Ocio y sociedad

La Orlena

Arnoldo Mestre Arzuaga

29/06/2020 - 05:15

 

La Orlena
Vista aérea de Pueblo Bello (Cesar)

 

La Orlena era la casa de Don Orlando López y su esposa Ena Ballesteros (Orlando Ena) en Pueblo Bello. Ellos llegaron al lugar atraídos por un artículo escrito por Enrique Bernal Moreno en el diario capitalino de la ciudad de Barranquilla. Todos los Barranquilleros querían conocer aquel paradisiaco lugar descrito por Bernal Moreno en El Heraldo, donde hablaba de un clima agradable, especial para los enfermos de paludismo, de unos cerros coquetos situados de frente a los picos nevados, de unos jardines florecidos comparables con los colgantes de Babilonia, de una gente acogedora y simpática.

Orlando y Ena no eran ajenos a este maravilloso lugar. Precisamente, fue Néstor Ballesteros, cuñado de Orlando y hermano de Ena, quien invitó y llevó al columnista al edénico lugar.

Ahora eran sus vecinos, hasta un portón unía las dos casas para su comunicación, con Orlando y Ena también vivía misiá María Rosado la madre de Néstor y de misiá Ena.

La Orlena era frecuentada permanentemente por visitantes procedentes de la Arenosa, allí se realizaban grandes fiestas amenizadas por grupos musicales traídos por los visitantes y por el lugareño Alfonso Campo, Conocido popularmente como el mico, quien, con el eco de las cuerdas de su guitarra, ya bien avanzada la noche, hacía callar a los sapos, grillos y ranas después de un aguacero. Era el artista que incitaba a los cantantes espontáneos a realizar su debut, unos cantaban los boleros de Daniel Santos y otros los sones montunos de Celia Cruz y Celina y Rutilio.

Indiscutiblemente, la Orlena era el lugar de las grandes reuniones, allí se hicieron encuentros de los socios del Club rotario de Barranquilla, donde se tomaba el mejor vino y ricas viandas, preparadas por chef traídos para la ocasión.

Me atrevo a decir que toda la Orlena era maravillosa. El frente estaba protegido por una muralla de piedras de más de un metro de altura y continuaba con un vallado que la protegía de cualquier intruso que quisiera penetrar a su interior, sus alrededores estaban adornados de hermosos jardines de cayenas, rosas, y anturios. Su inmenso patio era un bosque de frutales, especialmente cítricos, mandarinas reinas, limas, limones y naranjas.

La construcción empezaba con un inmenso corredor, adornado de pisos de mosaicos, allí se celebraban las grandes fiestas de la gente más granada de la capital del Atlántico. Misiá María y misiá Ena, en épocas de vacaciones, eran visitadas por la hermosa y gracil señorita, la nena Tiz, llamada así porque de niña no pronunciaba bien su nombre, en lugar de decir Carmen Beatriz, finalizaba sólo con Tiz. Había perdido a su madre en circunstancias nunca aclaradas por las autoridades, pero la gente del pueblo afirmaba que su esposo la obligó a tomarse un veneno después de haber comprobado una infidelidad, desde entonces la nena Tiz, quedó bajo el cuidado de su tía y su abuela. La nena era diferente a todas las muchachas del pueblo, a lo lejos se le notaba su ambiente citadino, lucía pantalones ajustados a su cuerpo y blusas ceñidas que mostraban la belleza de su figura, tenía ojos rasgados de color azul y una risa encantadora, la niña Tiz, se movía en la Orlena como una mariposa en su jardín, parecía parte de aquel paraíso terrenal que describió Enrique Bernal Moreno, en su columna del 12 de abril de 1939.

Conocí toda esa belleza que les describo en 1960, cuando apenas era un niño de 9 años, la niña Tiz seguro se percató de mis miradas y para atormentarme me hacía bromas de mal gusto, ya ella en esa época tendría como 18 años, una vez pasó a mi lado, me rozó el cabello con la yema de sus dedos y me dijo: “Hola, mocoso pecoso, se te va a incendiar el pelo”, me puse rojo como un tomate y duré varios días sin volverla a ver.

Hoy de la Orlena sólo quedan ruinas, sus jardines desaparecieron, también el inmenso bosque de árboles frutales, pero algunos lugareños afirman que, en noches de plenilunio, se escuchan voces y risas, como si se celebrara una gran fiesta, incluso algunos más osados dicen haber visto a la nena Tiz caminar por el inmenso corredor luciendo su hermosa figura, en short y pequeñas blusas ajustadas a su cuerpo.

 

Arnoldo Mestre Arzuaga

Sobre el autor

Arnoldo Mestre Arzuaga

Arnoldo Mestre Arzuaga

La narrativa de Nondo

Arnoldo Mestre Arzuaga (Valledupar) es un abogado apasionado por la agricultura y la ganadería, pero también y sobre todo, un contador de historias que reflejan las costumbres, las tradiciones y los sucesos que muchos han olvidado y que otros ni siquiera conocieron. Ha publicado varias obras entre las que destacamos “Cuentos y Leyendas de mi valle”, “El hombre de las cachacas”, “El sastre innovador” y “Gracias a Cupertino”.

1 Comentarios


Henry Zabala 29-06-2020 03:01 PM

Es una historia muy hermosa. Su impresionante capacidad narrativa, hace que el lector se traslade a la Orlena, goce con sus reuniones nocturnas admire a Tiz y lo inunde la melancolía al saber que todo quedó en el olvido.

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