Ocio y sociedad

Se vende este burro

Eddie José Dániels García

30/03/2020 - 05:40

 

Se vende este burro

 

“Espere, profesor, y le quito el letrero que lleva en la espalda”. Éste se detuvo y el joven le desenganchó el cartón que llevaba prendido en la oreja trasera del pantalón. El profesor miró el escrito, hizo un gesto negativo, cerró los ojos, apretó los labios y se dirigió bastante rabioso a la prefectura de disciplina. Tras elevar la queja con el papel en la mano,  molesto y pidiendo hacer justicia, el prefecto le dijo que se calmara y que apenas terminara el espacio del recreo irían juntos al salón para investigar el caso y castigar al infractor. El docente salió de la oficina todavía descompuesto y se marchó con su andar lento y desesperante a la sala de profesores, sitio al  que  acudía con poca frecuencia. Tal vez esa tarde, deseoso de comentar el hecho y buscar solidaridad entre los compañeros, decidió subir y sentarse en una de las mesas hexagonales, que durante varias décadas han embellecido la antiquísima sala docente.

Con mucha intranquilidad les contó el suceso a los contertulios de la mesa, al tiempo que dejaba notar la rabia que lo invadía y el desespero por llegar al salón para descubrir al autor del irrespeto. Como era de esperarse, todos los compañeros reprobaron la actitud del estudiante abusivo e hicieron sus conjeturas sobre la sanción que debía imponérsele. Muchos llegaron a comentar que merecía expulsarse inmediatamente del plantel, otros opinaron que debía sancionarse con una mala conducta y retirarlo durante varios días y otros, por supuesto, enmudecieron y se tragaron sus opiniones.  Y tal vez sin pensarlo, muy pronto el cuento circuló por todas las mesas y fue el plato exquisito que endulzó gran parte de los minutos del recreo. Apenas sonó el timbre, el docente agarró su maletín, bastante desvencijado por el uso y el tiempo, y salió furioso en busca del prefecto para dirigirse al salón y castigar la afrenta.

Como suele ocurrir en todo gremio, y particularmente en el magisterial, el chisme sobre el irrespeto comenzó a tomar forma, a circular rápidamente en el profesorado y a tergiversar el tono de su contenido. Es lo que siempre ocurre en la comunicación oral: una persona dice dos y al poco rato se comenta que dijo diez. Los murmullos circularon en todo el plantel y los grupillos de profesores se notaban por todas partes, con toda seguridad, analizando el asunto y haciendo conjeturas sobre el resultado final. Al poco rato, nadie sabía con exactitud cuál era el contenido del papel injurioso. Era un viernes de comienzos de octubre y el sol había escondido de repente su intensidad abrasadora presagiando asomos de lluvia. Y como era costumbre en la jornada vespertina, después del recreo del último día de la semana, el ambiente escolar se tornaba confuso: los estudiantes experimentaban cansancio y los profesores, deseos de salir a tomarse sus alcoholes.

Pero esta diversión de los docentes no era practicada por el profesor ofendido, porque era poco bebedor. Más bien dedicaba los fines de semana a realizar otras actividades para incrementar su patrimonio. Era oriundo del interior del país, había llegado al colegio hacía varios años y aún no había asimilado el ambiente costeño. Yo lo había conocido en la universidad donde ambos cursamos la licenciatura, él me antecedió un año en el grado, pero nunca fuimos amigos ni en la Alma Mater ni en el colegio donde laborábamos. En varias oportunidades, habíamos tenido ligeros enfrentamientos por cuestiones profesionales y nuestra amistad se limitaba a una especie de saludo cargado de hipocresía. Después del recreo, la tarde siguió su curso disfrazando la academia en las aulas, y los docentes enterados del hecho se mantenían a la expectativa, analizando mentalmente el episodio y esperando el resultado de la investigación.

El directivo de la disciplina terminó de atender a un padre de familia, organizó unos papeles en su escritorio y se dirigió con el docente al salón protagonista del escándalo. Era un curso noveno de los cuatro que funcionaban en la jornada de la tarde. Después de solicitarle permiso al profesor del aula, el prefecto saludó al grupo y expresó el discurso de rutina en estos casos y recitado casi de memoria: “Jóvenes, el profesor que me acompaña acaba de presentar una queja por este papel que un alumno de este curso le colocó en la espalda. Como ustedes saben ésta es una falta gravísima, es un irrespeto a un docente, que merece una sanción”.  Los estudiantes miraron el papel y hubo unos segundos de silencio. Enseguida, el directivo continuó: “Quiero que el alumno que cometió la falta tanga el valor de confesarla. Si no lo hace ahora, puede ir más tarde a mi oficina y charlar conmigo”. La mudez de los alumnos siguió intacta. Por último, el prefecto dijo: “Bueno, si no aparece el responsable, todo el curso será castigado con mala conducta y suspendido por una semana”.

Un silencio de asombro reinó en todos los estudiantes. De pronto, como impulsada por una fuerza sobrenatural, se levantó una alumna y con voz firme expresó: “No hay necesidad de sancionar al grupo… Fui yo quien le puso el letrero”. El profesor palideció, apretó las manos y por poco se desmaya. El curso sorprendido guardó un hermetismo absoluto. Era la hija del profesor quien había confesado la falta. Apenas se repuso, quiso lanzarse contra ella y castigarla, pero el prefecto lo detuvo y le pidió que salieran del salón para ir a su oficina y analizar el caso. Pero, estaba tan contrariado que no tuvo aliento para llegar a la prefectura, prefirió irse a la enfermería para que le suministraran un calmante, tomarse un vaso de agua y tranquilizarse un poco. Pasado algunos minutos, ya bastante sosegado, se dirigió al jefe de la disciplina para comentarle que no le importaba ser el padre de la alumna infractora y que, por el tamaño de la falta, él pedía que fuera expulsada inmediatamente del plantel.

La noticia inundó todos los espacios del colegio, y el chisme amordazado alcanzó su máxima proporción y generó una tremenda sorpresa en el cuerpo docente. Nadie creía que hubiera sido la propia hija del profesor quien había cometido la falta. Y como siempre sucede en los corrillos, las opiniones se dividieron hipotéticamente: unos a favor y otros en contra. Ante la petición del docente, el directivo disciplinario le pidió que se calmase, que tomara el hecho con tranquilidad, pues él tenía que analizar muy bien su petición. Finalmente, le comentó que por ser viernes había que esperar hasta la semana siguiente para tomar una determinación. Al poco rato ya el episodio era vox populi en los estudiantes, y la protagonista del escándalo, sin reflejar muestras de arrepentimiento, pasó por la prefectura para tener una charla con el superior. Las clases se suspendieron sobre las cinco de la tarde. Profesores y alumnos abandonaron el colegio dejando en el ambiente una estela de expectativa y asombro por el hecho sucedido.

A la semana siguiente, el directivo aún no tenía una definición precisa sobre el caso. En el fondo no deseaba cumplir con la exigencia del profesor. Consideraba que no era justo por cuanto la alumna exhibía un buen desempeño escolar y los profesores la apreciaban por sus grandes virtudes: disciplinada y estudiosa, discreta y seria, solidaria y colaboradora. Tratando de darle una solución democrática al problema, convocó a una junta de profesores para encontrar una salida satisfactoria. Al iniciar la reunión, tras del saludo protocolario, expresó: “Señores profesores, la semana pasada una alumna del grado noveno cometió una falta grave a un profesor al colocarle un letrero injurioso en la espalda, y quiero que me ayuden a solucionar este problema”. Un docente preguntó “y qué decía el papel”. El prefecto sacó el letrero, el cual dio la impresión de haber crecido el fin de semana, y lo exhibió a la altura de los ojos. Por fin, los asistentes pudieron apreciar la magnitud del insulto, escrito en mayúsculas sostenidas: “Se vende este burro”.

 

Eddie José Daniels García

Sobre el autor

Eddie José Dániels García

Eddie José Dániels García

Reflejos cotidianos

Eddie José Daniels García, Talaigua, Bolívar. Licenciado en Español y Literatura, UPTC, Tunja, Docente del Simón Araújo, Sincelejo y Catedrático, ensayista e Investigador universitario. Cultiva y ejerce pedagogía en la poesía clásica española, la historia de Colombia y regional, la pureza del lenguaje; es columnista, prologuista, conferencista y habitual líder en debates y charlas didácticas sobre la Literatura en la prensa, revistas y encuentros literarios y culturales en toda la Costa del caribe colombiano. Los escritos de Dániels García llaman la atención por la abundancia de hechos y apuntes históricos, políticos y literarios que plantea, sin complejidades innecesarias en su lenguaje claro y didáctico bien reconocido por la crítica estilística costeña, por su esencialidad en la acción y en la descripción de una humanidad y ambiente que destaca la propia vida regional.

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