Ocio y sociedad

El mensajero iletrado

Álvaro Yaguna Nuñez

21/09/2019 - 16:30

 

El mensajero iletrado

 

La historia inexorablemente los ha perfilado como los que llevan algo, portadores de manifestaciones, anunciantes de cierto acontecimiento particular. Como ya se ha dicho, la comunicación ha sido siempre baluarte indiscutible en el desarrollo integral de la humanidad.

Iniciando en la antigua Grecia, con el nacimiento de las olimpiadas modernas, el hombre ya portaba los estandartes y los heraldos anunciando los sobresaltos dados por la guerra, problema álgido que todavía no se ha acabado de solucionar en el mundo, mucho menos en Colombia. El ser humano siempre ha reñido por todo. Más recientemente, las tribus indígenas americanas utilizaban las señales de humo para manifestar su estado de ánimo belicoso y contrariado por alguna razón interesada.

Contemporáneamente, en nuestros pueblos provincianos, la usanza era que personas intrépidas tenían por oficio llevar cartas, mensajes, recados, de un lugar a otro. Era el famoso correo llevado a lomo de bestias, cuyos jinetes estaban siempre a merced de malhechores y asaltantes de caminos.

En la obra magna de nuestro Nobel cataquero se hace referencia a ellos de la siguiente manera: “Meses después volvió Francisco el hombre, un anciano trotamundos, de casi 200 años que pasaba por Macondo con frecuencia, divulgando las canciones compuestas por el mismo. En ellas, Francisco el Hombre relataba con detalles minuciosos las noticias ocurridas en los pueblos de su itinerario, desde Manaure hasta los confines de la Ciénaga, de modo que si alguien tenía un recado que mandar o un acontecimiento que divulgar, le pagaban dos centavos para que lo incluyera en su repertorio” (Sic).

Otro andariego famoso y portavoz criollo fue Juan Muñoz, compositor insigne de la puya “Cuando el tigre está en la cueva”, que en otra composición clásica del vallenato “La estrella”, resumió fugazmente su estado anímico al detentar su oficio de entonces: “Pobrecito Juan Muñoz, Juan Muñoz es el pobrecito, como me compongo yo, en las manos de Blasito”. Este, de oscura profesión, fue el terror de caminos y trochas, especialmente por la ruta de Escalona, pasando por Valencia de Jesús, hasta llegar a Fundación

Quizá en un punto intermedio del interregno imaginario del desarrollo comunicativo surge un mensajero moderno o cartero, llevando ya las comunicaciones en sobres de fondo azul celeste con ribetes rojos y los telegramas, portadores de mensajes cortos e impredecibles.

Representante egregio de este grupo fue, sin duda alguna, Gustavo Araque Mieles, conocido por todo el pueblo manaurero como “Gustavito”, a secas. Cuando alguien en el conglomerado escuchaba mencionar dicho nombre afamado, no tardaba en figurarse con una misiva en sus manos, enviada por algún familiar o pariente remoto, desde algún rincón distante del territorio nacional.

Gustavo Araque, “Gustavito” fue un hombre decente, tímido en demasía, introvertido, y enamoradizo extremo, pero incapaz de manifestar sentimientos pasionales. Siempre le acompaño una sonrisa bonachona y campechana; media aproximadamente un metro con cuarenta y cinco centímetros, nacido un 31 de diciembre de 1921, a las doce de la noche; su corta estatura contrastaba con un corazón grande y generoso, articulado con un envidiable espíritu de colaboración y de servicio. Era el único empleado multiforme y todero del Centro administrativo local Integrado por la Inspección de policía, la telegrafía y el pequeño reclusorio. Otra actividad desarrollada por “Gustavito” era la de pintor de brocha gorda, utilizando como insumos básicos la anilina y la cal apagada. Su mejor cosecha la obtenía en la época pre-festivalera de la celebración de la Virgen del Carmen, cuando los parroquianos decidían cambiar la apariencia de las fachadas humildes, pintando sus casas de bahareque, principalmente con colores vivos, que nuestro artífice mezclaba con maestría. Claro que la mayoría de las veces terminaba más pintoreteado que las mismas paredes de barro.

Dada su condición de servidor comunitario, se le veía en la población por todos los barrios, a cualquier hora repartiendo una correspondencia no muy nutrida pero dada su limitación académica, dicha actividad le demandaba mucho tiempo preguntando a destinatarios inexistentes o más desorientados que él; era tal su actitud y responsabilidad con su oficio que los domingos, en la puerta de la iglesia, a la salida de la Eucaristía, concertaba con el párroco para anunciar a la feligresía que en la puerta se encontraba “Gustavito” con la correspondencia rezagada de la semana.

Otro oficio desempeñado eficazmente por él, era el de músico del redoblante, instrumento de percusión utilizado en ocasiones por la inspección de policía o el corregidor, para anunciar un bando o Decreto importante que casi siempre era referente a los estados de conmoción, heredados desde la extinción y vil asesinato del caudillo liberal Jorge Eliecer Gaitán; igualmente se anunciaba el encarcelamiento de animales sin dueño y en épocas preelectorales la entronización de la Ley Seca y la advertencia  terminante de no votar más de una vez  a pesar de la utilización ya de las tintas indelebles de color pronunciado.

Gustavo Araque Mieles, “Gustavito” falleció un mes de abril de 2003, a la edad de 82 años, agobiado por dolencias propias de la misma, recluido en un centro asistencial regional, donde por varios días de afugias y sufrimientos, mantuvo en un estado de exaltación y conmoción inusitada al personal paramédico femenino, incrédulo ante la versión de que el paciente era portador de una masculinidad inverosímil y portentosa, inversamente proporcional a su estatura,  fatigado de su labor extenuante, ejercida por más de treinta (30) años, en la población de las querencias eternas, Manaure De La Sierra.

Tuvo la oportunidad de acogerse a una pensión de jubilación, pero la rechazó espontáneamente, según sus propias palabras: “Para no tener que estar pendiente y sufriendo por algo que a mí me parece difícil y dispendioso, por la actitud y tramitología endémica de los gobiernos”.  “No quiero quedar como los veteranos de la guerra de los mil días”. “Era más fácil repartir cartas y mensajes en Manaure, aunque nunca supe leer ni escribir”. “Que se quede esa pensión de jubilación en donde este”. “Yo me quiero morir tranquilo”. Así fue. Murió en su ley.

 

Álvaro Yaguna Nuñez

1 Comentarios


Lucila Maestre 24-09-2019 12:50 PM

Remontarse a esas épocas solo se le permite a quienes tuvimos la dicha de vivirlas

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