido conservar un tono neutro. Estar en presencia del hijo de Dios me invita a reflexionar sobre el propósito de su presencia: ¿Por qué esta ciudad?

Valledupar es el paraíso en la tierra. Ésa es su respuesta. El anuncio es digno de los mejores catálogos de turismo, pero, pronunciado por el representante de Dios, adopta una dimensión distinta: algo apocalíptica.

Luego, me explica su recorrido con detalles. Nacido físicamente en Bogotá con el nombre de Oscar Guillermo, volvió a nacer –esta vez espiritualmente– en Cali. Y en un viaje misterioso, que el hombre no acaba de aclarar, llega a Valledupar.

Aquí descubre la esencia de la tierra prometida, pero en suelo americano. El Dorado espiritual que Allah justifica con una fórmula extraña: Valledupar es la abreviación de “Valle-DU-PAR” o Valle del Dios Universal (DU) y de la dualidad de cada uno (Par).

Algunos lectores etiquetarán los comentarios de mi entrevistado de iluminados o absurdos, pero no se olviden que hace dos mil años, cuando llegó Jesucristo a estos lares, él fue el primero en ser tachado de loco. Multiplicar los panes parecía algo tan inconcebible como volar o resucitar.

Pero no nos apartemos del asunto que aquí nos interesa. Mi entrevistado –el Dios de los musulmanes– me habla de la salvación que, según él, se obtiene a través de una alimentación rigurosamente vegetariana y variada. “Cuidando el templo que Dios nos ha dado [el cuerpo] –explica–, se consigue la purificación y la salvación”.

Ese comentario me hace pensar irremediablemente en mi esposa que lleva más de un año comiendo vegetales. Ella, siempre pendiente de lo mejor para el cuerpo, y yo, sin embargo, persisto en cavar mi tumba atiborrándome por la mañana con las empanadas de pollo y la noche con los platos que alegran la carta de Mister Beef.

Allah tiene en su mano derecha un bastón robusto de madera antigua que no suelta en ningún momento. Le pregunto para qué sirve y, con la misma compostura de siempre, me contesta algo que no deja de sorprenderme: “Es el mando del mundo”.

Luego, me enseña su mano y veo que, pese a todos los esfuerzos de una vida, sigue teniendo la palma tan lisa como la de un bebé y las uñas limpias.

¿Cómo hará este hombre para caminar todo el día con un palo a costas, vender fruta bajo cuarenta grados y tener las manos tan suaves como las un niño de 3 años? La duda me avasalla pero no manifiesto nada.

Prefiero preguntarle acerca de Colombia. Si efectivamente se trata del Dios de los musulmanes, quiero saber lo que opina del mundo actual. ¿Está yendo Colombia por el buen camino con la firma del TLC, la explotación minera y la violencia de los grupos armados?

Me devuelve otra pregunta: “¿Por qué te crees que estoy aquí? ¡Pues porque está yendo todo muy mal en Colombia!”. Pueden parecer palabras agresivas, pero Allah las pronunció con total asertividad, siempre seguro del resultado final.

Y cuando ya no esperaba más explicaciones, añade un comentario que me permite entender la dificultad de su proyecto: “Hay que empezar por algún lado –comenta con una sonrisa–. Todo el mundo está mal y la ONU es la causa de los principales problemas. ¡Es la lanza del diablo! Con tantas naciones, es imposible que alguien se entienda…”

Antes de despedirme con un saludo triangular de las manos, miro una última vez el rostro de Dios, le pido el permiso de tomarle una foto, y me quedo con el recuerdo de haber compartido durante media hora las preocupaciones de Allah en la tierra.

Johari Gautier Carmona

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