Ocio y sociedad

El burro de don Tulio

Eddie José Dániels García

05/05/2020 - 05:50

 

El burro de don Tulio

Don Tulio Castro Soracá, uno de los personajes más apreciados y queridos de Talaigua, llevaba varios días buscando mentalmente un nombre para bautizar el burro que acababa de comprar y que le serviría para ir y venir todos los días de su finca, que quedaba varios kilómetros separada del pueblo. En esos tiempos, ésa era la costumbre que tenían todos los campesinos que se dedicaban a cultivar la tierra y a criar sus animales: salían para sus montes con las primeras luces y regresaban al atardecer con las aguaderas de los asnos repletas de los frutos cosechados o las angarillas cargadas de leña. Por fin una noche, después de mucha cavilación, y de haber descartado varios calificativos, don Tulio acertó a dar con el nombre para el humilde animal, pero no se atrevió a divulgarlo enseguida, sino que prefirió mantenerlo en secreto porque no quería tener enfrentamientos con su familia, ya que el nombre escogido guardaba mucha afinidad con los estudios que su hijo mayor estaba cursando en una prestigiosa universidad colombiana.  

Un detalle singular que caracterizó a don Tulio fue la sutil nota de humor que llevaba a flor de labios y que se tornaba más llamativa cuando permanecía libando tragos con los fieles amigos de parranda que lo acompañaron hasta los últimos días de su existencia. En una época, encontrándose en los mejores años, formó un trío especial con don Pablo Gutiérrez Camelo, su compadre, y don Miguel Bravo de León, su vecino, dos personajes sumamente curiosos por las humoradas que brotaban de sus ingenios, y de cuyos encuentros alcohólicos quedaron muchísimas anécdotas que hoy persisten en la memoria de los talaigueros. Gozó también don Tulio, el privilegio de ser un hombre prolífico, virtud que cristalizó en los dieciséis hijos que tuvo en el hogar formado con doña Adelina Rodríguez, quien le ha sobrevivido varios lustros y aún permanece con una salud asombrosa y una lucidez impecable, residiendo en la finca a donde se trasladaron a retozar con la bondad de la naturaleza hace más de cuarenta años.

Al contrario de lo que él suponía, la mayoría de los familiares gozaron con su acierto el día que les reveló el secreto. A partir de ese momento todo el mundo comenzó a llamar al burro por el nombre, y el animal respondía con mucha atención y respeto a los llamados. De esta manera el cuento se fue regando y muy pronto el barrio abajo y después todo el pueblo se enteró de que don Tulio tenía un burro bautizado con un título profesional. Y todo el mundo observó que el animal se sentía orgulloso con su nombre, se mostraba más diligente y cambió hasta la forma de andar. El propietario lo mimaba y no necesitaba golpearlo para que aligerara su camino cuando iba o venía de la finca. Y también se comenta que el nombre se convirtió en un prodigio para el asno, pues alcanzó a vivir diez años más de los que normalmente viven estos animales. En sus últimos días, ya don Tulio había fallecido, se quedó quieto en un rincón de la finca y allí permaneció varias semanas hasta que partió para la eternidad enflaquecido por la nostalgia.

Los amigos de parranda se daban cuenta de que don Tulio cada vez que se perdía en sus tragos hablaba de los fieles servicios del animal y hacía énfasis en el nombre que le había asignado. “Es un burro bastante inteligente y servicial, jamás se queja por nada ni da muestras de cansancio”, decía. Sin embargo, en medio de sus borracheras era consciente del problema que se le iba a presentar con el hijo, el día que éste regresara de la universidad y se enterara del insólito nombre del cuadrúpedo. Y muchas veces, algunos contertulios quedaban despistados cuando utilizaba el calificativo para referirse a las virtudes del burro.  En el fondo, don Tulio lo que pretendía era ridiculizar a su primogénito, puesto que nunca fue gustoso de la profesión que él estaba cursando. “No sé por qué se le ocurrió estudiar esa vaina”, repetía constantemente cuando se regodeaba en medio de sus amigotes calibrándose con canillonas de ron tres esquinas. “Me hubiera gustado que estudiara medicina o abogacía, pero prefirió ser maestro de escuela”.

Empero, lo que más le molestaba a don Tulio era la sensiblería del hijo, que se había empeñado en exigir, apenas ingresó a la universidad, que lo llamaran por el título de la carrera que estaba cursando. Y esta pedantería se hizo obligatoria para todos los hermanos, vecinos, amigos y el resto de la población. De esta manera, cada vez que llegaba de vacaciones y recorría las calles, todas las personas que lo conocían, lo saludaban con el título y omitían su nombre de pila. Don Tulio se retorcía de rabia para no discrepar con él. “No aguanto esa maricada del hijo mío”, le dijo una vez a don Miguel Bravo, su fiel confidente, “ahora quiere que todo el mundo lo llame por el pendejo título de lo que está estudiando”. Don Miguel soltó la risa, y le replicó: “Sáquese el clavo, compadre”. Y fue éste el sabio consejo que lo motivó para comenzar a buscar el nombre que le pondría al animal y que atinó a definir la madrugada que se le iluminó la mente, justo, faltando menos de un año para que el primogénito culminara su carrera profesional.

“Si los hijos de Segundo Peña estudiaron medicina, abogacía, ingeniería… por qué el hijo mío no pudo hacer lo mismo?”. “Yo le hubiera pagado la carrera de medicina en cualquier universidad”.  Ésta era la rasquiñita que martirizaba a don Tulio, que se le había convertido en una obsesión y que era como tener una piedra en el zapato. Y más rabia sentía cuando comentaba que don Segundo, como lo llamaban por respeto, merced a la influencia que ejercía sobre los amigos, había sido el gestor intelectual para que muchos personajes adinerados de Talaigua no hubieran mandado a estudiar a sus hijos. Sobre todo él y sus hermanos que fueron descendientes de un prestante ganadero y finquero reconocido. “Los estudios de los hijos son muy costosos y lo arruinan a uno. Si los mandas a estudiar vas a quedar sin vacas”, les decía don Segundo. Y detrás del papá de don Tulio siguieron otros ganaderos que prefirieron engordar sus reses antes de gastarles estudios a los hijos, gracias a las sabias y oportunas consejas de don Segundo.

“Mierda, compadre, no le pare bolas a esa vaina, le repetía don Pablo Gutiérrez, quien era el padrino de cuatro hijos, cada vez que lo oía repitiendo sus monsergas y renegando de los estudios del universitario. “Los maestros también valen y ganan buena plata”, le afirmaba, “si lo duda, pregúntele a don Tomás Daniels”.  De esta manera, el tiempo seguía corriendo y las ligeras parrandas de don Tulio enrumbaron su curso hacia las fiestas decembrinas. Y un día cualquiera, mientras saboreaba su eterna cantilena, don Miguel Bravo lo estocó en seco: “No joda, compa, ¿y qué va a hacer cuando venga el graduado y se entere del nombre del burro?”. “Tendré que ponerle un sillón y me lo llevaré para la finca”, le respondió don Tulio, jugueteando con la borrachera. Los amigos celebraron el ingenio de la respuesta y los tragos continuaron su rumbo hasta nublar las luces mentales. Sin embargo, todos los presentes sabían que muy pronto estallaría la bomba, porque el grado estaba cerca y la llegada del universitario era inminente.

Y así sucedió: las brisas navideñas irrumpieron con fuerza y alcanzaron su mayor celebridad la noche de las velitas. Todo el pueblo se dedicó al beneplácito de los aires decembrinos y, por un corto tiempo, se olvidaron del burro. El universitario recibió su diploma con lujo de detalles y enseguida anunció su regreso. Toda la familia se engalanó con el triunfo obtenido, organizaron la casa y se dispusieron a esperarlo. Llegó jubiloso y altivo con su título y ahora más presto para exigirlo en los saludos. A los pocos días, estando la familia sentada en la puerta de la calle, pasó un borrachito casual y casi silabeando la palabra, gritó: “Don Tulio, déme razón del li-cen-cia-do”. Muy sereno, éste le respondió: “Ya se graduó y llegó hace dos días”. El amigo le aclaró: “No le estoy preguntando por su hijo, le pregunto por el burro”. La respuesta fulminó al recién graduado, quien se descompuso en el acto. La mamá muy cariñosa trató de calmarlo y le explicó que su papá por la belleza de la palabra Licenciado, le había puesto ese nombre a su burro.

 

Eddie José Daniels García

Sobre el autor

Eddie José Dániels García

Eddie José Dániels García

Reflejos cotidianos

Eddie José Daniels García, Talaigua, Bolívar. Licenciado en Español y Literatura, UPTC, Tunja, Docente del Simón Araújo, Sincelejo y Catedrático, ensayista e Investigador universitario. Cultiva y ejerce pedagogía en la poesía clásica española, la historia de Colombia y regional, la pureza del lenguaje; es columnista, prologuista, conferencista y habitual líder en debates y charlas didácticas sobre la Literatura en la prensa, revistas y encuentros literarios y culturales en toda la Costa del caribe colombiano. Los escritos de Dániels García llaman la atención por la abundancia de hechos y apuntes históricos, políticos y literarios que plantea, sin complejidades innecesarias en su lenguaje claro y didáctico bien reconocido por la crítica estilística costeña, por su esencialidad en la acción y en la descripción de una humanidad y ambiente que destaca la propia vida regional.

1 Comentarios


JAIME GARCIA CHADID 06-05-2020 12:50 PM

Muy buen cuento el del profesor Daniels -

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