Ocio y sociedad

Una breve historia del Saludo

Domingo Peña Nina

20/11/2018 - 07:25

 

Una breve historia del Saludo

La palabra “Saludo” deriva del verbo saludar y éste, a su vez, viene del latín salutare (desear salud, decir salud, hacer a alguien cumplimientos cuando nos encontramos con él, presentar nuestros respetos a alguien, saludar).

No existe un acuerdo unánime sobre cuál es el origen del saludo.  Pero la mayoría de los estudiosos del tema concuerdan en que inicialmente se trató de una intención de demostrar a la persona con quien alguien se cruzaba que no se tenía ninguna intención de agredirla o pelear con ella. De ahí la costumbre de levantar el brazo derecho con la palma de la mano abierta, para evidenciar que no se cargaba en la misma ninguna arma oculta, y para demostrar que se deseaba mantener una relación cordial de amistad. Así ofrecían una declaración de no agresión y acercamiento. Esta bella forma de saludar sufrió una alteración trascendente en su significado cuando fue adoptada por los nazis como forma de jurar lealtad a su líder.

Se dice que la costumbre de estrechar las manos proviene de las tribus primitivas, pero antiguos jeroglíficos egipcios atestiguan que esta era una forma utilizada cuando se hacía un pacto entre dos o más hombres. También de los egipcios se adoptó el gesto de saludar inclinando el cuerpo y bajando una mano hasta la rodilla en señal de respeto. En el siglo XVII se adoptó la costumbre de besar la mano a las señoras.

En el siglo XIX se introdujo una forma peculiar de saludar a un superior. La misma consistió en inclinar la parte superior del cuerpo hasta formar un ángulo recto con la inferior. Posteriormente, se sustituyó este hábito por hacer una reverencia con la cabeza tras una breve inclinación, y más adelante, se consideró suficiente descubrirse quitándose el sombrero.

Pero independientemente de las razones que se tengan, el saludo es considerado una fórmula de cortesía y demostración de amabilidad y afecto. Contrariamente, no contestar un saludo es visto como falta de delicadeza y mala educación, aunque también puede demostrar enfado e irritación hacia la persona que saluda.

Los judíos agregaron el abrazo siguiendo al apretón de manos.

En el siglo VI, se añadió al saludo el beso en una o las dos mejillas como expresión de cariño entre personas adultas. Esta muestra de afecto se extendió rápidamente desde Europa al resto del mundo. Sin embargo, durante la Revolución Industrial se censuró al beso en las mejillas de forma pública, quedando reducido al ámbito privado. La gente no podía besarse en la calle. A las damas se las besaba la mano, pues era un atrevimiento besarles en la cara.

Simultáneamente se adoptó como costumbre besar la mano de las personas con mayor nivel social, como los cardenales, obispos, etc., en señal de respeto. Y cuando la persona que se tenía por delante era de gran relevancia, como por ejemplo un rey, la costumbre era besar el suelo.

En la actualidad, los europeos mantienen la costumbre de dar dos besos al saludar a un conocido o tras una presentación. En Latinoamérica se practica dar un solo beso en la mejilla. Los orientales no son dados a esta forma de saludo, y los norteamericanos la utilizan, pero con discreta moderación.

Hasta bien entrado el siglo XX en ciertas partes del Caribe y Latinoamerica era costumbre generalizada, como saludo de encuentro o despedida a los padrinos, padres y demás ascendentes realizar una reverencia hasta tocar el suelo con una de las rodillas, besarle la mano y pedir su bendición. Todavía es posible observar este bello hábito en el medio rural.

La modernidad ha traído cambios, sobre todo por la competencia, los recelos y la desconfianza. Ya la tendencia es saludar utilizando únicamente la misma palabra: saludos, sin acompañarla de ningún gesto adicional. Solo cuando se está seguro de la sinceridad de la otra persona se le da un apretón de manos mirándole a los ojos, seguido de un fuerte abrazo, que a veces se extiende por un buen rato, sobre todo cuando las personas tenían mucho tiempo sin verse.

El hábito de descubrirse la cabeza se sigue manteniendo en el medio rural y muy de cuando en vez es posible observarlo en la ciudad en hombres que no ocultan su origen campestre.

Otro saludo que no debemos dejar perder es el que debemos a nuestros símbolos patrios. Ya son muy pocos los que se detienen al escuchar el himno nacional o durante el izamiento de la bandera. Y entre los que sí se detienen no es uniforme la forma de realizar el saludo. Mientras algunos hacen el saludo militar, otros tocan con la palma de su mano derecha el pecho, a la altura del corazón.

Creo, que por la forma en que una persona saluda, cuando lo hace, es posible conocer su grado de educación doméstica. Así como se puede ser un técnico con una pobre cultura, es posible ser un profesional, siendo un patán.

 

Domingo Peña Nina

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