Ocio y sociedad

En tiempos de escasez cualquier honorario es bueno

Alfonso Osorio

23/10/2018 - 01:30

 

En tiempos de escasez cualquier honorario es bueno
Plaza de Bolívar en Valencia (Venezuela) / Foto: I am Venezuela

Siempre le hago el quite a discusiones que tengan que ver con economía, sobretodo en esta época, por simple salud: comienza uno hablando como rico, continúa ofuscado, se detiene peleado y termina más confundido que antes. Con el agregado que, las palabras o frases que identifican esa materia como Crisis, ajustarse el cinturón, reajustar el presupuesto, inflación, desabastecimiento…, siempre las digerí como apocalípticas o asociadas al mundo de la tacañería.

Lo que sí no tengo vedado, por moderada vocación comunicacional, y con despilfarro, es transparentar los efectos folclóricos que producen un día cualquiera los célebres vaivenes económicos.

Hace unos días, dentro de mí habitual agenda, o mejor dicho, mi ritual agenda, esa que me conduce cada día a mi oficina, me desvié unos pocos metros para pasar por el negocio de uno de mis clientes quien me adeudaba unos honorarios por los servicios de unos trámites administrativos. Apenas llegué a la acera de enfrente me distinguió, dio la espalda y penetró apresurado al fondo de su local. Me sorprendió su movimiento, sin embargo, arropado de paciencia esperé afuera a que saliera de nuevo. Regresó a los pocos minutos sosteniendo unos pequeños paquetes por los aires con ambas manos, como quien exhibe una valiosa presa de experto cazador. Me los extendió con cortesía, mientras drenaba una sonrisa y un gesto de alivio.

––Esto es lo que hay ––me dijo con autoridad de fiel pagador––. Tú sabes lo difícil que es conseguir efectivo.

Con la avidez y curiosidad natural del jurisconsulto que tiene en su poder un nuevo expediente, observé la entrega y descubrí que el trofeo era nada menos que medio kilo de café, un kilo de azúcar y un kilo de arroz. Sin protocolo, sin palabras, y simulando para que no notara que yo estaba más aliviado que él, encaleté dichas provisiones en uno de los compartimientos de mi portafolio. Esos maletines en la actualidad se han convertido en unas alacenas ambulantes como alternativa al alto costo de las bolsas, que muchas  veces superan el valor del producto que se adquiere

Retomé la marcha hacia mi destino que apenas quedaba a seis cuadras de allí. Debo aclarar que, hasta ese momento, víctima obligada de un transporte público más invisible que precario, ya había recorrido a pie veintinueve cuadras desde mi casa. Pero ése no era el problema, ya eso era rutina, sino, porque tenía medio cuerpo acoquinado por los estragos de un repelente cayo en el pie izquierdo, de los que no respetan convicciones estoicas. Pero, total, ya iba a llegar a mi bufete de ensueño, y podría mitigar un poco la tortura.

Estoy hablando del viernes 29 de septiembre del 2018. Saco a colación esta fecha, por ser el día en que se sustanció esta crónica, con su episodio mayúsculo: el día en que invadieron mi oficina.

Sí, así como suena. Las cuarenta y cinco bancas metálicas, donde en una de ellas improviso todos los días mi escritorio jurídico, ubicadas en la céntrica hectárea de terreno donde se levanta la centenaria Plaza Bolívar de la ciudad de Valencia, República Bolivariana de Venezuela, estaban colapsadas desde bien temprano por una multitud de todas las edades, intrigadas por el rumor de que en la zona iban a expender comida a precios regulados. La tal suposición era comprensible por el abrupto cambio de imagen que sufrió la Plaza de la noche a la mañana. Yo, por mi parte, especulé que se trataba de esos operativos gubernamentales para inscribir o registrar programas sociales, que semanalmente nos tienen acostumbrados. Lo extraño era que, las colas, que no sólo son el pan nuestro de cada día, sino la merienda y el postre para este tipo de casos, no se veía por ningún lado, salvo las cotidianas que están a las puertas de los dos Bancos que están en extremos opuestos de la plaza.  

A las 9 de la mañana se despejó el dilema. Por fuentes oficiales, nos enteramos que la Alcaldía del Municipio Valencia, sin los bombos y platillos para la ocasión, la noche anterior, hizo levantar una tarima monumental al costado norte de la Plaza Bolívar, así como también varios toldos y carpas a su alrededor, que servirían de stands, para un evento que esta vez promocionaron como ExpoValencia 2018, Por el Rescate del Casco Central. La inauguración estaba pautada para las 11 de la mañana de ese mismo día y se alargaría para los siguientes 3 días. Una señora de mediana edad al enterarse de la Feria, mientras bostezaba de fastidio lanzó una exclamación de político en campaña: “Con razón, es la única forma para que puedan recoger la basura”.

La determinación de trasladar mis nuevas oficinas en plena Plaza Bolívar, fue hace diez meses de manera fortuita. Un día, en que la atravesaba en diagonal, una conocida mía con aspecto de indigente, pero también con síntomas visibles de talento artístico, que lo demuestra rebuscándose con su violín por esos alrededores como juglaresca moderna, me abordó para plantearme un conflicto intra-familiar. Ceci, como le llamamos, mas tarde me recomendó a otro cliente y este me presentó a otro, en fin, cuando vine a ver ya estaba  anclado en la Plaza, sin cadenas, sin apremios, sin trasteos y a cielo abierto; frente al Monolito de mármol, donde se erige la Estatua de bronce de nuestro Libertador Simón Bolívar, y a un costado de la Curia y Catedral, como barco estrenando puerto.

Por esos días, huyéndole a un posible contagio de claustrofobia inducida, entregué mi anterior bufete que compartía con dos colegas más, porque el ascensor del tradicional edifico donde estábamos ya iba a cumplir un año que se había dañado y no hubo forma de repararlo. Como el despacho nos quedaba en el piso once, los pocos y temerarios clientes que se atrevían a subir, no eran más que normales cobradores.

Sin aspaviento lo digo, si hubo una elección más certera en el último cuarto de siglo, de mi parte, fue haberme mudado a la Plaza Bolívar. A pesar que más de una vez más, llámese, paloma, ardillita o pájaro, con sus cagadas me arruinaron algún documento, y cambió radicalmente el estatus de mi clientela; desde el primer día de mi posesión, la disciplina cotidiana y hasta la perspectiva de enfocar el Derecho, cambió. Esta profesión empecé a diagnosticarla viendo de manera directa la carne y hueso del humanismo y de los preceptos que la sostienen.

Los potenciales clientes que esta vez se sumaron en cambote a mi consultorio fueron: vendedores ambulantes, discapacitados, prostitutas, enfermos crónicos, limosneros, músicos y cultores populares, predicadores evangélicos, pensionados jubilados… y hasta viciosos y timadores, pero eso sí, todos reconociendo el mea culpa, pero con la frente en alto.

A las 7 de la mañana, antes que me haga correr el sol para otra banca, pernocto en el mismo sitio al que llegué el primer día. Lo adopté como amuleto premonitorio: en el costado norte de la plaza hay una antigua tarima permanente de mármol, imitando a un antiguo proscenio, en cuyo semicírculo hay unas placas redondas de bronce encarnando a ciertos personajes de la ciudad. Detrás de éste, hay una con figura de mujer sin identificar, con una leyenda que la tomé como una condecoración, no sé si merecida, pero sí a la medida de mi peregrinaje, que dice: “La gloria te señaló este sitio”.

Quiero resaltar dentro de esa selecta clientela, a una legión de compatriotas colombianos, casi todos de la tercera edad, con más de cuarenta años en Venezuela, que desde el primer día que arribaron a estas tierras perdieron todo rastro y contacto afectivo con sus familiares cercanos, que se quedaron esperando en sus respectivos hogares a que se reportaran mas temprano que tarde, señales de vida, que nunca llegaron.

Hoy solo son unas burbujas solitarias que se mueven desde sus habitaciones alquiladas donde habitan, hasta la Plaza Bolívar, y de ésta, a sus habitaciones, buscando quien sabe si distracción o consuelo, beneficio que solo obtienen una vez al mes cuando cobran sus pensiones, que la tratan de rendir a cuenta gotas con una calculadora en sus manos para que no se les pulverice el mismo día de pago. No cotizaron siquiera una semana en los Seguros Sociales de Venezuela, pero un decreto del Ejecutivo les dio el derecho a una pensión vitalicia. Otros, sí lo hicieron, pero en Colombia, ignorando que existía un proceso administrativo para devolver esos aportes a quienes no podían seguir cotizando. Con la complicidad solidaria y altruista de mi hermana Emilce, abogada, quien vive en Barranquilla y el concurso mío para incentivarlos, creamos un canal de diligencias salvavidas para que le lleguen, aparte de esos recursos monetarios sin tropiezos, otros servicios sociales.

Lo que al principio empezó funcionando como escritorio para asesoría y procesos legales, en pocas semanas se transformó en un banco asistencial de ayudas sociales, ya que las solicitudes de esa feligresía eran tan urgentes, explicitas y conmovedoras, que no hubo mas remedio que alternar el oficio jurídico con el de noble caridad. Y por qué no decirlo, en más de una ocasión me ha tocado ejercer el oficio de aplacar apremios y afrentas sentimentales, a lo Florentino Ariza en el Portal de los Escribanos.

En todas esas andaba, y de paso, sin poderme sentar, cuando se me dio por mirar el reloj de la Catedral que me indicaba que iban hacer las 10 y media. El ruido volcánico que salía de un aparato de sonido que habían instalado en la tarima no me dejó escuchar las campanadas. Los viernes las oficinas públicas trabajan solo hasta el mediodía. Apresurado me dirigí en dirección Oeste, donde señala la mano levantada de la Estatua del Libertador, o sea a Campo Carabobo, donde se selló la Batalla del mismo nombre. Pero por supuesto, yo no me dirigía hacia allí, sino al Registro Principal que quedaba a cinco cuadras. Me ahorré de caminar dos, bastó una mirada al horizonte de vigía tuerto, para comprender que era imposible ganarle la batalla a un nudo de cola, que no se sabía sí era la del Registro Principal, Insalud, o la Notaria Publica Tercera, distanciadas la una de la otra a unos ochenta metros. Giré entonces para ganarle al tiempo, con rumbo sur, hacia el Palacio de Justicia aumentando el paso que ya empezaba a cojear. No lo tengo precisado, pero donde estaba hasta allá, hay unas 15 cuadras.

Para entrar a las instalaciones del Palacio de Justicia se forman tres colas: una para visitantes o público en general, otra para los que tienen asuntos pendientes con la justicia, y la otra para los profesionales del derecho. La cola de estos últimos siempre es la mas corta, pero esta vez estaba tan larga como las dos restantes. La explicación me la dieron al avanzar unos metros cundo vi un aviso pegado en una columna que decía: Disculpen el inconveniente, pero hoy no hay sistema.

Había ido a los tribunales a consignar un oficio rezagado y a pagar unos pequeños aranceles por el mismo procedimiento. Le hice entrega del documento a la secretaria, pero me advirtió que le faltaba el sello de visado. Revisé los dos bolsillos externos del portafolio, donde siempre guardo el sello portátil con el número del Inpre-Abogado-tarjeta profesional- y no lo encontré. Supuse, que por error lo había colocado en el bolsillo principal. Para no entorpecer las labores en el despacho, me fui a otro escritorio que estaba desocupado para seguir buscándolo con cuidado. Para ello me vi obligado sacar el bendecido mini mercado de la paga y colocarlo sobre el escritorio. En efecto, aprisionado por los víveres, hallé el sello en el fondo del maletín, justo en el momento en que salía de su despacho la Juez, una mujer joven vestida con atuendos deportivos. Con mirada picaresca sobre el escritorio y sonrisa de casta, que no sé si interpretarlo como broma o compasión, a bocajarro me dijo:

––Tranquilo, puede cancelar también en especie.

Quise responderle que eso era imposible, porque esa era la prueba reina de una demanda por alimentación, pero la vergüenza académica que sentí al profanar la memoria de aquel recinto me amordazó por completo.

Estaba bajando las escalinatas del Palacio de Justicia, en retirada a mi casa, cundo subía el Negro Chourio, un robusto colega Zuliano, a pesar de que esta vez lo encontré mas delgado, con unos 2 metros de estatura, y que siempre va vestido con traje de etiqueta como el color de su piel. Tenía más de un año que no lo veía. Lo invité a que se devolviera para tomarnos un café en uno de esos tantos puestos de vendedores ambulantes que pululan por los lados del Palacio de Justicia.

Fue propicio el reencuentro para hablar de todo un poco, entre otras cosas, el de los honorarios, con sus últimos pormenores.

––Noo, pana ––me dijo con aliento de resignación––. Si tengo meses que estoy cobrando es con comida y no me ha ido tan mal.

––Precisamente ––recalcó––. Acabo de lanzarme al hombro un bulto de aguacate, como anticipo de los honorarios que me pagó un cliente por un Titulo Supletorio de una parcela que le estoy evacuando.

––Y no es eso ––concluyó–– que me tocó caminar con el bulto en el hombro como 20 cuadras, porque el taxi me estaba cobrando una fortuna.

No se había disipado la carcajada que me salió de solo imaginar al Negro Chourio en vestido entero con un bulto de aguacates encima, cuando sentí una bofetada de emoción que me transportó a un rescoldo de nostalgia juvenil. A lo lejos, tal vez de un puesto de ventas de discos piratas, pude escuchar bien clara, después de tanto tiempo, la canción, Una Flor Para Mascar, del nadaista Pablus Gallinazus, pero esta vez en la versión tropical de Billo´s Caracas Boys. No tomé esta casualidad como sorpresa o asombro, sino como un oportuno callicida que enseguida utilicé para tararear mientras decidía en que medios de transporte me iba para mi casa, el “sencillo estribillo que una vez aprendí “y yo camino…y no termino, seré yo así o es que el camino no tiene fin”.

 

Alfonso Osorio 

ponchosorio@gmail.com 

1 Comentarios


Emilce 23-10-2018 01:38 PM

Excelente. Muy ameno y real.

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