Ocio y sociedad

El Café en la sociedad colombiana, según el historiador Luis Eduardo Nieto

Gonzalo Cataño

04/02/2019 - 03:25

 

El Café en la sociedad colombiana, según el historiador Luis Eduardo Nieto
Campaña publicitaria de la denominación geográfica Café de Colombia

El tabaco, la quina y el añil fueron el primer esfuerzo por crear una dinámica nacional, pero solo incluyeron zonas muy reducidas del país y no sobrevivieron mucho tiempo. El tabaco se localizó en la Costa, en el Valle del Cauca y en Ambalema sobre el río Magdalena, y la quina y el añil, de carácter extractivo, se esfumaron con la misma prontitud con la que se había anunciado su aurora.

Con el café ocurrió algo diferente. Nunca desapareció ni retrocedió; siempre estuvo en franca expansión. En las vertientes halló un hábitat propicio y en la población que las habitaba, la mano de obra que requería su explotación. Era un producto para el consumo nacional y para el comercio internacional y, al afirmarse, florecieron los caminos, los ferrocarriles, las carreteras, los fondeaderos sobre los ríos y los puertos marítimos sobre el Atlántico y el Pacífico.

Detrás de todo esto vino la formación y expansión del mercado interno. La producción del interior se relacionó con la producción de la Costa, y la tierra fría intercambió sus mercancías con las de los climas cálidos y templados. El cultivo del café amplió, además, la capacidad de consumo y, tras ello, la industria y la actividad urbana. Aumentó el número de heredades y se democratizó la propiedad. El colono que llegaba a las deshabitadas tierras de las vertientes y descuajaba la selva con su familia, legitimaba la alquería recién abierta mediante el trabajo y la ocupación. Esto produjo una clase media rural de pequeños propietarios con ideologías de afirmación e independencia personales ajenas a la mentalidad feudal. Mientras que en otros países de América Latina “fue necesario eliminar el feudalismo mediante reformas agrarias leves o fundamentales”, en Colombia no hubo necesidad de emprender transformaciones radicales del agro. El café estimuló estos cambios de manera natural y sin mayores traumatismos.

La exportación del café fomentó las importaciones, acrecentó la industria y multiplicó el comercio de mercancías de las fábricas recién fundadas. En el mundo rural extendió el trabajo y la cultura del salario en hombres y mujeres dedicados al cuidado de la cosecha, a la recolección del grano y a su laborioso procesamiento en las trilladoras. Aceleró, igualmente, el número de trabajadores encargados de conducir, almacenar, cargar y descargar la producción por la estrujada geografía nacional hasta su destino final.

Una vez registró los anteriores procesos de gran alcance, el filósofo e historiador Luis Eduardo Nieto enseñó sus consecuencias en la política y la cultura. Estableciendo correlaciones no siempre persuasivas, y algunas francamente espurias. Afirmó que los cafetales trajeron la estabilidad política y económica. Antes de su irrupción todo era experimentación, precariedad y contingencia. Las esperanzas depositadas en los frágiles y huidizos productos del comercio internacional del siglo XIX –tabaco, quina y añil– se desvanecieron a los pocos años y la pobreza nutrió las conductas movedizas, la inquietud y el desorden. Las guerras civiles –apuntó– brotaron en las regiones más pobres. La penuria produjo la anarquía política y el huracán desatado en las provincias paupérrimas destruyó las pocas “islas de fecunda actividad económica que había en la nación”.

Pero llegó el café y con él la mayoría de edad. La seriedad y la firmeza manejaron los asuntos económicos. El grano de café acompañó el amanecer del siglo XX y liquidó la confusión, el desorden y las contiendas armadas de los años anteriores. Trajo la paz, la seguridad y la riqueza. Al asentarse en las regiones de mayor densidad demográfica, la vertiente andina, llevó el progreso a todo el país. A diferencia del pasado, no fue un fenómeno de zonas aisladas rodeadas de provincias pobres e inestables. Su fundamento social, la clase media rural, exigió orden para el desarrollo pacífico de sus actividades y subrayó las funciones ancestrales del Estado: seguridad y protección. Era la estabilidad económica suscitando la solidez política.

Luis Eduardo Nieto subrayó el papel de los sectores medios y los contrastó con la estratificación social del período colonial y del siglo XIX. Eran lo opuesto al viejo latifundista descendiente de familias que se habían adjudicado orígenes aristocráticos. Para estos “la sangre y no el dinero era el valor fundamental para la vida social”. Sus antepasados vivieron del trabajo indígena y de la explotación de los esclavos traídos de África. Eran ausentistas, de vida ociosa y contemplativa, muy dados a denigrar del trabajo manual. “Un grupo social reaccionario afiliado al partido conservador”, incapaz de explotar racionalmente sus haciendas. Pero el Café, según Nieto, vinculado a la pequeña propiedad adquirida mediante el cultivo directo de la tierra, rompió con esta estructura y creó “el propietario territorial liberal”. Sus miembros afirmaron el trabajo independiente, creador y fecundo. Con tesón promovieron la tolerancia y la creación de movimientos políticos, como el Republicanismo de Carlos E. Restrepo, dirigidos a borrar las divergencias que dilapidaban la riqueza de la nación. Muy propenso a la conclusión apresurada, declaró: De la infancia a la edad madura, del desorden a la estabilidad, de la anárquica subjetividad a la mesurada y fría objetividad, hé ahí las transformaciones históricas que el café produce en Colombia. Los pequeños productores, los propietarios que han cultivado ellos mismos la tierra, han triunfado. La paz y la tranquilidad reinan en Colombia (Nieto, 1958, 45).

Era el año de 1948 y no se daba cuenta de la violencia rural que azotaba el país y que se aceleraría con la llegada de Laureano Gómez al poder en 1950, de la cual Nieto sería víctima. Un analista extranjero señaló: Como si se tratara de una maldición, una violencia aterradora arrasó el país. Las libertades civiles murieron y los partidos de oposición fueron silenciados: bandas de campesinos libraron batallas campales con el ejército y la policía; refugiados aterrorizados invadieron por miles las ciudades despoblando el campo [y] las cárceles se llenaron de presos políticos (Fluharty, 1981, 9-10).

 

Gonzalo Cataño

Universidad Externado de Colombia

Acerca de esta publicación: El artículo titulado “ El Café en la sociedad colombiana, según el historiador Luis Eduardo Nieto ”, de Gonzalo Cataño, corresponde a un extracto del ensayo académico “ El café en la sociedad colombiana ” del mismo autor, en el que se analizan las ideas del historiador barranquillero Luis Eduardo Nieto (1913-1956).

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