Ocio y sociedad

Ruta cantinera de pueblo en pueblo

Edgardo Mendoza

13/11/2019 - 15:33

 

Ruta cantinera de pueblo en pueblo
Entrada de una de las cantinas famosas de la Ruta Escalona / Foto: Edgardo Mendoza

Las cantinas son como esos abrevaderos de hombres sedientos en busca de suerte, personas que apuestan en una canción cualquier recuerdo. Animales buenos con nombres comunes, personajes que sumados hacen un pueblo. O algo parecido.

Hace mucho tiempo, con cada elección de mandatarios locales, los candidatos hablan de la Ruta Escalona, una buena intención turística para recoger los pasos del maestro vallenato por los pueblos de La Provincia, con sus compadres, amores, parrandas y mil historias, pero la cosa no pasó de ahí, pura bulla.

Desde entonces, los habitantes lugareños que todo lo saben, por malicia ancestral, encontraron en esos sitios alegres y sencillos donde acomodar sus momentos, heredaron de padres, padrinos  y abuelos, esas rutas y lugares  que tomaron el nombre por una frasecita parrandera, o algún acontecimiento fortuito, como en el caso de La Peña, en La Guajira, donde una noche de baile popular, alguien se “ventosió” el olor desbarató la fiesta, y, desde entonces, la cantina se llama así: “La Peo Jediondo”, o simplemente “La peo”, para los parroquianos.

Igual ocurrió en “Cacho aentro”, la cantina de Guacoche, tierra del juglar Moralito, el de La gota fría, donde unas parejas infieles buscaron abrigo; donde “Mirongo” en Badillo, “La trampa” en los Haticos, “El Candao” en La Junta o “La Tapa e tó, Caldero” en Lagunita. Sus propietarios siguen la ruta normal de los días, allí esperan -y llega- su clientela, los fines de semana, y a veces algún miércoles loco, aparecen de las fincas cercanas, del mismo pueblo, los paisanos que viven en Valledupar o San juan del Cesar, pero incapaces de beber en lugares ruidosos, llenos de reguetón y con muchachas sin generación que toman cerveza con sal y limón (llamadas micheladas). No, ellos van donde siempre, a beber lo de siempre y con la gente de siempre. A pocos, o tal vez a ninguno le interesan las noticias de Maduro, Evo, Duque, o Piñera, les importa un comino si el dólar sube o baja, si queman la Amazonía, si James tuvo un nuevo hijo o si Amparo Grisales se eriza en los concursos de televisión, ellos tienen otro cielo en el mismo mapa de la vida.

Salen del Valle o de San Juan directo a sus lugares, llegan con la misma sonrisa que nacieron, ven y hablan de lo mismo con los mismos y se enteran de los cuentos recientes de manera directa, no usan celulares, algunos los tienen por la  necesidad de los tiempos, pero no son esclavos del WhatsApp, el Facebook o el instagram, no conocen Twitter ni están interesados en saber lo que es, lo suyo es otra cosa, o la misma, sin importar los nuevos días, pues el sol siempre sale igual, dicen en sus bancas desgastadas de tantas nalgas y tantos días en las misma partes.

Ninguno de estos bebederos de pueblo, está a más de una hora de sus lugares laborales, de manera que, desde el viernes en la tarde, aparecen los primeros visitantes a mirar cómo va la vaina. El sábado no hay escapatoria, llegan, pagan temprano algunas frías de la última visita, casi siempre sin regodeos, y enganchan como en un ritual con las canciones que ya los cantineros conocen, generalmente son los mismos discos, Diomedes, El Cacique de La Junta, no puede fallar, siguen Los Zuleta, Jorge Oñate y otros -entre ellos Farid Ortiz-, ocupando su lugar como rey de los pueblos.

“Cacho aentro”, en Guacoche, está a dos cuadras de la plaza principal, José Rondón su dueño, un moreno flaco y cincuentón, tiene el mismo peso de una canasta de cervezas dice Héctor Arturo “El Gago” y Samuel Romero “Chamelito”, porque un día lo cargaron para acostarlo borracho. Desde temprano, prende su equipo para ir calentando, revisa que las cervezas estén frías y ninguna haya estallado en su enfriador, mira las botellas sin contarlas sobre unas tablas que hacen las veces de armario, asegura una bolsa con limones verdes, barre el patio que el mismo refresca con agua y espera a su gente como la araña a su presa. Al cabo de la tarde de cualquier día, llegan José Romero, Cachifo, Efraín José, Memín y el Compae Mane, que hace tiempo quiere hacerle competencia con otra cantina, mientras espera el dinero de una liquidación hace ya bastante rato.

Una parada en “La Tapa e´to Caldero” / Foto: Edgardo MendozaÁlvaro Guerra, en “La Tapa e´to Caldero” en Lagunita, es menos previsible, a veces entre semanas, el mismo fía las cervezas a los amigos, los acompaña a agotarlas, sabe que Loncho, el dueño del carro de la vía, tiene la obligación de surtirlo el viernes con un encargo en el deposito Los Lujan, donde ya lo conocen y llevan sus cuentas. Cada lunes, si el guayabo lo permite, va a cancelar. Loncho tiene un carro viejo, gastado y pesado que suele vararse en el camino, los otros conductores lo empujan, prende roncando a regañadientes y siempre llega, con un olor a humo y gasolina de esos que tienen los carros luchadores.

En Badillo, aquel viejo caserío donde Nicolás Guerra, dueño de la cantina el “Chimborazo” en los años 50s, el mismo que con pistola en mano requiso a los curas para evitar el robo de una custodia, pero se la devolvieron sin el mismo color y sin pesar lo mismo, entonces no es ella. Es lo único que queda de la Ruta Escalona oficial. La cantina de “Mirongo” Guerra, es la casa de su padre, el Viejo Rafael, hombre mujeriego, vivaracho y hábil para negocios y trueques. Es la misma casa verde como los arrozales del pueblo, allí llegan con sus botas pantaneras de los regadíos del cultivo, sus bebedores, casi siempre con un olorcito a herbicida que  se hizo necesario, como el cebollín al guiso.

El primero en llegar es Calixto Maestre, “Calilla”, peleador nato, instigador y porfiador de primera línea, mide apenas 1,23 centímetros, pero se agiganta con cada cerveza, a veces algún chirrinchi guajiro que traen por el camino viejo, donde los policías no existen. Al rato aparece “Relámpago”, un hombrecito sin nombre conocido, que llegó al pueblo de las sabanas del viejo Bolívar y nunca más volvió, antes le decían “Coroncoro”, pero ahora es relámpago y así quedó. Paga unas pocas cervezas y después pone la gorra a todos, pero no pelea, solo ríe, esa es su cuota. Mirongo no le gusta fiar, hace pocas excepciones, sin embargo, en su cantina no falta cada sábado alguna pelea, casi siempre sin mayores daños, un par de trompadas y, listo, acaban la parranda, generalmente el cantinero participa. El viejo Francisco también es “bajero” (como le dicen a quienes no son nativos del lugar), no alcanza a comprender que los badilleros desayunen con arroz como si fueran pájaros. Al viejo Franco cuando le preguntan por cosas de mujeres dice: “Ya soy como el alambre: liso, ataja, pero no puya”. No es cervecero, un par de traguitos cortos, y se va a dormir temprano.

En Los Haticos llegan donde Chichito Salinas, en La trampa. Quienes transitan por esos caminos arenosos se “desempolvan” antes de seguir para Lagunita, Guayacanal, Corral de piedras y Veracruz. Siempre hay un carro parqueado, algún Toyota o puerco, como dicen los guajiros, o un “Caresapo”, conducido por jóvenes. Las cervezas siempre están a punto de congelación, Marlidys su mujer, en las noches llena y ordena el refrigerador. A un lado las gaseosas, bolsas de agua y jugos industriales, pero siempre echa más cervezas. Hay pocas sillas, una banca larga y una mesa de billar olvidada. Hace tiempo se perdieron las bolas, el cinco, amarillo y blanco y el once, blanco y verde.

Salinas mantiene una sonrisa sin prisa, destapa cada cerveza y mira el hilito de humo que sale de la botella, antes de entregarla al sediento. Los sábados llegan algunos compositores a cantar recientes composiciones que los grandes del vallenato nunca graban, las pone a sonar, mientras los presentes escuchan, luego, a volumen alto, regresan los clásicos de Calixto Ochoa, porque en ese pueblo de negros son bailadores eternos. Ni Diomedes Díaz, logró desbancar al viejo Calixto.

Antonio Martínez, El Águila, es de los primeros en aparecer, nunca tiene plata, pero ya lo conocen y gargarea sin pudor lo brindado por sus amigos, generalmente empleados del Cerrejón, que siempre cargan la “hoja” como llaman al dinero allí. Casimiro Mendoza aparece a mitad de semana, como hay poca gente pide música su gusto, exige ciertas canciones con el acordeón de Juancho Rois para oír cómo se fajaba en algunos pases. Mientras pide indicando con los dedos el número de cervezas a despachar, reclama que los acordeoneros de hoy no tocan un carajo, puro firi firi, dice. De los carros se bajan muchachas de ropa de moda y gafas oscuras, piden cervezas con sal y limón. Toca en el borde de las botellas pues nunca usa vasos para esos menesteres urbanos. Al mediodía cierra y va a su casa que queda al lado, regresa a las cuatro, después de la siesta, algunos amigos con sed emergente a veces lo llaman y viene con la misma sonrisa limpiándose la cara con los dedos. Y la vida sigue como si no siguiera…

Otra parada en la ruta / Foto: Edgardo MendozaLa Peña, es el último lugar de la ruta sin fama ni planeación. En La Peo, está Rubén Martínez. Aida, su mujer, le parió 12 hijos, 10 varones y dos hembras, ningunos creció más de 1.50 centímetros en un pueblo donde todos son altos, ojiverdes y blancos. Dicen los habladores que allí se dan las tres condiciones para ser bonito, sin embargo, la mayoría son feos. De eso, ellos mismo ríen. Es una casa de bahareque que soporta todos los años del mundo, en el patio una pequeña gallera donde los apostadores matan las tardes del domingo. Nadie gana, nadie pierde, es puro afán de que los llamen galleros.

Rubén ha perdido los dientes, pero no las ganas de reírse, anota en un cuaderno a quien le fía, pero nunca la suma de dinero sino el producto. Ejemplo, Clemente debe una botella y medio paquete de cigarrillos, Marcos debe una botella grande y tres cervezas. Es bueno llegar temprano, antes de que Rufino, el hijo de Evaristo, coja los mejores puestos. Al fondo una gallina colorada pasa picoteando nada, solo para enseñar a sus pollitos. En la tarde aparece el Mono Cataño y los siguen, como los pollitos a la gallina, un grupo de bebedores a escuchar sus cuentos. Beben chirrinchi con quina, envasado en botellas de whisky, los que no saben se comen el cuento. El picó de “La peo” suena raro, perdió el brillo y uno de los cajones esta desconectado hace rato, sin arreglo, dice resignado Rubén. Los clientes de allí salen sin despedirse, a veces el viejo Rodrigo Mendoza canturrea sin que se le entienda La gordita, la vieja canción de Leandro Díaz:

Mejor me alejo cantando

Por un sendero guajiro

De esos que en noches de luna

El alma canta y se inspira

Al despertar la mañana

Cojo de nuevo el camino

Que me ha de marcar el destino

¿Cuál será el final de mi vida?

Y así pasan la vida por estos lugares de Dios y sin Dios. Cada lunes comienza con un destino, un camino y un lugar. La gente es la misma, pero distinta.

 

Edgardo Mendoza Guerra

Sobre el autor

Edgardo Mendoza

Edgardo Mendoza

Tiro de chorro

Edgardo Mendoza Guerra es Guajiro-Vallenato. Locutor de radio, comunicador social y abogado. Escritor de cuentos y poesías, profesor universitario, autor del libro Crónicas Vallenatas y tiene en impresión "50 Tiros de Chorro y siguen vivos", una selección de sus columnas en distintos medios. Trata de ser buena gente. Soltero. Creador de Alejo, una caricatura que apenas nace. Optimista, sentimental, poco iglesiero. Conversador vinícola.

@hashtag/TiroDeChorro

2 Comentarios


Manuel 16-11-2019 11:56 AM

Como el "Alambre Liso" q significa ?

Luz de luz 22-11-2019 02:52 PM

Como siempre mi primo hermano..con ese profesionalismo para redactar sus crónicas...Dios te bendiga...

Escriba aquí su comentario

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