Ocio y sociedad

Las navidades de mi infancia

Álvaro Yaguna Nuñez

20/12/2019 - 05:20

 

Las navidades de mi infancia

 

Como muchas veces lo he expresado, el tiempo vivido en Manaure de la Sierra, hoy Balcón del Cesar, fue un periodo de vivencias magnificas con las amistades de antaño, gozando todavía del aprecio de sus gentes y, por supuesto, la connotación de un periodo navideño, sencillamente excepcional, matizado éste por aspectos tradicionales, las costumbres pueblerinas y el perenne espíritu  imbuido por unas fiestas milenarias, con un mensaje profundo de humildad, desapego, expandido por las historias bíblicas, emanadas  desde un portal de pastores, sitio de reunión de tres sabios provenientes de diferentes latitudes del universo, guiados por una estrella perteneciente a una galaxia inconmensurable.  En Jebel –zubleh, montaña circundante al desierto de Arabia–, Melchor, Gaspar y Baltasar, dispuestos a emprender un viaje misional a los confines de lo desconocido, expresaron: hemos hablado en tres lenguas diferentes pero leídos perfectamente nuestros pensamientos internos, conmocionados por una emoción interior, alegría que nos da el advenimiento de un rey nacido por estas calendas en la cueva de Belén. Era el discernimiento acerca del origen bíblico de la Navidad. 

En nuestro pueblo, el preámbulo navideño se daba al comienzo del mes de diciembre, radiante, azul y solariego; en la esquina de mi residencia, los conversadores y contertulios, madrugadores compulsivos, Ovidio Cabello, Modesto Suarez, Laudelino Fernández, Guillermo Araque, Mauricio López, Rafael Zarate y Carlos Yaguna, alegres y optimistas evaluaban los resultados de las cosechas recientes de aguacate y café principalmente; igualmente coincidían al degustar el primer tinto de la mañana sobre el estado del tiempo: “Ya la Sierra Nevada de Santa Marta peló el diente”, haciendo referencia a la majestuosa y maravillosa vista del célebre glaciar del macizo montañoso del Caribe Colombiano.

Era una época de clima primaveral obtenido por las brisas frías provenientes del Perijá y la Sierra Nevada, filtradas antes de llegar a la población por las plantaciones de café, los productos de pancoger al igual que la yaragua apoderada de los cerros tutelares. Las noches eran frías, amenazantes y ruidosas, tratando de colarse materialmente por aquellas ventanas vetustas de madera, ornadas por bolillos del mismo material.

En la mayoría de las humildes viviendas de siempre, la novedad para la población infantil, era la elaboración del pesebre cuya tendencia y característica principal era su confección de la manera más natural, tradicional y ecológica. En mi casa, por ejemplo, el musgo y el liquen, insumos básicos del ambiente montañero eran extraídos de la finca la “Fortuna”, de Rafael Zarate, solicitados con mucha anticipación por mi progenitora; las casitas de madera, eran talladas con afecto por las manos prodigiosas de los célebres carpinteros del pueblo, Rogelio Pretel y Agustín Rosado. El aspecto más relevante de esta celebración navideña era el fervor, devoción y consagración a unas fiestas de todos, que en cada hogar se vivía de una manera especial, tratando de superar a la del vecino, para quedar en el recuerdo como la mejor de todas.

Mención aparte merece la vivencia de aquella lejana navidad (1962), cuando por primera vez hice mi primer pedido al Niño Dios. Surtido el procedimiento de una carta importante, “Garabateada” con nuestras primeras letras, aprendidas en el parvulario de Genith Cotes, plasmaba mi petición apremiante. La dificultad estribaba en quien iba a ser el mensajero elegido para llevar esa misiva al cielo.  De aquella inocente época y vivencia, aprendí para siempre que todo tiene solución, bastando saber esperar.

A tres días de la Nochebuena apareció en el comercio de mi progenitor, el señor Luis José Silva, agricultor y famoso productor de panela criolla en su finca “El Cielo”; mi mamá no desperdició la ocasión para indicarme: “Hijo, el señor Luis José va para el cielo, por favor entrégale la carta”.  Así lo hice.  El humilde señor me sonrió acompañado de una inolvidable mirada dulce y tierna, metiéndose esa “Carta” tan importante en el bolsillo de su camisa de trabajador consumado. A los tres días supe que nuestro amigo campesino había cumplido con el cometido de entregarle al Niño Dios mi primer requerimiento navideño, transfigurado en una imitación perfecta del balón que, desde una esquina, disparado por Marcos Coll, vulneró la valla inexpugnable de Lew Yashin, en la gramilla de Arica (Chile), el día del famoso 4 - 4 de la Selección Colombia con la antigua URSS.

Imposible olvidar las navidades manaureras, el Niño Dios y al diligente Luis José Silva. Dios lo guarde siempre; así fueron muchas de las felices navidades en el Manaure de siempre, Manaure de la Sierra, el de las eternas querencias.

 

Álvaro Yaguna

5 Comentarios


Cecilia Esther yaguna pareja 20-12-2019 12:44 PM

Hola, varo como estas? Sorprendida d esa memoria tuya tan prodigiosa, Dios te bendiga siempre con esa gran memoria. Me encantan tanto esos recuerdos d nunca olvidar. Saludos T.Q.M. Feliz Navidad a todos.

Yamile Morales 20-12-2019 05:48 PM

Remembranza de épocas inolvidable en la niñez de muchos con la ingenuidad y la creencia del niño Dios muy profundo su apreciación con cariño se recuerda ingeniero yaguna

Lucila Yaguna Pareja 21-12-2019 04:09 PM

Dios te Bendiga y siempre tengas esa frescura de recuerdos hermosos e indescifrables, hoy cuando todo ha cambiado con la.modernidad. Felicitaciones Álvaro siempre tan diciente en persona y palabras. Un Abrazo.

Rafael Guillermo Barros Torres 31-12-2019 07:01 PM

Bello relato, una pluma sencilla, tibia y con el matiz bucólico de la época y el lugar en referencia: Manaure, ese pueblo querido encajado en la serranía del Perijá, el cual ha sido motivo de inspiración de poetas y escritores. Felicitaciones al autor.

Magalys Fernández 31-12-2019 07:10 PM

Varo. Hermoso escrito. Dios te bendiga.

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