Ocio y sociedad

La Clavicembelada de Garcés

Alberto Muñoz Peñaloza

25/06/2019 - 05:40

 

La Clavicembelada de Garcés
Clavicémbalo / Foto: Raúl Martín Sevillano

Era el mes de septiembre de 1985, recién transcurridas las festividades de la Virgen de las Marcedes, patrona de los reclusos, centro de atención espiritual de los patillaros. Fredy Molina le cantó durante su estancia terrenal: ojalá la vieran, como vive indiferente, dile que me quiera, oh Virgen de las Mercedes. Para entonces, en la finalización del mes, frecuentaban los calores como siempre y los aguaceros con tormentas eléctricas a tutiplén.

Aquella tarde, salimos del penal, sobre las seis y, a pedido de don Focion Bustamante, nos banqueteamos en la tienda del cachaco, ubicada en la esquina frente al hidrante que sigue situado debajo de la garita uno. Luego del ritual del Busta, o sea su ingesta del consabido pudín, matrimonio que llaman, y una kola, arribó Alvaro Garcés Sánchez, feliz porque era viernes y sediento -como el que más- de una Águila… ¡bien fría!

Después de un breve balance de la semana, actualizándolo respecto de la nueva ‘entrada’ del sarquito y él refiriéndose al aumento de peso, de un gramo, que lo inquietaba por la necesaria suspensión, más adelante, de la cerveza, nos ocupamos de las bondades de la chicha de maíz “cortada” con batata. En esto, don Focion fue experto toda la vida dada su solvencia gastronómica nutrida en la riqueza de la cocina tradicional de Chimichagua y sus alrededores, enriquecida por la interculturalidad.

Se presentó el primer amago de discusión cuando Alvaro pretendió comparar victorioso él champús caleño con la chicha, al decir de don Focion ‘un clásico de vieja data’. Para ganar con goleada el hombre de Chimichagua planteó la comparación entre el bocachico en viuda con la sobre barriga apanada del Valle del azúcar. Menos acuerdo fue posible cuando Garcés, se “abalanzó” con los aborrajados, el hermano de Pompilio le salió con las cocadas de coco y panela que famosearon, en toda la rivera del Cesar y el Magdalena, a la Ruca, mamá de Dolofantel, que tan buenas eran, como que nadie se arriesgaba a comerse el último pedacito porque muchos perdieron la corona del índice dada la voracidad del mordisco “ante aquella sabrosura descomunal”. Con efusivo cambio de tema se instaló la entonación amigable de algunas coplas de la candela viva, fuente inagotable de la tradición cultural, oral e inmaterial, de la tierra de la piragua de Guillermo Cubillos, el canto solemne del maestro José Benito Barros.

La música culta

Retornados a terreno neutral, los ‘llevé’ con la palabra a la columna de Manuel Drezner en El Espectador. Los tres sabíamos de quién se trataba: “Durante más de 60 años Manuel Drezner ha escrito ensayo, columnas y libros en relación a la música. Uno de sus grandes gustos es el cine ya que tiene una colección de 10.000 películas clásicas. Tuvo la oportunidad de conocer a grandes personajes como Guillermo Cano, Gabriel García Marques, Fernando Gómez Agudelo entre otros”.

En ese tiempo la sección Preguntas y respuestas, a su cargo en el diario capitalino, y la información cultural de nivel alto, representaban una oportunidad formativa. Les manifesté que me llamaba la atención la información relacionada con conciertos en instrumentos, como el chelo, la viola, entre otros, de los cuales siempre daba cuenta por su realización en Bogotá y en otras partes del mundo. Hoy, por ejemplo -puntualicé-, se refirió al concierto de esta noche en el teatro Colon, con la participación de un clavicembalista y clavecinista. Cuál será la diferencia, pregunté, y finalicé invitándolos a colaborarme, si sabían, indicándome qué instrumento era el clavicémbalo.

Después de un silencio crudo, intenso, postrero y menticolado por el sudor a chorros que la angustiante pregunta produjo al instante. Don Focion, instaló sus manos en las rodillas como señal de impotencia, pero Alvaro, en tono sarcástico, amenazador y con suficiencia de experto, ‘disertó’: “qué desastre, cómo duele que amigos que uno quiere sigan sumidos en la incivilizacion, la ignorancia es una limitación mayor señores. El que no sabe es como el que no ve. Lo que pasa es que ustedes metidos aquí en Valledupar solo hablan y oyen hablar de yuca, queque, ahuyama y a veces, a veces, de cañandonga. Nada más conocen los instrumentos del conjunto Vallenato. Busquen la cultura, untense de las bellas artes. No salen de los avisos de Garay y del mono Fritz. ¡Qué dolor!”.

“Cálmate, Álvaro”, le dijo don Focion con voz resignada, “el hecho de tú saber no te da derecho a insultarlo a uno. Yo viví más de veinte años en Bogotá, trabajé en Operaciones de Avianca, el señor Director estudió en Barranquilla, eche nosotros no somos ningunos corronchos… Cuéntanos del clavicembalo, ¿cómo es la cosa?

Garcés apuró con un trago sostenido la “fría” entre manos y con maestría de concertista, entró en detalle: el clavicembalo es un instrumento sutil, sonoro, amigable, sus acordes lubrican el buen gusto y acarician el alma. Lo conozco muy bien, mi abuelo fue un ‘virtuoso’ del clavicembalo. Mis recuerdos me señalan que mi abuelo lo tocaba bien temprano, por la tarde y más allá del atardecer. Siempre tuvo varios clavicémbalos”.

Hasta el final de la jornada, todo el tiempo, Garcés hizo uso de la palabra, nos contó de la sensibilidad de su abuelo, un hombre culto que hablaba muy bajo, como los maestros de la música, fiel a su talante de hombre cultisimo. Se convino continuar nuestro ‘proceso formativo’ con intensidad. Emocionados nos despedimos y al siguiente día continuó la “cátedra musical” de Garcés.

La fuerza de la verdad

Sin parar un solo día nos encontramos cada noche, desde el domingo hasta el viernes. Cada vez, Alvaro compartía más detalles de la calidad humana de su abuelo, ahondaba en la capacidad interpretativa y “su vastísimo conocimiento de la música colombiana a pesas de ocuparse poco de ella, porque “abuelito” se dedicaba siempre a la música de los grandes: Beethoven, Mozart, Igor Stravinski, Chaikovski…él permanecía ocupado en estudio y la interpretación musical”.

La emoción de don Focion, evidente desde el primer momento, se erosionó sin remedio por un comentario suelto de Alvaro, quien seguía compartiéndonos de las fortalezas y destrezas de su muy querido abuelo. Planteó que una de las cosas que, en su opinión, le servían al abuelo era que no ingería grasa animal ni mucho menos frutas ‘ordinarias’. “A él lo dominan las frambuesas, los albaricoques, las uvas y las naranjas españolas. Las de Chimichagua, como las que me diste la vez pasada que fui a Cali le producen alergia. No es hombre de mucho trago pero cuando quiere ‘entonarse’, solo toma jugo de piña con una semana de fermentación. Ahi si se emociona y toca la pollera colora’ con el clavicembalo”.

Ese dato último despertó la desconfianza en el Busta, quien me dijo al despedirnos, lejos de Alvarito: “ta’ grave la vaina, a usted no le parece extraño que un músico de cámara tan culto, como Garcés dice que es el abuelo, se emborrache con guandolo, extrañísimo… Mañana lo confrontamos”. Llegué pensativo a casa, esa misma noche saqué tres imágenes de un tomo de la Enciclopedia Cumbre, con tres instrumentos desconocidos para mí y al encuentro del sábado, las llevé empotradas en cartulina. Primero se la mostré a don Focion quien me dijo que no sabía que instrumentos eran. Años después comprendí que eran un corno, un xilófono y un violonchelo.

Sobre las cuatro de la tarde nos ubicamos frente a una botella de fino licor escocés y un guiso breve de pollo carabino, en punto de ebullición. Garcés se presentó con una foto del abuelo y se aprestaba a relatarnos lo bueno que había sido como conquistador, que tuvo muchas pero muchas novias, pero don Focion se le acercó, con un destornillador de palanca en la mano, diciéndole que ya estaba bueno, que no nos interesaba saber más nada de abuelito sino del clavicembalo.

Con voz enérgica me solicitó que entráramos en la segunda fase. Me acerqué a él por el lado opuesto, con el cártel de instrumentos en la mano. De inmediato nuestro amigo chimichaguero lo increpó, Alvaro queremos que nos muestres cuál de estos tres es el clavicembalo, entiende que estamos ansiosos de saber más de eso y, a decir verdad, ya estamos mamados y sentimos que no avanzamos. ¿Cual es el clavicembalo? Cuál por Dios, gritaba Focion. Dinos ahora o yo no sé qué va pasar aqui.

Visiblemente nervioso, pálido como un cobarde, angustiado ante la determinación del gordito, se inclinó hacia delante, con voz mendigante, susurró ¡no me vayan hacer nada!, no me peguen, la verdad es que no sé cuál es el clavicembalo, nunca he visto uno. Exhaló aliviado, con rostro ‘esculpido’ por la mansedumbre, después de haber quitado de sus hombros ‘el piano’ más pesado de la historia. Don Focion preguntó sin premura ¿y el de tu abuelo?

Para contestar Garcés se puso de pie, alejándose un poco y sin titubear confesó, “No Focion, mi abuelo nunca tocó ni tuvo clavicembalo. Alguna vez tocó armonía, pero como que no muy bien…”

 

Alberto Muñoz Peñaloza

@albertomunozpen

Sobre el autor

Alberto Muñoz Peñaloza

Alberto Muñoz Peñaloza

Cosas del Valle

Alberto Muñoz Peñaloza (Valledupar). Es periodista y abogado. Desempeñó el cargo de director de la Casa de la Cultura de Valledupar y su columna “Cosas del Valle” nos abre una ventana sobre todas esas anécdotas que hacen de Valledupar una ciudad única.

@albertomunozpen

1 Comentarios


Alvaro Calderón 25-06-2019 09:05 AM

Beto ,impecable concepción de un cuento al que no incluyes ni 0.1 miligramo de ficción , no extraño a uno solo de tus citados elementos ilustradores ni a los personajes que engordan el humor amistoso tuyo compartido con ellos laborando dentro y divirtiéndose fuera de la Judicial -- ubicada en tierras barriales del cachaco villanuevero JDD, quien arrastrando un acento paísa de acertada confección efectual sonora pone en duda su origen francés -- y penal vallenato albergue de condenados que por sus delitos hoy se ven como niñitos inocentes al lado de los nacionales personajes que le hacen honor al nombre del que será su acogedor perímetro habitacional para venideros años ,Solemnes Tramacudos. La aplazada definición de mi tocayo valluno a un instrumento musical es el recurso mejor empleado en la elaboración literaria que lleva al lector hasta el último renglón de esta magnifica creación tuya enganchada por el misterio adobado y apanado para hacerlo apetecido por Foción . Concibes en enigmática prosa desesperante unos prolongados elogios al abuelo que está lejos de acarrear la boja destreza instrumentista que le cuelga como prestigio su nieto . Y todo para pulsar nuestro clavecín de risas .

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